Generoso

Desde el altozano que dominaba el pueblo Generoso pensaba con una mayor claridad de lo que habitualmente hacía. Era la perspectiva le dijo el maestro, pero para él era más bien cosa de los gases: aquellos que podía expulsar libremente sin verse sometido a reprimenda alguna o condicionado por moderneces como el decoro; y ya sin esa presión cavilar era algo sumamente fácil.

Cortando la longaniza bajo la atenta mirada de Sisobra, su fiel chucho, calculaba el número de familias que poblaban la localidad en aquellos inicios de los años sesenta. Aproximadamente unas cien-pensó- que a razón de cuatro o cinco zagales por camada arrojaba un total de…muchísimos.

Teniendo en cuenta el lícito desahogo carnal conyugal, las desatadas pasiones generadas en ésta bucólica zona a causa del agua y la tendencia natural de la juventud a echarse al campo ya de anochecido, esos cálculos podrían quedar cortos y verse triplicados en apenas unas décadas.

Él conocía bien las consecuencias del desenfreno  y la dificultad que suponía mantener el orden una vez que se liberaban los instintos de la carne. Blasa, la coneja parda que tuvo hace dos años le mostró el camino: un tropel de pequeñas criaturas que alimentar, recursos agotados por la exigencia de tantas bocas hambrientas, carencias, enfermedad y después la muerte.

Un nudo de imposible disolución se hizo fuerte en su garganta; el vértigo ante tal reto, una desconocida sensación de mareo y el intenso latido de las venas del cerebro le hicieron temer lo peor: el terrible pataflús. Ese mortal y silencioso enemigo que acabó con el Nicasio un negro día obrando en la huerta; o con Liborio, en Peñaranda, la última noche que se fue de putas.

Cogió aire y se agarró a las piedras. Estaba tan lleno de emoción como henchido de orgullo: él sólo, sin ningún tipo de ayuda, había sido capaz de hacer un diagnóstico certero del problema latente que amenazaba el pueblo y que nadie antes supo ver; ni tan siquiera las fuerzas vivas, más instruidas y preparadas. Era su obligación dar aviso, con urgencia, y ponerle freno a aquel fornicio sin control o serían pasto, en pocos años, de una catástrofe demográfica.

Él, a buen seguro, no lo vería, pero en esa mañana de dicha quedó grabada en su haber la revelación que necesariamente debía ser extendida: en el siglo veintiuno la España rural sería presa de una nueva plaga bíblica, un mal nacido de la concupiscencia y la lascivia y el origen de cientos sino miles de conflictos. No lo habían visto las mentes preclaras, pero para sus capacidades resultó ser un juego de niños: hablaba ni más ni menos que de la temida superpoblación, una debacle similar a la que generó, presa del vicio, la receptiva Blasa.

Temblando bajo la presión del pleno conocimiento adquirido y agotado por el cúmulo de emociones aflojó la tronera y expelió satisfecho; preparada su mente, una vez más, para nuevos retos.

El otro viaje

Observando las olas a través del ojo de buey Reinaldo Nunez no pudo evitar recordar el día que comenzó su viaje, hacía ya más de dos años. Era el primogénito, el responsable de buscar una escapatoria a la miseria que impregnaba sus vidas desde que tenía memoria. La mirada penetrante de los que quedaron atrás, cargada por igual de hambre y esperanza, constituía el único motivo para continuar entero.

Moviendo la bayeta con rapidez intentó borrar de su mente la imagen de la familia que, firme en aquel muelle y perenne sobre sus hombros, dejó a mil millas de allí. Ya apenas le dolían los brazos acostumbrado como estaba a trabajar durante extenuantes jornadas, espoleado por el peor y más eficaz de los látigos, el autoimpuesto para huir de  la extrema necesidad.

El crucero rebosaba actividad: un flujo constante de personas ejecutando un simulacro del estilo de vida que nunca podrían llevar; gente corriente jugando a ser otra en su arrogante ignorancia digna merecedora de la mejor atención; una masa movida como un delicado rebaño, acarreado mansamente por la necesidad de experimentar una dulce ficción, poseídos por la perecedera sensación de vivir rodeados de lujo.

