Tu inmensa estupidez

Tu inmensa estupidez

Era una infección en el colmillo, así de simple.

 Lo que empezó siendo una pequeña sensación de hormigueo, un ligero dolor en un punto muy concreto, con el transcurrir de las horas se convirtió en un suplicio. Y yo fuera de casa, sin ningún fármaco con que aliviar mis penas, cualquier cosita que, por poco que fuese, atenuara el incipiente calvario.

Ahora entendí todo. Había leído o escuchado que Herodes murió de una infección  de muelas; él, el asesino de niños…pocos me parece que mató, bajo mi criterio. En un día como hoy, yo habría barrido todo Oriente Medio de infantes llorones y molestos. Imagino que los grandes genocidas de la Historia empezaron así, una mente enferma de base y la caries que precipitó todo.

Y ahora, con ganas de apuntarme a la lista. Sentados en el metro y frente a mí, tengo a cuatro especímenes de la generación más preparada de nuestro país. Posiblemente no hayan leído ni un libro entre todos, pero no lo necesitan; para eso están las redes, los vídeos en youtube y toda la información circulante en lo “medios”, aceptada como dogma de fe, sin poder ser cuestionada. Debaten entre ellos, analizando con buen criterio, en qué consiste ser “facha”: desde el punto de vista cronológico, cualquier forma de gobierno o gobernante anterior al actual; así, de forma maravillosa y aun antes de inventarse el concepto, ya eran fachas Cesar Augusto, Carlos V, Washington o cualquier Papa. ¿En lo ideológico?, está claro; nada tan moderno, revolucionario y de éxito contrastado como los modelos de la antigua URSS, Corea del Norte o el “periodo especial” de la maravillosa Cuba. Lugares y tiempos en los que estos cuatro pollos mantendrían su discurso, como mucho, un cuarto de hora. ¿Y el género?; resulta que ha surgido una nueva clasificación, el hombre, la mujer y el que no sabe si va o viene, un híbrido artificial, al que hay que tener en cuenta y, supongo, dotar presupuestariamente… ¡a nosotros con esas!, a la generación que hemos visto pasar la vida desde la prehistoria posfranquista a la nueva era de las gilipolleces, sufrido a Almodóvar y el pantalón “pata de elefante”.

Y digo bien; este es uno de los periodos de la Historia de España más tranquilos, entendido esto como ausencia de conflictos bélicos, y posiblemente el más próspero. Imperfecto y mejorable, por supuesto, pero incomparable a tiempos pretéritos ahora idealizados, desde la ignorancia, claro. Ponen como referente a una II República, muerta antes de nacer, de triste recorrido y peor final; un modelo de Estado que podría ser atractivo pero que aquí, y por el momento, no va a ser. Un sistema que sabría a poco, comparado con lo que hay actualmente y que, en tiempos de incertidumbre, nos haría más débiles si cabe… ¿ves?, acabo de tener un pensamiento franquista… defender una monarquía parlamentaria como la inglesa u holandesa es puro fascismo.

Es la asfixia de vivir en esta España totalitaria donde los gais se casan, adoptan y pueden ser ministros; un país de penumbras al que vienen millones de turistas, posiblemente equivocados, a contemplar nuestra opresión, la falta de libertad y un modo de vida de los más tristes del planeta. Un ejemplo de gestión sanitaria, de trasplantes, de solidaridad, de científicos eminentes trabajando, eso sí, para otras patrias. Un territorio de ciudadanos ahogados por la falta de autogobierno; con diecisiete parlamentos regionales con mayor autonomía que muchos estados considerados federales. Un Estado que permite e incluso potencia a quienes lo cuestionan y quieren demolerlo… ¿un Estado totalitario?, no, un Estado repleto de bobos. Imbéciles que quieren la mierda de otros porque brilla, mientras cubrimos de barro nuestras virtudes. Conjunto de gañanes que añoran otros tiempos que ni se molestan en conocer pero que idolatran. Votantes estúpidos que elevan a los peores de la sociedad y tragan.

En un país energéticamente dependiente, débil en defensa y en peso exterior, salen las masas a la calle, en defensa del derecho, vital, de modificar artificialmente un idioma de quinientos años que no incluye la diversidad de género impuesta hace diez minutos. Miles de personas poniendo en evidencia el machismo español, el hetero patriarcado católico castrante, mientras abrimos los brazos a individuos tan “gay friendly” y defensores de la mujer como pueden ser los seguidores de otras religiones que lapidan, cuelgan o reprimen a aquellos; colectivos, por supuesto, infinitamente más tolerantes. Un estado con tremendos retos frente a futuros problemas de sequía y desertización, con altísimos niveles de desempleo y desigualdad y que tienen como principal prioridad volver a ajustar cuentas, abrir heridas casi a punto de cicatrizar. En un sistema global repleto de conflictos de baja intensidad que pueden degenerar en uno mayor, con un planeta que se calienta y amenaza la vida en apenas cien años, lo primordial es  jugar a dónde coloco los restos del último dictador, uno más, que nadie añora ni desea. La potencia del siglo XXI, China, se debe estar “descojonando”.

Y ahí están, los cuatro que tengo delante hablando de la próxima manifa antifascista, de la necesidad de acabar con el sistema, como si hiciese falta… va a caer solo, sin duda, y nos va a pillar a todos debajo.

Eso sí, combativos, arreglando el mundo y luchando desde un teléfono de última generación de ochocientos euros, hecho con el mejor coltán que unos niños africanos extraen por un dólar al día para beneficio, y toca una vez más, de los chinos. Guerra total a la opresión capitalista, pero a través de las plataformas de comunicación norteamericana.

Se decía que hubo un tiempo en que una ardilla podía ir de un extremo al otro de la península sin pisar el suelo. En breve, o mejor aún, de hecho se puede hacer: pero sustituyendo cada árbol por un lerdo.

