La cita

-¿Quien está ahí? ¿Por qué molesta?

Lo había olvidado por completo, a pesar de que hizo el  pedido por Internet esa misma mañana; pero no por eso dejaba de ser un incordio. El dolor de espalda le estaba matando y ni siquiera los parches le hacían efecto. Aquel médico del centro de salud siempre le racaneaba la dosis, cómo si no supiese que aquella cantidad no le llegaba ni al hueco de una muela.

-¡Quítate esa gorra que te pueda ver la cara!

Por eso le costaba tanto levantarse del viejo sillón hecho a su medida y perfectamente adaptado a su esquelético culo con un cojín, ocre, raído y sucio de manchas de café y tomate; con su tapizado gris acribillado por las quemaduras de chispas de los buenos tiempos, cuando aun fumaba. No era la primera vez que había dejado de atender una llamada al timbre por ese motivo, simple pereza, ahorrándose el largo rosario de pinchazos, gruñidos y quejas que le provocaba el moverse de su cómodo trono.

-¡Deja la caja en el suelo y te marchas con viento fresco que no hay propina!

Esperó unos minutos, hasta que se detuvo el zumbido del ascensor y solo así decidió abrir la puerta, dando por hecho que el mozo se habría largado. Le había costado lo suyo calcular la cantidad de productos que sería capaz de mover, pero ya nunca fallaba: “exactamente quince kilos, ni uno más”, pensó, mientras introducía el pomo metálico de su bastón por una de las asas…uno, dos y tres…tiró de él, arrastrando la caja dentro del recibidor, con toda la rapidez que le permitían sus flácidos músculos, y cerrando la puerta tras de sí, aliviado y seguro.

-¡Ha llegado la compra amor!

No era por miedo o cobardía toda aquella prevención; más bien una muestra de prudencia. Lo veía cada día en los medios de comunicación, en esos programas tan dados a mostrar los terribles asaltos, timos y robos-a veces con extrema violencia-que mostraban a diario; destinados a asustar a los ancianos incautos que abrían alegremente sus hogares, confiados en la bondad del prójimo. Esos pocos que aun vivían en un pasado más amable, con un estilo de vida ya extinto, un espejismo. Giró sobre sí mismo y dio dos pasos hasta la puerta…una, dos, tres vueltas a la llave, incrustando los anclajes y retomando el camino con la valiosa carga.

Tirando de la caja, como una vieja locomotora, cruzó el estrecho pasillo hasta la otra punta de la casa; cincuenta años atrás un pequeño apartamento que hoy se le antojaba olímpico. Los muebles de la cocina, el último grito en los noventa, relucían bajo la fuerte luz del sol de agosto, gastados y pulcros, con el intenso olor a madera impregnándolo todo, ahora más natural, enriquecido con el ligero toque de aquellas manzanas recién traídas.

-¿Tienes mucha hambre?

Se sentó sobre el taburete blanco, junto al cajón, para poderlo vaciar sin tener que doblar su castigada espalda, extendiendo el contenido sobre la mesa. Daba igual hacerlo, ni siquiera molestarse en comprobarlo: era siempre el mismo pedido. El médico había sido tajante y muy claro: se acabó la comida con exceso de grasa, el alcohol y las harinas refinadas-exactamente su dieta-; todo en aras de prevenir enfermedades potencialmente mortales y a fin de alargar la vida-sentenció el miserable-, como si aquel fuera su deseo. Resignado abrió la puerta del frigorífico e introdujo, con parsimonia, cada alimento en su correspondiente nivel; y lo hizo como lo hacía todo, según tenía el día: en ocasiones metódico y riguroso, basándose en  los estrictos criterios del último gurú gastronómico; o bien desde un punto de vista científico y calculador, perfectamente documentado en un nuevo y sesudo estudio acerca de la conservación y propiedades de tal o cual producto; o en última instancia anárquico y rebelde, como el punki que fue…a lo loco, temerario y viviendo al límite, mezclando en la misma balda carnes, embutidos y verduras, todo junto… arriesgando.

