Paraiso

 Paraiso

La primera impresión fue de extrañeza. Justo después de habernos amado por vez primera y mientras encendía un cigarrillo, lo vi, ocupando casi la totalidad de la pared que había frente a nosotros, de enormes dimensiones. Primero pensé en un poster de agencia de viajes, con la ordinariez implícita en semejante elección para un dormitorio; pero estaba en un error como pude comprobar cuando le pregunté. Era una fotografía ampliada que había enmarcado. Ni si quiera era de ella, la encontró, como una de tantas, por casualidad en internet e hizo el encargo. Era la típica foto de playa del Caribe u otro lugar exótico, que tomada desde un extremo y bajo un sol de justicia, congelaba un instante de una pequeña cala de arena blanca, bañada por unas tranquilas aguas de color verde esmeralda. Al fondo, arropada y protegida por unas palmeras, una cabaña de madera y techo de palma se mimetizaba con la frondosa vegetación. En el porche de la casa una mujer de cabellos dorados y vestido claro, sentada en el suelo, abrazaba sus piernas mirando al infinito, a un mar en calma que pareciera llamarle, muy cercano, a pocos metros de sus pies. En un primer momento aquello no pareció representar más de lo que en principio era, una bonita fotografía. El paso del tiempo le daría otro valor; haría patente el trasfondo de ese paisaje, para ella vital, convertido en una parte de su ser, en su refugio, en un motivo de calma; el lugar donde esconderse de los demonios y los miedos que siempre acechaban agazapados en su mente y su corazón, esperando una brizna de debilidad para arrancarle a zarpazos el alma. Hediondos y amargos recuerdos de un pasado de hiel y sangre que volvían a su boca a corromper el presente, a derramar las lágrimas que creía agotadas, a levantar la piel de heridas que presumía sanas y que amanecían, tras las pesadillas, pútridas y agusanadas. Todo el dolor y el horror en esas aguas puras se disipaba, con sólo contemplarlas, sin necesidad de bañarse en ellas, sin pisar las arenas blancas. No pude comprender el significado de aquella imagen hasta no conocer lo que le atormentaba; eran las puertas de su Cielo, de su Paraíso, una belleza transformada en tabla de salvación a la que asirse cuando todo era negro; una realidad muerta y plana pero inofensiva y previsible. Y empecé a ver en vez de mirar. Sentí como nunca antes había sentido lo que era amar, decidiendo hacer mío o mejor aún, nuestro, ese lugar. Y muchas noches después y tras mil amaneceres, me prometí, y le hice saber, que aquella tierra, aquel paisaje, sería suyo. No había besos suficientes para compensar su pasado, ni habría jamás el bálsamo definitivo que calmase tanto daño, pero, aunque no estaba a mi alcance regalarle un paraíso, me conjuré para ser esa orilla donde descansar tranquila, ese mar donde purificarse; hacer de su vida el fin de la mía, darle todo el cariño y amor que necesitase.

Así, cada mañana al despertar, fundidos en un abrazo, apurando el tiempo restante para marchar a enfrentarnos con lo cotidiano, con el tedio de la rutina y lo vulgar, era entonces cuando volábamos, yéndonos muy lejos; y juntos caminábamos por esa playa, con los pies en el agua y cogidas las manos; riendo, besándonos, con la brisa fresca como únicas ropas, ajenos a todo y a todos, dueños absolutos de nuestro destino. Y la felicidad lo inundaba todo, arrastrando la inmundicia pretérita, apurando cada instante como si fuera el último, dando sentido por fin a la vida. Y de ese modo, cubriendo de besos el único presente que yo quería, fue como descubrí quién sería en adelante mi hogar, mi refugio, mi sustento; por siempre y para toda mi existencia, mientras me quedase aliento. El dulce e idolatrado rostro que por fin a mi lado sonreía.

