BERIA

Nadie en el aeropuerto conocía su verdadero nombre, pero a todo aquel interesado le respondía siempre del mismo modo, con una cordial sonrisa y su clásico ¡Hey hermano, soy Brown!

Bien pertrechado, con su chaleco amarillo y grandes dosis de amabilidad, recorría desde muy temprano aquel vasto territorio que conformaba su hábitat desde hacía varios años: las cuatro terminales del aeropuerto Adolfo Suarez. Un espacio que abarcaba toda su vida, su lugar de trabajo, de encuentro con amigos e incluso su hogar, un inmenso apartamento de miles de metros donde transcurrían sus días. Un mundo al que llegó de paso, como una escala más, tras dejar su Jamaica natal y recorrer medio planeta; un viajero incansable que, siendo apenas un niño, soñaba ya con volar y escapar de su isla.

Delante de la cabaña de madera y palma donde vivía con su madre, sentados frente al mar, pasaban las tardes contemplando aquellos puntos brillantes que subían y bajaban sobre sus cabezas, -aviones, así se llaman-le dijo ella. A veces trataba de dibujar en la arena la tela de araña que formaban las innumerables estelas blancas que dejaban a su paso aquellas naves, imaginando la vida de sus pasajeros y cómo serían los países de destino, soñando con lugares llenos de niños como él y cientos de juguetes.

Los había de muchos colores y tamaños, como fue descubriendo con el tiempo, pero sus favoritos eran los de la compañía del primer aparato que tuvo: uno pequeño, del color de la leche y con rayas en amarillo y rojo formando su nombre, ya casi gastado por el uso; un regalo que encontró su madre entre los cachivaches abandonados en una de las oficinas donde limpiaba: beria se llamaba, según las únicas letras legibles. Aquel juguete, el único que tuvo, recorría incansable todo el planeta guiado por su mano experta; horas interminables proyectando las rutas, aterrizajes y despegues sobre la fotocopia de un mapa terrestre que le dieron en clase de Geografía, su preferida, con la mente a bordo de cada aparato mientras coloreaba con sus lapiceros el nombre de lugares exóticos, inflamando su sed de aventuras.

Con el paso del tiempo la falta de oportunidades y la acuciante necesidad le llevaron a elevar los ojos y ver en aquellas máquinas que sobrevolaban sus atardeceres la solución a todos sus problemas, una posibilidad real de escapar de su paupérrimo paraíso. Por eso un buen día, con los ahorros de toda una vida de trabajo de su madre y su bendición, partió en uno de aquellos aparatos en busca de fortuna.

Era la primera vez que podía ver tan de cerca uno de aquellos puntitos celestes que le acompañaban desde la infancia. Una especie de enorme autobús-esos los conocía bien-en el que se acomodó para lanzarse a la aventura de su vida. Minutos después y a través de  la ventanilla podía observar toda la isla, su playa y un diminuto punto junto a la orilla que supuso sería su cabaña; así, emocionado y cogiendo altura, pudo tomar conciencia de lo insignificante de su reducido mundo.

De este modo, sin más armas que sus manos desnudas, fue conociendo continentes, países y aeropuertos, corriendo incansable detrás de cada oportunidad que se le presentaba; esas que nunca terminaba de alcanzar, como si la suerte hubiera decidido jugar con él, inaccesible y esquiva.

Llegó un uno de enero a Madrid, bajo un cielo que se deshacía en grandes copos de nieve cubriéndolo todo, atrapado en la terminal y con los bolsillos repletos de nada. Buscó un pequeño rincón donde poder tumbarse y así, viendo las blancas pistas a través del cristal, se quedó profundamente dormido. Soñó, como otras muchas noches, que aquella carta en su bolsillo anunciando la enfermedad de su madre solo fuera eso, incomprensibles desgracias que circulan libres por el territorio de los sueños que, con alivio, desaparecen al alba; palabras cargadas de negros presagios que únicamente son el reflejo del miedo. Pero la realidad era otra, terca y en extremo dura; con la llegada del nuevo  día la pesadilla y sus peores temores tomaban cuerpo en las letras indelebles de ese papel, un sobre con el remite de un hospital, el heraldo cruel de su tragedia.

Necesitaba dinero con el que poder regresar, pagar el costoso tratamiento y comer cada día; siempre el mismo problema, el origen y final de todo. Vació una vez más su pequeña mochila confiando en encontrar en algún rincón olvidado una moneda, un cigarrillo o los restos de algún bocadillo. Un esfuerzo estéril pues ya conocía de antemano el resultado; no había nada importante en aquel hatillo más allá de una vieja foto junto a su madre, su pequeño avión-del que nunca se separaba-y una enorme sensación de desesperación, su constante compañera.

Se levantó del suelo y recogiendo sus pocos enseres caminó hacia la puerta, sin saber qué hacer ni a donde ir, nadando contracorriente, perdido entre un flujo incesante de viajeros presurosos en busca de sus lugares de embarque. Justo cuando iba a salir una imagen llamó su atención: en un rincón e ignorada por todos una anciana enjuta y desesperada luchaba por transportar dos enormes maletas y una bolsa de mano, incapaz de colocar todo aquel equipaje sobre el carro de transporte, agotada tras el enésimo intento. No lo pensó y, con una sonrisa, elevó hasta las nubes el ahora liviano equipaje ante la mirada atónita y aliviada de la pobre señora. Diez minutos después y sentado en un banco sonreía atribulado por la decisión a tomar: en qué invertir los dos euros que ahora pesaban en su mano; una pequeña fortuna para quien despertó sin nada. Aquello no era novedoso ni él era el único, pero había encontrado un modo de sobrevivir sin tener que recurrir a la mendicidad u otras formulas que él repudiaba. Desde ese momento comenzó a buscar su pequeño hueco en aquel universo tejido con mil historias, entre los millones de vidas y sueños que confluyen en cada aeropuerto, aportando su granito de arena en mantener vivo ese flujo constante de almas.

Varios meses después caminaba resuelto por aquel, su nuevo mundo, saludando a discreción y ofreciendo con amabilidad sus servicios mientras entonaba con su potente voz las hermosas canciones que le enseñó su madre. Este era su reclamo y ya su seña de identidad, el anuncio inconfundible de su presencia: un canto que lograba paralizar a todos por unos instantes; una chispa de alegría entre los nerviosos pasajeros y un momentáneo bálsamo para los resignados que temen los vuelos.

