ISABEL

Les habían visto salir juntos del Hotel Manila, en innumerables ocasiones, como dos buenos amigos cuando en realidad no pasaban de ser un insaciable y tenaz hombre de negocios y su potencial víctima.

Se despidieron a sus puertas una mañana, sin saber que sería la última. Cierto, aunque sólo en parte: magullado y deformado por los golpes, pero era su rostro; el del hombre de la fotografía que, meses después, le mostraba un inmutable teniente japonés con la insistencia  del traductor filipino  en que declarase el paradero de “su amigo americano”. A cada negativa los soldados derribaban libros, volcaban estanterías y machacaban a culatazos los adornos de su despacho. Nada que pudiera asustar a un español acostumbrado a una buena bronca familiar, o a la peor de las cornadas.

Igual que llegaron se marcharon, sin más explicaciones, todopoderosos tras haber invadido el archipiélago. Pero sin duda regresarían y, en ese caso, él sería el objetivo.

Una y otra vez trató de adivinar quién pudo ser el soplón que les hizo saber a los japoneses su relación con Smith; estéril labor en una cafetería de hotel saturada de ojos curiosos y finos oídos. A buen seguro habría sido más fácil reunirse en su despacho, aunque con un resultado tan críptico como publicar sus intenciones desde el púlpito de la catedral en domingo.

Las noticias corrían más que los vehículos, y cuando los japoneses irrumpieron de nuevo en su fábrica él ya había encumbrado la colina más alta del tupido valle. Desde aquella atalaya pudo ver el humo de un fuego que devoraba años de trabajo y esfuerzo, desvaneciéndose en el aire del mismo modo que él desaparecía en la jungla.

Resultaba irónico: llevaba años en Filipinas, su segunda patria, viviendo de y para la madera, y ahora su mundo se reducía a esto; a permanecer escondido como un animal asustado en el tronco de un centenario balete, un angustioso confinamiento en el corazón de un árbol.

En más de una ocasión había decidido correr el riesgo y acercarse a una aldea, desesperado al observar como sus costillas iban asomando bajo la piel, agotado por el dolor de cientos de picaduras de insectos y tras continuas diarreas por beber agua sucia. Lo intentó sólo una vez, para toparse con una patrulla nipona que, sin percatarse de su presencia, golpeaba sin piedad a un tagalo atado de pies y manos a un grueso bambú. Retrocedió y permaneció oculto, aterrado, hecho un ovillo durante dos días. Al tercero le pudo el hambre. Hurgando en los troncos podridos de los árboles encontró lo que resultó ser un manjar y, sobre todo, no le mató; unos gusanos que los nativos llamaban tamilok y que en muchas ocasiones había rechazado. Podría sobrevivir así, sin duda, pero la temporada de lluvias era inminente y se reducirían drásticamente sus posibilidades.

En las pocas ocasiones que no padecía ningún dolor, y había logrado llenar el estómago con larvas, pensaba en el probable motivo de su orden de captura: robarle.

 Mr Smith era un conocido traficante de gemas, al parecer el mejor, y él dueño de Isabel, una esmeralda de incalculable valor que éste soñaba poseer y presumía poder pagar. En esa tesitura estaban, negociando, cuando se produjo la invasión japonesa. Con toda seguridad arrestaron al yanqui, averiguando pronto su oficio e interés por aquella joya propiedad del hombre de negocios español con quien asiduamente se reunía.

Fue tras el quinto día seguido de lluvia, la noche que despertó con una tromba de agua cubriéndole casi por completo,  atrapado entre las resbaladizas paredes del viejo árbol, cuando decidió que no aguantaba más: si tenía que morir lo haría mirándoles a la cara.

Adentrándose en el sendero recorrido meses atrás, impulsado por el instinto de supervivencia, volvió sobre sus pasos hasta su antigua fábrica. Al amanecer, agotado, la pisó de nuevo, contemplando los restos inundados de lo que fue su proyecto de vida. Con el agua a media pierna se adentró en su despacho y la vio: rota, ennegrecida por el fuego y flotando; lo poco que quedaba de su mesa.

La había comprado años atrás a un anticuario que, arruinado, tuvo que desprenderse de ella. Fabricada en caoba, su tablero estaba delicadamente tallado con escenas mitológicas, y sus patas, simulando ser las de un león, se remataban con la cabeza de dicha fiera. Aquel anciano aseguraba que vino a bordo del Galeón de Manila, perteneciendo al último Virrey de Nueva Granada quien, una vez destituido tras la independencia, se trasladó a estas tierras. Permaneció en su familia, generación tras generación, hasta que  Filipinas también eligió cambiar el lazo español por el yugo norteamericano, por lo que se exiliaron dejando  atrás todos sus bienes.

