Los Malos Vientos

  1. Estío
    Fue el mozo de la señora Francisca quien llevó el aviso, rompiendo a golpes de aldaba la paz y el silencio reinantes con una insistencia mayor de la debida en la hora de siesta. Aturdido por el brusco despertar y apenas vestido para intentar combatir el sofocante calor de agosto, corrí hasta la puerta para atender a quien con tanta premura precisaba de un médico. Bañado en sudor por el esfuerzo tras subir corriendo, y con la respiración entrecortada, el muchacho apenas podía explicarse: —¡Don Manuel, me envía mi ama! ¡Es don Maximino, que se encuentra indispuesto! —Tan solo me tomará unos minutos, ve a dar aviso de que no tardo —dije mientras rebuscaba en el pantalón. Con la misma premura e impulsado por los dos reales que puse en su mano, el zagal bajó las escaleras, desapareciendo tan rápido como había llegado. En honor a la verdad, la prisa no era tanta. Aquel hombre estaba sentenciado: era presa de unas fiebres tropicales que, recurrentes, acompañaban sus días desde que le tuve por primera vez como paciente. Unas calenturas que, igual que remitían por completo, concediéndole alguna tregua, retornaban con implacable periodicidad para encharcar sus pulmones, ahogándole, sumiéndole en un suplicio difícilmente soportable. Sin duda, hoy podría ser la fecha propicia para abandonar este mundo, para liberarse del todo. Buscando la sombra protectora de los soportales y maletín en mano, llegué sin mucha demora a la calle Mayor. Allí, en la casa de huéspedes frente al edificio reconstruido del que fue en su día el palacete de don Máximo, residía el sujeto que precisaba de mi atención, don Maximino. La dueña, doña Francisca, una viuda de luto perenne y metida en carnes, gesticulaba al fondo del portal, animándome a seguirla: —¡Don Manuel, apúrese, por Dios, que este hombre se nos muere! «Y con él —pensé— la generosa renta percibida con rigurosa puntualidad cada semana por el uso del cuarto que tenía alquilado». En el último piso, muy soleado, con buenas vistas y las comidas aparte. El muchacho del aviso ya se había ocupado de abrir la puerta y la ventana principal en un intento de hacer entrar algo de aire. En vano: nada se movía allí aquella tarde y, menos aún, el objeto de mi visita. Según la escuela francesa de medicina, el rictus de un cadáver dejaba claros indicios de cómo fueron sus últimos instantes, el tramo final de su paso por la vida; ateniéndonos a dicha teoría, el tránsito al más allá de aquel hombre no pudo ser más penoso. El céreo rostro proyectaba sus mortecinos ojos azules hacia adelante, en fuga, en apariencia asustados por algo horrible que había en su interior y que los empujaba a intentar huir del cráneo; la piel, estirada sobre la afilada nariz y los prominentes pómulos, amenazaba con rasgarse en el punto de más tensión, las comisuras de la boca; esta, abierta al máximo, parecía haberse congelado en pleno grito, poniendo fin a los estertores emanados desde la negrura de su expuesta garganta. Sus pálidas manos se aferraban como garras a unas sábanas ceñidas al cuerpo cual perfecta mortaja, quizá en un desesperado intento de agarrarse a la vida, de asirse a algo que, por liviano que fuese, sirviese para permanecer vivo, retrasando así lo inevitable. Tan solo cabía esperar, movido por la piedad, que aquella teoría forense estuviese equivocada. Di la orden de abandonar la habitación mientras cubría mi cara con un pañuelo y cerré la puerta justo en el momento en que el coro de inquilinos y el personal de la casa, movidos por una insana curiosidad, amenazaban con ocupar toda la estancia. Sin duda, no había un modo más efectivo para garantizar la privacidad, tal