Aquella terminal, otrora hostil, se había convertido en el único lugar en el que poder cobijarse; en una suerte de paraíso para la gente honrada que, como él, solo buscaba salir adelante.

Había logrado esquivar los problemas, pero el suyo, el verdadero, sufría y lloraba, perenne, a siete mil kilómetros de allí: un dolor camuflado y convenientemente atenuado en cada carta recibida; un goteo amargo de noticias piadosas que ocultaban una realidad en exceso dura.

Recibió aquel sobre la mañana en que, como siempre hacía, se acercó a saludar a la empleada de Correos; había llegado el día anterior enviado por su madre, anunciando un repunte de su enfermedad, ahora ya incurable. En ella le explicaba que se encontraba bien y que de ningún modo debía preocuparse: no estaba sola y todos sus vecinos se ocupaban de que nada le faltase; una solidaridad que surge espontánea donde reina la miseria y que aportó un poco de tranquilidad y alivio a su sufrimiento.

Por eso trabajaba sin descanso ni reparo alguno, recorriendo con una sonrisa cada rincón del aeropuerto: ahorrando hasta la última moneda y comiendo de los excedentes que le procuraba la gente de bien; durmiendo seguro y a cubierto bajo la atenta mirada de los agentes de seguridad, protegido en todo momento por su propia decencia.

Fue un miembro de una tripulación quien le dio la idea, y así se lo anunció a su madre en la siguiente carta: había conseguido un puesto de asistente de vuelo-mintió-, uno de los más importantes de la nave, pero en una compañía que volaba muy lejos del Caribe. Adjuntaba una foto con un grupo de compañeros, vestido con su flamante uniforme-prestado para la ocasión- y la firme promesa de visitarla lo antes posible. Mientras tanto continuaría enviando con regularidad todo el dinero del que pudiera disponer, que no era mucho, por lo caro que resultaba vivir en Europa. Y decir poco ya resultaba excesivo para quien nadaba en la más absoluta precariedad. Pero aún así, reacio a recibir cualquier tipo de caridad que no fuese estrictamente necesaria, lograba sobrevivir y acallar su conciencia con cada ocasión en que era capaz de hacerle llegar su pequeña aportación.

De este modo, con el paso del tiempo, un mal día llegó una carta distinta a la habitual; un modelo oficial y frío que, aun sin leerla, ya anunciaba desgracias.

La noticia, como todo lo malo, se extendió como la pólvora entre los cientos de trabajadores, sabedores de la precaria situación de Brown. Sentado en su banco favorito dejaba pasar las horas sumido en un letargo que se negaba a abandonar. Ya no trabajaba, atrincherado en su desgracia, inmóvil en su reducto del que no salía ni para buscar comida; esa que puntualmente encontraba a su lado cada amanecer, la que una mano anónima depositaba antes de que él pudiese darse cuenta.

Había decidido rendirse. Día tras día su cuerpo y su mente abundaban en dejarse ir, en encerrarse cada vez más en su dolor y su pena. Dejó de comer, de hablar y lo que es peor, de sonreír. Había perdido la cabeza. Ahora paseaba con su carro vacío y la mochila en la espalda, hablando con su madre, buscándola entre las filas de embarque y, por primera vez, incomodando a los pasajeros con la única pregunta que era capaz de articular,-¿dónde está mamá?-,desesperado por averiguar su paradero.

Poco después comenzaron los problemas.

Fue una tarde de enero, con los copos de nieve amenazando con paralizar toda actividad, cubriendo las pistas y carreteras de acceso. La terminal era un hervidero de gente, lo habitual en pleno periodo de vacaciones de Navidad. Cientos de viajeros hacían cola para atravesar los controles de seguridad o esperaban en las zonas de embarque una mejoría del tiempo que les permitiese volar. Miles de personas trabajaban para mantener operativo el aeropuerto, funcionando como uno solo, un engranaje perfecto a pesar de los inconvenientes climatológicos…pero dentro de ese orden alguien encontró un fallo de seguridad.

La alerta la dio un pasajero que, aburrido, observaba la  incesante caída de nieve. Divisó un pequeño punto negro que contrastaba poderosamente con la blanca sábana que cubría las pistas de aproximación al despegue. Una figura que, corriendo sin control, las atravesaba en dirección a un aparato que esperaba la pertinente autorización para volar. De inmediato, varios coches de las fuerzas de seguridad salieron a detenerlo, lo que lograron antes de que aquel individuo llegase a su objetivo.

Lo atendieron los servicios médicos con un principio de hipotermia y en pleno brote psicótico, aferrado a la idea de coger aquel avión, el suyo, uno idéntico al que le regaló su madre.

Había burlado los controles como solo él podía hacer, conocedor de cada recoveco del aeropuerto; en un descuido y amparado en el convencimiento de su inocencia y las simpatías que durante años se había fraguado. Nunca, a pesar de su evidente deterioro, dio ocasión a queja alguna ni  puso en aprietos a los muchos que, por cariño y costumbre, minimizaban los pocos momentos en que reclamaba en voz alta y fuera de sí la presencia de su madre.

En silencio y con muestras de una enorme preocupación un gran número de trabajadores y curiosos se amontonaban junto a la ambulancia que le trasladaba al hospital. Una despedida contaminada por el absurdo rumor que le tachaba de terrorista o de criminal, cuando solo estaba loco. Alguien había tenido a bien recoger los pocos enseres que acumulaba en su carro, el resumen sucio y destartalado de toda una vida.

En la pared de su habitación del sanatorio ya no cabía ni un solo mapa más. Había reproducido en papel la geografía de todo el planeta, identificando cada país y cada ciudad, y dentro de cada una su principal aeropuerto. Todas las mañanas, después de tomar su medicación, ponía en marcha el avión de su infancia y sobrevolaba con aquel aparato en la mano los destinos que le quedaban por visitar y aquellos otros en los que alguna vez fue feliz. En ocasiones, cuando el sentido de la realidad le abandonaba por completo, recorría con un carro los largos pasillos de aquella institución, emulando su vida anterior, cuando aún estaba cuerdo, con su flamante y ajado chaleco de maletero. Solo una vez recobró plenamente la cordura, unos meses antes de caer enfermo. Inexplicablemente serio y cabal, solicitó a la dirección del centro una última visita al lugar donde pasó una buena parte de su desdichada existencia. Totalmente inofensivo y de conducta irreprochable su petición fue escuchada y aceptada, algo excepcional, pero asumible.