Y solo por eso, con ese único fin, miles de insignificantes hormiguitas como él recorrían el buque. Huidizas, cabizbajas y serviles, prestas a recoger el enésimo desperdicio caído de las manos de un torpe; pertinaces en la ingrata tarea, a modo de Sísifo filipino, de abundar en la exquisita higiene de cada retrete sucio, pendientes de toda inmundicia para hacerla suya, de su plena incumbencia, como si fuese un tesoro. Inmóviles y casi invisibles, cual perro de caza, en atenta espera de la orden para correr en pos del deseo ajeno, de cada capricho por estúpido que fuese. Ausentes, desplazándose como autómatas por aquel laberinto, refugiados en la siempre presente carestía que les llevó hasta allí y a la que se aferran para poder resistir; resignados a hacer real el sueño de otros, a padecer su fatua ilusión.

Solo las esporádicas llamadas a casa, cargadas de mentira y melancolía, aportaban una pequeña dosis de paz en su guerra, ya perdida de antemano, contra aquella locura: la de una enajenada ciudad flotante que desperdicia la comida suficiente para alimentar durante años a toda su aldea, que despilfarra una ingente cantidad  de agua  ante los atónitos ojos de aquellos que saben bien lo que es vivir y beber en las cloacas; habitantes de ciudades contaminadas, de aldeas y costas saturadas por la basura que genera, a cada instante y en todo el planeta, con un gesto inocente, cada anónimo viajero.

Un nuevo puerto, otra ciudad, pero siempre la misma. Un nuevo día, otra jornada, pero sujeta a su invariable rutina.

***

Tumbado sobre el catre de su angosto camarote y con la mirada fija en el blanco techo imagina una noche cuajada de estrellas, mecido sobre cubierta, con la suave brisa del mar acariciando su rostro. Ese aire cargado de pena y sal que le transporta a su pueblo en cada sueño; el mismo viento que, imparable, atraviesa los océanos para llevar sin demora una brizna de esperanza a aquellos a quienes ama y le esperan.

Infinitamente más arriba, en el pequeño paraíso que él limpia, la fiesta continua; todos ajenos por completo a su afán y a la firme  promesa que cumplirá mientras tenga fuerzas.

Resignado se deja llevar, sin lamento alguno: entregado a su suerte y a merced de las olas que moldean su destino, expuesto a los vaivenes de la caprichosa fortuna; uno más, uno de tantos que, como él, embarcaron sin pedirlo en el lado gris de la vida; en un triste sendero del camino común, el otro viaje.

Sin pasión alguna

Esperó prudente a que pasaran unos días para acercarse al nicho. La noticia voló malintencionada, dirigida a carcomer la poca conciencia que decían le quedó tras abandonarla. Vano intento. Estaban allí, cada uno a un nivel distinto del suelo, como lógica consecuencia del extremo hastío que anidó muchos años atrás en su lecho; cierto, la coyunda con aquella insaciable mujer supuso la experiencia más increíble que se pueda conocer y más aun si se sobrevive. No era una cuestión de pasión desbordada, que también; ni si quiera dejar la posibilidad de que surgiese el deseo, abordado, atajado y consumado incluso antes de ser concebido: era la sensación y el temor a ser devorado, en cualquier momento, literalmente.

Encima de su cuerpo, enésimamente cabalgado, ella esperaba cual mantis el más leve gesto dotado de sentimiento, del tipo que fuere, para encontrar la razón que diese inicio a la posesión, incapaz de calmar sus ansias. Quería robarle el alma, apropiarse de ella, tomando su ser hasta el último aliento, tan obcecada en sus fines que se olvidó por completo de vivir.

Ya no paseaban por el Rastro, como siempre habían hecho, rehuyendo de cualquier acto social donde hubiese presencia de otras mujeres;  cualquier tipo de mirada hacia él era considerada una afrenta, dirimida con una grosera invectiva hacía la descocada de turno, la consabida trifulca hogareña posterior y su correspondiente reconciliación entre sábanas. De este modo, lo que en razón debiera haber sido el sustento fundamental de su vida en común acabó siendo un penoso ejercicio de supervivencia, manteniendo los latidos de aquel corazón muerto de manera artificiosa.