Aliviado recogió la pata que reconocería entre miles: aquella en la que, por casualidad, mientras pasaba curioso sus dedos sobre los colmillos, se disparó un resorte oculto abriéndose una tapa. Dentro, en un pequeño cofre de acero, le esperaba una esmeralda del tamaño de una caja de cerillas, un auténtico tesoro. Emocionado y tras horas absorto en ella buscó en una biblioteca todo lo referente a aquel virrey, no tardando en encontrarla: la gema que nombró como Isabel en honor a su dueña, quien la lucía orgullosa engarzada en oro sobre su pecho; una hermosa mujer de ojos verdes que miraba desafiante desde el cuadro que les retrataba a ambos.

Cayó de rodillas y sujetó con firmeza la madera. El fiero león había perdido casi por completo sus colmillos y la melena, lamidos por el fuego: con sumo cuidado presionó el resalte y…

Desde la popa del barco contempló por última vez Manila, libre y arrasada por completo. Destruidos, para él, cualquier presente y futuro: nuevos tiempos que borrarían todo vestigio de su paso por aquel paraíso; recuerdos de un pasado del que ya sólo quedaban  restos de naufragios y la nostalgia de efímeros destellos de felicidad, como aquellos que desprendía al ser expuesto a la luz aquel pequeño corazón verde que latía junto al suyo.

El primero de los días

Me soltaron una mañana en aquel frío patio, completamente sólo y desamparado. El primer abandono serio y en el peor de los escenarios posibles, rodeado por una peligrosa horda y con la sensación de ser la víctima propiciatoria de aquel rebaño.

No, empezar primero de EGB no era cualquier cosa y menos en un colegio “Menor”. ¿A qué se referían con ese término?: ¿menor calidad educativa?, ¿para menores de un metro?, ¿adaptado a niños con un menor coeficiente intelectual?; o acaso anticipaban las consecuencias de estudiar en aquel colegio… ¿una menor esperanza de vida?…

En medio de aquel caos de gritos, mocos y llantos, unos señores curtidos en el acarreo de infantes intentaban organizar los grupos por edades, voceando los nombres de los galeotes con los que compartiría los siguientes ocho años.

En modo alguno me mostré nervioso: había finiquitado ya cualquier estímulo cerebral por puro agotamiento. Y es que empezaron a consumirse a finales de agosto, a escasos días de comenzar el curso, en un pequeño barrio de la periferia de una capital de tercera, en el límite entre la civilización y el campo.

Y no era un niño que se dejase amilanar fácilmente, pues ya tenía en mi haber un largo historial de enfrentamientos con los aspectos más ásperos de la vida, e incluso con la propia muerte.

Podría presumir de recordar al detalle mi primer trayecto  importante, desde el útero materno hasta las manos de sor Soledad, plantearlo como una gesta y apelar a la épica, en un contexto de fuerza desatada y sangre, pero sería mentir o como poco exagerarlo: según lo expresado por la portadora de un servidor, fue fácil; sin entrar en detalles desagradables, me quedo con que pasé rápido y sin incidentes por el canal del parto, prácticamente un paseo, nada extraordinario. Eran tiempos conejiles los setenta y yo, de mi prole, el cuarto.

Tres años después, y aprovechando el desconcierto creado por el importante aumento de efectivos en la camada, pude burlar la vigilancia de mi progenitora y escapar en busca de mi padre: tal odisea, posiblemente intensa, resultó breve, pues fui capturado por un vecino que casualmente se cruzó conmigo y, sin mayor transcendencia, convenientemente devuelto a toriles. ¡Qué tiempos aquellos en los que raptar o secuestrar un niño era una verdadera excentricidad, cosa de botarates!: una insensata actividad contemplada con desagrado, por ser un ejercicio potencialmente gravoso y, más aun sin conocer la naturaleza del sujeto, lo que era capaz de comer, su comportamiento o sus taras. De hecho no es descabellado pensar que más de una madre, atribulada y superada, probase a soltar a sus hijos por ahí, tentando a la suerte, para verles regresar a casa puntuales como siempre a la hora de la merienda, tras sortear cualquier intento de apropiación, sin que nadie los quisiera.