La furgoneta aparcó una mañana temprano en el parking, junto a la puerta de llegadas. De algún modo se había corrido la voz de su regreso y varias docenas de trabajadores se arremolinaban allí, ansiosos por saludarle. Notablemente envejecido se adentró en la sala arrastrando los pies, presa de una emoción que apenas lograba contener. Rápidamente una serena oleada de abrazos y cariñosas palmadas en su encorvada espalda le hicieron recordar aquellos años en que era él quien se prodigaba en saludos, bromas y divertidos chascarrillos.

Lo tenían todo preparado: un reluciente carro, idéntico al que siempre usaba, dispuesto para comenzar un último recorrido por aquella, su casa. Nada había cambiado, acertó a decir, mientras con suavidad se ponía en marcha, arropado desde cierta distancia por los que fueron sus compañeros y testigos de su paso por el aquel lugar. Caminó pausado entre los sorprendidos viajeros, sonriendo y recuperando el tono de su canto; un público enternecido con aquella figura enjuta y de potente voz que ofrecía sus servicios como siempre lo hizo, a golpes de sonrisa. Tras una hora, ya agotado, se sentó junto a la estatua de bronce que representaba a un anciano que, como él, perdió una vez el vuelo que debería llevarle a casa; allí, apoyado en su hombro, por fin pudo alcanzar el ansiado y definitivo descanso.

 Ahora, muchos años después, cuando la terminal bulle de actividad y miles de personas buscan acomodo para realizar su sueño, es posible que entre los cientos de voces e idiomas de esta pequeña Babel escuches tronar poderosa una vieja canción de esclavos, una nana con sabor a caña y a sal; una oración con la que, si estás atento, podrás sentir e incluso ver cómo fluye el sosegado y dulce espíritu de su mejor carretillero.

Primera vez

Tras una larga espera, que se antojaba eterna, por fin asomó a la puerta. Atractivo hasta resultar insultante, armado con su mejor sonrisa y desplegando todo el  encanto y complicidad posibles; amparado en la calidez que proyectaba su mirada azabache, preñada de misterio; con el porte, seguridad y aplomo de quién se siente importante, observado y, por qué no, en ese instante el centro de todos los deseos.

Con su hombro ligeramente apoyado sobre el marco de la puerta y una potente voz pronunció mi nombre. Podía haber dicho cualquier otro; jugado, sin posibilidad de ser rebatido, a decantarse por quién hubiera deseado con tan solo una leve indicación de su dedo, pero me eligió a mí.

Me había costado mucho tiempo abandonar ciertos prejuicios,  temores atávicos que satanizaban la decisión tomada; un acto cuyo simple planteamiento llevaba en sí mismo asociada una pátina indeleble de miedo y dolor, pero allí estaba; decidida, avanzando con paso seguro hacia lo desconocido, lo nuevo, y ya necesario.

Tenía las manos perfectas, firmes, blancas, de dedos largos y fuertes, pero a buen seguro tan suaves como la más fina gamuza. Su voz, envolvente y cautivadora, calaba en mi mente como la fina lluvia, inundándola con un sinfín de poderosas razones pergeñadas con el único propósito de hacerme caer en sus redes, de doblegar mi voluntad hasta plegarla a sus deseos, ahora míos. A pesar de la breve relación, reducida a dos encuentros, parecía conocer a la perfección cada resorte, cada recoveco de mi ser; había logrado adentrarse, cual prestidigitador del alma, en lo más recóndito de mis entrañas, agitando, sin pretenderlo, una tempestad sobre la mar en calma que hasta ayer era mi vida.

Lo había conseguido: una anhelada cita con mi destino, unida por siempre a él y sin posibilidad alguna de escape; entregada y sumisa, sin nada que me hiciese aventurar el elevado precio a pagar por la futura dicha.

Debía estar preparada, emprender la catarsis que alejase de mí cualquier resquicio de un pasado impuro, eliminando sin margen de duda los restos de un ayer que, aferrados a lo más intimo de mi ser, pudieran enturbiar aquello que se anunciaba únicamente nuestro; arrojando luz en la oscuridad, eliminando un terreno sembrado de sombras proyectadas sobre lo que ansiaba fuese diáfano.

La noche antes del encuentro apenas pude dormir, agitada en el lecho por un vendaval de preguntas aún por responder, fantaseando con su inminente presencia a mi lado; presuponiendo la delicadeza y ternura que precisaba mi entrega; confiando, sino rogando, en un desenlace ideal; aquel con el que tantas veces había soñado.

Desde la puerta y bajo la tenue luz de los cálidos focos podía ver su figura; a pesar de sentirme vulnerable y estar casi desnuda no sentía ningún pudor, reconfortada por aquella tranquilizadora sonrisa que iluminaba por completo la estancia. Con un gesto de su mano me pidió que llegase hasta él y obedecí presta, sumisa, sin mostrar duda alguna; atenazada la garganta, temerosa de romper el silencio con palabras manidas e innecesarias; de puntillas, flotando sobre unos pies que ahora querrían huir, traicionando así mis más íntimos deseos, las ineludibles pulsiones que me llevaron hasta allí y los designios de mi mente.

Me tumbé sobre la fría sábana y él, atento, calmó mis temblores y ansiedad con solo poner sobre mi piel su mano; en unos instantes entraría en mí, suave y profundo, con la habilidad que precisaba el momento de aquella, mi primera vez. Nada había de temer, me aviso con un susurro; era muy ducho y metódico, extremadamente cuidadoso y para muchos el mejor: un virtuoso practicando colonoscopias.

Amelia

Amelia no podía respirar, se ahogaba.

No estaba acostumbrada a la libertad, a moverse a su antojo, y los recuerdos fugaces de cuando lo pudo hacer se habían convertido en una dulce ensoñación, en un conato de felicidad convenientemente cercenado siendo apenas un cachorro.