-Tendré que tirar estos peces, que ya huelen. Ya sabes lo que pienso: el pescado no es comida.

Cerró la nevera con más energía de la necesaria-cargado su cuerpo de proteínas por ósmosis visual- y un imán cayó justo encima de su pie; el más pesado de todos, aquel que compraron en su visita a Roma y que llevaba grabado un escueto SPQR. Unas iniciales cuyo significado no recordaba bien; algo relativo al Congreso de los Diputados romanos, como los nuestros, otro atajo de inútiles y vagos. Un viaje especial a una ciudad magnífica, cuna de nuestra civilización y ejemplo de belleza, pero no lo suficiente como para agacharse: de un puntapié empujó aquel objeto bajo el frigorífico, condenándolo así al olvido; su particular venganza por la invasión de lo que después sería Hispania, siempre presente en el rencor patrio.

-En unos minutos te preparo el café. ¡No seas impaciente!

Abrió la ventana y se sentó a esperar. Al fondo, entre las hojas resinosas de los árboles de la avenida se recortaba la silueta parduzca de su montaña. Aun podía ver, grabada en su piel, la huella que dejaron las ramas secas y quebradas de los piornos al atravesar la carne; recordando aquellos paseos por su cresta, agotadores y hermosos, cuando el dolor y la fatiga eran una consecuencia más de estar vivo; tiempos en los que el término marchito quedaba postergado, impensable e infinitamente lejano.

Había hecho un pequeño pastel con lo que pudo encontrar, unas galletas rancias y mermelada de higo. Repostería para inútiles como le gustaba decir; algo simbólico, trivial y absurdo, pues no soportaba su sabor, incapaz de tragarlo; un presente tan prescindible como lo era él, como su futuro, en ese feliz día de su octogésimo cumpleaños.

-¿De verdad no quieres probarlo?…No te culpo…¡el sabor es pésimo!

Acunado en su mecedora, con la suave brisa del atardecer acariciando su rostro se dejó llevar, atrapado en la recurrente melancolía que invadía sus horas. El ruido de la calle, un canto aliñado con el llanto de un bebé y la charla monótona de los jubilados, le transportó a otra época: años, lejanos ya, de esperanzas puestas en una quimera, corriendo alocado en pos de una felicidad fiada toda al futuro; amores, brío y juventud hermosamente desperdiciados; vacíos, yermos como un vientre seco regado con semilla vana. Tiempos de esperas estériles, de ocasiones perdidas; de dejar pasar, sin comer a bocados, cada encuentro con la vida.

Ahora la tenía frente a él, sonriente, con su mirada picara, de cariñoso reproche…solo por unos instantes, cada año y en ese día…susurrando en su oído la añorada frase que no le permite irse, que le retiene a su lado…estaré siempre a tu lado, hasta el último de los días…

Le despertó el frío viento de la noche, tiritando; embriagado por el fuerte aroma de su perfume impregnando el aire; aun perceptible en la piel la huella indeleble de su tacto: casi real, puntual como siempre, fiel a la cita.

Hope

Hope, el pequeño oso polar, no podía estar más orgulloso…ni más hambriento. Aún le quedaba un último obstáculo, superar aquella pared de hielo y nieve, pero podía olerlo.

Lo había conseguido por sí mismo, tras una larga travesía, y ahora solo pensaba en cómo estaría su madre, en apresurarse y regresar a tiempo para darle la feliz noticia.