La última mañana de sus días tristes amaneció sin aire, asfixiándose, con una opresión que atenazaba su pecho amenazando con fulminarle. Quiso gritar y no pudo, golpear pero no tuvo fuerzas. Se miró en el espejo y no fue capaz de reconocerse, reducido como estaba al mínimo.

Abrió la puerta y salió. Nunca la volvió a ver. Hasta hoy, indiferente frente a su nicho.

La Pasión

Giró una vez más sobre su cuerpo, agitada y bañada en sudor, envuelta en el cálido recuerdo que, recurrente, daba paso cada noche al encuentro con su amado: entregada a la solitaria pasión que desencadenaba los restos de olor a romero y almizcle que aún impregnaban aquella camisa con la que cubría su piel; gastada por el tiempo y el uso, pero de él, convertida en una autentica reliquia; la única digna de ser venerada, como lo hizo con quien lo fue todo, sin límites ni mesura; gozosamente esclavizada, a cada instante, por su idolatrada carne.

Todos murmuraban a su paso sin disimulo alguno: ella, orgullosa y altiva, les retaba devolviendo las miradas, caminando cada  tarde por el Rastro, puntual y sin falta, como si nada pasara.

Lo conocía perfectamente, cada desdén y palabra hiriente: abandonada, repudiada, engañada, inequívocamente relegada al olvido, todo dolorosamente cierto, pero fue suya. Amó y fue amada como nadie en aquella ciudad lo fue nunca; se entregó a la pasión sin mesura,  con la certeza de que todo placer es perecedero y ninguna sensación venidera podría superarlo. Idealizó aquellos momentos hasta hacer de ellos el justificante de su existencia, capaz de olvidar cómo respirar  pero recordando cada pedacito de su piel.

 Fue el último amanecer del postrero día de su vida. Se había acostado la noche antes presa de escalofríos y una  fiebre muy alta; una calentura distinta a la habitual, desconocida hasta ahora. Giró sobre sí misma, buscando entre las sábanas la impregnación del único motivo para continuar levantándose cada mañana; hundió su nariz en el hueco dejado por  su cuerpo, en la almohada, en la camisa, para comprobar, aterrada, que ya no quedaba ningún rastro de él. Se había marchado, diluido por el copioso sudor, como si nunca hubiera existido. Quiso gritar, bajar las escaleras y recorrer  las calles, salir a buscarle, pero se contuvo.

A nadie habían amado como a ella y nunca lo harían. Abrió la ventana y voló. No les daría ese gusto. 

MAX Y FIX

ILUSTRADO POR ANDREA GARCÍA ROLDÁN

¡Por fin un golpe de suerte!; escondidos tras la malla del conducto de ventilación no daban crédito a su buena estrella. Lo habían percibido de inmediato, descendiendo por la cañería hasta sus dominios, la alcantarilla situada dos plantas más abajo: la estela de aquel aroma les atrajo casi al unísono, en un caso claro de predestinación, llamados a una cita ineludible con la Fortuna, una meta alcanzable solo por los elegidos.

Pata con pata y embargado por completo el olfato, observaban sin  pestañear aquel trocito de manjar caído del cielo.

Max ya no era la rata inocente que fue, ni tan crédulo como el pequeño socio circunstancial que salivaba a su lado. Sus muchos años arrastrando la panza le habían enseñado a ser  suspicaz, a sospechar por sistema de todo regalo que le ofreciesen, y en especial de aquellos cuya obtención no presentaba obstáculo alguno, asequibles con solo estirar la garra y cogerlos. Podría recordar, sin gran esfuerzo, un centenar de colegas desaparecidos por una gestión imprudente de un potencial almuerzo, o familias enteras diezmadas por los alocados impulsos de alguno de sus miembros, carentes de la menor prevención en sus huecas seseras. Las numerosas cicatrices en su piel así lo atestiguaban: su oreja derecha, rasgada por la zarpa de un minino juguetón que se entretuvo torturándole como paso previo a devorarle; su pata trasera izquierda parcialmente amputada cuando, siendo aun una ratita, un cepo ataviado con un suculento taco de jamón le hizo enloquecer hasta perder el juicio; o qué decir de su hocico, rajado en múltiples batallas por obtener unas deliciosas sobras o el favor de alguna irresistible dama. Pero por encima de todo, sus canas: mechones blancos que adornaban su pecho, en una evidente muestra de maestría de la supervivencia, un General con mando en aquella plaza.