A los cuatro años, ya con más recorrido, tuve el primer contacto con la Parca. Nunca podré agradecer lo suficiente el buen hacer de mi Ángel de la Guarda: lo despedí por falta de Fe a los quince, y olvidé reconocerle su tarea…el caso fue que, acuciado por un incontrolable acceso de gula, descolgué medio cuerpo en una olla casi repleta de grasa de cerdo, donde languidecía  solitario en el fondo un trozo de longaniza. Algo falló en el proceso de captura: la sujeción no fue efectiva y acabé sumergido hasta las caderas. Allí, en ese momento, vi por vez primera el túnel, y al final del mismo esa luz de la que tanto se ha escrito; con una particularidad, en mi visión, se hallaba rodeada de un misterioso halo adiposo y espesos churretes de manteca. Fue mi madre quien, por fortuna, me  pudo rescatar a tiempo, eso sí, en detrimento de mi fama y de la seria posibilidad de pasar a ser leyenda: el primer caso documentado en España de niño muerto por exceso de colesterol en vía aérea.

Con cinco años y medio aun no tenía límites ni contención alguna, arriesgando a cada momento, viviendo por todo lo alto. Envié a mi hermano pequeño, aleccionado con un sopapo, a ejecutar una hábil maniobra de distracción: reclamar el tratamiento esperado ante un episodio urgente de pañal con exceso de carga, nada raro en él por ser de natural cagón; mientras tanto, sibilino, trepé desde una silla a la cómoda, y de allí al armario que presidía la habitación, desde el cual salté a la cama con un salto perfecto y un final accidentado: un golpe seco, la frente estrellada contra el somier y, a pesar de mi silencio y contención, una zapatilla del treinta y ocho surgida de la nada que avanzaba amenazante buscando mi trasero. ¿Alguien puede imaginar un acto más ruin que intentar rematar a un paracaidista herido? …

Por eso a los seis me sentía preparado para superar cualquier prueba, capaz de soportar todo lo que pudiese acontecer en ese primer día de colegio. Y conste que distaba de ser fácil, en modo alguno: los niños mayores, enormes moles de acné y músculo, paseaban por detrás de nuestras filas olfateando nuestro miedo, sopesando con qué víctima de las disponibles comenzar el  sacrificio. Nuestros temblores iban en aumento, consecuencia del intenso frío pero principalmente por el pánico, pues sabíamos que con solo una colleja podían acabar con nuestras vidas: no sería el primer caso, según nos habían contado con mucha afectación  los chicos de cursos anteriores, hablando de cientos de cadáveres de “enanos” como nosotros apilados en el salón de actos.

De repente un ruido atronador en la megafonía espantó a aquellas hienas que, huyendo despavoridas, desaparecieron como por arte de magia para terminar formando en filas al otro lado del patio. Fue así como escuchamos aquella desconocida canción:

¡Cara al sol!…

Incomprensible, aburrida y fea pero, por primera y única vez, aliviados al oírla.

Otra noche más

   Otra noche más esquivando babosos, idiotas peligrosos disfrazados de corderos y lobos sin dientes incapaces de roer unos huesos tan delicados, lo único que quedaba, el resultado del cruel latrocinio a que fue sometida. Bailaba su dolor atenuado por el alcohol, mirando sin ver, a mil kilómetros de aquel lugar, intentando recordar el más insignificante motivo para seguir respirando; una danza con la que evocar un doloroso pasado, tan fresco aun que condicionaba el presente, sin comprender qué pudo hacer mal para tener que sufrir tanto daño.

Y si hubo un culpable fue únicamente la garrapata: ese ser que se posó en su piel aquel verano, el mejor de su vida, sin otras armas que la miel de su sonrisa y unos ojos negros; con el despliegue de todos sus encantos y aquella divertida exposición sobre las innumerables ventajas de no usar contra él ningún repelente; explayándose en el atrevido discurso sobre las infinitas razones para no buscar la felicidad más allá del perímetro de sus brazos; certificando la atracción de dos pieles que, en un contacto casual, acabarían fundiendo sus labios. Esa fue la vía, el momento exacto en que se  introdujo aquel parásito en su vida.

Movía las caderas con la precisión adquirida tras  meses de academia de baile, tan mecánica como sensual, dedicando su danza a quien, ausente, abrazaba otro cuerpo en otra cama; a aquél artrópodo que dulcemente se instaló a su lado, superando con creces las expectativas de lo que ella esperaba, mientras tejían juntos el soporte de un proyecto común irrompible y eterno.

Se dejaba llevar por la música, como hizo con todo para adaptar su espacio y  dar así cabida a quien engordaba, a cada minuto, a costa suya; aquel que subsistía succionando cada gramo de su energía añadiendo además, en injusto pago, pequeñas dosis de una inmensa inseguridad y las más pueriles reivindicaciones. Como en esas enfermedades que incapacitan para ver la realidad, así fueron desapareciendo su fuerza y autoestima, hasta quedar afiladas, tan finas como la imperceptible fibra que les unía y que ella contemplaba, distorsionado por las raspas de amor que aun quedaban, como el más firme acero.