Aquella mañana los primeros rayos de sol ya atravesaban con fuerza las tupidas copas de los arboles, arrojando una lluvia de luz que arrancaba miles de destellos de las gotas de agua que perlaban sus hojas. Acurrucada en el vientre de su madre, caliente y a salvo, buscaba con avidez el rico néctar de su leche; nunca dejaba de hacerlo, ni siquiera cuando ahíta reclamaba de nuevo su toma, por el simple placer de abrazarla, dejando caer traviesa, entre sus labios, tan preciado líquido. Solo en contadas ocasiones era capaz de olvidarlo; como ese amanecer, cuando atraída por el aleteo de una mariposa se alejó de ella. Una fuga temeraria y valiente, pero calculada; una aventura que nunca iba más allá de unos pocos metros. Estaba a punto de capturarla, corriendo tras su estela entre una miríada de helechos, tentada a cambiar de objetivo y rumbo, saturados los sentidos por decenas de atractivos olores de los animalillos que se cruzaban en su camino, cuando por fin se quedó quieta; inmóvil, abriendo lentamente sus alas de color cielo y sangre a escasos centímetros de su pequeño hocico; tan concentrada en ella que apenas les vio pasar, casi a su lado. Fue un ruido atronador, el más fuerte que había escuchado, el que le sacó de su ensimismamiento; un sonido extraño y un quejido dolorosamente familiar que acompañaba al fuego de aquellos palos. Asustada y por puro instinto comenzó a correr en dirección a su madre, convertida en aquel bulto de ojos vidriosos que ahora miraba sin verla, tendida en el suelo, sin hacer caso a sus gritos; después no hubo nada más, solo un fuerte golpe en la nuca y oscuridad.

Con el único ojo que le quedaba podía contemplar la inmensidad de su nueva casa, limpia, amable y sin barrotes; un refugio para supervivientes del divertimento de los Hombres. Ya vieja, sentada sobre su cama de paja, arañaba la piel de sus pantorrillas hasta hacer brotar hilillos de sangre, un extraño consuelo y pauta recurrente en los momentos de su vida en que sentía pánico: prácticamente siempre. Muy cerca y apenas visible le observaba uno de Ellos, esta vez desprovisto de aquellas colas que muerden la carne, con las que tantas veces le habían golpeado. Algo totalmente innecesario. Hacía ya mucho tiempo que su simple chasquido le paralizaba, atenazada por el miedo; un terror solo comparable al insoportable ruido del cerrojo y las miles de horas que venían después, de absoluta soledad, hundida bajo el peso del silencio.

La sacaron del saco pasados dos días, cuando ya pensaba que moriría de sed, como aquel compañero que a su lado había dejado de moverse. Una mano grande le sujetó el cuello y le puso un collar-así se llamaba-que nunca más volverían a quitarle. Habría intentado huir si el recipiente con agua-aún fuera de su alcance-no fuese lo más importante, y no estuviese atada a un poste. A su alrededor todo era desolación y muerte; un lugar oscuro y desconocido repleto de otros seres que, encerrados entre palos de arboles, luchaban por salir; golpeando, mordiendo desesperados los barrotes hasta perder sus dientes. Para algunos-los más afortunados- ya todo había acabado definitivamente: habían logrado escapar a su destino y ahora colgaban del techo, libres e inertes. Pasado un tiempo, cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, la pudo ver; chilló, gritó para llamar su atención, pero en su cara no hubo un solo gesto; solo la mirada ausente de su madre fija en la pared, con la cabeza muy quieta, separada a unos pasos de su cuerpo.

Borrando de un manotazo aquella imagen avanzó hasta la puerta, abierta y sin cerrojos, y comenzó a caminar sobre la hierba, por primera vez tras muchos años. Aquel lugar estaba lleno de otros muchos que, como ella, buscaban rincones alejados donde cobijarse, acurrucados bajo los troncos, en espacios confinados donde esconder su miedo. Al fondo, bajo los árboles, el rumor de un pequeño arroyo refrescaba sus recuerdos.

La última vez que vio el agua correr fue desde una estrecha ventana del barco que la llevaba a su nuevo destino, atrapada en una jaula de hierro. Una cárcel que, tras una larga travesía, la llevaría a un lugar diferente y frío, donde olía mal y todo era extraño. Desesperada y buscando un poco de cariño se acercó con sigilo a un macho que dormitaba en el suelo.

-Hola. Me llamo Amelia-le dijo al viejo chimpancé, agachando la cabeza en señal de respeto.

Tenía la piel cuarteada, muy seca, pelada y con profundas marcas en las muñecas y tobillos; una señal inequívoca de largos años de  prisión y una muestra de lo que le esperaba. Él la miró muy despacio, con la curiosidad de quien ve por primera vez la luna, y al cabo de unos instantes le dio la espalda.

-Soy Amelia-insistió, mientras tocaba su espalda con el dedo.

-No vuelvas a hacerlo o perderás la mano-.

-No pretendía molestar, pero me gustaría saber dónde estoy-.

-¿Dónde? En un circo. Tu hogar y por el resto de tu vida la peor pesadilla.

No podía ser cierto. Aquel lugar estaba lleno de otros muchos animales, y aunque era reconfortante ver recluidos a los leones el resto no suponían ninguna amenaza; podrían convivir todos perfectamente.

-¿Toda la vida? No entiendo. ¿Para qué estamos aquí?-insistió.

-Ya lo irás descubriendo-.

Y no tardó mucho. A pesar del miedo inicial, y con una enorme sensación de alivio, comprendió que aquello solo era un juego. Las reglas eran simples y divertidas, y con cada cosa nueva que aprendía le correspondía un premio: una voltereta, un plátano; una acrobacia, una mandarina; caminar como los Hombres vestida de Niña, un montón de aplausos, caricias y, a veces, un beso. Nadie podía ser infeliz allí. Apenas recordaba ya la selva-hacerlo le resultaba doloroso en exceso-y cada día traía novedades, lugares distintos y retos.

Todo cambió una tarde plomiza y gris, de mucha lluvia y viento. Estaba aburrida y mirando las nubes, recluida en su jaula pues ese día no había espectáculo, cuando, de pronto, un ruido llamó su atención: eran dos crías de Hombre que,  agazapados entre los carromatos, la miraban divertidos. Le gustaban los Niños-así se llamaban-, siempre ruidosos, con una sonrisa en la cara y, lo más importante, provistos de  cacahuetes, fruta y otras golosinas. Por suerte se habían fijado en ella y ya se dirigían hasta donde se encontraba; incluso uno de ellos llevaba algo oculto en su mano: aun no lo podía oler, pero era, sin duda, un dulce regalo. Excitada por la visita se acercó a los barrotes y comenzó a hacer lo que más les gustaba; dos piruetas y un salto, en pago del inminente premio; después, enseñando los dientes y una enorme sonrisa, estiró la mano.