¡Dios, qué discurso totalitario!; nada tan franquista y reaccionario como tener una caries.

Pena

Pena

Le dijeron que era una alteración en los niveles de concentración de un neurotransmisor, una reducción muy simple para explicar algo tan complejo como que murió el amor y se abrió paso la locura; un burdo engaño basado en la química, como si una simple sustancia lo justificase todo.

Se extinguió, abatido por el paso del tiempo, laminado por cada palabra omitida para no hacer daño; por cada pequeña cesión que acabó erosionando la amalgama de un proyecto común soportado sobre una base tan frágil y ficticia como lo fue su inconsistente noviazgo. Atrapados. Uno, en la belleza deslumbrante que ocultaba las oscuras nubes de la enajenación; ella, en la feliz ignorancia, ciega e incapaz de percibir en su interior el germen de la tormenta que acabaría por arrasarlo todo.

Se descompuso, silente y sin pausa, camuflada su pestilencia en el devenir cotidiano; en cada ocasión en que  se imponía la pasión, mecánica, por pura inercia o bien como el ingenuo recurso para intentar sellar la última grieta. Esa por la que se filtraba para no volver, con cada insana petición, a cual más irracional, con cada exigencia. Tragicómica sucesión de fechas felices, violencia, ramos de flores y pieles arañadas; noches eternas repletas de llantos, gritos, vajillas rotas y niños aterrados.

Se consolidó, en la misma medida que se diluía el cariño, la herrumbre en cada caricia, ya para siempre forzada y áspera. La palabra, otrora dulce argamasa que ensamblaba sus almas, convertida en afilado estilete, alojado a cada ocasión en lo más profundo de las entrañas; la mirada, antaño cómplice y ahora cargada de dolorosa indiferencia; los silencios, que rasgan las suturas de mil ofensas, en su día perdonadas, vuelven a sangrar, formando corrientes que fluyen por doquier, negras y emponzoñadas.

Se hizo gigante, abundando en su error, en el cúmulo de despropósitos que terminaron por soltar las amarras con que pretendía fijarle a tierra firme; convertida su vida en arenas movedizas que engullían cualquier posibilidad de futuro; allanando, con cada hora a su lado, la senda del abandono, sin ofrecer más alternativa, transformando así la posibilidad de una huida en una realidad ineludible, en la única vía de escape.

Se empequeñeció, hasta ser despreciable, cualquier atisbo de respeto. Paso previo y necesario para transformar a quienes un día se amaron en perfectos desconocidos, unidos tan sólo por el fino hilo de antiguos rencores, por la amarga certeza de desencuentros venideros.

Se convirtió todo en nada. Se evitaron así años perdidos, vidas gastadas y posibles amores que dejar marchar, de los que alguna vez pasaron a su lado; oportunidades de vivir y experimentar siempre pospuestas por la esperanza de encontrar un buen motivo para quedarse; decisiones condicionadas por el deseo del otro en contraposición a las suyas, sólo sustentadas en una comodidad cobarde; la búsqueda constante de justificar cada segundo perdido, en un patético ejercicio de auto engaño. Burlar al destino, esquivando acabar resignados, consumidos y viejos por dentro; mirándose ante el espejo, certificada la pena acumulada en el alma con una simple mirada, cargados los párpados de resignación, por lo que se dejó de vivir y por los años que se fueron. 

Setenta

Setenta

Sesenta y nueve y setenta. El número de pasos desde el dintel de su casa hasta la cruz de piedra, levantada en el mismo lugar donde ocurrió todo. En un día como hoy, hace exactamente setenta años: toda una vida atrapado por un recuerdo, una decisión inocente y trivial  que cambió por completo su mundo, en un instante  y para siempre.

El ruido de los camiones al pasar, a pesar de la lejanía, era  mucho más fuerte que el tono de Don Marcial y  todo el caudal del Ebro juntos. Aun teniendo las ventanas abiertas, o quizá por eso, el sofocante calor no daba tregua a nadie, y ni un último repaso a los grandes ríos españoles atenuaba la sensación de asfixia que amenazaba con derretirles. Quedaban apenas dos horas para terminar la clase, una eternidad para aquellos niños que, nerviosos y agitados, parecían estar sentados sobre una parrilla; tan sólo sujetos por la rápida y eficaz vara del preceptor que, a modo de letal espadachín, contenía a  aquella horda. Y de pronto, abandonada toda esperanza y cuando ya nada se esperaba, se produjo el milagro: por debajo de su bigote y de entre sus dientes, amarillos y en retirada, brotaron refrescantes como una de aquellas olas polares de las que él mismo hablaba, las palabras mágicas:

 -¡Niños, me van saliendo ustedes, sin alborotos, a la calle!-.

Como responde un regimiento a la orden de un coronel, el ruido al cerrar los libros y levantarse del pupitre fue sólo uno; del mismo modo, atravesada la puerta y como poseídos por un loco impulso, igual que haría la tropa sedienta hacia la primera taberna, corrieron  los muchachos a la fuente principal, en el centro del pueblo. A excepción, claro, de los mayores y los más fuertes, que ni tuvieron que hacerlo; los muchos tortazos endilgados en similares ocasiones habían dejado establecido el estatus de cada uno, sin necesidad de ser reivindicado. Sólo era cuestión de llegar y beber, con la parsimonia deseada.

