La Pasión

Giró una vez más sobre su cuerpo, agitada y bañada en sudor, envuelta en el cálido recuerdo que, recurrente, daba paso cada noche al encuentro con su amado: entregada a la solitaria pasión que desencadenaba los restos de olor a romero y almizcle que aún impregnaban aquella camisa con la que cubría su piel; gastada por el tiempo y el uso, pero de él, convertida en una autentica reliquia; la única digna de ser venerada, como lo hizo con quien lo fue todo, sin límites ni mesura; gozosamente esclavizada, a cada instante, por su idolatrada carne.

Todos murmuraban a su paso sin disimulo alguno: ella, orgullosa y altiva, les retaba devolviendo las miradas, caminando cada  tarde por el Rastro, puntual y sin falta, como si nada pasara.

Lo conocía perfectamente, cada desdén y palabra hiriente: abandonada, repudiada, engañada, inequívocamente relegada al olvido, todo dolorosamente cierto, pero fue suya. Amó y fue amada como nadie en aquella ciudad lo fue nunca; se entregó a la pasión sin mesura,  con la certeza de que todo placer es perecedero y ninguna sensación venidera podría superarlo. Idealizó aquellos momentos hasta hacer de ellos el justificante de su existencia, capaz de olvidar cómo respirar  pero recordando cada pedacito de su piel.

 Fue el último amanecer del postrero día de su vida. Se había acostado la noche antes presa de escalofríos y una  fiebre muy alta; una calentura distinta a la habitual, desconocida hasta ahora. Giró sobre sí misma, buscando entre las sábanas la impregnación del único motivo para continuar levantándose cada mañana; hundió su nariz en el hueco dejado por  su cuerpo, en la almohada, en la camisa, para comprobar, aterrada, que ya no quedaba ningún rastro de él. Se había marchado, diluido por el copioso sudor, como si nunca hubiera existido. Quiso gritar, bajar las escaleras y recorrer  las calles, salir a buscarle, pero se contuvo.

A nadie habían amado como a ella y nunca lo harían. Abrió la ventana y voló. No les daría ese gusto. 

MAX Y FIX

ILUSTRADO POR ANDREA GARCÍA ROLDÁN

¡Por fin un golpe de suerte!; escondidos tras la malla del conducto de ventilación no daban crédito a su buena estrella. Lo habían percibido de inmediato, descendiendo por la cañería hasta sus dominios, la alcantarilla situada dos plantas más abajo: la estela de aquel aroma les atrajo casi al unísono, en un caso claro de predestinación, llamados a una cita ineludible con la Fortuna, una meta alcanzable solo por los elegidos.

Pata con pata y embargado por completo el olfato, observaban sin  pestañear aquel trocito de manjar caído del cielo.

Max ya no era la rata inocente que fue, ni tan crédulo como el pequeño socio circunstancial que salivaba a su lado. Sus muchos años arrastrando la panza le habían enseñado a ser  suspicaz, a sospechar por sistema de todo regalo que le ofreciesen, y en especial de aquellos cuya obtención no presentaba obstáculo alguno, asequibles con solo estirar la garra y cogerlos. Podría recordar, sin gran esfuerzo, un centenar de colegas desaparecidos por una gestión imprudente de un potencial almuerzo, o familias enteras diezmadas por los alocados impulsos de alguno de sus miembros, carentes de la menor prevención en sus huecas seseras. Las numerosas cicatrices en su piel así lo atestiguaban: su oreja derecha, rasgada por la zarpa de un minino juguetón que se entretuvo torturándole como paso previo a devorarle; su pata trasera izquierda parcialmente amputada cuando, siendo aun una ratita, un cepo ataviado con un suculento taco de jamón le hizo enloquecer hasta perder el juicio; o qué decir de su hocico, rajado en múltiples batallas por obtener unas deliciosas sobras o el favor de alguna irresistible dama. Pero por encima de todo, sus canas: mechones blancos que adornaban su pecho, en una evidente muestra de maestría de la supervivencia, un General con mando en aquella plaza.