Al principio solo sintió el golpe, muda por la sorpresa, pero poco a poco un intenso dolor se fue adueñando de ella; una angustia transformada en pánico cuando al retirar la mano de su cara la vio cubierta de sangre, de un líquido caliente y viscoso y de restos de su ojo izquierdo. Los aullidos rasgaron el silencio, mientras aquellos dos Humanos corrían hasta desaparecer, acompañada por el coro de gruñidos del resto de animales, por un momento, hechos uno.

Un mes después las heridas visibles habían cicatrizado. Una caricia le sacó de su sueño-ya solo quería dormir-y por primera vez se atrevió a hablar.

-¿Por qué me han hecho esto?-

-Es muy sencillo, pequeña. Para ellos no eres nada-respondió el viejo macho. -Útil mientras les sirvas, pero no muy distinta a esos pollos que arrojan a los leones-.

Ocurrió en la primera ocasión, tras el ataque, que la reclamaron para volver a actuar. Lo que antes le divertía e incluso realizaba con gusto, ahora le asustaba. Podía escuchar perfectamente el bullicio dentro de la carpa, las voces y las risas de los Hombres y, un poco más tenue, las de los Niños. Su cuidador abrió la jaula y llamándola por su nombre le ordenó salir; y lo hubiera hecho si sus patas no estuvieran blandas como la fruta demasiado madura, incapaces de sostenerla. Enganchó una cadena a su collar y tiró de ella durante unos metros, obligándola a seguirle, pero las voces aumentaban su miedo y solo conseguía arrastrarla por el suelo, como un bulto inútil y pesado. Por dos veces la golpeó con una vara, pero no sentía dolor; podría hacerlo cuanto quisiera, romper incluso sus huesos y de nada serviría: sus aterrados músculos se negaban a responder.

Esa fue la última vez que lo intentaron. Dejó de comer, de saltar y había olvidado lo que era reír. Una mañana se presentó el camión que la sacaría del circo. No pudo despedirse de nadie y tampoco lo deseaba; se acomodó en el cajón y cayó en un profundo sueño.

Le despertaron los golpes del portón metálico y las voces de aquel Humano grande y sucio. La luz era tenue y no pudo distinguir más que un espacio estrecho y frío entre altos muros, y al fondo, unas jaulas apiladas en un rincón. Abrieron una de ellas, la más baja, y allí la encerraron. El suelo estaba cubierto de paja húmeda y maloliente, y las paredes arañadas como si alguien hubiera tratado de atravesarlas. Unos minutos después, cuando el Hombre ya se había ido, una voz por encima de ella llamó su atención.

-Me gustaría darte la bienvenida, pero no sería más que una broma de mal gusto-.

-Hola, soy Amelia. ¿Dónde estamos?-.

-Eso es lo de menos, pequeña. Para nosotras ya no habrá más sitio que éste. Olvida que existe algo fuera-.

-¿Nos van a matar?-dijo asustada.

-No…no sin aprovechar todo lo que tengas. ¿Has parido alguna cría?

-No, nunca-.

Durante unos minutos se hizo el silencio. Podía sentir la presencia de otros muy cerca, y a la vez tener la sensación de estar terriblemente sola.

-¿De dónde vienes? ¿Mordiste a tu cuidador?-.

-No, no hice nada de eso. Antes estaba en un circo.

-¿Un circo?…lo echarás de menos, no lo dudes.

Así lo hizo. Durante los siguientes quince años y tras parir dieciocho crías vivas y tres muertas.

Fue la primera vez que le ocurrió, en uno de los pocos momentos del día que la sacaban de su jaula y le permitían caminar unos metros. El tiempo justo para limpiar la inmundicia y evitar que sus articulaciones se atrofiaran y perdieran la movilidad. Esa mañana sintió que una parte de su cuerpo estaba especialmente sensible, caliente e hinchada. Algo que no pasó desapercibido para el Hombre. Por desgracia.

Apareció al día siguiente con él; un macho sucio, desdentado y violento. Una, dos, hasta tres veces. Durante días. Año tras año. Un parto tras otro. Hasta ese último que lo cambió todo.

Algo no iba bien. Los gritos del resto de compañeras alertaron al Hombre…llevaba horas empujando y aquello no salía-nunca lo llames tu bebé-, le dijeron. El dolor era insoportable, como si fuese a reventar por dentro. Primero introdujo la mano, pero las pequeñas patas se le escurrían entre los dedos; después lo intentó con unas tenazas de metal, pero no se enteró; había perdido ya el conocimiento.

Despertó sobresaltada, con la sensación de tener fuego en las entrañas, cubierta de sangre reseca y una sed inmensa. A unos metros de ella dos Hombres discutían, lanzando miradas hasta su jaula.

-¿Qué ha dicho el veterinario?-.

-Que ya no sirve-. Ha quedado dañada y otro embarazo la podría matar…y a la cría, por supuesto.

-¿Qué hacemos?… ¿lo intentamos una vez más?-.

-No. No me pienso arriesgar. No voy a perder ni un euro más en comida.

Esta vez las manos eran más suaves, desprovistas de la presión que sentía habitualmente. Llevaba dos días así, sin beber, incapaz de hacer nada que no fuese respirar, y aun eso le suponía un esfuerzo. La tumbaron sobre una cama mullida y le clavaron una aguja en el brazo, pero hacía ya siglos que sentía el dolor como parte de su vida. Eran dos Humanas y le hablaban muy despacio, con un tono dulce desconocido en Ellos. Con mucho cuidado la introdujeron en un pequeño camión y se pusieron en marcha.

Ahora todo era distinto. Podía caminar a donde quisiera, libre de barrotes y cadenas. Se inclinó sobre el arroyo y el agua le devolvió la imagen de una desconocida, de una superviviente. Con su único ojo miró alrededor y la vio a lo lejos; una Humana repartía comida y caricias entre decenas de monos. Por primera vez en su vida dejó escapar un enorme grito de alegría; aun había esperanza, no todo estaba perdido para Ellos-pensó-, apiadada sinceramente de los pobres Humanos.