Fue en la última semana, antes de separarse. Nunca, en su primer año de vida, había observado en ella tal inquietud como la de aquellos días. Acababan de recorrer, por enésima vez, la reducida placa de hielo que ahora era su territorio de caza. Un terreno que, inexorable, disminuía cada día laminado por los implacables rayos de sol. Distraído en roer un  pequeño hueso de foca no era capaz de adivinar el motivo de la preocupación que atormentaba a la vieja osa. Hacía ya varias semanas desde que pudo capturar aquel ejemplar del que solo quedaba eso, un minúsculo trozo duro y raído con el que su cría intentaba calmar el apetito insaciable de un animal en pleno desarrollo. Toda forma de vida parecía haber desaparecido de pronto; tan solo acertaban a divisar las aletas de peces y algunas ballenas que, inaccesibles, contribuían a aumentar su necesidad y desamparo. El resto de la manada había desaparecido junto a la tormenta que meses atrás les sumió en la más absoluta oscuridad, dividiendo a un grupo condenado a disgregarse y donde ya no estaba garantizada la seguridad de las crías. Y su madre lo sabía.

Fue la última noche, cuando dos grandes machos les sorprendieron dormitando entre las altas paredes de hielo. Habían olido a mucha distancia la presencia del joven osezno, su debilidad y la carne tierna; un manjar deseado y asequible que no pasarían por alto. Con sigilo y antes de ser detectados rodearon a aquella pareja que, ajenos a todo, descansaba acurrucada sobre el frío suelo, soñando con futuras presas con las que llenar sus estómagos, sin percatarse del inminente peligro; pasar a ser ellos mismos el alimento de aquellos dos.

Un instinto más poderoso que el mismo océano le hizo despertar. Allí estaban, observando en silencio, esperando el momento para saltar sobre ellos, sopesando la fuerza y resistencia de la famélica osa. Asustada se irguió sobre las patas traseras, dispuesta a vender cara su vida y la de su retoño, adelantándose unos pasos para atraer su atención, intentando alejarles de allí y así protegerle.

El primer zarpazo rasgó por completo su pecho, abriendo camino a un reguero de sangre cuyo olor no hizo más que excitar el hambre de sus enemigos; uno por cada lado, moviéndose en un semicírculo asfixiante, amagando con sus garras y dientes, seguros de lograr su objetivo. Arrinconado contra la pared Hope observaba aterrado la evolución de la contienda; un intercambio feroz de gruñidos y golpes y una nube de pequeñas gotas rojas impregnando las rachas de viento tras cada ataque. Agotada y gravemente herida tomó una última decisión, una medida desesperada. Aprovechando un momento en que los dos atacantes se encontraban juntos se abalanzó sobre ellos de un salto, impulsada por sus agotadas patas y reuniendo para aquella maniobra suicida el resto de sus fuerzas. Cayó a escasos centímetros de ellos, tan cerca que quedó expuesta por completo a sus armas, dispuesta a morir, cuando un enorme crujido a sus pies paralizó a todos. La placa de hielo acababa de romperse y el mayor peso de ellos hundió en un segundo el trozo de suelo sobre el que se apoyaban quienes amenazaban sus vidas. Desesperados intentaron subir al suelo helado donde se defendía la osa; herida y a punto de desfallecer, pero aun con el coraje suficiente para impedirlo. Desde esa posición, luchando por no ahogarse y esquivando los ataques, ambos machos comenzaron a nadar en dirección contraria, hacía la nueva placa que se alejaba cada vez más, separándoles de sus presas.

Al cabo de unos minutos, cuando el olor de los machos se hubo disipado, se acercó despacio hasta el cuerpo de su madre, que yacía recostada sobre un charco de sangre. Aun respiraba, y con todo el cuidado del que fue capaz comenzó a lamer las heridas que surcaban casi por completo cada palmo  de piel.

-Debes huir, mi tesoro-acertó a decir ella.

-¿Huir? ¿Hacia dónde?-

-Dirígete al norte, y pronto. Ellos volverán, y no habrá una segunda oportunidad.

-No, no te dejaré aquí sola. Vendrás conmigo.

-No te preocupes por mí, estaré bien. Solo necesito dormir. Esperaré tu regreso y entonces despertaré. Te lo prometo. Pero ahora debes irte. Ya.