Fix no alcanzaba a comprender aquella locura. A pesar de sus cortas entendederas y el escaso bagaje en estas lides hasta para él era evidente la facilidad de la operación. Aquel trofeo con olor y aspecto de pedacito de queso, un meteoro  venido con toda probabilidad desde la Arcadia manchega para su deleite y felicidad, excitaba su olfato hasta el punto de hacerle enloquecer. Nada difícil, por otro lado: era el prototipo de joven rata temeraria y osada. Aun siendo el más joven de su camada ya había demostrado  tener gran arrojo y valor, un héroe del que se hablaba sin parar en todos los corrillos de las más afamadas cloacas. Él fue quién se enfrentó al humano en la cocina del restaurante de la Plaza del Ajo:

No fue fácil-solía decir- pero aquel mètre sintió tal pánico al ver mis afilados dientes que falló todos sus mortales golpes de escoba- relataba mientras acompañaba su narración con habilidosas quebradas de cintura.

Y allí estaban los dos como pasmarotes, vigilando aquella joya, desamparada y a merced de cualquier desaprensivo que pudiese arrebatársela.

Junto a la rejilla y a escasa distancia se abría en la pared un pequeño hueco, lo suficientemente ancho para poder pasar ambos al otro lado. Sin poderse contener ni más preámbulos Fix se encaminó hacia la salida.

-¡Esperemos un poco, no seas insensato!-dijo el mayor pisando la cola de su socio, frenándole en el acto. Aun es de día y entra demasiada luz en el cuarto. Es mejor no moverse de aquí hasta que reine por completo la oscuridad.

-¿Esperar? ¿Cómo que esperar? ¿A qué?..¿Te parece poco el tiempo que llevamos aquí?-dijo exaltado.

-No seas ingenuo muchacho: ¿te has parado a pensar qué hace un sabroso trozo de queso en el suelo, tan lejos de la cocina?

-Claro que sí, ¡no soy bobo! Este es un lugar de paso; con toda seguridad se le cayó a alguien.

-Está bien; pero sólo te pido que esperes a que oscurezca y saldremos a comerlo.

Ya, es más que evidente-pensó el jovenzuelo: dejaremos que llegue la noche y cuando eso ocurra tú, más grande y corpulento, te harás con todo y para mí el resto: nada, cero.

-Mira chaval, una vez conocí a una auténtica rata africana, en concreto del norte del continente, y él siempre decía…

No le dio tiempo a continuar. Como un rayo, Fix cruzó la pared por el agujero, valiente y decidido a ganar esta partida…

No sabría decir qué fue antes, el sonido de la escopeta de plomos o el del cráneo al crujir, pero eso ya no era importante.

Cuando la última brizna de luz había desaparecido por el ventanuco, solo entonces, cruzó al otro lado. Con su lento caminar esquivó el cuerpo de la joven rata, rígido e inerte a escasos centímetros de su deseo.

-Pequeño compañero, no me diste tiempo a terminar de contarte el sabio consejo que una vez me dieron, y por el que probablemente aun sigo vivo:

-Amigo-me dijo el africano-nunca lo olvides: la prisa mata.

-Realmente bueno- pensó mientras masticaba volviendo sobre sus pasos, una vez más, solo.

El Portal

                                                        

Sin lugar a dudas, ese era el portal. El fuerte olor, como el de un orinal reposado y repleto bajo la cama de un viejo, servía como indicio suficiente para saber que aquél era el lugar convenido. El vetusto edificio, de paredes ennegrecidas por el “aire puro” de Madrid y con unas enormes puertas de madera entreabiertas, era uno más de los que aun resistían en el centro. El amplio recibidor, que quizá una vez estuvo limpio, acogía entre sus sombras todo tipo de  bultos: unos, agachados y en ese momento inofensivos, encendían ajenos a todo su papel de plata; otros, dormitaban entre restos de vómito mecidos en un narcótico sueño, mientras que, un filósofo y su botella de vino, relataba en su jerga una incomprensible letanía, en un eterno monólogo. Viendo aquel cuadro, recordó una frase leída en una revista cultureta mientras a su chica le hacían las ingles: “Es preferible que la pobreza sea sórdida y no mediocre”. Estaba claro; el tipo que escribió eso, había  pillado aquí.

 A pesar de llevar mucho dinero en el bolsillo, estaba tranquilo; éste era sin duda un lugar seguro, donde nadie toleraba broncas que atrajesen a la policía. Pero sobre todo, porque no podría existir jamás distracción alguna entre un yonky y su dosis ya preparada; salvo que se la quitases y, ¡ay de ti!, resultabas invisible para él, tan útil como las heces que se acumulaban en el rincón, bajo la escalera. Subiendo rápidos por ella, Jota y su chica alcanzaron pronto la puerta que buscaban: antiquísima, de madera noble y con un rosetón de bronce por mirilla, posiblemente franqueó en su día el paso a una antigua pensión. La misma que ahora podría pasar por ser  la de banco, de tan blindada e inaccesible como se veía.