Fix no alcanzaba a comprender aquella locura. A pesar de sus cortas entendederas y el escaso bagaje en estas lides hasta para él era evidente la facilidad de la operación. Aquel trofeo con olor y aspecto de pedacito de queso, un meteoro  venido con toda probabilidad desde la Arcadia manchega para su deleite y felicidad, excitaba su olfato hasta el punto de hacerle enloquecer. Nada difícil, por otro lado: era el prototipo de joven rata temeraria y osada. Aun siendo el más joven de su camada ya había demostrado  tener gran arrojo y valor, un héroe del que se hablaba sin parar en todos los corrillos de las más afamadas cloacas. Él fue quién se enfrentó al humano en la cocina del restaurante de la Plaza del Ajo:

No fue fácil-solía decir- pero aquel mètre sintió tal pánico al ver mis afilados dientes que falló todos sus mortales golpes de escoba- relataba mientras acompañaba su narración con habilidosas quebradas de cintura.

Y allí estaban los dos como pasmarotes, vigilando aquella joya, desamparada y a merced de cualquier desaprensivo que pudiese arrebatársela.

Junto a la rejilla y a escasa distancia se abría en la pared un pequeño hueco, lo suficientemente ancho para poder pasar ambos al otro lado. Sin poderse contener ni más preámbulos Fix se encaminó hacia la salida.

-¡Esperemos un poco, no seas insensato!-dijo el mayor pisando la cola de su socio, frenándole en el acto. Aun es de día y entra demasiada luz en el cuarto. Es mejor no moverse de aquí hasta que reine por completo la oscuridad.

-¿Esperar? ¿Cómo que esperar? ¿A qué?..¿Te parece poco el tiempo que llevamos aquí?-dijo exaltado.

-No seas ingenuo muchacho: ¿te has parado a pensar qué hace un sabroso trozo de queso en el suelo, tan lejos de la cocina?

-Claro que sí, ¡no soy bobo! Este es un lugar de paso; con toda seguridad se le cayó a alguien.

-Está bien; pero sólo te pido que esperes a que oscurezca y saldremos a comerlo.

Ya, es más que evidente-pensó el jovenzuelo: dejaremos que llegue la noche y cuando eso ocurra tú, más grande y corpulento, te harás con todo y para mí el resto: nada, cero.

-Mira chaval, una vez conocí a una auténtica rata africana, en concreto del norte del continente, y él siempre decía…

No le dio tiempo a continuar. Como un rayo, Fix cruzó la pared por el agujero, valiente y decidido a ganar esta partida…

No sabría decir qué fue antes, el sonido de la escopeta de plomos o el del cráneo al crujir, pero eso ya no era importante.

Cuando la última brizna de luz había desaparecido por el ventanuco, solo entonces, cruzó al otro lado. Con su lento caminar esquivó el cuerpo de la joven rata, rígido e inerte a escasos centímetros de su deseo.

-Pequeño compañero, no me diste tiempo a terminar de contarte el sabio consejo que una vez me dieron, y por el que probablemente aun sigo vivo:

-Amigo-me dijo el africano-nunca lo olvides: la prisa mata.

-Realmente bueno- pensó mientras masticaba volviendo sobre sus pasos, una vez más, solo.