El último trago lo precipitó todo, arrojando por el sumidero la ponzoña acumulada, ahora por primera vez, evidente: el repugnante sabor a hiel en su boca, un poso amargo como aquel de la mañana en que descubrió, con absoluta claridad, en el rostro idolatrado de su amado los inequívocos rasgos de un ácaro: un ser hinchado y gordo ahíto del amor robado, arrastrando su abdomen repleto con las esperanzas frustradas de un proyecto de vida en común, de un futuro hurtado. En una última pirueta de vileza y embarrando por completo el pasado juntos, se lo dijo:

-Mi vida, estoy muy mal y tengo que contarte algo.

Solo era ruido y no quiso ni pudo entenderlo. Mientras el miserable empaquetaba su basura se contempló en el espejo,  pudiéndose ver tal cual era por primera vez en años.

 Apenas era perceptible en esa piel que ya solo cubría huesos; casi a punto de desaparecer pero allí estaba: conectada directamente al corazón, la marca de la herida por donde casi se desangra; el punto de fuga de su maltrecha alma.

Alguien subió el volumen de aquella canción y volvió a la pista: expulsada toda la inmundicia de su vida bailó como nunca antes, sintiéndose de nuevo poderosa y fuerte, del modo que solo una mujer puede hacerlo.

A su alrededor, muy pequeñitos y asustados, los potenciales parásitos corrían a esconderse.

El Gran Inquisidor

Gastón de la Croix no era un sargento de Dragones al uso, ni su deseo de recalar en Ávila un simple antojo: era la consecución de un anhelo transmitido durante generaciones; un plan urdido por el Destino para que fuese él el ejecutor de la venganza que su sangre reclamaba desde hacía siglos.

De la Croix no siempre fue De la Croix: hubo un tiempo que se escribía De la Cruz y habitó estas tierras.

Desde niño había oído  el relato de aquel  antepasado que vino huyendo de España, el único que pudo escapar, y el nombre de un terrible Inquisidor: Torquemada.

Narraba la historia de unos judíos conversos toledanos  desplazados a Ávila, cuyo terrible error fue entonar, en una fiesta,  una inocente canción de cuna hebrea: motivo suficiente para acabar en el potro, acusados de ser marranos y torturados hasta  confesar  sus crímenes contra  Dios y su Iglesia, siendo  finalmente condenados,  sin piedad, a la hoguera. Tormento  que pudo esquivar el más joven,  y no por clemencia del Tribunal, sino por  intercesión de un noble local  que, conmovido ante tanto dolor, le envió lejos, con una antigua parentela francesa.

Y he ahí que, tras centenares de años, la Compañía de Dragones del sargento De la Croix  arribó a la ciudad, y con él, su plan oculto de revancha.

Las noticias de los crímenes y saqueos de aquellas tropas “ilustradas” corrían como la pólvora, asustando a las poblaciones e infundiendo miedo: entraron  a caballo,  sin respeto alguno,  por la puerta principal del Real Monasterio de Santo Tomás, previa amenaza de volarla a cañonazos; entretanto, otra unidad lo asaltaba por la entrada  de los carros, en la tapia de piedra que rodeaba  el convento.

 A pesar de la orden dada a la tropa de no asesinar y la súplica del Prior a los suyos de no oponerse, varios soldados, exaltados, abrieron con sus bayonetas el vientre de dos monjes. Dentro de la iglesia, en sagrado, las bestias saltaban sobre los bancos de madera mientras sus jinetes arrancaban todo objeto brillante.

Ajeno a aquella orgía de destrucción Gastón escudriñaba el suelo, caminando sobre las lápidas en pos de  su enemigo. Tras varias horas  y sin logro alguno  llegó la noche,  entorpeciendo la búsqueda; pero él, curtido en todas las campañas del Emperador, sabía qué hacer. A pesar del caos  no tardó en encontrar al Prior que, apaleado, rezaba en su celda. En un perfecto sefardí le preguntó por la tumba del inquisidor; “el Perro de Dios”, añadió.

La negativa del religioso obtuvo una rápida respuesta: instalaron la parrilla justo al lado de la tumba del Infante Don Juan, primogénito de los Reyes Católicos. Los gritos arrancados por  las brasas reverberaban por todo el templo, provocando las quejas airadas de una tropa que, somnolienta,  reclamaba silencio. En otra situación habría sido posible algún conato de piedad, pero no en esta; era de sobra conocido el apoyo casi incondicional  del clero a la guerra total a Francia, aglutinando entorno a la Fe un sentimiento nacional que, a ojos del gabacho, rozaba lo fanático.