era el pánico de todos los presentes frente a cualquier enfermedad que pudiese resultar contagiosa y mortal. Sentado junto a la cama, contemplé el cadáver de aquel individuo educado y correcto que conocí unos años antes, conocido por todos como don Maximino, el cubano. En torno a su persona se había creado un halo de misterio, la leyenda de una vida repleta de aventuras y oscuros secretos, alimentando así todo tipo de conjeturas sobre su verdadero origen y actividades. Se decía de él que poseía una inmensa fortuna como se le presupone a cada indiano, y que guardaba en un baúl valiosos tesoros. Precisamente en uno como ese, enorme, de cuero y metal finamente labrados, que permanecía adosado a los pies de la cama. Tentado por la curiosidad, me acerqué hasta ponerme frente a él, vigilado permanentemente por aquellos ojos que a otro no tan versado en la muerte hubieran atemorizado. Un enorme candado, tan firme como el armazón que reforzaba el mueble, impedía su apertura, despertando en mí, en contra de mi normal proceder, la inmensa necesidad de conocer su contenido. No quedaba mucho tiempo y debía actuar con rapidez, pues daba por hecho que, alertada por la patrona, la autoridad no tardaría en llegar. Retiré con cuidado la sábana y pude ver un cuerpo delgado, fácil de mover. Ya habría lugar para certificar la causa de la muerte, pero ahora el objetivo era otro. Mientras actuaba, aumentaba la presión al pensar que en el pasillo de al lado acechaban todos; la doña, impaciente por cobrar todo aquello que quisiese junto una cohorte de pobres diablos, también ansiosos por alcanzar alguna migaja de El Dorado que, era de suponer, escondía aquel hombre. «¿Dónde intentaría esconder una llave alguien postrado y tan enfermo como para no poder moverse de la cama?, ¿en qué lugar en una casa ajena y siendo totalmente dependiente? Sí —pensé—, en ese sitio, concretamente en ese». Haciendo un gran esfuerzo, coloqué su cuerpo de lado, y allí, entre los glúteos y envuelta en el más fino pañuelo, ahora inmundo, se hallaba la clave de todos los secretos. Nervioso, giré una vuelta completa hasta escuchar el pequeño chasquido que, con suma suavidad, liberó el bloqueo. Sin oírlo, podía presentir la respiración contenida y las orejas pegadas al otro lado de la puerta. Debía actuar rápido, echar un vistazo y poner otra vez todo en su sitio. El contenido era realmente decepcionante, a tenor de las expectativas: la esperada y consabida ropa, con varios juegos de camisas, mudas y pantalones; más abajo se apilaban algunos documentos, por su apariencia títulos de propiedad o de naturaleza bancaria, y un par de amarillentos pergaminos enrollados con un lazo. Ni rastro alguno del tesoro. Nada de bolsas con piedras preciosas, fajos de billetes, monedas o joyas. Ya me disponía a cerrar cuando, al fondo, llamó mi atención una vieja capa de terciopelo rojo que, al sacarla, descubrí envolvía un libro: manoseado, encuadernado en cuero repujado y atado a un grueso paquete de lo que parecían ser cartas. Los pasos y una voz elevada reclamando espacio que llegaban desde la escalera lo precipitaron todo; movido por una pulsión desconocida y sin tiempo para pensar, guardé ambos en mi maletín, cerrándolo con toda celeridad para, acto seguido, obrar de igual modo con el baúl. La puerta se abrió justo en el momento que simulaba explorar la espalda del finado, tras girar su cuerpo hacia mí desde el lado contrario y habiendo ubicado cada cosa en su sitio. Astuto ante lo evidente y fijándose en el cadáver, el policía sentenció con un grito: —¡Lo vi! ¡Tiene algo escondido ahí, entre las nalgas! —exclamó el sagaz agente, altivo y henchido de orgullo.