Pasada la euforia inicial, se percataron de todo el tiempo que tenían por delante hasta la hora de comer y de las pocas distracciones que se les ofrecían, y más con semejante bochorno. Y así acabaron, bajo la sombra del viejo negrillo próximo a la iglesia, contemplando el único espectáculo disponible: cómo levantaba una tapia a pleno sol  Perico, el albañil. Contaban los chismosos, todo el pueblo, que estuvo varios años luchando en la guerra de África, dónde era costumbre dormir con todas las mujeres que uno encontraba. Don Satur, el cura, sobrepasado por la situación tuvo que dejar claro en una homilía  que sólo pensar en ello constituía un pecado grave, en concreto mortal: gran pueblo de pecadores era este, pues en lo tocante al sexto, la gesta del veterano ocupaba con el debido sigilo las conversaciones y, a buen seguro, las mentes. Y si éstas, además de  ociosas, estaban sujetas a la inherente curiosidad del pre púber, no cabía esperar otra cosa:

-Señor Perico ¿es cierto lo de las africanas?-, preguntó el mayor y  más osado, secundado por su pandilla.

El hombre, interrumpiendo el trabajo, se giró para averiguar quién lo preguntaba, aprovechando de paso para dar un buen trago del botijo. Le habría soltado un tortazo si no anduviese justo de fuerzas, pero él, hombre astuto a pesar de no ser leído, optó por intentar sacar algún beneficio  de la pregunta.

– ¿De verdad queréis saber cómo son las moras?, ¿o las negras?-, dijo, acompañando sus palabras con unos gestos que, aunque con seguridad no entendían, dieron por completamente obscenos.

No hubo que insistir. A pesar del calor, cogieron unas palas y los capazos con los que se transportaba la arena  necesaria para hacer la argamasa y, raudos, se dirigieron hacia la carretera, en la entrada del pueblo.

Situado éste a pocos kilómetros de la capital, su única vía de comunicación con el resto del mundo, se había convertido en un auténtico hervidero, con un trasiego constante de camiones, coches, bestias y personas que iban y volvían del frente de guerra, establecido no muy lejos. Muchas tardes, terminada la faena diaria, la gente acudía a aquel lugar: los mayores sentados encima de unas piedras y, sobre un enorme montículo de tierra, los más pequeños; todos tomando el fresco mientras veían  pasar  las tropas, principal entretenimiento en los días que el tiempo era bueno.

No habían transcurrido ni quince minutos y ya los tenía allí, otra  vez a su lado, sudorosos, jadeantes y exigiendo con la mirada las respuestas prometidas. Iban a tener suerte, pues era un hombre cumplidor, pero no en ese momento. La idea de hacer enfadar a tanto mocoso no era especialmente buena, sobre todo pudiendo despacharles con un par de frases picantes que, a su vez,  no fuesen tan inapropiadas como para tener problemas con sus mayores. Con esa idea, les emplazó unas horas más tarde, después de la siesta.

Se conjuraron treinta minutos antes de lo previsto, con el fin de abordar una estrategia en su importante interrogatorio y, sobre todo, porque resultaba imposible dormir con ese calor. Una por una recorrieron las casas para reclutar a todos los compinches  y, a la hora convenida,  ya se hallaba reunido el sanedrín bajo el árbol centenario de la plaza. En esas estaban cuando vio el brillo de una porción de metal que asomaba entre la arena en uno de los capachos. Aburrido, pues siendo el más pequeño ni opinaba ni tampoco se lo pedían, se acercó hasta allí y extrajo el objeto, levantándolo sobre su cabeza y reclamando para sí el triunfo por tal descubrimiento. Craso error, pues de inmediato vinieron sobre él, quitándoselo y con empujón añadido. En torno a su tesoro se formó un círculo cerrado de expertos, concentrados en averiguar su naturaleza. Un grupo del que le excluyeron injustamente y que rodeó varias veces, sin éxito;  ni encontraba un hueco ni le dejaban verlo, empujándole constantemente hacia afuera. Alguien había cogido un martillo del albañil y se disponía a golpear aquel cilindro para abrirlo.

Aquello ya era excesivo; aunque  no se sabía en qué palada de arena vino, lo encontró él  y tenía derecho a ser el primero en ver qué había dentro. “Les daría una enorme paliza a todos” se dijo muy enfadado mientras se iba. De hecho, ya se había alejado unos metros, llorando y lleno de rabia, e incluso doblado la esquina del muro de la iglesia cuando le pudo el jaleo de aquellos ingratos:

 -¡Venga, vamos, dale fuerte!-gritaban.

 -¡Qué demonios, si es mío!- pensó, volviendo sobre sus pasos.

Nunca se supo cómo pudo acabar aquella bomba entre el montón de arena y  hubo todo tipo de teorías al respecto: ¿premeditado?, ¿un accidente?; vano consuelo para las familias de los trece niños que, despedazados, cubrieron de dolor y sangre todo un pueblo; abuelas y madres que sólo les pudieron reconocer por los calcetines que llevaban puestos.

Recordarlo aun le estremecía. Habría escapado pero regresó, justo en el momento de la explosión: al asomar la cabeza, en ese preciso instante vio el destello; amarillo, naranja, rojo, fuego.

Fue lo último que vio y  pudo oír: hace exactamente setenta años de aquello y, a pesar del tiempo transcurrido, aun los ve y oye sus gritos, siempre  presentes.

Se acerca a la cruz, apoya su mano y saluda.

Él sin poder olvidar y algunos empeñados en no hacerlo.

Setenta, sesenta y nueve……..