Toda una noche de tormento no arrojó ningún resultado. Agotados y  hastiados de oír chillidos, los soldados pidieron descansar, amén de mantener vivo a aquel desgraciado: y  a ello se disponían cuando, con el alba, llegaron noticias de nuevas iglesias y palacios que asaltar, lo que produjo una fuga general e inmediata. Sólo mediante coacciones y promesas  pudo el sargento mantener acantonados  en el convento a  una docena de hombres; suficientes, por otro lado, para controlar a un puñado de aterrorizados monjes  y  unos pocos criados.

Exhausto, dio órdenes de no ser molestado y se dispuso a dormir en una celda. No habrían pasado más de tres o cuatro horas cuando le despertó una mano que presionaba su hombro; sobresaltado y  por instinto, colocó la punta de su cuchillo en la garganta de un dominico orondo y asustado que, entre susurros, pidió disculpas y permiso para hablarle; le rogó que, por Caridad, dejasen en paz al Prior pues todos los objetos de valor habían sido ya “requisados”. El francés, a fin de ahorrar tiempo, decidió explicarle el objeto  de su búsqueda.

Tras reflexionar unos  minutos, el monje le hizo saber que de aquél  no obtendría la respuesta; había llegado desde Valladolid hacía tres días, nombrado máximo responsable  del Monasterio por decisión del General de la Orden. Bajando  la voz, le indicó que la información que  buscaba sólo la conocía una persona y que llegar hasta ella debía hacerse en  absoluto secreto; el suboficial se marcharía de allí, pero quien le indicase el lugar de la tumba sería considerado un traidor, un afrancesado, siendo  ejecutado de inmediato.

Con el ocaso, apostó convenientemente a sus hombres, anunciándoles que iba a la ciudad en busca de distracciones, concretamente femeninas. No tardó en regresar, embozado, colándose por una pequeña puerta oculta en la tapia,  tras la cual  esperaba el sacerdote. Éste le hizo saber que a quién buscaban  aguardaba ya  entre los pinos, en lo alto del cerro.

Reinaba la oscuridad y una calma absoluta: apenas habían recorrido quinientos metros cuando,  de entre las sombras, tres hombres se les echaron encima; el sargento intentó esgrimir su sable, pero una enorme navaja en el cuello le disuadió de hacerlo. Le redujeron  y ataron,  llevándole a golpes hasta la cima donde, desaparecida toda arrogancia,  pidió clemencia al contemplar la pequeña capilla rodeada de cruces que coronaba el Campo Santo del convento.

Otros dos hombres habían destapado una tumba: la del antiguo Prior, muerto cinco días antes; el único conocedor del lugar exacto donde descansaba Torquemada.

Le colocaron junto a él, pegadas las caras, indicándole quién era: 

-No hay prisa, monsieur- se burlaron- dispondrá de todo el tiempo del mundo para  hacer sus preguntas.

Solo el sonido de las palas y los gritos  rompieron el silencio aquella noche: a buen seguro que, no muy lejos de allí, el espíritu del Gran Inquisidor  sonreía victorioso y  ufano, oculto por siempre en su nicho.

Lucía Fernanda

                 Lucía Fernanda

A duras penas lograba contener las nauseas; el antiemético que le suministraron había dejado de hacer efecto hacía ya varias horas. La pesadez en el estomago y vientre, aun siendo desagradable, no era lo que más le inquietaba. Era el miedo. El pánico a morir en el avión, sin médico, del modo horrible que contaban las comadres para asustar a los jóvenes que soñaban con transportar a Europa. Terror a las posibles represalias si desbarataba el “bussines” por cagona, por no echarle huevos. Pavor por verse presa en un país lejano y extraño, ajeno a sus costumbres y sin saber por cuánto tiempo.

La azafata le ofreció, por segunda vez, un zumo, y en esta ocasión accedió a tomarlo; mejor dicho, a llevarse la pajita a la boca  y simularlo. Le habían advertido en ese sentido. No podía hacer un viaje de diez horas sin probar líquido o algún bocado, pues levantaría sospechas entre el personal de vuelo. Con un esfuerzo sobrehumano, masticó un poco de aquel insípido arroz del menú, exagerando los gestos, haciendo evidente que comía con normalidad, como cualquier otro pasajero. Evitando ser vista y atenta a su disponibilidad, guardó el envase del zumo y la comida en su pequeño bolso, y se dirigió al baño. Nunca antes había tirado un alimento, pero ahora todo era distinto y además necesario; lo hizo, avergonzada y con mucha pena, viendo como  desaparecía por el retrete lo que tantas veces había soñado comer.