MARIELA

Él había sido siempre un gran hombre, el ejemplo a seguir. Sin duda un auténtico triunfador en todos y cada uno de los aspectos de su vida.

Nacido en el seno de una familia acomodada, cuando el acomodo consistía en escapar holgadamente del hambre, en su trayectoria vital no encontró nunca mayor complicación que la de dejarse llevar por la inercia de su cuna. Así, durante décadas, pudo disfrutar de una plácida existencia tan solo alterada por el aliño puntual de pequeñas catástrofes producto del exceso o la inmadurez, nada insalvable o irreversible.

Había decidido desde muy joven dedicar su vida y talento a ayudar a sus semejantes; una búsqueda que habría de llevarle sin remedio por el sendero de la ciencia. Años después y terminados los estudios de Medicina ya ejercía como neurocirujano en un prestigioso hospital; una labor que alternaba con la docencia, dónde con el paso del tiempo obtendría el justo reconocimiento siendo señalado por todos como un referente del mundo académico y una verdadera eminencia en su campo. 

Brillante profesional y trabajador incansable todo en él era ejemplar, sobresaliente y de primera calidad, con una pequeña excepción; una porción de arteria cerebral que, ajena a la norma y por su cuenta, decidió en mala hora abrirse al mundo.

Ahora, postrado en la cama de su lujosa residencia, el oscilante balanceo del colchón antiescaras le recordaba en cada momento la nueva lección que con tanta crueldad le ofrecía el destino: que nada es inmutable o eterno y que la gloria y el bienestar absoluto pueden desaparecer, transformados en algo fútil y efímero; incluso para él, hasta ayer el mejor de los mortales.

La que antes resultó ser una vida plena y repleta de satisfacciones había mudado en una ilusión, en un borroso recuerdo. Un espejismo que desaparecía todas las mañanas cuando la luz en su habitación le mostraba su nueva realidad: la lucha para soportar cada día, reducido éste a un simple tránsito; un periplo medido por el paso de las horas y éstas por la rutinaria sucesión de procesos meramente fisiológicos.

Tras una existencia acostumbrado a observar el mundo desde arriba, encumbrado en el éxito, desde su perspectiva actual, la de un cuerpo famélico acurrucado en posición fetal, las personas que antes solo eran útiles complementos de sus deseos adquirían ahora la entidad de imprescindibles y necesarios; amables gigantes bípedos dotados únicamente de pelvis y manos, su monótono y reducido campo visual. Un paisaje restringido a un único plano; la presencia constante de Mariela, la señora sudamericana-nunca se interesó por su origen-que atendía su casa desde hacía varios años.

Ella vino a servir en todo lo que fuese necesario, le dijo durante la entrevista de trabajo; dispuesta a realizar cualquier tarea y obviando su verdadera  profesión, enfermera diplomada en su país natal. Asombrada al principio por todo aquel lujo que debía pulir aprendió muy pronto a pasar desapercibida, a ser casi invisible; a convertirse en ese mínimo estorbo que arrastra la inmundicia tras de sí, como por arte de magia, sin molestar u ofender a la vista. Y si en algo estaba adiestrada hasta alcanzar casi la maestría era precisamente en eso: en pasar por la vida sin dejar rastro, obedeciendo sin rechistar, acatando las órdenes sin realizar preguntas molestas y sin causar problemas; tal como aprendió nada más esposarse, tras recibir los primeros golpes de su marido.

Recostado un su diminuto mundo y desde la soledad de las sábanas había logrado hacerse entender, expresándose con la mirada, combinando los movimientos de sus párpados y de la escasa parte sensible de su cara. Un precario lenguaje que solo ella se había tomado la molestia de intentar comprender, siendo la única persona capaz de interpretar sus deseos y emociones; reducida así toda capacidad de comunicación a aquel pobre recurso, casi siempre insuficiente y escaso. Una limitación que abundaba en su aislamiento y desesperación, y el principal motivo por el que odiaba la noche y el silencio en ella implícito. Un mundo repleto de angustia y dolor únicamente accesible para aquella mujer, intuitiva y atenta; su ángel guardián, pendiente a cada instante de cualquier problema que pudiera surgir y solucionándolo de inmediato.

 Ella, siempre ella, omnipresente y eficaz acabando con su agonía a golpe de aspirador cuando una espesa manta de flemas obstruía su garganta; liberando la presión de su vejiga a punto de estallar o aliviando su macerada piel torturada  por las llagas del  continuo roce de las sondas. Labores habituales de su profesión que Mariela podía anticipar solo con estar atenta a sus lágrimas: ya la única forma de expresión de quien un día fue el excelente orador que inflamaba aulas, reuniones y salas.