El Portal

                                                        

Sin lugar a dudas, ese era el portal. El fuerte olor, como el de un orinal reposado y repleto bajo la cama de un viejo, servía como indicio suficiente para saber que aquél era el lugar convenido. El vetusto edificio, de paredes ennegrecidas por el “aire puro” de Madrid y con unas enormes puertas de madera entreabiertas, era uno más de los que aun resistían en el centro. El amplio recibidor, que quizá una vez estuvo limpio, acogía entre sus sombras todo tipo de  bultos: unos, agachados y en ese momento inofensivos, encendían ajenos a todo su papel de plata; otros, dormitaban entre restos de vómito mecidos en un narcótico sueño, mientras que, un filósofo y su botella de vino, relataba en su jerga una incomprensible letanía, en un eterno monólogo. Viendo aquel cuadro, recordó una frase leída en una revista cultureta mientras a su chica le hacían las ingles: “Es preferible que la pobreza sea sórdida y no mediocre”. Estaba claro; el tipo que escribió eso, había  pillado aquí.

 A pesar de llevar mucho dinero en el bolsillo, estaba tranquilo; éste era sin duda un lugar seguro, donde nadie toleraba broncas que atrajesen a la policía. Pero sobre todo, porque no podría existir jamás distracción alguna entre un yonky y su dosis ya preparada; salvo que se la quitases y, ¡ay de ti!, resultabas invisible para él, tan útil como las heces que se acumulaban en el rincón, bajo la escalera. Subiendo rápidos por ella, Jota y su chica alcanzaron pronto la puerta que buscaban: antiquísima, de madera noble y con un rosetón de bronce por mirilla, posiblemente franqueó en su día el paso a una antigua pensión. La misma que ahora podría pasar por ser  la de banco, de tan blindada e inaccesible como se veía.

Sentada en el rellano, una mujer de edad imposible de calcular sin la ayuda de un forense, les ofreció sus servicios. La minifalda y su blusa adornada de manchas, dejaban ver, por desgracia, unas famélicas, renegridas y flácidas carnes. Puede ser que en  algún momento del pasado fuese guapa: conservaba la mirada coqueta de unos preciosos y vidriosos ojos verdes, dos esmeraldas brillantes bajo un pelo oliváceo y multicolor; lucía una sonrisa adornada con unos dientes como perlas, escasos; y, completando el cuadro, unos brazos, cuello y piernas perlados de puntos de inyección, amoratados y purulentos.

Era la clásica representante de una de las peores formas de esclavitud de los siglos veinte y veintiuno; el yonky. Por un poco más de dinero de lo que te consume un yorkshire y con el aliciente de que, en general, suelen ser más listos que un perro, un adicto joven y entrenado no da más que alegrías y buenas prestaciones. Si soportas el asco y hasta que tengan alguna venérea, en la cama o en el wáter de una estación, son dóciles y disfrutones: siempre dispuestos, cualquier recado, por engorroso que sea, resulta para ellos un auténtico placer, a cualquier hora y lo que fuere. ¿Y qué decir de la seguridad?; rápidos e intuitivos alertan y, llegado el caso, muerden: no se puede encontrar mejor protección por si viene la policía, alguien intenta robar o para defender la puerta de su amo y sus intereses. Todo son ventajas; no dan gastos sanitarios, viven el tiempo suficiente y son fáciles de sustituir, si alguno se te muere. ¿Y a qué precio? Prácticamente de saldo: unas micras de caballo, farlopa o meta; de vez en cuando un bollicacao y lo tienes para toda la vida, entregado y fiel. En fin, un regalo, como para decirle al camello, ¿por tan poco, qué más quieres?.