Sentada en el rellano, una mujer de edad imposible de calcular sin la ayuda de un forense, les ofreció sus servicios. La minifalda y su blusa adornada de manchas, dejaban ver, por desgracia, unas famélicas, renegridas y flácidas carnes. Puede ser que en  algún momento del pasado fuese guapa: conservaba la mirada coqueta de unos preciosos y vidriosos ojos verdes, dos esmeraldas brillantes bajo un pelo oliváceo y multicolor; lucía una sonrisa adornada con unos dientes como perlas, escasos; y, completando el cuadro, unos brazos, cuello y piernas perlados de puntos de inyección, amoratados y purulentos.

Era la clásica representante de una de las peores formas de esclavitud de los siglos veinte y veintiuno; el yonky. Por un poco más de dinero de lo que te consume un yorkshire y con el aliciente de que, en general, suelen ser más listos que un perro, un adicto joven y entrenado no da más que alegrías y buenas prestaciones. Si soportas el asco y hasta que tengan alguna venérea, en la cama o en el wáter de una estación, son dóciles y disfrutones: siempre dispuestos, cualquier recado, por engorroso que sea, resulta para ellos un auténtico placer, a cualquier hora y lo que fuere. ¿Y qué decir de la seguridad?; rápidos e intuitivos alertan y, llegado el caso, muerden: no se puede encontrar mejor protección por si viene la policía, alguien intenta robar o para defender la puerta de su amo y sus intereses. Todo son ventajas; no dan gastos sanitarios, viven el tiempo suficiente y son fáciles de sustituir, si alguno se te muere. ¿Y a qué precio? Prácticamente de saldo: unas micras de caballo, farlopa o meta; de vez en cuando un bollicacao y lo tienes para toda la vida, entregado y fiel. En fin, un regalo, como para decirle al camello, ¿por tan poco, qué más quieres?.

Rehusando de tan atractivos servicios, esperaron a que ella tocase el timbre según algún tipo de clave interna que, de manera inmediata, desencadenó la apertura de infinidad de cerrojos. Les recibió una gitana de unos cincuenta años, con un moño negro aplastado y repleta de oro, ataviada para la ocasión con una estridente bata de guata de mil flores y zapatillas rosas con pompones. Pues aún con esas, ella resultaba ser lo más discreto de la casa: desde el hall de entrada, un largo pasillo la dividía en dos; a ambos lados y emulando a la avenida de las Esfinges, perros, gatos y paragüeros de bronce señalaban el camino hasta el final, una luminosa estancia a la que nunca llegaron. Boquiabiertos pudieron contemplar el ingente número de lámparas de cristal, cortinas y brocados; todo un pequeño Versalles,  hecho con restos del Rastro. Fue la faraona la que les sacó de su asombro, indicándoles con un gesto la puerta que daba paso a la cocina. De ella, sólo tenía el nombre: aséptica, adornada y amueblada en acero como una morgue, allí en apariencia nunca se gestó un plato. Tres gitanas, las tres Gracias del Rúben, hermano de unas y marido de otra allí presentes, charlaban y reían sentadas en torno a una mesa, fabricando con habilidad papelinas con polvos blancos y marrones. A un lado tenían una caja de cartón sellada con cinta carrocera, con una abertura superior similar a una urna electoral, por donde el dinero entraba, pero no salía. En el otro extremo de la mesa, en el suelo junto a ellas y bien a mano, reposaba un cubo azul del chino, con un líquido que, por el fuerte olor, estaba claro que era cloro, la vulgar lejía. Rúben, el gitano, calentaba en el fuego de gas un enorme cuchillo con el que cortar las placas de hachís que se apilaban en la encimera. Aquello no era lo habitual, el poder acceder a la sala de máquinas de tan secreta y fructífera empresa: sólo a partir de una cierta cantidad y a clientes de confianza contrastada se les permitía entrar; además de un pequeño detalle, la absoluta certeza de que, en caso de traición, tu muerte estaba asegurada.

 Con una sonrisa que daba miedo, girándose les preguntó:

 -¿esta vez qué va a ser, mi arma?-.

Los trescientos gramos de cocaína cortada con un diez por ciento de pureza, traída desde el mismo Perú y ahora metidos dentro del pantalón, dejaban como un auténtico eunuco al actor porno mejor dotado.