En realidad el mérito no era únicamente suyo: durante gran parte de su juventud, en su tierra natal, tuvo que aprender a interpretar el estado de ánimo de su hombre; un arduo ejercicio de prevención, por lo general inútil, ante sus recurrentes accesos de ira. No había reglas o código alguno, y daba igual el motivo; ya se debiese a una inmensa alegría por ser día de cobro o a la rabia contenida por la humillación de su jefe, pero, con el alcohol de por medio, el resultado era tan esperado como tristemente conocido: insultos,  palizas, violaciones y en ocasiones la pérdida de piezas dentales eran el menú habitual; el triste protocolo de su extraño amor, solo atenuado en cierta medida cuando tenía la suerte de quedar preñada.

De ahí la fortuna de poder entrar a trabajar en aquella casa, después de su huida, a miles de kilómetros del lugar que la vio nacer; en un país extraño y a veces hostil, donde encontró la oportunidad de comenzar de nuevo y dejar atrás un pasado digno de ser olvidado.

No había transcurrido mucho tiempo desde aquel día en el que, sentada en el lujoso salón, contestaba con timidez las preguntas de aquel español estirado y frío; un señor que a pesar de su lenguaje áspero, su trato distante y su aspecto serio resultaría ser, con diferencia, el mejor capataz posible: nunca- y de eso entendía mucho- le maltrató ni intentó abusar, como algunas compatriotas auguraban. Así comenzó una nueva vida en un hogar en el que fue contratada para realizar labores domesticas y donde, entre paños y estropajos, logró encontrar la paz que necesitaba.

Pero la desgracia y el azar quisieron que recuperase su antiguo oficio de enfermera; una tarea sobrevenida por las terribles circunstancias que golpearon aquella casa. Unas razones, su valía y la confianza depositada en ella, por las que ahora curaba con mimo sus heridas: tratando unas escaras que, a pesar de todos los medios, avanzaban presurosas amenazando con dejarle en los huesos; o bien masajeando, aliñada con canciones aimaras y aceite aromático, su fina piel,  aliviando sus menguantes músculos y movilizando con sumo cuidado las anquilosadas articulaciones. Horas de trabajo, esfuerzo y de pequeño suplicio que les hacían permanecer unidos por el dolor y la desgracia. Largas jornadas de silencio y ternura comunicándose entre sí  por medio de lágrimas: las que él, derrotado y roto, dejaba correr libremente; las que ella, fuerte hasta el infinito, acumulaba paciente para ser derramadas después en la inmensa soledad de sus noches.

No fue un acto malintencionado y solo ocurrió en aquella ocasión, pero fue suficiente lección para que Mariela se percatase de su error y nunca más se repitiese: tras retirar la inmundicia que recorría su entrepierna y lavar el resto de su cuerpo quiso adecentar su cara, intentando que recuperase su antiguo atractivo y que él pudiera verlo; le afeitó y perfumó con mucho cuidado, peinando su cabello y las cejas entre lisonjas y piropos. Así, cuando lo creyó conveniente y armada con una sonrisa de satisfacción puso un espejo delante de sus ojos, emocionada y expectante..…el mismo que retiró con rapidez sorprendida al contemplar su reacción, tan inmediata como inesperada: liberando un inaudible alarido cerró con fuerza los párpados, asustado y temblando de miedo, como si acabase de ver reflejado en él a un desconocido, el semblante mismo de la Muerte.

En eso se equivocaba el señor, ella sí la  había visto. Conocía su rostro y ésta tenía cara de niño: la de los tres pequeños ángeles con la piel azulada que le esperaban en su casa, muy quietos en sus camas, al volver de trabajar del hospital la mañana que se le rompió el alma; aquella noche que el borracho con quien yacía se marchó de parranda dejando una vieja estufa mal encendida; el mismo amanecer que a su regreso, y sin mediar palabra, Mariela atravesó con un cuchillo de cocina su cochina garganta para después prender fuego a la casa con los querubines y aquel demonio dentro.

Y eso el señor lo sabía. Desde aquella entrevista de trabajo en la que fue capaz de entrever la oscuridad que nublaba su mirada; desde ese día que supo arrancarle con mucha ternura una confesión sin emitir una sola opinión ni juzgarla; desde aquel momento en que utilizando su poder y posición le proporcionó una documentación y un pasado distintos, y con ellos la oportunidad de una nueva vida.