Rehusando de tan atractivos servicios, esperaron a que ella tocase el timbre según algún tipo de clave interna que, de manera inmediata, desencadenó la apertura de infinidad de cerrojos. Les recibió una gitana de unos cincuenta años, con un moño negro aplastado y repleta de oro, ataviada para la ocasión con una estridente bata de guata de mil flores y zapatillas rosas con pompones. Pues aún con esas, ella resultaba ser lo más discreto de la casa: desde el hall de entrada, un largo pasillo la dividía en dos; a ambos lados y emulando a la avenida de las Esfinges, perros, gatos y paragüeros de bronce señalaban el camino hasta el final, una luminosa estancia a la que nunca llegaron. Boquiabiertos pudieron contemplar el ingente número de lámparas de cristal, cortinas y brocados; todo un pequeño Versalles,  hecho con restos del Rastro. Fue la faraona la que les sacó de su asombro, indicándoles con un gesto la puerta que daba paso a la cocina. De ella, sólo tenía el nombre: aséptica, adornada y amueblada en acero como una morgue, allí en apariencia nunca se gestó un plato. Tres gitanas, las tres Gracias del Rúben, hermano de unas y marido de otra allí presentes, charlaban y reían sentadas en torno a una mesa, fabricando con habilidad papelinas con polvos blancos y marrones. A un lado tenían una caja de cartón sellada con cinta carrocera, con una abertura superior similar a una urna electoral, por donde el dinero entraba, pero no salía. En el otro extremo de la mesa, en el suelo junto a ellas y bien a mano, reposaba un cubo azul del chino, con un líquido que, por el fuerte olor, estaba claro que era cloro, la vulgar lejía. Rúben, el gitano, calentaba en el fuego de gas un enorme cuchillo con el que cortar las placas de hachís que se apilaban en la encimera. Aquello no era lo habitual, el poder acceder a la sala de máquinas de tan secreta y fructífera empresa: sólo a partir de una cierta cantidad y a clientes de confianza contrastada se les permitía entrar; además de un pequeño detalle, la absoluta certeza de que, en caso de traición, tu muerte estaba asegurada.

 Con una sonrisa que daba miedo, girándose les preguntó:

 -¿esta vez qué va a ser, mi arma?-.

Los trescientos gramos de cocaína cortada con un diez por ciento de pureza, traída desde el mismo Perú y ahora metidos dentro del pantalón, dejaban como un auténtico eunuco al actor porno mejor dotado.

Salieron del portal, disimulando el bulto bajo la camisa suelta; rápidos cruzaron hasta la otra acera, subieron a la moto y avanzaron hasta girar al final de la calle, desapareciendo.

Después de observarlo todo y tras unos instantes, un moro sentado en la terraza del kebab frente a la casa, marcaba con un sólo dedo un número en su móvil:

– ¿Jefe?…les tenemos.

ISABEL

Les habían visto salir juntos del Hotel Manila, en innumerables ocasiones, como dos buenos amigos cuando en realidad no pasaban de ser un insaciable y tenaz hombre de negocios y su potencial víctima.

Se despidieron a sus puertas una mañana, sin saber que sería la última. Cierto, aunque sólo en parte: magullado y deformado por los golpes, pero era su rostro; el del hombre de la fotografía que, meses después, le mostraba un inmutable teniente japonés con la insistencia  del traductor filipino  en que declarase el paradero de “su amigo americano”. A cada negativa los soldados derribaban libros, volcaban estanterías y machacaban a culatazos los adornos de su despacho. Nada que pudiera asustar a un español acostumbrado a una buena bronca familiar, o a la peor de las cornadas.

Igual que llegaron se marcharon, sin más explicaciones, todopoderosos tras haber invadido el archipiélago. Pero sin duda regresarían y, en ese caso, él sería el objetivo.

Una y otra vez trató de adivinar quién pudo ser el soplón que les hizo saber a los japoneses su relación con Smith; estéril labor en una cafetería de hotel saturada de ojos curiosos y finos oídos. A buen seguro habría sido más fácil reunirse en su despacho, aunque con un resultado tan críptico como publicar sus intenciones desde el púlpito de la catedral en domingo.

Las noticias corrían más que los vehículos, y cuando los japoneses irrumpieron de nuevo en su fábrica él ya había encumbrado la colina más alta del tupido valle. Desde aquella atalaya pudo ver el humo de un fuego que devoraba años de trabajo y esfuerzo, desvaneciéndose en el aire del mismo modo que él desaparecía en la jungla.

Resultaba irónico: llevaba años en Filipinas, su segunda patria, viviendo de y para la madera, y ahora su mundo se reducía a esto; a permanecer escondido como un animal asustado en el tronco de un centenario balete, un angustioso confinamiento en el corazón de un árbol.