Salieron del portal, disimulando el bulto bajo la camisa suelta; rápidos cruzaron hasta la otra acera, subieron a la moto y avanzaron hasta girar al final de la calle, desapareciendo.

Después de observarlo todo y tras unos instantes, un moro sentado en la terraza del kebab frente a la casa, marcaba con un sólo dedo un número en su móvil:

– ¿Jefe?…les tenemos.

ISABEL

Les habían visto salir juntos del Hotel Manila, en innumerables ocasiones, como dos buenos amigos cuando en realidad no pasaban de ser un insaciable y tenaz hombre de negocios y su potencial víctima.

Se despidieron a sus puertas una mañana, sin saber que sería la última. Cierto, aunque sólo en parte: magullado y deformado por los golpes, pero era su rostro; el del hombre de la fotografía que, meses después, le mostraba un inmutable teniente japonés con la insistencia  del traductor filipino  en que declarase el paradero de “su amigo americano”. A cada negativa los soldados derribaban libros, volcaban estanterías y machacaban a culatazos los adornos de su despacho. Nada que pudiera asustar a un español acostumbrado a una buena bronca familiar, o a la peor de las cornadas.

Igual que llegaron se marcharon, sin más explicaciones, todopoderosos tras haber invadido el archipiélago. Pero sin duda regresarían y, en ese caso, él sería el objetivo.

Una y otra vez trató de adivinar quién pudo ser el soplón que les hizo saber a los japoneses su relación con Smith; estéril labor en una cafetería de hotel saturada de ojos curiosos y finos oídos. A buen seguro habría sido más fácil reunirse en su despacho, aunque con un resultado tan críptico como publicar sus intenciones desde el púlpito de la catedral en domingo.

Las noticias corrían más que los vehículos, y cuando los japoneses irrumpieron de nuevo en su fábrica él ya había encumbrado la colina más alta del tupido valle. Desde aquella atalaya pudo ver el humo de un fuego que devoraba años de trabajo y esfuerzo, desvaneciéndose en el aire del mismo modo que él desaparecía en la jungla.

Resultaba irónico: llevaba años en Filipinas, su segunda patria, viviendo de y para la madera, y ahora su mundo se reducía a esto; a permanecer escondido como un animal asustado en el tronco de un centenario balete, un angustioso confinamiento en el corazón de un árbol.

En más de una ocasión había decidido correr el riesgo y acercarse a una aldea, desesperado al observar como sus costillas iban asomando bajo la piel, agotado por el dolor de cientos de picaduras de insectos y tras continuas diarreas por beber agua sucia. Lo intentó sólo una vez, para toparse con una patrulla nipona que, sin percatarse de su presencia, golpeaba sin piedad a un tagalo atado de pies y manos a un grueso bambú. Retrocedió y permaneció oculto, aterrado, hecho un ovillo durante dos días. Al tercero le pudo el hambre. Hurgando en los troncos podridos de los árboles encontró lo que resultó ser un manjar y, sobre todo, no le mató; unos gusanos que los nativos llamaban tamilok y que en muchas ocasiones había rechazado. Podría sobrevivir así, sin duda, pero la temporada de lluvias era inminente y se reducirían drásticamente sus posibilidades.

En las pocas ocasiones que no padecía ningún dolor, y había logrado llenar el estómago con larvas, pensaba en el probable motivo de su orden de captura: robarle.

 Mr Smith era un conocido traficante de gemas, al parecer el mejor, y él dueño de Isabel, una esmeralda de incalculable valor que éste soñaba poseer y presumía poder pagar. En esa tesitura estaban, negociando, cuando se produjo la invasión japonesa. Con toda seguridad arrestaron al yanqui, averiguando pronto su oficio e interés por aquella joya propiedad del hombre de negocios español con quien asiduamente se reunía.

Fue tras el quinto día seguido de lluvia, la noche que despertó con una tromba de agua cubriéndole casi por completo,  atrapado entre las resbaladizas paredes del viejo árbol, cuando decidió que no aguantaba más: si tenía que morir lo haría mirándoles a la cara.

Adentrándose en el sendero recorrido meses atrás, impulsado por el instinto de supervivencia, volvió sobre sus pasos hasta su antigua fábrica. Al amanecer, agotado, la pisó de nuevo, contemplando los restos inundados de lo que fue su proyecto de vida. Con el agua a media pierna se adentró en su despacho y la vio: rota, ennegrecida por el fuego y flotando; lo poco que quedaba de su mesa.