Por eso entre ellos con una mirada bastaba.

Por eso, cuando él consideró llegado el momento, Mariela pagó el secreto y su libertad con un acto de generosidad que sin duda nadie más tendría: una última noche, la más especial, dedicada a regalarle los besos y caricias que ambos añoraban; horas de luz, de miradas tiernas y silencio cogidas las manos y vertiendo las últimas lágrimas, esta vez las más puras, de amor y despedida.

MARÍA

Esa mañana María apenas podía contener los  nervios, agotada y somnolienta  tras una larga noche de inquietud, ansiedad y desvelo.  A pesar de dar por hecho que le podría doler, algo que siempre se ha dicho, tenía claro que tarde o temprano  iba a ocurrir y había decidido tomarlo con calma y  dejarse llevar, en espera del deseado beneficio. 

Coqueta, como la jovencita que siempre fue, se levantó muy temprano para acicalarse y estar preparada, aunque no fuese necesario; él así se lo había hecho saber la tarde anterior, la última vez que hablaron. Más joven e infinitamente tímido apareció en su vida hacía tan solo unas semanas y, aunque nunca quisieron mencionarlo, era más que evidente que terminaría sucediendo, por puro capricho del destino, por la necesidad y por sus ganas de practicarlo. No habría hallado, sin duda,  a nadie más dispuesto y entregado, siempre radiante y con una perenne sonrisa, de modales exquisitos y el aplomo imprescindible para satisfacer tan íntima demanda; podrían haber sido otros ojos u otras  manos las encargadas, pero ahora, sabedora de su suerte, no lo cambiaría por nadie.

Él tampoco pudo dormir prácticamente nada. Esa noche, tras la cena, los compañeros de piso le tendieron una trampa; burda, previsible y, para que engañarse, deseada. Faltaban tan solo dos horas para que amaneciese y la imagen que devolvía el espejo no podía ser más elocuente: la camisa, ayer inmaculada, lucía ahora azotada sin piedad por anchos regueros de cubata; los ojos, inyectados en sangre cual dos puñaladas en un tomate, pedían a gritos la paz que solo se obtiene cerrando por un momento los parpados; y qué decir de su sonrisa, bobalicona, cargada del bienestar y esa sombra de mala conciencia inherentes a una gran noche; la que en breve daría paso a un más que previsible y frío abrazo.  La lejana alarma del móvil le despertó de su letargo, abandonado y lacio sobre aquel inmundo inodoro que, huérfano de toda limpieza, amarilleaba en fuerte contraste con un suelo otrora blanquísimo; observando muy de cerca los restos de pizza margarita, chorizo y callos que, náufragos y ya irrecuperables, flotaban al pairo en aquel mar agrio y en calma. Mil millones de finas agujas picoteaban insidiosas su cabeza, abotagada, privada de por vida de una infinidad de neuronas que en su adiós daban medida, por el dolor, de la magnífica intensidad de la fiesta. Arrastrándose por aquel suelo, tapizado por la reseca y multicolor capa grasienta que no pudo llegar a su destino, se introdujo en la ducha; renegando de la vida, entre firmes promesas de no reincidir jamás  y las más gruesas maldiciones.

Decidida abrió el grifo, lo reguló, y en breves instantes se sintió estremecer, tocada por una cortina de agua caliente que, milagrosa, calmaba su desasosiego como el más preciado bálsamo. Si, le urgía, no debía esperar más y deseaba consumarlo. Su cuerpo, hasta ayer reticente, ahora lo reclamaba como se desea y se teme lo que, aún desconocido, se intuye necesario. Faltaba muy poco para que él llegase y se tumbó en la cama, liviana de ropa, receptiva, y ya impaciente.

Cinco o diez minutos eternos, hasta que por fin se abrió la puerta.

Su semblante, hasta ayer risueño, mostraba a las claras que para él también era importante; demasiado serio, cargados los parpados  y con una parsimonia poco habitual en su modo de comportarse.

-¿Pasaste  mala noche?, ¿te ocurre algo?-preguntó María, intentando aplacar sus nervios.

-La verdad es que no he pegado ojo. Te lo dije…es mi primera vez-.