Aire

Cuando los primeros rayos de sol alcanzaron su piel ella ya estaba despierta; los dos pequeños cachorros de león, temerarios e implacables, lamían al unísono su pie, repasando cada recoveco, cada trocito de él, una y otra vez, compitiendo entre sí, apartándose y luchando por tan apetitoso premio. Les dejo hacer, divertida; esperó y paciente contó hasta mil, hasta que no pudo soportar más las cosquillas, para cruzar después con un ágil salto la estancia, hasta alcanzar la ventana, abriendo la celosía. Desde lo alto de la torre pudo ver como el sol, fiel a su cita, desplegaba su dorado manto de luz, iluminando presto cada rincón de su reino, cada vida: ésta, explotaba una vez más ante sus ojos, abriéndose paso, siendo no por previsible menos deseada ; desde la atalaya del palacio observaba, como si fuesen diminutas hormigas, a todos aquellos que, como llamados por una única consigna, salían presurosos y al unísono de sus hogares, dando comienzo a la febril actividad de la diaria búsqueda del sustento, iniciando cada cual sus rutinas. Algunos, quizás los menos, serían capaces de cuestionarse e incluso comprender cuál era el objeto de todo, el motivo de aquel vital trasiego, mientras ella buscaba a ciegas, constantemente y sin respuesta, el fin último de la existencia. De un manotazo al aire apartó sin dilación tan inoportunos pensamientos; también debía ponerse en marcha, pisar el suelo firme bajo sus pies, ocuparse de lo real, de lo inmediato, de lo que deseaba; y qué mejor que aquello que realmente sabía y quería hacer; aliviar, sanar, cuidar de los demás, dar consuelo. Nació dotada de una extraordinaria capacidad para detectar el dolor a su alrededor, cualquier aflicción del cuerpo y el alma, hasta el punto de que intentar acabar con todo tipo de dolencias se convirtió en su verdadero reto: extirparlas, erradicarlas, acabar con el sufrimiento que produjesen, o en la medida de lo posible, atenuar sus devastadores efectos, minimizarlas, evitando al máximo todo padecimiento. Era el modo de sentirse viva, de devolver una parte de la fortuna por la que se sabía tocada y así, de igual manera, olvidar y camuflar entre la desgracia ajena la oscura pena que atormentaba su alma. Invariablemente, cada mañana atravesaba las puertas de su imponente morada sobre su blanca yegua, sin más carga ni compañía que sus conocimientos, una férrea voluntad y algo mucho más tangible y práctico; un pequeño hatillo con ungüentos, hierbas y pomadas. A medida que avanzaba, a cada paso de su montura, toda actividad cesaba; por doquier, rostros agradecidos, sonrisas y miradas, confirmaban el acierto de su elección, de su generosa ofrenda; cada amable gesto le recordaba que ese era sin duda el mejor camino, la más placentera senda; darse a los demás y recibir todo, entregarse a cambio de nada. Aquello que tanto le reconfortaba, era sin duda lo realmente importante; intangible e indispensable, tan caro, necesario y vital como el aire respirado. Aquel ejercicio diario suponía sin duda alguna lo más aproximado a la dicha, a la felicidad plena que en largos años había experimentado. Inalterado y previsible, como cada día, cabalgaba siempre por el mismo recorrido, asida a la comodidad de la rutina, a la seguridad y certeza que daban pisar terreno conocido; pero aún más importante, evitaba así transitar por el único sendero vetado y prohibido, aquel por el que no quiso recorrer un sólo paso; un sendero sinuoso, escarpado y árido, de nefasto recuerdo, que fatigaba cuerpo y alma, que abría las heridas desangrando, desgarrándole por dentro. Nunca antes dirigió hacia allí su caballo, a pesar de sentirse presa de una dolorosa y perenne atracción por adentrarse en lo desconocido, por abandonarse a su destino, comenzando en ese trecho el final de una angustiosa búsqueda. Y ocurrió aquella misma mañana, sin que nadie recordase en siglos que algo similar hubiera acontecido; un fuerte viento del norte, extraño y desatado, empujaba en esa dirección, con una fuerza e intensidad tales, que no dejaba más opción que ser obedecido. No sabría explicar después el motivo de aflojar las bridas, de ceder ante aquel impulso, ni entendería jamás el por qué, ni el fin de lo que hizo; pero escapando a su control, como por encanto, sin poder ser evitado o detenido, en un acto por completo ajeno a ella, asombrada contempló cómo su blanco animal avanzaba, decidido y presto, a hollar el tan rehusado
camino. No había recorrido ni mil pasos cuando pudo ver, cobijado bajo la sombra de un roble centenario, a un extraño, quizá un mendigo. Aún a esa distancia, pudo percibir algo diferente en él; desprendía una energía que podría no ser natural, adornado de un halo misterioso que rodeaba su figura, dándole una apariencia distinta a todo lo antes conocido. No sin cierta prevención y acercándose despacio, intrigada, pero sabiéndose dotada de autoridad, le requirió por su origen, fines y destino:

-¿Quién es ?, ¿qué necesita?, ¿se encuentra perdido? – preguntó cortes y sobria, interesada por el desconocido.