Paraiso

 Paraiso

La primera impresión fue de extrañeza. Justo después de habernos amado por vez primera y mientras encendía un cigarrillo, lo vi, ocupando casi la totalidad de la pared que había frente a nosotros, de enormes dimensiones. Primero pensé en un poster de agencia de viajes, con la ordinariez implícita en semejante elección para un dormitorio; pero estaba en un error como pude comprobar cuando le pregunté. Era una fotografía ampliada que había enmarcado. Ni si quiera era de ella, la encontró, como una de tantas, por casualidad en internet e hizo el encargo. Era la típica foto de playa del Caribe u otro lugar exótico, que tomada desde un extremo y bajo un sol de justicia, congelaba un instante de una pequeña cala de arena blanca, bañada por unas tranquilas aguas de color verde esmeralda. Al fondo, arropada y protegida por unas palmeras, una cabaña de madera y techo de palma se mimetizaba con la frondosa vegetación. En el porche de la casa una mujer de cabellos dorados y vestido claro, sentada en el suelo, abrazaba sus piernas mirando al infinito, a un mar en calma que pareciera llamarle, muy cercano, a pocos metros de sus pies. En un primer momento aquello no pareció representar más de lo que en principio era, una bonita fotografía. El paso del tiempo le daría otro valor; haría patente el trasfondo de ese paisaje, para ella vital, convertido en una parte de su ser, en su refugio, en un motivo de calma; el lugar donde esconderse de los demonios y los miedos que siempre acechaban agazapados en su mente y su corazón, esperando una brizna de debilidad para arrancarle a zarpazos el alma. Hediondos y amargos recuerdos de un pasado de hiel y sangre que volvían a su boca a corromper el presente, a derramar las lágrimas que creía agotadas, a levantar la piel de heridas que presumía sanas y que amanecían, tras las pesadillas, pútridas y agusanadas. Todo el dolor y el horror en esas aguas puras se disipaba, con sólo contemplarlas, sin necesidad de bañarse en ellas, sin pisar las arenas blancas. No pude comprender el significado de aquella imagen hasta no conocer lo que le atormentaba; eran las puertas de su Cielo, de su Paraíso, una belleza transformada en tabla de salvación a la que asirse cuando todo era negro; una realidad muerta y plana pero inofensiva y previsible. Y empecé a ver en vez de mirar. Sentí como nunca antes había sentido lo que era amar, decidiendo hacer mío o mejor aún, nuestro, ese lugar. Y muchas noches después y tras mil amaneceres, me prometí, y le hice saber, que aquella tierra, aquel paisaje, sería suyo. No había besos suficientes para compensar su pasado, ni habría jamás el bálsamo definitivo que calmase tanto daño, pero, aunque no estaba a mi alcance regalarle un paraíso, me conjuré para ser esa orilla donde descansar tranquila, ese mar donde purificarse; hacer de su vida el fin de la mía, darle todo el cariño y amor que necesitase.

Así, cada mañana al despertar, fundidos en un abrazo, apurando el tiempo restante para marchar a enfrentarnos con lo cotidiano, con el tedio de la rutina y lo vulgar, era entonces cuando volábamos, yéndonos muy lejos; y juntos caminábamos por esa playa, con los pies en el agua y cogidas las manos; riendo, besándonos, con la brisa fresca como únicas ropas, ajenos a todo y a todos, dueños absolutos de nuestro destino. Y la felicidad lo inundaba todo, arrastrando la inmundicia pretérita, apurando cada instante como si fuera el último, dando sentido por fin a la vida. Y de ese modo, cubriendo de besos el único presente que yo quería, fue como descubrí quién sería en adelante mi hogar, mi refugio, mi sustento; por siempre y para toda mi existencia, mientras me quedase aliento. El dulce e idolatrado rostro que por fin a mi lado sonreía.

Aire

Cuando los primeros rayos de sol alcanzaron su piel ella ya estaba despierta; los dos pequeños cachorros de león, temerarios e implacables, lamían al unísono su pie, repasando cada recoveco, cada trocito de él, una y otra vez, compitiendo entre sí, apartándose y luchando por tan apetitoso premio. Les dejo hacer, divertida; esperó y paciente contó hasta mil, hasta que no pudo soportar más las cosquillas, para cruzar después con un ágil salto la estancia, hasta alcanzar la ventana, abriendo la celosía. Desde lo alto de la torre pudo ver como el sol, fiel a su cita, desplegaba su dorado manto de luz, iluminando presto cada rincón de su reino, cada vida: ésta, explotaba una vez más ante sus ojos, abriéndose paso, siendo no por previsible menos deseada ; desde la atalaya del palacio observaba, como si fuesen diminutas hormigas, a todos aquellos que, como llamados por una única consigna, salían presurosos y al unísono de sus hogares, dando comienzo a la febril actividad de la diaria búsqueda del sustento, iniciando cada cual sus rutinas. Algunos, quizás los menos, serían capaces de cuestionarse e incluso comprender cuál era el objeto de todo, el motivo de aquel vital trasiego, mientras ella buscaba a ciegas, constantemente y sin respuesta, el fin último de la existencia. De un manotazo al aire apartó sin dilación tan inoportunos pensamientos; también debía ponerse en marcha, pisar el suelo firme bajo sus pies, ocuparse de lo real, de lo inmediato, de lo que deseaba; y qué mejor que aquello que realmente sabía y quería hacer; aliviar, sanar, cuidar de los demás, dar consuelo. Nació dotada de una extraordinaria capacidad para detectar el dolor a su alrededor, cualquier aflicción del cuerpo y el alma, hasta el punto de que intentar acabar con todo tipo de dolencias se convirtió en su verdadero reto: extirparlas, erradicarlas, acabar con el sufrimiento que produjesen, o en la medida de lo posible, atenuar sus devastadores efectos, minimizarlas, evitando al máximo todo padecimiento. Era el modo de sentirse viva, de devolver una parte de la fortuna por la que se sabía tocada y así, de igual manera, olvidar y camuflar entre la desgracia ajena la oscura pena que atormentaba su alma. Invariablemente, cada mañana atravesaba las puertas de su imponente morada sobre su blanca yegua, sin más carga ni compañía que sus conocimientos, una férrea voluntad y algo mucho más tangible y práctico; un pequeño hatillo con ungüentos, hierbas y pomadas. A medida que avanzaba, a cada paso de su montura, toda actividad cesaba; por doquier, rostros agradecidos, sonrisas y miradas, confirmaban el acierto de su elección, de su generosa ofrenda; cada amable gesto le recordaba que ese era sin duda el mejor camino, la más placentera senda; darse a los demás y recibir todo, entregarse a cambio de nada. Aquello que tanto le reconfortaba, era sin duda lo realmente importante; intangible e indispensable, tan caro, necesario y vital como el aire respirado. Aquel ejercicio diario suponía sin duda alguna lo más aproximado a la dicha, a la felicidad plena que en largos años había experimentado. Inalterado y previsible, como cada día, cabalgaba siempre por el mismo recorrido, asida a la comodidad de la rutina, a la seguridad y certeza que daban pisar terreno conocido; pero aún más importante, evitaba así transitar por el único sendero vetado y prohibido, aquel por el que no quiso recorrer un sólo paso; un sendero sinuoso, escarpado y árido, de nefasto recuerdo, que fatigaba cuerpo y alma, que abría las heridas desangrando, desgarrándole por dentro. Nunca antes dirigió hacia allí su caballo, a pesar de sentirse presa de una dolorosa y perenne atracción por adentrarse en lo desconocido, por abandonarse a su destino, comenzando en ese trecho el final de una angustiosa búsqueda. Y ocurrió aquella misma mañana, sin que nadie recordase en siglos que algo similar hubiera acontecido; un fuerte viento del norte, extraño y desatado, empujaba en esa dirección, con una fuerza e intensidad tales, que no dejaba más opción que ser obedecido. No sabría explicar después el motivo de aflojar las bridas, de ceder ante aquel impulso, ni entendería jamás el por qué, ni el fin de lo que hizo; pero escapando a su control, como por encanto, sin poder ser evitado o detenido, en un acto por completo ajeno a ella, asombrada contempló cómo su blanco animal avanzaba, decidido y presto, a hollar el tan rehusado
camino. No había recorrido ni mil pasos cuando pudo ver, cobijado bajo la sombra de un roble centenario, a un extraño, quizá un mendigo. Aún a esa distancia, pudo percibir algo diferente en él; desprendía una energía que podría no ser natural, adornado de un halo misterioso que rodeaba su figura, dándole una apariencia distinta a todo lo antes conocido. No sin cierta prevención y acercándose despacio, intrigada, pero sabiéndose dotada de autoridad, le requirió por su origen, fines y destino:

-¿Quién es ?, ¿qué necesita?, ¿se encuentra perdido? – preguntó cortes y sobria, interesada por el desconocido.

– Soy un simple mensajero, aunque, en otro tiempo y lugar, fui caballero ungido. Llevo años de viaje y he decido parar un instante a descansar, para después continuar hasta mi destino.

Más ella, reiterando sus pesquisas, curiosa preguntó:

– ¿es acaso posible saber hacia dónde os dirigís y qué buscáis?

Tras una pequeña pausa y con un amago de sonrisa en el rostro, aquel extraño individuo así le contestó:

-con gusto le daré razón señora de cuál es mi camino; me dirijo al Sur, en busca del Palacio de Aire y de la hermosa Arual, su Princesa.

Súbitamente una mezcla por igual de miedo y emoción invadió todo su ser. Estremecida, supo que aquello no podía ser casual, fruto del azar o del caprichoso destino. Más bien, parecía corresponder a la tan esperada respuesta, la solución a sus preguntas, el eco de la llamada silenciosa que su alma gritaba en todo momento, a cada instante de su vida. Le aterraba preguntar quién era y el porqué de su búsqueda, aunque no necesito más, lo sabía ya con certeza: era bien conocido en el reino e incluso puede que más allá de sus límites, que la Princesa no siempre estuvo sola. Hubo una vez un Príncipe, aquel con quién compartió largos años de felicidad y dicha, alguien que lo representaba todo; el puerto seguro en el que refugiarse, el sustento de su vida, el compañero que alegraba sus días, calentaba sus noches y vigilaba su sueño; aquel que de manera constante y sin denuedo le protegía de todo mal, le procuraba el bien sin medida, regaba de alegría sus horas y alimentaba su alma sin límites, con todo el amor que en el corazón de su dueña tuviese cabida . Y obligado partió a otras tierras, pues no hubo más remedio, hace mucho tiempo ya, dejando a su amor, una vida, a su Princesa, desconsolada y abatida. Y así ella, cada mañana de cada día, durante años, al despuntar el alba, iniciaba la búsqueda constante e infatigable de la persona amada. Y así, cada nuevo amanecer de todas y cada una de sus jornadas, cabalgaba hasta encontrarse como ahora, allí, en el camino que le vio partir y del que nunca retornara.
No hizo falta exponer aquello que por conocido excedía; el extraño tenía noticias sobradas de aquel sufrir, de aquella pena que le angustiaba y consumía. Temblorosa y a sabiendas, se atrevió a preguntar:

-¿Se puede saber por qué la buscáis, cual es el motivo?.

-Es cosa simple, mi señora; tan sólo entregar un mensaje.

Los primeros rayos de sol entraban ya raudos por la ventana, con una leve inclinación, iluminando la punta de los dedos de su pie, donde absortos por el milagro de luz, los dos pequeños leones, moviendo únicamente sus ojos curiosos, pacientemente esperaban. Girando sobre su cuerpo, despacio, recorrió todo el ancho de la cama, abrazada a su almohada, oliendo
el intenso aroma de las aún calientes sabanas. De un salto y sin ninguna prisa, enamorada y feliz, con una sonrisa por única ropa, recorrió el corto espacio hasta la ventana. Este fue el primero de todos los que vinieron, el amanecer en el que, de nuevo, por vez primera y para siempre, pudo verlo. A lo lejos, por el camino que nunca antes quiso transitar, avanzaba firme su silueta. Regresaba al lugar que el destino le había reservado, aquel donde librar todas y cada una de las batallas, futuras y pretéritas; dudoso honor el suyo, por caprichoso y cruel, que tan caro precio se había cobrado. Más cada atardecer, cuando el último rayo de sol ya escapaba veloz a otras tierras, a iluminar otras vidas, dando paso a la deseada noche, en ese preciso instante, sentía que él regresaba. Nunca antes dejó de hacerlo y ahora ella lo sabía con absoluta certeza; tornó todo a mejor, diferente; había aprendido a verle, unos instantes antes de caer en un profundo sueño, cogidas sus manos, mirando sus ojos, unidos sus cuerpos. Nunca desapareció, permanecía allí desde siempre, protegiendo, velando, atento; constantemente unido a ella, abrazado a su Princesa, en espera del reencuentro.