La cita

-¿Quien está ahí? ¿Por qué molesta?

Lo había olvidado por completo, a pesar de que hizo el  pedido por Internet esa misma mañana; pero no por eso dejaba de ser un incordio. El dolor de espalda le estaba matando y ni siquiera los parches le hacían efecto. Aquel médico del centro de salud siempre le racaneaba la dosis, cómo si no supiese que aquella cantidad no le llegaba ni al hueco de una muela.

-¡Quítate esa gorra que te pueda ver la cara!

Por eso le costaba tanto levantarse del viejo sillón hecho a su medida y perfectamente adaptado a su esquelético culo con un cojín, ocre, raído y sucio de manchas de café y tomate; con su tapizado gris acribillado por las quemaduras de chispas de los buenos tiempos, cuando aun fumaba. No era la primera vez que había dejado de atender una llamada al timbre por ese motivo, simple pereza, ahorrándose el largo rosario de pinchazos, gruñidos y quejas que le provocaba el moverse de su cómodo trono.

-¡Deja la caja en el suelo y te marchas con viento fresco que no hay propina!

Esperó unos minutos, hasta que se detuvo el zumbido del ascensor y solo así decidió abrir la puerta, dando por hecho que el mozo se habría largado. Le había costado lo suyo calcular la cantidad de productos que sería capaz de mover, pero ya nunca fallaba: “exactamente quince kilos, ni uno más”, pensó, mientras introducía el pomo metálico de su bastón por una de las asas…uno, dos y tres…tiró de él, arrastrando la caja dentro del recibidor, con toda la rapidez que le permitían sus flácidos músculos, y cerrando la puerta tras de sí, aliviado y seguro.

-¡Ha llegado la compra amor!

No era por miedo o cobardía toda aquella prevención; más bien una muestra de prudencia. Lo veía cada día en los medios de comunicación, en esos programas tan dados a mostrar los terribles asaltos, timos y robos-a veces con extrema violencia-que mostraban a diario; destinados a asustar a los ancianos incautos que abrían alegremente sus hogares, confiados en la bondad del prójimo. Esos pocos que aun vivían en un pasado más amable, con un estilo de vida ya extinto, un espejismo. Giró sobre sí mismo y dio dos pasos hasta la puerta…una, dos, tres vueltas a la llave, incrustando los anclajes y retomando el camino con la valiosa carga.

Tirando de la caja, como una vieja locomotora, cruzó el estrecho pasillo hasta la otra punta de la casa; cincuenta años atrás un pequeño apartamento que hoy se le antojaba olímpico. Los muebles de la cocina, el último grito en los noventa, relucían bajo la fuerte luz del sol de agosto, gastados y pulcros, con el intenso olor a madera impregnándolo todo, ahora más natural, enriquecido con el ligero toque de aquellas manzanas recién traídas.

-¿Tienes mucha hambre?

Se sentó sobre el taburete blanco, junto al cajón, para poderlo vaciar sin tener que doblar su castigada espalda, extendiendo el contenido sobre la mesa. Daba igual hacerlo, ni siquiera molestarse en comprobarlo: era siempre el mismo pedido. El médico había sido tajante y muy claro: se acabó la comida con exceso de grasa, el alcohol y las harinas refinadas-exactamente su dieta-; todo en aras de prevenir enfermedades potencialmente mortales y a fin de alargar la vida-sentenció el miserable-, como si aquel fuera su deseo. Resignado abrió la puerta del frigorífico e introdujo, con parsimonia, cada alimento en su correspondiente nivel; y lo hizo como lo hacía todo, según tenía el día: en ocasiones metódico y riguroso, basándose en  los estrictos criterios del último gurú gastronómico; o bien desde un punto de vista científico y calculador, perfectamente documentado en un nuevo y sesudo estudio acerca de la conservación y propiedades de tal o cual producto; o en última instancia anárquico y rebelde, como el punki que fue…a lo loco, temerario y viviendo al límite, mezclando en la misma balda carnes, embutidos y verduras, todo junto… arriesgando.

-Tendré que tirar estos peces, que ya huelen. Ya sabes lo que pienso: el pescado no es comida.

Cerró la nevera con más energía de la necesaria-cargado su cuerpo de proteínas por ósmosis visual- y un imán cayó justo encima de su pie; el más pesado de todos, aquel que compraron en su visita a Roma y que llevaba grabado un escueto SPQR. Unas iniciales cuyo significado no recordaba bien; algo relativo al Congreso de los Diputados romanos, como los nuestros, otro atajo de inútiles y vagos. Un viaje especial a una ciudad magnífica, cuna de nuestra civilización y ejemplo de belleza, pero no lo suficiente como para agacharse: de un puntapié empujó aquel objeto bajo el frigorífico, condenándolo así al olvido; su particular venganza por la invasión de lo que después sería Hispania, siempre presente en el rencor patrio.

-En unos minutos te preparo el café. ¡No seas impaciente!

Abrió la ventana y se sentó a esperar. Al fondo, entre las hojas resinosas de los árboles de la avenida se recortaba la silueta parduzca de su montaña. Aun podía ver, grabada en su piel, la huella que dejaron las ramas secas y quebradas de los piornos al atravesar la carne; recordando aquellos paseos por su cresta, agotadores y hermosos, cuando el dolor y la fatiga eran una consecuencia más de estar vivo; tiempos en los que el término marchito quedaba postergado, impensable e infinitamente lejano.

Había hecho un pequeño pastel con lo que pudo encontrar, unas galletas rancias y mermelada de higo. Repostería para inútiles como le gustaba decir; algo simbólico, trivial y absurdo, pues no soportaba su sabor, incapaz de tragarlo; un presente tan prescindible como lo era él, como su futuro, en ese feliz día de su octogésimo cumpleaños.

-¿De verdad no quieres probarlo?…No te culpo…¡el sabor es pésimo!

Acunado en su mecedora, con la suave brisa del atardecer acariciando su rostro se dejó llevar, atrapado en la recurrente melancolía que invadía sus horas. El ruido de la calle, un canto aliñado con el llanto de un bebé y la charla monótona de los jubilados, le transportó a otra época: años, lejanos ya, de esperanzas puestas en una quimera, corriendo alocado en pos de una felicidad fiada toda al futuro; amores, brío y juventud hermosamente desperdiciados; vacíos, yermos como un vientre seco regado con semilla vana. Tiempos de esperas estériles, de ocasiones perdidas; de dejar pasar, sin comer a bocados, cada encuentro con la vida.