Intentó evadirse, despejar su mente y olvidar el malestar que sentía, pero le fue imposible; decidió entonces aprovechar la vigilia para repasar el discurso que había aprendido:

-voy a Madrid, a ver el museo del Prado y el estadio Bernabéu; me quedo en casa de una prima en Móstoles y comeré churros, que dicen son magníficos; maldita sea… ¿Madrid tiene o no tiene playa?…

Con un ligero balanceo la azafata le sacó de su sueño; ¡se había dormido! Ya no recordaba las horas que llevaba despierta cuando cayó rendida.

Dos días antes del vuelo y con los ojos vendados le llevaron a una quinta a las afueras, con otras cinco personas; allí, en la zona de las cuadras y rodeados de caballos les pusieron las purgas, dándoles a continuación las instrucciones oportunas. Podían elegir: transportar maletas, latas, tragar el material o combinar métodos. Pero llegados a este punto no había marcha atrás, nadie saldría de aquel lugar sin mercancía.

Desde que tomó la decisión había practicado el tragar sin masticar, principalmente frutas, amén de los abusos de los que, desde bien niña, fue objeto. No recordaba la primera vez, pero sí las cien últimas, cuando los diferentes novios de mamá le atacaban, a ella y a sus hermanas: hombres borrachos, violentos y malvados que pretendían hacer creer a su madre que la amaban; malditos que hacían de la miseria y el hambre el menor de los problemas; seres podridos que sólo parecían disfrutar causando dolor a su alrededor, privando a un niño de algo tan vital como el sentirse seguro al dormir, sin despertar siendo abusado.

Y la única vía de escape pasaba por correr el riesgo; llevar este veneno a países sin problemas que pagaban fortunas por tenerlos. Hacer un viaje, coger unos cientos de dólares y huir de las casas de barro y chapas; del hambre continua y la enfermedad que acecha, constante. Esquivar los machetes y las balas de los malandros que impunemente arrasan las barriadas pobres; el abandono crónico y la sustracción de recursos por parte de las autoridades. Una oportunidad de buscar otra vida y sobrevivir, alejada de la violencia; de dejar atrás los fantasmas del pasado y superar un presente que no puede más que empeorar; la cruda realidad, lo habitual para los desahuciados de todo, que son legión por aquellas tierras.

Las luces del aeropuerto, los carteles luminosos y el gentío, acostumbrada a su pequeño mundo, le dejaron perpleja. Intentando aparentar serenidad se concentró en ignorar las ganas terribles de evacuar la carga. Colocada en la fila trataba de pasar desapercibida, oculta tras el hombre corpulento que le precedía. Nerviosa, hojeaba una vez más el pasaporte, nuevo e inmaculado, donde se mostraba su rostro en una foto que distaba mucho de su actual semblante. Dos agentes colocados tres filas a su izquierda hablaban entre sí, aparentemente distraídos, ajenos a todo; faltaban unos metros para el control de pasaportes donde ya atendían al viajero grandote, cuando de la nada, a su espalda, una voz masculina llamó su atención:

-Disculpe señorita, si es tan amable; ¿podría usted acompañarme?

Asintiendo con una sonrisa y a punto del desmayo, soportando una inmensa pesadumbre sobre unas piernas que, de pronto, amenazaban con no sostenerla, se puso en marcha tras el agente. Intentó agarrarse a una vaga esperanza, a algo que les dijeron antes de partir; aun pasando por un escáner, era difícil que lo detectaran.

En unas frías instalaciones comenzaron a hacerle preguntas: de dónde, a qué lugar, a hacer qué, por cuanto tiempo, para qué, con quién….

Quizá lo acentuó el estrés o simplemente el ciclo normal tras un largo viaje; al quitarse el abrigo para el examen radiológico quedó a la vista su camisa, completamente mojada por la subida de la leche…

Antes de colocarle las esposas, de sobra innecesarias, marcó el número de contacto con su vecina de chabola:

-Cuídese de mis bebés, por Dios se lo pido…

-Sabe que lo haré- dijo una voz- mientras pueda.

La pena inundó la estancia, golpeando a todos. Tan sólo era audible el clamor de un estrepitoso silencio; el drama reflejado en aquella blusa, una mezcla cruel del sustento que ya nunca llegaría y el inmenso océano de lágrimas que brotaban sin freno.