En más de una ocasión había decidido correr el riesgo y acercarse a una aldea, desesperado al observar como sus costillas iban asomando bajo la piel, agotado por el dolor de cientos de picaduras de insectos y tras continuas diarreas por beber agua sucia. Lo intentó sólo una vez, para toparse con una patrulla nipona que, sin percatarse de su presencia, golpeaba sin piedad a un tagalo atado de pies y manos a un grueso bambú. Retrocedió y permaneció oculto, aterrado, hecho un ovillo durante dos días. Al tercero le pudo el hambre. Hurgando en los troncos podridos de los árboles encontró lo que resultó ser un manjar y, sobre todo, no le mató; unos gusanos que los nativos llamaban tamilok y que en muchas ocasiones había rechazado. Podría sobrevivir así, sin duda, pero la temporada de lluvias era inminente y se reducirían drásticamente sus posibilidades.

En las pocas ocasiones que no padecía ningún dolor, y había logrado llenar el estómago con larvas, pensaba en el probable motivo de su orden de captura: robarle.

 Mr Smith era un conocido traficante de gemas, al parecer el mejor, y él dueño de Isabel, una esmeralda de incalculable valor que éste soñaba poseer y presumía poder pagar. En esa tesitura estaban, negociando, cuando se produjo la invasión japonesa. Con toda seguridad arrestaron al yanqui, averiguando pronto su oficio e interés por aquella joya propiedad del hombre de negocios español con quien asiduamente se reunía.

Fue tras el quinto día seguido de lluvia, la noche que despertó con una tromba de agua cubriéndole casi por completo,  atrapado entre las resbaladizas paredes del viejo árbol, cuando decidió que no aguantaba más: si tenía que morir lo haría mirándoles a la cara.

Adentrándose en el sendero recorrido meses atrás, impulsado por el instinto de supervivencia, volvió sobre sus pasos hasta su antigua fábrica. Al amanecer, agotado, la pisó de nuevo, contemplando los restos inundados de lo que fue su proyecto de vida. Con el agua a media pierna se adentró en su despacho y la vio: rota, ennegrecida por el fuego y flotando; lo poco que quedaba de su mesa.

La había comprado años atrás a un anticuario que, arruinado, tuvo que desprenderse de ella. Fabricada en caoba, su tablero estaba delicadamente tallado con escenas mitológicas, y sus patas, simulando ser las de un león, se remataban con la cabeza de dicha fiera. Aquel anciano aseguraba que vino a bordo del Galeón de Manila, perteneciendo al último Virrey de Nueva Granada quien, una vez destituido tras la independencia, se trasladó a estas tierras. Permaneció en su familia, generación tras generación, hasta que  Filipinas también eligió cambiar el lazo español por el yugo norteamericano, por lo que se exiliaron dejando  atrás todos sus bienes.

Aliviado recogió la pata que reconocería entre miles: aquella en la que, por casualidad, mientras pasaba curioso sus dedos sobre los colmillos, se disparó un resorte oculto abriéndose una tapa. Dentro, en un pequeño cofre de acero, le esperaba una esmeralda del tamaño de una caja de cerillas, un auténtico tesoro. Emocionado y tras horas absorto en ella buscó en una biblioteca todo lo referente a aquel virrey, no tardando en encontrarla: la gema que nombró como Isabel en honor a su dueña, quien la lucía orgullosa engarzada en oro sobre su pecho; una hermosa mujer de ojos verdes que miraba desafiante desde el cuadro que les retrataba a ambos.

Cayó de rodillas y sujetó con firmeza la madera. El fiero león había perdido casi por completo sus colmillos y la melena, lamidos por el fuego: con sumo cuidado presionó el resalte y…

Desde la popa del barco contempló por última vez Manila, libre y arrasada por completo. Destruidos, para él, cualquier presente y futuro: nuevos tiempos que borrarían todo vestigio de su paso por aquel paraíso; recuerdos de un pasado del que ya sólo quedaban  restos de naufragios y la nostalgia de efímeros destellos de felicidad, como aquellos que desprendía al ser expuesto a la luz aquel pequeño corazón verde que latía junto al suyo.