– Soy un simple mensajero, aunque, en otro tiempo y lugar, fui caballero ungido. Llevo años de viaje y he decido parar un instante a descansar, para después continuar hasta mi destino.

Más ella, reiterando sus pesquisas, curiosa preguntó:

– ¿es acaso posible saber hacia dónde os dirigís y qué buscáis?

Tras una pequeña pausa y con un amago de sonrisa en el rostro, aquel extraño individuo así le contestó:

-con gusto le daré razón señora de cuál es mi camino; me dirijo al Sur, en busca del Palacio de Aire y de la hermosa Arual, su Princesa.

Súbitamente una mezcla por igual de miedo y emoción invadió todo su ser. Estremecida, supo que aquello no podía ser casual, fruto del azar o del caprichoso destino. Más bien, parecía corresponder a la tan esperada respuesta, la solución a sus preguntas, el eco de la llamada silenciosa que su alma gritaba en todo momento, a cada instante de su vida. Le aterraba preguntar quién era y el porqué de su búsqueda, aunque no necesito más, lo sabía ya con certeza: era bien conocido en el reino e incluso puede que más allá de sus límites, que la Princesa no siempre estuvo sola. Hubo una vez un Príncipe, aquel con quién compartió largos años de felicidad y dicha, alguien que lo representaba todo; el puerto seguro en el que refugiarse, el sustento de su vida, el compañero que alegraba sus días, calentaba sus noches y vigilaba su sueño; aquel que de manera constante y sin denuedo le protegía de todo mal, le procuraba el bien sin medida, regaba de alegría sus horas y alimentaba su alma sin límites, con todo el amor que en el corazón de su dueña tuviese cabida . Y obligado partió a otras tierras, pues no hubo más remedio, hace mucho tiempo ya, dejando a su amor, una vida, a su Princesa, desconsolada y abatida. Y así ella, cada mañana de cada día, durante años, al despuntar el alba, iniciaba la búsqueda constante e infatigable de la persona amada. Y así, cada nuevo amanecer de todas y cada una de sus jornadas, cabalgaba hasta encontrarse como ahora, allí, en el camino que le vio partir y del que nunca retornara.
No hizo falta exponer aquello que por conocido excedía; el extraño tenía noticias sobradas de aquel sufrir, de aquella pena que le angustiaba y consumía. Temblorosa y a sabiendas, se atrevió a preguntar:

-¿Se puede saber por qué la buscáis, cual es el motivo?.

-Es cosa simple, mi señora; tan sólo entregar un mensaje.

Los primeros rayos de sol entraban ya raudos por la ventana, con una leve inclinación, iluminando la punta de los dedos de su pie, donde absortos por el milagro de luz, los dos pequeños leones, moviendo únicamente sus ojos curiosos, pacientemente esperaban. Girando sobre su cuerpo, despacio, recorrió todo el ancho de la cama, abrazada a su almohada, oliendo
el intenso aroma de las aún calientes sabanas. De un salto y sin ninguna prisa, enamorada y feliz, con una sonrisa por única ropa, recorrió el corto espacio hasta la ventana. Este fue el primero de todos los que vinieron, el amanecer en el que, de nuevo, por vez primera y para siempre, pudo verlo. A lo lejos, por el camino que nunca antes quiso transitar, avanzaba firme su silueta. Regresaba al lugar que el destino le había reservado, aquel donde librar todas y cada una de las batallas, futuras y pretéritas; dudoso honor el suyo, por caprichoso y cruel, que tan caro precio se había cobrado. Más cada atardecer, cuando el último rayo de sol ya escapaba veloz a otras tierras, a iluminar otras vidas, dando paso a la deseada noche, en ese preciso instante, sentía que él regresaba. Nunca antes dejó de hacerlo y ahora ella lo sabía con absoluta certeza; tornó todo a mejor, diferente; había aprendido a verle, unos instantes antes de caer en un profundo sueño, cogidas sus manos, mirando sus ojos, unidos sus cuerpos. Nunca desapareció, permanecía allí desde siempre, protegiendo, velando, atento; constantemente unido a ella, abrazado a su Princesa, en espera del reencuentro.