Por eso mi vida, por eso

Por eso, porque hace muchos años ya que el amor entró en nuestras vidas para quedarse, haciéndonos de él presos. Y fue al contemplar entre cientos de caras y miles de cuerpos la sonrisa más pura y la mirada sincera, el alma más elevado y perfecto; fue eso y no otra cosa lo que me llevó a entregarle mi vida por completo. A esa que es tu madre, el soporte de mis días y el báculo sobre el que quise gestar una familia; la columna vertebral de mi viaje por el yermo páramo que sería la existencia sin ella. Esposa fiel, amante entregada y generosa; mi futuro, mi casa, el único tesoro que alguna vez he poseído. Y cuando la adversidad y la desdicha entraron sibilinas en esta nuestras vidas, no dudamos en ponerle remedio. 

Por eso mi tesoro, por eso. Puesto que no quedó alternativa una fría mañana de enero, tras varios días de calma y soledad absoluta, crucé valiente las puertas que nos llevarían al cielo. Sentado junto a otros tres hombres esperé paciente mi turno. Las miradas fijas en el suelo, los nervios a flor de piel y la inequívoca sensación de estar haciendo lo correcto. Una señora de edad, abandonada por la belleza en su día, de figura anti erótica, aniquiladora de libidos, mortal enemiga de la simpatía y eficaz revulsivo de los bajos instintos, acarreaba ufana los botes de muestras; unos recipientes que distaban mucho de ser barreños, superando con creces el tamaño de un dedal y, siendo optimistas, en la proporción adecuada para dichos menesteres. Con una orden y un adusto gesto me indicó la puerta de acceso, contigua a aquella salita donde sufríamos cabizbajos, e inmediatamente y sin mediar palabra entré raudo en el paraíso de Onano. Según me dijo disponía de varias opciones, a cuál más práctica y apetitosa; la consabida revista de cópulas desatadas, bien ilustradas y a todo color o bien una de las mejores películas del género: la archiconocida como el “summum” del porno, la mítica cuatro Ces, “Conejitos calientes calentando Crevillente”.

 Por eso, luz de mis ojos, por eso comido por las dudas me dispuse a ejecutar mi cometido, aunque rápido surgió el primer problema; la triada placentera, revista, mandoble y receptáculo excedían en número a las manos. Pensé en pedir ayuda y avisar a Nosferatu, pero sólo la idea produjo en mí una retracción tal que retrasó considerablemente el acto, pues escondida, retrotraída y aterrorizada pasó la homenajeada un buen rato.

No quedó más alternativa que recurrir a aquella producción de Levante, pero al poner en marcha el vídeo, con gran consternación, comprobé que no estaba rebobinado; que una señora ya muy relajada, retornando del éxtasis, era sobrepasada por los créditos de tan digna película. Más cual fue mi sensación de engaño cuando pude ver , horrorizado, que la película no era valenciana sino grabada en Galicia; toda una indignidad pues debería haberse llamado ” Conejitos calientes calentando Orense”. Distraído en semejantes cuitas perdía toda la concentración, mientras la tensión se acumulaba y el tiempo pasaba implacable.

Por eso espejo de mi alma, por eso y a pesar de la presión pude retroceder la película lo suficiente para comenzar tan ardua tarea, y ya puesto manos a la obra comenzó tan placentero proceso. Tras la puerta podía escuchar perfectamente como dos hombres conversaban sobre esta situación, tan inconveniente; a lo lejos dos enfermeras buscaban afanadas unos informes, mientras en la calle, ajeno a todo, ladraba un perro. En el vídeo una pareja de los años sesenta hacían algo parecido al Zumba; una suerte de equilibrismo coital, sobre actuado pero con buena cadencia; transmitiendo verdad,sobrio, elegante y certero. Perseverando, muy concentrado y crecido pese a la estimulación negativa de aquel contexto, resulté ser el campeón indiscutible en estas lides, pudiendo acabar tamaña gesta; después, humillado y con la sensación infame de verme observado, hice entrega de tan poco producto para el desproporcionado esfuerzo. Aquella fría mujer, ávida por terminar y cual harpía carente de todo sentimiento cogió la muestra como si del mas terrible Ébola se tratara, llevándose sin ningún mimo el objeto de mis desvelos; mis queridos genes, las células más deseadas, el más costoso y dicharachero de mis fluidos; una representación de la principal tarea a la que dediqué la adolescencia.

Por eso flor de mis días, por eso y porque pasaron varias semanas: duras, sin recibir noticias y con la angustia de no saber que ha sido de la muestra, de esa parte de ti. ¡Qué sola estaría en una fría probeta!…relegada a ser sólo un número o una letra, carente de todo lo básico y agotada por la espera.

Ahora me atormentaban las dudas: si habría sido suficiente y cumplido su cometido; si tendría que repetirse o qué pudo haber sucedido.

Por fin el teléfono sonó. Ya juntos los dos, nerviosos, en espera del cielo prometido y con las manos entrelazadas; frente a la ginecóloga y sometidos a una encuesta tendenciosa a la que no procede negarse:

-¿Fuma? –

Por supuesto.