La había comprado años atrás a un anticuario que, arruinado, tuvo que desprenderse de ella. Fabricada en caoba, su tablero estaba delicadamente tallado con escenas mitológicas, y sus patas, simulando ser las de un león, se remataban con la cabeza de dicha fiera. Aquel anciano aseguraba que vino a bordo del Galeón de Manila, perteneciendo al último Virrey de Nueva Granada quien, una vez destituido tras la independencia, se trasladó a estas tierras. Permaneció en su familia, generación tras generación, hasta que  Filipinas también eligió cambiar el lazo español por el yugo norteamericano, por lo que se exiliaron dejando  atrás todos sus bienes.

Aliviado recogió la pata que reconocería entre miles: aquella en la que, por casualidad, mientras pasaba curioso sus dedos sobre los colmillos, se disparó un resorte oculto abriéndose una tapa. Dentro, en un pequeño cofre de acero, le esperaba una esmeralda del tamaño de una caja de cerillas, un auténtico tesoro. Emocionado y tras horas absorto en ella buscó en una biblioteca todo lo referente a aquel virrey, no tardando en encontrarla: la gema que nombró como Isabel en honor a su dueña, quien la lucía orgullosa engarzada en oro sobre su pecho; una hermosa mujer de ojos verdes que miraba desafiante desde el cuadro que les retrataba a ambos.

Cayó de rodillas y sujetó con firmeza la madera. El fiero león había perdido casi por completo sus colmillos y la melena, lamidos por el fuego: con sumo cuidado presionó el resalte y…

Desde la popa del barco contempló por última vez Manila, libre y arrasada por completo. Destruidos, para él, cualquier presente y futuro: nuevos tiempos que borrarían todo vestigio de su paso por aquel paraíso; recuerdos de un pasado del que ya sólo quedaban  restos de naufragios y la nostalgia de efímeros destellos de felicidad, como aquellos que desprendía al ser expuesto a la luz aquel pequeño corazón verde que latía junto al suyo.

El primero de los días

Me soltaron una mañana en aquel frío patio, completamente sólo y desamparado. El primer abandono serio y en el peor de los escenarios posibles, rodeado por una peligrosa horda y con la sensación de ser la víctima propiciatoria de aquel rebaño.

No, empezar primero de EGB no era cualquier cosa y menos en un colegio “Menor”. ¿A qué se referían con ese término?: ¿menor calidad educativa?, ¿para menores de un metro?, ¿adaptado a niños con un menor coeficiente intelectual?; o acaso anticipaban las consecuencias de estudiar en aquel colegio… ¿una menor esperanza de vida?…

En medio de aquel caos de gritos, mocos y llantos, unos señores curtidos en el acarreo de infantes intentaban organizar los grupos por edades, voceando los nombres de los galeotes con los que compartiría los siguientes ocho años.

En modo alguno me mostré nervioso: había finiquitado ya cualquier estímulo cerebral por puro agotamiento. Y es que empezaron a consumirse a finales de agosto, a escasos días de comenzar el curso, en un pequeño barrio de la periferia de una capital de tercera, en el límite entre la civilización y el campo.

Y no era un niño que se dejase amilanar fácilmente, pues ya tenía en mi haber un largo historial de enfrentamientos con los aspectos más ásperos de la vida, e incluso con la propia muerte.

Podría presumir de recordar al detalle mi primer trayecto  importante, desde el útero materno hasta las manos de sor Soledad, plantearlo como una gesta y apelar a la épica, en un contexto de fuerza desatada y sangre, pero sería mentir o como poco exagerarlo: según lo expresado por la portadora de un servidor, fue fácil; sin entrar en detalles desagradables, me quedo con que pasé rápido y sin incidentes por el canal del parto, prácticamente un paseo, nada extraordinario. Eran tiempos conejiles los setenta y yo, de mi prole, el cuarto.

Tres años después, y aprovechando el desconcierto creado por el importante aumento de efectivos en la camada, pude burlar la vigilancia de mi progenitora y escapar en busca de mi padre: tal odisea, posiblemente intensa, resultó breve, pues fui capturado por un vecino que casualmente se cruzó conmigo y, sin mayor transcendencia, convenientemente devuelto a toriles. ¡Qué tiempos aquellos en los que raptar o secuestrar un niño era una verdadera excentricidad, cosa de botarates!: una insensata actividad contemplada con desagrado, por ser un ejercicio potencialmente gravoso y, más aun sin conocer la naturaleza del sujeto, lo que era capaz de comer, su comportamiento o sus taras. De hecho no es descabellado pensar que más de una madre, atribulada y superada, probase a soltar a sus hijos por ahí, tentando a la suerte, para verles regresar a casa puntuales como siempre a la hora de la merienda, tras sortear cualquier intento de apropiación, sin que nadie los quisiera.