Recorrió durante días la llanura de hielo, solo y hambriento, tentado a cada instante a regresar hasta el lugar donde quedó su madre. Con las últimas fuerzas que le quedaban comenzó a subir el pequeño pico helado que tenía delante, siempre dispuesto a avanzar hacia el norte, como le habían ordenado. Unos metros antes de la cumbre lo pudo oler; el inequívoco aroma a carne, piel y huesos, y como no, también a oso.

Lo había logrado. Semanas de esfuerzo y sacrificio recompensadas con un poco de comida y compañía. Su madre estaría orgullosa de su hazaña, sin duda. Espoleado por el hambre ascendió esperanzado el corto trecho que le separaba de la cumbre y su futuro, para, una vez allí, descubrir aterrorizado quienes eran sus nuevos compañeros; los mismos dos osos que les atacaron tiempo atrás y que devoraban con fruición el cuerpo de un pequeño osezno.

No tenía tiempo suficiente para huir, ni la energía para hacerlo. No quedaba otra opción que luchar y, con toda probabilidad, morir en el intento. Alertados por su presencia levantaron la cabeza de su comida, atentos a la pequeña elevación desde donde él les observaba, casi retándoles.

Desde lo alto, y antes de enfrentarse a su destino, echó una última mirada a su alrededor, a lo que fue su mundo; un universo de hielo y vida del que apenas quedaba nada, como él, condenado a desaparecer.

Sostenibilidad, divino tesoro.

Me disponía a escribir,como cada vez que alguna idea enciende la mecha de esa extraña necesidad de plasmar sobre un papel palabras que, aun inútiles o prescindibles, ya no pueden ser ignoradas; y en esa tesitura estaba cuando vi publicado el reto de imaginar o rememorar un viaje relativo a algo tan en boga como es el concepto de sostenibilidad.
Fácil tarea, pan comido, tan sencillo como robar a un niño: ya no quedan viajes que el planeta pueda soportar. Así de categórico.
Si, alguno podría esgrimir que es posible que exista un modo inocuo de hacerlo, el único, ir caminando, pero aun así ese método supondría dejar tras de sí un rastro indeleble de consumo de recursos, un ejercicio solo viable por la inmensa desigualdad que hemos establecido entre los millones de personas que depredamos la tierra.
Supongamos que en un arrebato de conciencia ecológica decidimos viajar minimizando al máximo el impacto negativo de tal decisión y elegimos un destino, por supuesto, del denominado tercer mundo. Es evidente que no puede ser de otro modo: si quiero conocer Nueva York con cinco euros al día necesariamente acabaré visitando comedores sociales y compartiendo cama de cartón con algún indigente.
¿Qué necesitaré para aquel viaje?: botas, pantalón multiaventura, camisetas y mochila de una conocida cadena de suministros deportivos, todo fabricado en países donde la regulación sobre la contaminación de aire y agua es igual a cero; un material transportado después en enormes barcos de combustible altamente nocivo, en flotas de camiones y furgonetas. ¿Y el desplazamiento a ese paraíso?: no es muy factible visitar Birmania desde Madrid a pie, aunque no imposible, pero es recomendable hacerlo en avión, a tan solo 285 gramos de CO2 por pasajero y kilómetro. Todo muy verde.
Otra opción, y sin salir del país, es volver al pueblo, al contacto con la naturaleza…en coche, por supuesto, previo paso por el supermercado a comprar alimentos procedentes de enormes explotaciones y criaderos industriales, envueltos en un plástico que acabará en vertederos alejados de cualquier punto de reciclaje; pero eso sí, rodeados de bosques y montañas, como le gusta al viajero concienciado.
¿O por qué no la playa?, con la piel perfectamente protegida por esa crema solar o aceites que acaban flotando en el mar sin repercusión alguna; después una ducha sin prisa con abundante gel, cañas, paella y ya de madrugada copas en enormes salas con luces de neón y aire acondicionado, pero vestido con pantalones y camisa de lino fabricados en Bangladesh por una firma solidaria que solo contamina por aquellos lares y nada más que lo justo.
Por eso no salgo de casa. Por ecologismo, por poner mi granito de arena en el mantenimiento del equilibrio del planeta, pero sobre todo, por falta de dinero para costosos viajes sostenibles.
Ya está. Acabo este texto y me siento delante del televisor, en mi sofá de piel de ternera alimentada con productos de agricultura transgénica y con un vino elaborado sin que apenas medien pesticidas; con la calefacción al máximo contemplando, resignado, como se degrada nuestra Tierra.
Sostenibilidad, un concepto tan utópico como que yo gane este concurso.