Por eso mi vida, por eso

Por eso, porque hace muchos años ya que el amor entró en nuestras vidas para quedarse, haciéndonos de él presos. Y fue al contemplar, entre cientos de caras, entre miles de cuerpos, la sonrisa más pura, la más sincera mirada, el más perfecto y elevado alma, fue eso y no otra cosa, lo que me llevó a entregarle mi vida por completo; si, a esa que es tu madre, el soporte de mis días, el báculo sobre el que gestar una familia, la columna vertebral de mi viaje por el páramo yermo que sería la existencia sin ella. La esposa fiel, amante entregada y generosa, mi futuro, mi casa, el único tesoro que alguna vez he poseído. Y cuando la adversidad, la desdicha, sibilinamente entró en esta nuestra vida, no dudamos en ponerle remedio. 

Por eso mi tesoro, por eso; puesto que no quedó alternativa, una fría mañana de enero, tras varios días de calma, control y soledad absoluta, crucé valiente las puertas que nos llevarían al cielo. Sentado, junto a otros tres hombres, esperé paciente mi turno. Las miradas, fijas en el suelo, los nervios a flor de piel y la inequívoca sensación de estar haciendo lo correcto. Una señora de edad, que renunció a la belleza en su día, de figura anti erótica, aniquiladora de libidos, enemiga de la simpatía y eficaz revulsivo para los bajos instintos, acarreaba ufana los botes de muestras; distaban mucho de ser barreños y superaban con creces el tamaño de un dedal, en proporción adecuada para dichos menesteres. Con una orden y un adusto gesto, me indicó la puerta de acceso, contigua a aquella salita donde cabizbajos sufríamos e, inmediatamente y sin mediar palabra, entré raudo en el paraíso de Onano. Según me indicó, disponía de varias opciones, a cuál más práctica y apetitosa; la consabida revista de cópulas desatadas, bien ilustradas y a todo color, o bien una de las mejores películas del género, la archiconocida como el summum del porno, la cuatro Ces, “Conejitos calientes calentando Crevillente”.

 Por eso, luz de mis ojos, por eso, comido por las dudas, me dispuse a ejecutar mi cometido, aunque rápido surgió el primer problema; la triada placentera, revista, mandoble y receptáculo, excedían en numero a las manos. Pensé en pedir ayuda, avisar a Nosferatu, pero sólo la simple idea produjo en mí una retracción tal, que retrasó considerablemente el acto, pues escondida, retrotraída y aterrorizada pasó la homenajeada un buen rato. No quedó más alternativa que recurrir al Levante; al poner en marcha el video y para gran consternación, comprobé que no estaba rebobinado y una señora ya muy relajada, retornando del éxtasis, era sobrepasada por los créditos de tan digna producción; más cual fue mi sensación de engaño, cuando horrorizado pude ver que la película no era valenciana sino grabada en Galicia, lo cual era una indignidad; debería haberse llamado ” Conejitos calientes calentando Orense”. Distraído en semejantes cuitas, perdía concentración, mientras la tensión se acumulaba. El tiempo, mientras tanto, implacable pasaba.

Por eso espejo de mi alma, por eso, y a pesar de la presión, pude retroceder la película lo suficiente para comenzar tan ardua tarea y, puesto manos a la obra, comenzó tan placentero proceso. Tras la puerta, escuchaba perfectamente como dos hombres conversaban sobre situación tan inconveniente; dos enfermeras, a lo lejos, buscaban afanadas unos informes mientras en la calle, ajeno a todo ladraba un perro; en el video, una pareja de los años sesenta hacían algo parecido al Zumba, una suerte de equilibrismo coital, sobreactuado, pero con buena cadencia, transmitiendo verdad,sobrio, elegante y certero. Perseverando, concentrado, pese a la estimulación negativa de aquel contexto, tras una eternidad pero crecido, resulté campeón indiscutible en estas lides, pudiendo acabar tamaña gesta; después, humillado, con la sensación infame de verme observado, entregué el poco producto de tan desproporcionado esfuerzo. La mujer, ávida por terminar, fría, arpía carente de todo sentimiento, cogió la muestra como si del mas terrible Ébola se tratara; llevando, sin ningún mimo, el objeto de mis desvelos, mis genes más queridos, las células más deseadas, el más costoso y dicharachero de los fluidos, lo que vendría a representar un potencial primer y segundo cursos de Primaria.