-¿Bebe?-

Faltaría más. La duda ofende.

-¿Algún tipo de drogas?-

Todas sin excepción, incluidas las venideras

-¿Exposición a alguna fuente de energía o sustancia radiactiva?-

No pasa un día sin que un Rayo X me atraviese o tome un baño de cobalto.

-¿Enfermedades de transmisión sexual?-

Sólo las más conocidas

-¿Toma alguna medicación?-

Me pasa usted el Vademécum y ya se lo subrayo

Ni corta ni perezosa la doctora comienza a redactar su informe, temiéndonos lo peor. Tras unos interminables minutos y como un bofetón en el rostro dispara su cruel discurso:

-en los anales de la medicina jamás se ha contemplado un caso similar: nueve de cada diez espermatozoides están seriamente dañados, contrahechos y en la más absoluta ruina física y moral, siendo prácticamente un desecho. Y qué decir de su movilidad; nueve de cada diez no se mueven, mientras que el otro cruza a una velocidad de vértigo el líquido seminal: eso sí, en dirección contraria-.

Por eso amor de mi vida, por eso y porque viendo su cara supuse que las noticias no serían buenas. Pero como hombre optimista que soy ,que siempre confía en la suerte, pregunté por las probabilidades de éxito:

– hay un uno por ciento de posibilidades de producirse una gestación natural- dijo.

– ¡Un uno por ciento!, ¡estoy que lo regalo!, ¡menudas cifras! – exclamé corriendo por el despacho a voz en grito, orgulloso y henchido de júbilo.

Por eso mi vida, por eso yo soy blanco y tu eres negro; por eso mi vida, por eso hasta ahora te lo hemos ocultado. Si, lo confieso, me temo que eres adoptado.

Pensacola

¡En qué maldito momento decidí salir de Ávila! Buscaba aventuras, buenos dineros y un futuro brillante; arrimar el hombro para sostener esta patria mía y alcanzar la gloria como fin último. Y aquí estaba, en estas nuevas tierras americanas en medio de una guerra secreta y oculta, rodeado de una miríada de razas y camaradas distintos a todo lo que hasta ahora conocía. Era cierto, y así fuimos alentados, que había un objetivo compartido por todos; expulsar la canalla inglesa de estos territorios.
Como una pestilente marea, de modo progresivo y sin tregua desde hacía ya siglos, la política y objetivo inglés, maldita raza, no eran otros que menoscabar, robar y erosionar donde quiera que fuese cualquier interés español. Y aquí nos encontrábamos todos, cada uno cargado de
profundas razones: patrióticas, pecuniarias o simplemente intentando sobrevivir, pero por encima de todo con un único nexo; el miedo terrible a una muerte inminente.
Alistado en la Habana, esa perla enfangada de miseria humana, no podía siquiera imaginar lo que sería la guerra, la de verdad. Ahora sí. El elegante uniforme cuidado e impoluto con el que paseaba por el malecón, lucía tras varios combates cual sudario, repleto de todo tipo de inmundicias. Agazapado en lo que querría ser una trinchera y en espera de la señal de ataque, repasaba lentamente el mapa de la violencia y salvajismo que lleva implícito todo conflicto, reflejado en cada pedazo de tela de mis ropas. :los puños de la manga, otrora almidonados y limpios, se mostraban como una suerte de paño de matarife, del color pardo y negruzco de la
sangre coagulada-cuando tocan a degüello y en el cuerpo a cuerpo, al atravesar una barriga y en contra lo esperado el enemigo no cae o desfallece es entonces, teniendo que acuchillar una y otra vez, cuando te das cuenta de lo difícil que puede ser matar. Difícil a la par que sucio-.
La vista se desplazaba ahora a la pechera, adornada con un rosario de gotas negras de un cuello atravesado a bayoneta- una arteria bien seccionada garantiza la posibilidad de continuar con otro enemigo, dejando al anterior encomendado al Señor, si lo tienen, estos perros-.

En cada muslo, cual camino ancho y sinuoso, dos enormes manchas dan fe de lo mucho reptado en charcos de sangre de las más diversas procedencias, de enemigos y aliados por igual-he vertido mucha sangre,demasiada, y hasta ahora sin perder pizca de la mía-.
Ya reparten munición y las viandas. Sólo se escuchan los gritos de los suboficiales sobrepasando el murmullo de cientos de almas que se encomiendan a la Virgen o a sus dioses, a una buena muerte; o mejor aún a esquivarla. Corre de mano en mano el pellejo de ron; todos
tenemos valor, pero no está de más ayudarle. Repaso con los dedos, otra vez, el filo de la bayoneta. Observo los ojos enrojecidos de mis compañeros de sangría; ojos de angustia, de miedo y esperanza en otros tantos rostros, blancos, negros, indios, mestizos…reflejo de lo variopinto que puede acoger nuestra España. Se acerca el momento. Estamos a las puertas de la muerte
o de la gloria. Cierro muy fuerte los ojos y recuerdo unos instantes quién soy y de dónde vengo; a la señal y de un salto, con el alarido y empuje del honor de los otros que me precedieron, me uno a la marea de lucha que durante siglos ha engrandecido y forjado mi patria.

Otro bonito cuento de Navidad

Sentado frente al enorme ventanal, absorto en el lento caer de los primeros copos, tuvo la certeza de que este año que hoy terminaba sería especial. Había dispuesto del tiempo necesario y sido meticuloso en la preparación: la carta salió puntual, en connivencia con el conserje que, amable e incluso perruno, se acercó a Correos para dar curso a su demanda.