Helena

Sentada frente a la ventana Helena fantaseaba con lo que pudo ser y quizá nunca sería, soñando despierta con una pasión que jugaba traviesa a colarse en su cama, como si invocarla no fuese una treta más para ignorar la pulsión que anidaba en su mente, el ardid de tahúr que retenía sus manos, huyendo así, muy quieta, de lo que deseaba hacer. Podía deberse al sofocante calor de aquel agosto que amenazaba con ser eterno, a la calma de esta ciudad inerte, muerta a golpes de siesta, o simplemente a la presión de saberse observada por Piojo, su gato, que desde su fingida somnolencia ejercía de implacable conciencia. Todo contribuía a mantener sus dedos alejados del teclado.

Estaba en pleno proceso de recomposición, intentando atrapar los pedacitos de cielo en que quedó dividido el universo cuando estalló su estrella, ese día en que la oscuridad cubrió con su manto de pena todo brote de dicha castigando, envidiosa, el agravio de una vida repleta de la luz de su sonrisa. Y ahora solo notaba el frío que ella dejó, la escarcha infame que cubría sus horas, helando la calima de aquellos días.

Desperezándose hasta el límite de la luxación y dispuesto a dar batalla el felino se incorporó y se puso en marcha. Exactamente cinco pasos, un giro y de nuevo tumbado, vigilando la extensa sabana que era la mesa del escritorio. Un gesto simple pero efectivo, suficiente para llamar su atención, recordándole con su presencia que aun quedaba vida. Por eso estaba allí, desde hacía años, preparado y esperando el momento que habría de llegar, aunque ella no lo supiese.

Quería contar una historia, hilvanar con palabras cargadas de dolor un paño lo suficientemente grande como para cubrir el hueco que dejó el astro perdido, pero las ideas huían antes de poderse concretar, atemorizadas por no estar a la altura. Necesitaba tejer un vendaje que curase sus heridas, pero las finas cicatrices aun no soportaban el peso de su tristeza. Deseaba reparar aquella red hecha jirones por la que escapó su sirena, pero cada vez que lo intentó quedó atrapada entre los nudos de lágrimas que, indisolubles, trenzó su pena.

Y Piojo lo sabía. Nada le era ajeno y más en cuestiones del alma. Solo él era capaz de adentrarse sibilino en los rincones donde dormita la voluntad, prisionera del miedo; y una vez allí, con sus afiladas garras, liberar la voz, el grito y el dolor, transformados en palabras.

Fue entonces, estirándose una vez más, cuando con estudiada desidia empujó con su pequeña patita los dedos de Helena hasta el teclado.

Generoso

Desde el altozano que dominaba el pueblo Generoso pensaba con una mayor claridad de lo que habitualmente hacía. Era la perspectiva le dijo el maestro, pero para él era más bien cosa de los gases: aquellos que podía expulsar libremente sin verse sometido a reprimenda alguna o condicionado por moderneces como el decoro; y ya sin esa presión cavilar era algo sumamente fácil.

Cortando la longaniza bajo la atenta mirada de Sisobra, su fiel chucho, calculaba el número de familias que poblaban la localidad en aquellos inicios de los años sesenta. Aproximadamente unas cien-pensó- que a razón de cuatro o cinco zagales por camada arrojaba un total de…muchísimos.

Teniendo en cuenta el lícito desahogo carnal conyugal, las desatadas pasiones generadas en ésta bucólica zona a causa del agua y la tendencia natural de la juventud a echarse al campo ya de anochecido, esos cálculos podrían quedar cortos y verse triplicados en apenas unas décadas.