Por eso flor de mis días, por eso y porque pasaron varias semanas; duras, sin recibir noticias, con la angustia de no saber que ha sido de tu muestra, de esa parte de ti; ¡que sola estaría, en una fría probeta!, sólo un número o una letra, carente de todo lo básico, agotada por la espera; y me atormentaban las dudas, si habría sido suficiente, si habría cumplido su cometido, si tendría que repetirse o qué pudo haber sucedido. Por fin el teléfono sonó. Ya juntos los dos, las manos entrelazadas, frente a la ginecóloga, nerviosos y esperando el cielo prometido, nos encontramos con una encuesta, tendenciosa, pero a la que no procedía negarse;

  • ¿Fuma?
  • Por supuesto
  • ¿Bebe?
  • Faltaría más, la duda ofende
  • ¿Algún tipo de drogas?
  • Todas sin excepción, incluidas las venideras
  • ¿Exposición a alguna fuente de energía o sustancia radiactiva?
  • No pasa un día sin que un Rayo X me atraviese
  • ¿Enfermedades de transmisión sexual?
  • Sólo las más conocidas
  • ¿Toma alguna medicación?
  • Me pasa usted el Vademécum y ya se lo subrayo

Ni corta ni perezosa, la doctora comienza a emitir su informe, mientras nos tememos lo peor. Tras unos interminables minutos, como un bofetón en el rostro, dispara su cruel discurso: -en los anales de la medicina jamás se ha contemplado caso similar; nueve de cada diez espermatozoides están seriamente dañados, contrahechos, cara circunspectos, en la absoluta ruina física y moral, prácticamente un desecho. Y que decir de la movilidad; nueve de cada diez no se mueven, y el otro restante, vertiginoso, a una velocidad trepidante, cruza el líquido seminal, eso sí, en dirección contraria.

Por eso amor de mi vida, por eso, y viendo su cara, supuse que las noticias no serían buenas; pero como hombre optimista que soy, que siempre confía en la suerte pregunté, para concluir, por las probabilidades de éxito;

– hay un uno por ciento de posibilidades de producirse una gestación natural- dijo.

– ¡Un uno por ciento!, ¡estoy que lo regalo, menudas cifras! – exclamé, corriendo por el despacho, a voz en grito, orgulloso, henchido de júbilo.

Por eso mi vida por eso, yo soy blanco y tu eres negro; por eso mi vida por eso, hasta ahora te lo hemos ocultado; si, lo confieso, me temo que eres adoptado.