A los cuatro años, ya con más recorrido, tuve el primer contacto con la Parca. Nunca podré agradecer lo suficiente el buen hacer de mi Ángel de la Guarda: lo despedí por falta de Fe a los quince, y olvidé reconocerle su tarea…el caso fue que, acuciado por un incontrolable acceso de gula, descolgué medio cuerpo en una olla casi repleta de grasa de cerdo, donde languidecía  solitario en el fondo un trozo de longaniza. Algo falló en el proceso de captura: la sujeción no fue efectiva y acabé sumergido hasta las caderas. Allí, en ese momento, vi por vez primera el túnel, y al final del mismo esa luz de la que tanto se ha escrito; con una particularidad, en mi visión, se hallaba rodeada de un misterioso halo adiposo y espesos churretes de manteca. Fue mi madre quien, por fortuna, me  pudo rescatar a tiempo, eso sí, en detrimento de mi fama y de la seria posibilidad de pasar a ser leyenda: el primer caso documentado en España de niño muerto por exceso de colesterol en vía aérea.

Con cinco años y medio aun no tenía límites ni contención alguna, arriesgando a cada momento, viviendo por todo lo alto. Envié a mi hermano pequeño, aleccionado con un sopapo, a ejecutar una hábil maniobra de distracción: reclamar el tratamiento esperado ante un episodio urgente de pañal con exceso de carga, nada raro en él por ser de natural cagón; mientras tanto, sibilino, trepé desde una silla a la cómoda, y de allí al armario que presidía la habitación, desde el cual salté a la cama con un salto perfecto y un final accidentado: un golpe seco, la frente estrellada contra el somier y, a pesar de mi silencio y contención, una zapatilla del treinta y ocho surgida de la nada que avanzaba amenazante buscando mi trasero. ¿Alguien puede imaginar un acto más ruin que intentar rematar a un paracaidista herido? …

Por eso a los seis me sentía preparado para superar cualquier prueba, capaz de soportar todo lo que pudiese acontecer en ese primer día de colegio. Y conste que distaba de ser fácil, en modo alguno: los niños mayores, enormes moles de acné y músculo, paseaban por detrás de nuestras filas olfateando nuestro miedo, sopesando con qué víctima de las disponibles comenzar el  sacrificio. Nuestros temblores iban en aumento, consecuencia del intenso frío pero principalmente por el pánico, pues sabíamos que con solo una colleja podían acabar con nuestras vidas: no sería el primer caso, según nos habían contado con mucha afectación  los chicos de cursos anteriores, hablando de cientos de cadáveres de “enanos” como nosotros apilados en el salón de actos.

De repente un ruido atronador en la megafonía espantó a aquellas hienas que, huyendo despavoridas, desaparecieron como por arte de magia para terminar formando en filas al otro lado del patio. Fue así como escuchamos aquella desconocida canción:

¡Cara al sol!…

Incomprensible, aburrida y fea pero, por primera y única vez, aliviados al oírla.

Otra noche más

   Otra noche más esquivando babosos, idiotas peligrosos disfrazados de corderos y lobos sin dientes incapaces de roer unos huesos tan delicados, lo único que quedaba, el resultado del cruel latrocinio a que fue sometida. Bailaba su dolor atenuado por el alcohol, mirando sin ver, a mil kilómetros de aquel lugar, intentando recordar el más insignificante motivo para seguir respirando; una danza con la que evocar un doloroso pasado, tan fresco aun que condicionaba el presente, sin comprender qué pudo hacer mal para tener que sufrir tanto daño.

Y si hubo un culpable fue únicamente la garrapata: ese ser que se posó en su piel aquel verano, el mejor de su vida, sin otras armas que la miel de su sonrisa y unos ojos negros; con el despliegue de todos sus encantos y aquella divertida exposición sobre las innumerables ventajas de no usar contra él ningún repelente; explayándose en el atrevido discurso sobre las infinitas razones para no buscar la felicidad más allá del perímetro de sus brazos; certificando la atracción de dos pieles que, en un contacto casual, acabarían fundiendo sus labios. Esa fue la vía, el momento exacto en que se  introdujo aquel parásito en su vida.