Tu inmensa estupidez

Tu inmensa estupidez

Era una infección en el colmillo, así de simple.

 Lo que empezó siendo una pequeña sensación de hormigueo, un ligero dolor en un punto muy concreto, con el transcurrir de las horas se convirtió en un suplicio. Y yo fuera de casa, sin ningún fármaco con que aliviar mis penas, cualquier cosita que, por poco que fuese, atenuara el incipiente calvario.

Ahora entendí todo. Había leído o escuchado que Herodes murió de una infección  de muelas; él, el asesino de niños…pocos me parece que mató, bajo mi criterio. En un día como hoy, yo habría barrido todo Oriente Medio de infantes llorones y molestos. Imagino que los grandes genocidas de la Historia empezaron así, una mente enferma de base y la caries que precipitó todo.

Y ahora, con ganas de apuntarme a la lista. Sentados en el metro y frente a mí, tengo a cuatro especímenes de la generación más preparada de nuestro país. Posiblemente no hayan leído ni un libro entre todos, pero no lo necesitan; para eso están las redes, los vídeos en youtube y toda la información circulante en lo “medios”, aceptada como dogma de fe, sin poder ser cuestionada. Debaten entre ellos, analizando con buen criterio, en qué consiste ser “facha”: desde el punto de vista cronológico, cualquier forma de gobierno o gobernante anterior al actual; así, de forma maravillosa y aun antes de inventarse el concepto, ya eran fachas Cesar Augusto, Carlos V, Washington o cualquier Papa. ¿En lo ideológico?, está claro; nada tan moderno, revolucionario y de éxito contrastado como los modelos de la antigua URSS, Corea del Norte o el “periodo especial” de la maravillosa Cuba. Lugares y tiempos en los que estos cuatro pollos mantendrían su discurso, como mucho, un cuarto de hora. ¿Y el género?; resulta que ha surgido una nueva clasificación, el hombre, la mujer y el que no sabe si va o viene, un híbrido artificial, al que hay que tener en cuenta y, supongo, dotar presupuestariamente… ¡a nosotros con esas!, a la generación que hemos visto pasar la vida desde la prehistoria posfranquista a la nueva era de las gilipolleces, sufrido a Almodóvar y el pantalón “pata de elefante”.

Y digo bien; este es uno de los periodos de la Historia de España más tranquilos, entendido esto como ausencia de conflictos bélicos, y posiblemente el más próspero. Imperfecto y mejorable, por supuesto, pero incomparable a tiempos pretéritos ahora idealizados, desde la ignorancia, claro. Ponen como referente a una II República, muerta antes de nacer, de triste recorrido y peor final; un modelo de Estado que podría ser atractivo pero que aquí, y por el momento, no va a ser. Un sistema que sabría a poco, comparado con lo que hay actualmente y que, en tiempos de incertidumbre, nos haría más débiles si cabe… ¿ves?, acabo de tener un pensamiento franquista… defender una monarquía parlamentaria como la inglesa u holandesa es puro fascismo.

Es la asfixia de vivir en esta España totalitaria donde los gais se casan, adoptan y pueden ser ministros; un país de penumbras al que vienen millones de turistas, posiblemente equivocados, a contemplar nuestra opresión, la falta de libertad y un modo de vida de los más tristes del planeta. Un ejemplo de gestión sanitaria, de trasplantes, de solidaridad, de científicos eminentes trabajando, eso sí, para otras patrias. Un territorio de ciudadanos ahogados por la falta de autogobierno; con diecisiete parlamentos regionales con mayor autonomía que muchos estados considerados federales. Un Estado que permite e incluso potencia a quienes lo cuestionan y quieren demolerlo… ¿un Estado totalitario?, no, un Estado repleto de bobos. Imbéciles que quieren la mierda de otros porque brilla, mientras cubrimos de barro nuestras virtudes. Conjunto de gañanes que añoran otros tiempos que ni se molestan en conocer pero que idolatran. Votantes estúpidos que elevan a los peores de la sociedad y tragan.

En un país energéticamente dependiente, débil en defensa y en peso exterior, salen las masas a la calle, en defensa del derecho, vital, de modificar artificialmente un idioma de quinientos años que no incluye la diversidad de género impuesta hace diez minutos. Miles de personas poniendo en evidencia el machismo español, el hetero patriarcado católico castrante, mientras abrimos los brazos a individuos tan “gay friendly” y defensores de la mujer como pueden ser los seguidores de otras religiones que lapidan, cuelgan o reprimen a aquellos; colectivos, por supuesto, infinitamente más tolerantes. Un estado con tremendos retos frente a futuros problemas de sequía y desertización, con altísimos niveles de desempleo y desigualdad y que tienen como principal prioridad volver a ajustar cuentas, abrir heridas casi a punto de cicatrizar. En un sistema global repleto de conflictos de baja intensidad que pueden degenerar en uno mayor, con un planeta que se calienta y amenaza la vida en apenas cien años, lo primordial es  jugar a dónde coloco los restos del último dictador, uno más, que nadie añora ni desea. La potencia del siglo XXI, China, se debe estar “descojonando”.