Pensacola

¡En qué maldito momento decidí salir de Ávila! Buscaba aventuras, buenos dineros, un futuro brillante, arrimar el hombro para sostener esta patria mía, la gloria como fin último. Y aquí estaba, en estas nuevas tierras americanas, en una guerra secreta, oculta, rodeado de una miríada de razas, camaradas distintos a todo lo que hasta ahora conocía. Era cierto, y así fuimos alentados, que había un objetivo compartido; expulsar la canalla inglesa de estos territorios.
Como una pestilente marea, de modo progresivo y sin tregua desde hacía ya siglos, la política y objetivo inglés, maldita raza, no eran otros que menoscabar, robar y erosionar, donde quiera que fuese, cualquier interés español. Y aquí nos encontrábamos todos, cada uno cargado de
profundas razones, patrióticas, pecuniarias o simplemente intentando sobrevivir, pero por encima de todo, con un único nexo en común; el miedo terrible a una muerte inminente.
Alistado en la Habana, esa perla enfangada de miseria humana, no podía siquiera imaginar lo que sería la guerra, la de verdad. Ahora sí. El elegante uniforme, cuidado e impoluto con el que paseaba por el malecón, lucía tras varios combates cual sudario, repleto de todo tipo de inmundicias. Agazapado en lo que querría ser una trinchera, en espera de la señal de ataque, repasaba lentamente el mapa de la violencia y salvajismo que lleva implícito todo conflicto, reflejado en cada pedazo de tela de mis ropas. Los puños de la manga, otrora almidonados y limpios, se mostraban como una suerte de paño de matarife, del color pardo y negruzco de la
sangre coagulada. Cuando tocan a degüello, en el cuerpo a cuerpo, al atravesar una barriga y, en contra lo esperado, el enemigo no cae o desfallece, es entonces, teniendo que acuchillar una y otra vez, cuando te das cuenta de lo difícil que puede ser matar. Difícil a la par que sucio.
La vista se desplaza ahora a la pechera, adornada con un rosario de gotas negras de un cuello atravesado; una arteria bien seccionada garantiza la posibilidad de continuar con otro enemigo, dejando al anterior encomendado al Señor, si lo tienen, estos perros. En cada muslo, cual camino ancho y sinuoso, dos enormes manchas dan fe de lo mucho reptado en charcos de sangre, de las más diversas procedencias, de enemigos y aliados. He vertido mucha sangre, mucha, y hasta ahora, sin perder pizca de la mía.
Reparten munición y viandas. Sólo se escuchan los gritos de los suboficiales, sobrepasando el murmullo de cientos de almas que se encomiendan, a la Virgen, a sus dioses, pero todos a una buena muerte o mejor aún, a esquivarla. Corre de mano en mano el pellejo de ron; todos
tenemos valor, pero no está de más ayudarle. Repaso con los dedos, otra vez, el filo de la bayoneta. Observo los ojos enrojecidos de mis compañeros de sangría; ojos de angustia, miedo y esperanza, en otros tantos rostros, blancos, negros, indios, mestizos…reflejo de lo variopinto que puede acoger nuestra España. Se acerca el momento. Estamos a las puertas de la muerte
o de la gloria. Cierro muy fuerte los ojos, recuerdo unos instantes quién soy, de dónde vengo, y a la señal, de un salto, con un alarido y el empuje del honor de otros que me precedieron, me uno a la marea de lucha que durante siglos ha engrandecido y forjado mi patria.