-¡Cuánta gente que le quiere, Don Manuel!- exclamó con una sonrisa cínica, cuasi burlona, mientras guardaba raudo en el bolsillo la nada escasa aportación pecuniaria que le fue prometida. Con una forzada mueca por toda respuesta, le hizo ver su gratitud, tan apropiada como fingida; no le soportaba ni lo más mínimo, pero era el único enlace rápido y certero del que disponía, y total, sólo era dinero, lo único que tenía en demasía. Nervioso, las puntas de los dedos repetían en el aire el machacón redoble de un tambor imaginario, sólo reconocible en su cabeza. En su viejo reloj de pulsera el tiempo parecía haberse parado: la boca, bañada por la enésima regurgitación de galletas con cacao, se asemejaba a lo que entendía debía ser el desierto, cubierta de una pasta seca adherida a los escasos dientes, algo que le provocaba una constante angustia vital por la sola posibilidad de tener una peste por aliento…y no, aquello hoy no era aceptable. Dependía totalmente de los trabajadores del centro; sus brazos, antaño fuertes, se habían convertido en unos remos inútiles, en dos colgajos casi inertes incapaces de dar la mínima prestación, descoordinados con el resto del cuerpo. Con la escasa voz que conservaba llamó a una joven auxiliar que, desbordada, trajinaba entre tan caduco y centenario paisanaje.

– ¿Si?, ¿qué desea?- preguntó, contenida por unos segundos mientras su cuerpo y mente se aprestaban a continuar su camino.

– Tengo la boca como los pies de Cristo después de caminar durante meses por el desierto- buscó escandalizar;

-¿Sería mucho pedir que me trajese agua o algún colutorio con el que hacer gárgaras?

Tardó solo treinta minutos, desesperantes, en los que deseó para ella y a cada vejestorio que le entretuvo, la peor de las suertes; treinta minutos eternos en los que sintió, visualizando incluso, como aquella galleta rica en fibra, sin apenas conservantes y con trazas de limón, cuajaba fosilizando y tapiando, cual adobe, cada milímetro de la boca, la lengua y encías, generando un olor capaz de tumbar al más curtido forense. De manera obsesiva, torpe y probablemente ineficaz, repasó con el cepillo cada rincón, eliminando todo resto de impureza, de vejez y repulsa. Ahora se sentía mejor, preparado, mientras las manecillas del reloj avanzaban tan veloces como el día. Hacía ya un buen rato que los copos caían implacables, aumentando su frecuencia y tamaño, algo en verdad preocupante; entre aquellas cimas la nieve podía caer en tal cantidad que quedaran bloqueadas las carreteras afectando a su plan, y eso no debería pasar. A medida que la fina capa cubría las laderas de la montaña, el suelo del patio y el alfeizar de las ventanas, una incipiente angustia oprimía su pecho; incrementada con cada centímetro acumulado, disparando los latidos de su maltrecho corazón y tapizando de pena los pulmones, impidiendo que el aire encontrase su camino… ¿era justo?, ¿acaso una burla del destino?… o peor aún… ¿llegaría a tiempo?…

Durante años, mientras conservó las fuerzas, con la vanidad campando por sus fueros y con la autosuficiencia por bandera, no necesito a nadie: es más, le sobraban todos. No había sensación más repugnante que el exceso de cariño, la muestra repetida de afecto y el abrazo tierno; la suave caricia, siempre de más, prescindible, incomoda y superflua; la sonrisa amable, la cálida mirada y el roce de esa mano que desencadena el más deseado sentimiento;  el amor, puro, entregado e imperecedero. Todo un auténtico compendio de mierda, un subproducto infecto del Averno solo para mentes blandas y corazones melindrosos, para memos. En unas fechas en las que la gente se lanza a mentir, obligadas a fingir y donde las palabras felicidad o amistad apestan, acechando por doquier; días de paz y amor, conceptos tan falsos como efímeros, envilecidos y manoseados de tanto uso; muladares repletos de buenos propósitos que se extinguen al exhalar la última letra; oscuros abismos donde arrojar la bondad, después de digerida y seca; la hez postrera y colofón a este perenne circo de engaño e inocencia. Y allí estaba ahora, inmóvil, de manera incomprensible con los ojos acuosos, extraños, inundados por una irreconocible y exasperante pena a la que siempre fue inmune; atrapado en una suerte de melancolía de todo aquello que siempre rechazó, de lo que nunca procuró y de lo que jamás tuvo; lo que, cuando lo hubo, ineludiblemente renegó y deshizo.

Lenta, implacable, y de forma agónica, el día se fue agotando; contrastado, por última vez, el manto blanco en la incipiente noche, como desaparecen los rayos de luz al adentrarse en un negro túnel. No podía huir… ¿a dónde?, ¿de qué hubiera servido?… es más, no lo deseaba. No quiso moverse de allí, permaneciendo inmóvil bajo la intensa luz que desde su espalda proyectaba su silueta sobre el enorme ventanal. Mientras en el exterior la fría vida oscurecía, dentro de la sala  la imagen de su cuerpo y rostro ganaba en intensidad.

Fue súbito, en un instante, cuando lo vio: junto a él, puntual como siempre lo fue, fiel a la cita. Justo al lado y apoyada la mano en su hombro; con la mirada más tierna que pueda existir, su padre le contemplaba; sosegado y sonriente, tras una infinita y paciente espera. No pudo ver más. Cayeron sus párpados, arrasados los ojos en lágrimas: todas y cada una de ellas, las últimas que habría de verter en esta Tierra.

Para aquellos que gusten de escuchar con los ojos

Blog de Manuel Manteca Jiménez.

Vivimos tiempos convulsos y vertiginosos, donde la mediocridad, convertida en derecho, pasta con la excelencia sin pudor alguno, codeándose con el talento y esfuerzo sin rubor ni mesura; como posible ejemplo, he aquí mis textos y fotos. Juzguen ustedes mismos y si algo es digno de indultar, tengan de ellos  buen provecho.