Él conocía bien las consecuencias del desenfreno  y la dificultad que suponía mantener el orden una vez que se liberaban los instintos de la carne. Blasa, la coneja parda que tuvo hace dos años le mostró el camino: un tropel de pequeñas criaturas que alimentar, recursos agotados por la exigencia de tantas bocas hambrientas, carencias, enfermedad y después la muerte.

Un nudo de imposible disolución se hizo fuerte en su garganta; el vértigo ante tal reto, una desconocida sensación de mareo y el intenso latido de las venas del cerebro le hicieron temer lo peor: el terrible pataflús. Ese mortal y silencioso enemigo que acabó con el Nicasio un negro día obrando en la huerta; o con Liborio, en Peñaranda, la última noche que se fue de putas.

Cogió aire y se agarró a las piedras. Estaba tan lleno de emoción como henchido de orgullo: él sólo, sin ningún tipo de ayuda, había sido capaz de hacer un diagnóstico certero del problema latente que amenazaba el pueblo y que nadie antes supo ver; ni tan siquiera las fuerzas vivas, más instruidas y preparadas. Era su obligación dar aviso, con urgencia, y ponerle freno a aquel fornicio sin control o serían pasto, en pocos años, de una catástrofe demográfica.

Él, a buen seguro, no lo vería, pero en esa mañana de dicha quedó grabada en su haber la revelación que necesariamente debía ser extendida: en el siglo veintiuno la España rural sería presa de una nueva plaga bíblica, un mal nacido de la concupiscencia y la lascivia y el origen de cientos sino miles de conflictos. No lo habían visto las mentes preclaras, pero para sus capacidades resultó ser un juego de niños: hablaba ni más ni menos que de la temida superpoblación, una debacle similar a la que generó, presa del vicio, la receptiva Blasa.

Temblando bajo la presión del pleno conocimiento adquirido y agotado por el cúmulo de emociones aflojó la tronera y expelió satisfecho; preparada su mente, una vez más, para nuevos retos.

El otro viaje

Observando las olas a través del ojo de buey Reinaldo Nunez no pudo evitar recordar el día que comenzó su viaje, hacía ya más de dos años. Era el primogénito, el responsable de buscar una escapatoria a la miseria que impregnaba sus vidas desde que tenía memoria. La mirada penetrante de los que quedaron atrás, cargada por igual de hambre y esperanza, constituía el único motivo para continuar entero.

Moviendo la bayeta con rapidez intentó borrar de su mente la imagen de la familia que, firme en aquel muelle y perenne sobre sus hombros, dejó a mil millas de allí. Ya apenas le dolían los brazos acostumbrado como estaba a trabajar durante extenuantes jornadas, espoleado por el peor y más eficaz de los látigos, el autoimpuesto para huir de  la extrema necesidad.

El crucero rebosaba actividad: un flujo constante de personas ejecutando un simulacro del estilo de vida que nunca podrían llevar; gente corriente jugando a ser otra en su arrogante ignorancia digna merecedora de la mejor atención; una masa movida como un delicado rebaño, acarreado mansamente por la necesidad de experimentar una dulce ficción, poseídos por la perecedera sensación de vivir rodeados de lujo.

Y solo por eso, con ese único fin, miles de insignificantes hormiguitas como él recorrían el buque. Huidizas, cabizbajas y serviles, prestas a recoger el enésimo desperdicio caído de las manos de un torpe; pertinaces en la ingrata tarea, a modo de Sísifo filipino, de abundar en la exquisita higiene de cada retrete sucio, pendientes de toda inmundicia para hacerla suya, de su plena incumbencia, como si fuese un tesoro. Inmóviles y casi invisibles, cual perro de caza, en atenta espera de la orden para correr en pos del deseo ajeno, de cada capricho por estúpido que fuese. Ausentes, desplazándose como autómatas por aquel laberinto, refugiados en la siempre presente carestía que les llevó hasta allí y a la que se aferran para poder resistir; resignados a hacer real el sueño de otros, a padecer su fatua ilusión.