Otro bonito cuento de Navidad

Sentado frente al enorme ventanal, absorto en el lento caer de los primeros copos, tuvo la certeza de que este año que hoy acababa, seria especial. Había dispuesto del tiempo necesario y sido meticuloso en la preparación; la carta salió puntual a su destino, en connivencia con el conserje que amable e incluso perruno, se acercó a Correos para dar curso a su demanda. ¡ Cuanta gente que le quiere, Don Manuel! exclamó con una sonrisa cínica, cuasi burlona, mientras raudo guardaba en el bolsillo la nada escasa aportación pecuniaria que le fuese prometida. Con una forzada mueca por toda respuesta, le hizo ver su gratitud, tan necesaria como fingida; no le soportaba ni lo más mínimo, pero era el único enlace rápido y certero del que disponía y total, sólo era dinero, lo único que tenía en demasía. Nervioso, las puntas de los dedos repetían en el aire el machacón redoble de un tambor imaginario, sólo reconocible en su cabeza. En el viejo reloj de pulsera, el tiempo parecía haberse parado; la boca, bañada por la enésima regurgitación de galletas con cacao, se asemejaba a lo que entendía debía ser el desierto, formada ya una pasta seca adherida a los escasos dientes, lo que le producía una enorme angustia vital, ante la sola posibilidad de tener una peste por aliento; y no, hoy aquello no era aceptable. Dependía totalmente de los trabajadores del centro; sus brazos, antaño fuertes,se habían convertido en unos remos inútiles, dos colgajos casi inertes, incapaces de dar la mínima prestación, yendo, por desgracia, a la par con el resto del cuerpo. Con la escasa voz que conservaba llamó a una joven auxiliar que desbordada, trajinaba entre tan caduco y centenario paisanaje . – Si, ¿que desea?- preguntó, contenida unos segundos, mientras su cuerpo y mente se aprestaban a continuar su camino. – Tengo la boca como los pies de Cristo después de andar por el desierto- buscó escandalizar; ¿sería posible me trajese agua o algún colutorio con el que hacer gárgaras?. Sólo tardó treinta minutos, desesperantes, eternos, en los que deseó para ella y a cada vejestorio que le entretuvo, la peor de las suertes; treinta minutos en los que sintió, visualizando incluso, como la galleta, rica en fibra, sin apenas conservantes y con trazas de limón, cuajaba, se iba fosilizando, tapiaba cual adobe cada milímetro de la boca, lengua y encías, generando sin duda un olor que podría tumbar al más curtido forense. De manera increíble, obsesiva, torpe y probablemente ineficaz, repasó con el cepillo que le entregaron cada rincón de la boca, eliminando todo resto de impureza, de vejez y repulsa. Ahora se sentía mejor, preparado. Las manecillas del reloj avanzaban veloces, como el día. Hacía un buen rato que los copos caían implacables, aumentados su frecuencia y tamaño, lo que empezaba a resultar preocupante; entre aquellas cimas, la nieve podía caer en tal cantidad que quedaran bloqueadas las carreteras; ¿ le afectaría?. Eso no tendría que pasar, no debería. A medida que la fina capa blanca cubría las laderas de la montaña frente a él, el suelo del patio y el alfeizar de las ventanas, una incipiente angustia oprimía su pecho, incrementada con cada centímetro acumulado, disparando los latidos de su maltrecho corazón, tapizando de pena los pulmones, impidiendo al aire encontrar su camino. ¿ Era justo?, ¿acaso una burla del destino?, ¿ llegaría a tiempo?. Durante años, mientras conservó las fuerzas, con la vanidad campando por sus fueros y con la autosuficiencia por bandera, no necesito a nadie; es más, le sobraban todos: no había sensación más repugnante que el exceso de cariño, la muestra repetida de afecto, el abrazo tierno, la suave caricia, siempre de más, prescindible, incomoda y superflua; la sonrisa amable, la cálida mirada, el roce de una mano que desencadena el más deseado sentimiento, el amor puro, entregado e imperecedero; todo un auténtico compendio de mierda, un subproducto infecto del Averno, para mentes blandas, corazones melindrosos, para memos; en unas fechas en las que la gente se lanza a mentir, obligadas a fingir, donde las palabras felicidad o amistad apestan acechando por doquier; días de paz y amor, conceptos tan falsos como efímeros, envilecidos de tanto uso; muladares de buenos propósitos que se extinguen al exhalar la última letra, abismos oscuros donde arrojar la bondad, después de digerida y seca; hez postrera y colofón a este perenne circo de engaño e inocencia. Y allí estaba ahora, inmóvil, de manera incomprensible con los ojos acuosos, extraños, inundados por una irreconocible y exasperante pena, a la que siempre fue inmune; y así se encontraba, atrapado en una suerte de melancolía de todo aquello que siempre rechazó, de lo que nunca procuró, de lo que nunca tuvo y que cuando lo hubo, ineludiblemente renegó y deshizo.

Lenta, implacable y de forma agónica el día se agotó, resaltando por última vez el manto blanco en la incipiente noche, como desaparece todo resquicio de luz al adentrarse en un negro túnel. No podía huir, ¿a dónde?, ¿de qué hubiera servido?, es más, no lo deseaba; no quiso moverse de allí, permaneció inmóvil, en espera, bajo la intensa luz interior, proyectada su cautiva imagen en el enorme ventanal. Mientras fuera, en la fría vida oscurecía, dentro, la imagen de su cuerpo y rostro ganaba intensidad. Fue súbito, en un instante, cuando lo vio; junto a él, puntual como siempre fue, fiel a la cita. Justo al lado, apoyada la mano en su hombro, con la mirada más tierna que pueda existir, su padre le contemplaba, sosegado y sonriente, tras una infinita y paciente espera. No pudo ver más. Cayeron sus párpados, arrasados los ojos en lágrimas, todas, las últimas en esta Tierra.

Para aquellos que gusten de escuchar con los ojos

Blog de Manuel Manteca Jiménez.

Vivimos tiempos convulsos y vertiginosos, donde la mediocridad, convertida en derecho, pasta con la excelencia sin pudor alguno, codeándose con el talento y esfuerzo sin rubor ni mesura; como posible ejemplo, he aquí mis textos y fotos. Juzguen ustedes mismos y si algo es digno de indultar, tengan de ellos  buen provecho.