Movía las caderas con la precisión adquirida tras  meses de academia de baile, tan mecánica como sensual, dedicando su danza a quien, ausente, abrazaba otro cuerpo en otra cama; a aquél artrópodo que dulcemente se instaló a su lado, superando con creces las expectativas de lo que ella esperaba, mientras tejían juntos el soporte de un proyecto común irrompible y eterno.

Se dejaba llevar por la música, como hizo con todo para adaptar su espacio y  dar así cabida a quien engordaba, a cada minuto, a costa suya; aquel que subsistía succionando cada gramo de su energía añadiendo además, en injusto pago, pequeñas dosis de una inmensa inseguridad y las más pueriles reivindicaciones. Como en esas enfermedades que incapacitan para ver la realidad, así fueron desapareciendo su fuerza y autoestima, hasta quedar afiladas, tan finas como la imperceptible fibra que les unía y que ella contemplaba, distorsionado por las raspas de amor que aun quedaban, como el más firme acero.

El último trago lo precipitó todo, arrojando por el sumidero la ponzoña acumulada, ahora por primera vez, evidente: el repugnante sabor a hiel en su boca, un poso amargo como aquel de la mañana en que descubrió, con absoluta claridad, en el rostro idolatrado de su amado los inequívocos rasgos de un ácaro: un ser hinchado y gordo ahíto del amor robado, arrastrando su abdomen repleto con las esperanzas frustradas de un proyecto de vida en común, de un futuro hurtado. En una última pirueta de vileza y embarrando por completo el pasado juntos, se lo dijo:

-Mi vida, estoy muy mal y tengo que contarte algo.

Solo era ruido y no quiso ni pudo entenderlo. Mientras el miserable empaquetaba su basura se contempló en el espejo,  pudiéndose ver tal cual era por primera vez en años.

 Apenas era perceptible en esa piel que ya solo cubría huesos; casi a punto de desaparecer pero allí estaba: conectada directamente al corazón, la marca de la herida por donde casi se desangra; el punto de fuga de su maltrecha alma.

Alguien subió el volumen de aquella canción y volvió a la pista: expulsada toda la inmundicia de su vida bailó como nunca antes, sintiéndose de nuevo poderosa y fuerte, del modo que solo una mujer puede hacerlo.

A su alrededor, muy pequeñitos y asustados, los potenciales parásitos corrían a esconderse.

El Gran Inquisidor

Gastón de la Croix no era un sargento de Dragones al uso, ni su deseo de recalar en Ávila un simple antojo: era la consecución de un anhelo transmitido durante generaciones; un plan urdido por el Destino para que fuese él el ejecutor de la venganza que su sangre reclamaba desde hacía siglos.

De la Croix no siempre fue De la Croix: hubo un tiempo que se escribía De la Cruz y habitó estas tierras.

Desde niño había oído  el relato de aquel  antepasado que vino huyendo de España, el único que pudo escapar, y el nombre de un terrible Inquisidor: Torquemada.

Narraba la historia de unos judíos conversos toledanos  desplazados a Ávila, cuyo terrible error fue entonar, en una fiesta,  una inocente canción de cuna hebrea: motivo suficiente para acabar en el potro, acusados de ser marranos y torturados hasta  confesar  sus crímenes contra  Dios y su Iglesia, siendo  finalmente condenados,  sin piedad, a la hoguera. Tormento  que pudo esquivar el más joven,  y no por clemencia del Tribunal, sino por  intercesión de un noble local  que, conmovido ante tanto dolor, le envió lejos, con una antigua parentela francesa.

Y he ahí que, tras centenares de años, la Compañía de Dragones del sargento De la Croix  arribó a la ciudad, y con él, su plan oculto de revancha.

Las noticias de los crímenes y saqueos de aquellas tropas “ilustradas” corrían como la pólvora, asustando a las poblaciones e infundiendo miedo: entraron  a caballo,  sin respeto alguno,  por la puerta principal del Real Monasterio de Santo Tomás, previa amenaza de volarla a cañonazos; entretanto, otra unidad lo asaltaba por la entrada  de los carros, en la tapia de piedra que rodeaba  el convento.