Ahora la tenía frente a él, sonriente, con su mirada picara, de cariñoso reproche…solo por unos instantes, cada año y en ese día…susurrando en su oído la añorada frase que no le permite irse, que le retiene a su lado…estaré siempre a tu lado, hasta el último de los días…

Le despertó el frío viento de la noche, tiritando; embriagado por el fuerte aroma de su perfume impregnando el aire; aun perceptible en la piel la huella indeleble de su tacto: casi real, puntual como siempre, fiel a la cita.

Hope

Hope, el pequeño oso polar, no podía estar más orgulloso…ni más hambriento. Aún le quedaba un último obstáculo, superar aquella pared de hielo y nieve, pero podía olerlo.

Lo había conseguido por sí mismo, tras una larga travesía, y ahora solo pensaba en cómo estaría su madre, en apresurarse y regresar a tiempo para darle la feliz noticia.

Fue en la última semana, antes de separarse. Nunca, en su primer año de vida, había observado en ella tal inquietud como la de aquellos días. Acababan de recorrer, por enésima vez, la reducida placa de hielo que ahora era su territorio de caza. Un terreno que, inexorable, disminuía cada día laminado por los implacables rayos de sol. Distraído en roer un  pequeño hueso de foca no era capaz de adivinar el motivo de la preocupación que atormentaba a la vieja osa. Hacía ya varias semanas desde que pudo capturar aquel ejemplar del que solo quedaba eso, un minúsculo trozo duro y raído con el que su cría intentaba calmar el apetito insaciable de un animal en pleno desarrollo. Toda forma de vida parecía haber desaparecido de pronto; tan solo acertaban a divisar las aletas de peces y algunas ballenas que, inaccesibles, contribuían a aumentar su necesidad y desamparo. El resto de la manada había desaparecido junto a la tormenta que meses atrás les sumió en la más absoluta oscuridad, dividiendo a un grupo condenado a disgregarse y donde ya no estaba garantizada la seguridad de las crías. Y su madre lo sabía.

Fue la última noche, cuando dos grandes machos les sorprendieron dormitando entre las altas paredes de hielo. Habían olido a mucha distancia la presencia del joven osezno, su debilidad y la carne tierna; un manjar deseado y asequible que no pasarían por alto. Con sigilo y antes de ser detectados rodearon a aquella pareja que, ajenos a todo, descansaba acurrucada sobre el frío suelo, soñando con futuras presas con las que llenar sus estómagos, sin percatarse del inminente peligro; pasar a ser ellos mismos el alimento de aquellos dos.

Un instinto más poderoso que el mismo océano le hizo despertar. Allí estaban, observando en silencio, esperando el momento para saltar sobre ellos, sopesando la fuerza y resistencia de la famélica osa. Asustada se irguió sobre las patas traseras, dispuesta a vender cara su vida y la de su retoño, adelantándose unos pasos para atraer su atención, intentando alejarles de allí y así protegerle.

El primer zarpazo rasgó por completo su pecho, abriendo camino a un reguero de sangre cuyo olor no hizo más que excitar el hambre de sus enemigos; uno por cada lado, moviéndose en un semicírculo asfixiante, amagando con sus garras y dientes, seguros de lograr su objetivo. Arrinconado contra la pared Hope observaba aterrado la evolución de la contienda; un intercambio feroz de gruñidos y golpes y una nube de pequeñas gotas rojas impregnando las rachas de viento tras cada ataque. Agotada y gravemente herida tomó una última decisión, una medida desesperada. Aprovechando un momento en que los dos atacantes se encontraban juntos se abalanzó sobre ellos de un salto, impulsada por sus agotadas patas y reuniendo para aquella maniobra suicida el resto de sus fuerzas. Cayó a escasos centímetros de ellos, tan cerca que quedó expuesta por completo a sus armas, dispuesta a morir, cuando un enorme crujido a sus pies paralizó a todos. La placa de hielo acababa de romperse y el mayor peso de ellos hundió en un segundo el trozo de suelo sobre el que se apoyaban quienes amenazaban sus vidas. Desesperados intentaron subir al suelo helado donde se defendía la osa; herida y a punto de desfallecer, pero aun con el coraje suficiente para impedirlo. Desde esa posición, luchando por no ahogarse y esquivando los ataques, ambos machos comenzaron a nadar en dirección contraria, hacía la nueva placa que se alejaba cada vez más, separándoles de sus presas.

Al cabo de unos minutos, cuando el olor de los machos se hubo disipado, se acercó despacio hasta el cuerpo de su madre, que yacía recostada sobre un charco de sangre. Aun respiraba, y con todo el cuidado del que fue capaz comenzó a lamer las heridas que surcaban casi por completo cada palmo  de piel.

-Debes huir, mi tesoro-acertó a decir ella.

-¿Huir? ¿Hacia dónde?-

-Dirígete al norte, y pronto. Ellos volverán, y no habrá una segunda oportunidad.

-No, no te dejaré aquí sola. Vendrás conmigo.

-No te preocupes por mí, estaré bien. Solo necesito dormir. Esperaré tu regreso y entonces despertaré. Te lo prometo. Pero ahora debes irte. Ya.

Recorrió durante días la llanura de hielo, solo y hambriento, tentado a cada instante a regresar hasta el lugar donde quedó su madre. Con las últimas fuerzas que le quedaban comenzó a subir el pequeño pico helado que tenía delante, siempre dispuesto a avanzar hacia el norte, como le habían ordenado. Unos metros antes de la cumbre lo pudo oler; el inequívoco aroma a carne, piel y huesos, y como no, también a oso.

Lo había logrado. Semanas de esfuerzo y sacrificio recompensadas con un poco de comida y compañía. Su madre estaría orgullosa de su hazaña, sin duda. Espoleado por el hambre ascendió esperanzado el corto trecho que le separaba de la cumbre y su futuro, para, una vez allí, descubrir aterrorizado quienes eran sus nuevos compañeros; los mismos dos osos que les atacaron tiempo atrás y que devoraban con fruición el cuerpo de un pequeño osezno.