Solo las esporádicas llamadas a casa, cargadas de mentira y melancolía, aportaban una pequeña dosis de paz en su guerra, ya perdida de antemano, contra aquella locura: la de una enajenada ciudad flotante que desperdicia la comida suficiente para alimentar durante años a toda su aldea, que despilfarra una ingente cantidad  de agua  ante los atónitos ojos de aquellos que saben bien lo que es vivir y beber en las cloacas; habitantes de ciudades contaminadas, de aldeas y costas saturadas por la basura que genera, a cada instante y en todo el planeta, con un gesto inocente, cada anónimo viajero.

Un nuevo puerto, otra ciudad, pero siempre la misma. Un nuevo día, otra jornada, pero sujeta a su invariable rutina.

***

Tumbado sobre el catre de su angosto camarote y con la mirada fija en el blanco techo imagina una noche cuajada de estrellas, mecido sobre cubierta, con la suave brisa del mar acariciando su rostro. Ese aire cargado de pena y sal que le transporta a su pueblo en cada sueño; el mismo viento que, imparable, atraviesa los océanos para llevar sin demora una brizna de esperanza a aquellos a quienes ama y le esperan.

Infinitamente más arriba, en el pequeño paraíso que él limpia, la fiesta continua; todos ajenos por completo a su afán y a la firme  promesa que cumplirá mientras tenga fuerzas.

Resignado se deja llevar, sin lamento alguno: entregado a su suerte y a merced de las olas que moldean su destino, expuesto a los vaivenes de la caprichosa fortuna; uno más, uno de tantos que, como él, embarcaron sin pedirlo en el lado gris de la vida; en un triste sendero del camino común, el otro viaje.

Sin pasión alguna

Esperó prudente a que pasaran unos días para acercarse al nicho. La noticia voló malintencionada, dirigida a carcomer la poca conciencia que decían le quedó tras abandonarla. Vano intento. Estaban allí, cada uno a un nivel distinto del suelo, como lógica consecuencia del extremo hastío que anidó muchos años atrás en su lecho; cierto, la coyunda con aquella insaciable mujer supuso la experiencia más increíble que se pueda conocer y más aun si se sobrevive. No era una cuestión de pasión desbordada, que también; ni si quiera dejar la posibilidad de que surgiese el deseo, abordado, atajado y consumado incluso antes de ser concebido: era la sensación y el temor a ser devorado, en cualquier momento, literalmente.

Encima de su cuerpo, enésimamente cabalgado, ella esperaba cual mantis el más leve gesto dotado de sentimiento, del tipo que fuere, para encontrar la razón que diese inicio a la posesión, incapaz de calmar sus ansias. Quería robarle el alma, apropiarse de ella, tomando su ser hasta el último aliento, tan obcecada en sus fines que se olvidó por completo de vivir.

Ya no paseaban por el Rastro, como siempre habían hecho, rehuyendo de cualquier acto social donde hubiese presencia de otras mujeres;  cualquier tipo de mirada hacia él era considerada una afrenta, dirimida con una grosera invectiva hacía la descocada de turno, la consabida trifulca hogareña posterior y su correspondiente reconciliación entre sábanas. De este modo, lo que en razón debiera haber sido el sustento fundamental de su vida en común acabó siendo un penoso ejercicio de supervivencia, manteniendo los latidos de aquel corazón muerto de manera artificiosa.

La última mañana de sus días tristes amaneció sin aire, asfixiándose, con una opresión que atenazaba su pecho amenazando con fulminarle. Quiso gritar y no pudo, golpear pero no tuvo fuerzas. Se miró en el espejo y no fue capaz de reconocerse, reducido como estaba al mínimo.

Abrió la puerta y salió. Nunca la volvió a ver. Hasta hoy, indiferente frente a su nicho.