 A pesar de la orden dada a la tropa de no asesinar y la súplica del Prior a los suyos de no oponerse, varios soldados, exaltados, abrieron con sus bayonetas el vientre de dos monjes. Dentro de la iglesia, en sagrado, las bestias saltaban sobre los bancos de madera mientras sus jinetes arrancaban todo objeto brillante.

Ajeno a aquella orgía de destrucción Gastón escudriñaba el suelo, caminando sobre las lápidas en pos de  su enemigo. Tras varias horas  y sin logro alguno  llegó la noche,  entorpeciendo la búsqueda; pero él, curtido en todas las campañas del Emperador, sabía qué hacer. A pesar del caos  no tardó en encontrar al Prior que, apaleado, rezaba en su celda. En un perfecto sefardí le preguntó por la tumba del inquisidor; “el Perro de Dios”, añadió.

La negativa del religioso obtuvo una rápida respuesta: instalaron la parrilla justo al lado de la tumba del Infante Don Juan, primogénito de los Reyes Católicos. Los gritos arrancados por  las brasas reverberaban por todo el templo, provocando las quejas airadas de una tropa que, somnolienta,  reclamaba silencio. En otra situación habría sido posible algún conato de piedad, pero no en esta; era de sobra conocido el apoyo casi incondicional  del clero a la guerra total a Francia, aglutinando entorno a la Fe un sentimiento nacional que, a ojos del gabacho, rozaba lo fanático.

Toda una noche de tormento no arrojó ningún resultado. Agotados y  hastiados de oír chillidos, los soldados pidieron descansar, amén de mantener vivo a aquel desgraciado: y  a ello se disponían cuando, con el alba, llegaron noticias de nuevas iglesias y palacios que asaltar, lo que produjo una fuga general e inmediata. Sólo mediante coacciones y promesas  pudo el sargento mantener acantonados  en el convento a  una docena de hombres; suficientes, por otro lado, para controlar a un puñado de aterrorizados monjes  y  unos pocos criados.

Exhausto, dio órdenes de no ser molestado y se dispuso a dormir en una celda. No habrían pasado más de tres o cuatro horas cuando le despertó una mano que presionaba su hombro; sobresaltado y  por instinto, colocó la punta de su cuchillo en la garganta de un dominico orondo y asustado que, entre susurros, pidió disculpas y permiso para hablarle; le rogó que, por Caridad, dejasen en paz al Prior pues todos los objetos de valor habían sido ya “requisados”. El francés, a fin de ahorrar tiempo, decidió explicarle el objeto  de su búsqueda.

Tras reflexionar unos  minutos, el monje le hizo saber que de aquél  no obtendría la respuesta; había llegado desde Valladolid hacía tres días, nombrado máximo responsable  del Monasterio por decisión del General de la Orden. Bajando  la voz, le indicó que la información que  buscaba sólo la conocía una persona y que llegar hasta ella debía hacerse en  absoluto secreto; el suboficial se marcharía de allí, pero quien le indicase el lugar de la tumba sería considerado un traidor, un afrancesado, siendo  ejecutado de inmediato.

Con el ocaso, apostó convenientemente a sus hombres, anunciándoles que iba a la ciudad en busca de distracciones, concretamente femeninas. No tardó en regresar, embozado, colándose por una pequeña puerta oculta en la tapia,  tras la cual  esperaba el sacerdote. Éste le hizo saber que a quién buscaban  aguardaba ya  entre los pinos, en lo alto del cerro.

Reinaba la oscuridad y una calma absoluta: apenas habían recorrido quinientos metros cuando,  de entre las sombras, tres hombres se les echaron encima; el sargento intentó esgrimir su sable, pero una enorme navaja en el cuello le disuadió de hacerlo. Le redujeron  y ataron,  llevándole a golpes hasta la cima donde, desaparecida toda arrogancia,  pidió clemencia al contemplar la pequeña capilla rodeada de cruces que coronaba el Campo Santo del convento.

Otros dos hombres habían destapado una tumba: la del antiguo Prior, muerto cinco días antes; el único conocedor del lugar exacto donde descansaba Torquemada.

Le colocaron junto a él, pegadas las caras, indicándole quién era: 

-No hay prisa, monsieur- se burlaron- dispondrá de todo el tiempo del mundo para  hacer sus preguntas.

Solo el sonido de las palas y los gritos  rompieron el silencio aquella noche: a buen seguro que, no muy lejos de allí, el espíritu del Gran Inquisidor  sonreía victorioso y  ufano, oculto por siempre en su nicho.