No tenía tiempo suficiente para huir, ni la energía para hacerlo. No quedaba otra opción que luchar y, con toda probabilidad, morir en el intento. Alertados por su presencia levantaron la cabeza de su comida, atentos a la pequeña elevación desde donde él les observaba, casi retándoles.

Desde lo alto, y antes de enfrentarse a su destino, echó una última mirada a su alrededor, a lo que fue su mundo; un universo de hielo y vida del que apenas quedaba nada, como él, condenado a desaparecer.

Sostenibilidad, divino tesoro.

Me disponía a escribir,como cada vez que alguna idea enciende la mecha de esa extraña necesidad de plasmar sobre un papel palabras que, aun inútiles o prescindibles, ya no pueden ser ignoradas; y en esa tesitura estaba cuando vi publicado el reto de imaginar o rememorar un viaje relativo a algo tan en boga como es el concepto de sostenibilidad.
Fácil tarea, pan comido, tan sencillo como robar a un niño: ya no quedan viajes que el planeta pueda soportar. Así de categórico.
Si, alguno podría esgrimir que es posible que exista un modo inocuo de hacerlo, el único, ir caminando, pero aun así ese método supondría dejar tras de sí un rastro indeleble de consumo de recursos, un ejercicio solo viable por la inmensa desigualdad que hemos establecido entre los millones de personas que depredamos la tierra.
Supongamos que en un arrebato de conciencia ecológica decidimos viajar minimizando al máximo el impacto negativo de tal decisión y elegimos un destino, por supuesto, del denominado tercer mundo. Es evidente que no puede ser de otro modo: si quiero conocer Nueva York con cinco euros al día necesariamente acabaré visitando comedores sociales y compartiendo cama de cartón con algún indigente.
¿Qué necesitaré para aquel viaje?: botas, pantalón multiaventura, camisetas y mochila de una conocida cadena de suministros deportivos, todo fabricado en países donde la regulación sobre la contaminación de aire y agua es igual a cero; un material transportado después en enormes barcos de combustible altamente nocivo, en flotas de camiones y furgonetas. ¿Y el desplazamiento a ese paraíso?: no es muy factible visitar Birmania desde Madrid a pie, aunque no imposible, pero es recomendable hacerlo en avión, a tan solo 285 gramos de CO2 por pasajero y kilómetro. Todo muy verde.
Otra opción, y sin salir del país, es volver al pueblo, al contacto con la naturaleza…en coche, por supuesto, previo paso por el supermercado a comprar alimentos procedentes de enormes explotaciones y criaderos industriales, envueltos en un plástico que acabará en vertederos alejados de cualquier punto de reciclaje; pero eso sí, rodeados de bosques y montañas, como le gusta al viajero concienciado.
¿O por qué no la playa?, con la piel perfectamente protegida por esa crema solar o aceites que acaban flotando en el mar sin repercusión alguna; después una ducha sin prisa con abundante gel, cañas, paella y ya de madrugada copas en enormes salas con luces de neón y aire acondicionado, pero vestido con pantalones y camisa de lino fabricados en Bangladesh por una firma solidaria que solo contamina por aquellos lares y nada más que lo justo.
Por eso no salgo de casa. Por ecologismo, por poner mi granito de arena en el mantenimiento del equilibrio del planeta, pero sobre todo, por falta de dinero para costosos viajes sostenibles.
Ya está. Acabo este texto y me siento delante del televisor, en mi sofá de piel de ternera alimentada con productos de agricultura transgénica y con un vino elaborado sin que apenas medien pesticidas; con la calefacción al máximo contemplando, resignado, como se degrada nuestra Tierra.
Sostenibilidad, un concepto tan utópico como que yo gane este concurso.

Helena

Sentada frente a la ventana Helena fantaseaba con lo que pudo ser y quizá nunca sería, soñando despierta con una pasión que jugaba traviesa a colarse en su cama, como si invocarla no fuese una treta más para ignorar la pulsión que anidaba en su mente, el ardid de tahúr que retenía sus manos, huyendo así, muy quieta, de lo que deseaba hacer. Podía deberse al sofocante calor de aquel agosto que amenazaba con ser eterno, a la calma de esta ciudad inerte, muerta a golpes de siesta, o simplemente a la presión de saberse observada por Piojo, su gato, que desde su fingida somnolencia ejercía de implacable conciencia. Todo contribuía a mantener sus dedos alejados del teclado.

Estaba en pleno proceso de recomposición, intentando atrapar los pedacitos de cielo en que quedó dividido el universo cuando estalló su estrella, ese día en que la oscuridad cubrió con su manto de pena todo brote de dicha castigando, envidiosa, el agravio de una vida repleta de la luz de su sonrisa. Y ahora solo notaba el frío que ella dejó, la escarcha infame que cubría sus horas, helando la calima de aquellos días.

Desperezándose hasta el límite de la luxación y dispuesto a dar batalla el felino se incorporó y se puso en marcha. Exactamente cinco pasos, un giro y de nuevo tumbado, vigilando la extensa sabana que era la mesa del escritorio. Un gesto simple pero efectivo, suficiente para llamar su atención, recordándole con su presencia que aun quedaba vida. Por eso estaba allí, desde hacía años, preparado y esperando el momento que habría de llegar, aunque ella no lo supiese.

Quería contar una historia, hilvanar con palabras cargadas de dolor un paño lo suficientemente grande como para cubrir el hueco que dejó el astro perdido, pero las ideas huían antes de poderse concretar, atemorizadas por no estar a la altura. Necesitaba tejer un vendaje que curase sus heridas, pero las finas cicatrices aun no soportaban el peso de su tristeza. Deseaba reparar aquella red hecha jirones por la que escapó su sirena, pero cada vez que lo intentó quedó atrapada entre los nudos de lágrimas que, indisolubles, trenzó su pena.

Y Piojo lo sabía. Nada le era ajeno y más en cuestiones del alma. Solo él era capaz de adentrarse sibilino en los rincones donde dormita la voluntad, prisionera del miedo; y una vez allí, con sus afiladas garras, liberar la voz, el grito y el dolor, transformados en palabras.

Fue entonces, estirándose una vez más, cuando con estudiada desidia empujó con su pequeña patita los dedos de Helena hasta el teclado.