Y ahí están, los cuatro que tengo delante hablando de la próxima manifa antifascista, de la necesidad de acabar con el sistema, como si hiciese falta… va a caer solo, sin duda, y nos va a pillar a todos debajo.

Eso sí, combativos, arreglando el mundo y luchando desde un teléfono de última generación de ochocientos euros, hecho con el mejor coltán que unos niños africanos extraen por un dólar al día para beneficio, y toca una vez más, de los chinos. Guerra total a la opresión capitalista, pero a través de las plataformas de comunicación norteamericana.

Se decía que hubo un tiempo en que una ardilla podía ir de un extremo al otro de la península sin pisar el suelo. En breve, o mejor aún, de hecho se puede hacer: pero sustituyendo cada árbol por un lerdo.

¡Dios, qué discurso totalitario!; nada tan franquista y reaccionario como tener una caries.

Pena

Pena

Le dijeron que era una alteración en los niveles de concentración de un neurotransmisor, una reducción muy simple para explicar algo tan complejo como que murió el amor y se abrió paso la locura; un burdo engaño basado en la química, como si una simple sustancia lo justificase todo.

Se extinguió, abatido por el paso del tiempo, laminado por cada palabra omitida para no hacer daño; por cada pequeña cesión que acabó erosionando la amalgama de un proyecto común soportado sobre una base tan frágil y ficticia como lo fue su inconsistente noviazgo. Atrapados. Uno, en la belleza deslumbrante que ocultaba las oscuras nubes de la enajenación; ella, en la feliz ignorancia, ciega e incapaz de percibir en su interior el germen de la tormenta que acabaría por arrasarlo todo.

Se descompuso, silente y sin pausa, camuflada su pestilencia en el devenir cotidiano; en cada ocasión en que  se imponía la pasión, mecánica, por pura inercia o bien como el ingenuo recurso para intentar sellar la última grieta. Esa por la que se filtraba para no volver, con cada insana petición, a cual más irracional, con cada exigencia. Tragicómica sucesión de fechas felices, violencia, ramos de flores y pieles arañadas; noches eternas repletas de llantos, gritos, vajillas rotas y niños aterrados.

Se consolidó, en la misma medida que se diluía el cariño, la herrumbre en cada caricia, ya para siempre forzada y áspera. La palabra, otrora dulce argamasa que ensamblaba sus almas, convertida en afilado estilete, alojado a cada ocasión en lo más profundo de las entrañas; la mirada, antaño cómplice y ahora cargada de dolorosa indiferencia; los silencios, que rasgan las suturas de mil ofensas, en su día perdonadas, vuelven a sangrar, formando corrientes que fluyen por doquier, negras y emponzoñadas.

Se hizo gigante, abundando en su error, en el cúmulo de despropósitos que terminaron por soltar las amarras con que pretendía fijarle a tierra firme; convertida su vida en arenas movedizas que engullían cualquier posibilidad de futuro; allanando, con cada hora a su lado, la senda del abandono, sin ofrecer más alternativa, transformando así la posibilidad de una huida en una realidad ineludible, en la única vía de escape.

Se empequeñeció, hasta ser despreciable, cualquier atisbo de respeto. Paso previo y necesario para transformar a quienes un día se amaron en perfectos desconocidos, unidos tan sólo por el fino hilo de antiguos rencores, por la amarga certeza de desencuentros venideros.

Se convirtió todo en nada. Se evitaron así años perdidos, vidas gastadas y posibles amores que dejar marchar, de los que alguna vez pasaron a su lado; oportunidades de vivir y experimentar siempre pospuestas por la esperanza de encontrar un buen motivo para quedarse; decisiones condicionadas por el deseo del otro en contraposición a las suyas, sólo sustentadas en una comodidad cobarde; la búsqueda constante de justificar cada segundo perdido, en un patético ejercicio de auto engaño. Burlar al destino, esquivando acabar resignados, consumidos y viejos por dentro; mirándose ante el espejo, certificada la pena acumulada en el alma con una simple mirada, cargados los párpados de resignación, por lo que se dejó de vivir y por los años que se fueron.