-También la mía. Acércate…me urge, siento que me va a estallar.

Levantó con mimo la ropa que cubría sus piernas, poco a poco y sin ninguna prisa, mirándole a los ojos; con extrema delicadeza separó sus muslos dejando expuesto y accesible cada centímetro de su intimidad, ahora suya;  esa oportunidad que tanto había ansiado tener y debía consumar creando un vínculo para ambos inolvidable.

-¿Nervioso?- quiso saber al sentir el ligero temblor de sus dedos al separar los labios.

-Todo irá bien, no te preocupes-.

El insoportable zumbido en los oídos, las nauseas y el constante conato de vómito dejaban patente que aquella resaca iba a  batir todos los records en el histórico de su vida. Mientras preparaba el material sus manos, hoy torpes e imprecisas, temblaban como las hojas de los arboles en un día ventoso de otoño hasta el punto de resultar tan evidente como para llamar su atención. ¿En qué hora se le ocurrió salir de fiesta?…con lo mucho que le había costado convencer al supervisor de enfermeros para que le dejase colocar una sonda.

Observó con atención la zona de abordaje: un territorio complejo, indefinido y barroco que se alejaba de todo lo conocido y estudiado; una intrincada superposición de pliegues, misterios y reductos que amenazaban con desbordar a un no iniciado como él.

Con suavidad, pero firme, introdujo el catéter: con el ángulo correcto, generosa lubricación y del tamaño adecuado…y entonces se produjo el milagro; ¡avanzaba!, ¡progresaba! pensó eufórico, dejando escapar un suspiro de alivio.

Fue su sonrisa, pícara y nada inocente,  y aquellas ocho palabras las que desbarataron su triunfo:

-Cariño, se agradece: pero te equivocaste de orificio-.

MAYA

Maya nació un frio día de invierno, entre los algodones de nieve que esa noche cubrían con un manto helado la hierba. Blanca, rosada, tierna, como con olor a bollo recién hecho y a almíbar de besos; refugiada al calor de las  montañas de leche y miel que colmaban su vida, dormitando dichosa su felicidad sobre aquella tierra prometida en cuyas entrañas, hasta hacía muy poco, nadaba libre. Pronto tuvo la urgente necesidad de conocer mundo, gateando intrépida en pos de quién sabe qué recompensa. Con su sonrisa mellada, cercada de babas de galleta, y unos ávidos ojos de exploradora recorría incansable la alfombra, descubriendo en cada circunnavegación otros límites y nuevos retos; osada, lidiando terca con los dedos de unos pies que se movían traviesos llamando su atención, justo al paso de su trote aventurero, lanzada sobre aquellas pequeñas lombrices cual temible minino, atrapándolas por un instante y estallando después, excitada y triunfante, en las sonoras carcajadas que siempre provoca la primera victoria. Veloz, devorando los años como una exhalación, demandando sin tregua abrazos, papillas y besos; acurrucada al peludo calor de Tula, que aguanta estoica su exceso de amor y una constante investigación de orificios con la infinita paciencia de una esfinge; presa fácil de los maternales labios que, insaciables, ansían comer los mofletes, los blancos bracitos, su oronda tripita, a toda ella; ese pequeño manjar que corretea por cada rincón de la casa, alocado y libre, llenándola de calor y vida.

Pero Maya nunca nació: fue solo el sueño que incendió sus corazones en las gélidas horas de años sin su presencia, privados del bien más caro; pacientes, derramando el amor en una estéril espera, prisioneros del deseo constante de arrancarle al cielo un pequeño ángel; desalentados por el paso del tiempo y la esperanza menguante; resignados, consumidos por la pena, inmersos en una perenne melancolía por ese regalo que nunca tuvieron y  ya jamás llegaría.

EL SÉPTIMO DÍA

El séptimo día de la última semana del final de año era el más especial. Todos los involucrados lo esperaban con ansiedad, según el viejo adagio “como agua de Mayo”, una reliquia del pasado cuyo significado ya ni los más viejos podían recordar. Desde  primera hora del ciclo diario decenas de jóvenes deambulaban por las galerías, preparándose para el acontecimiento; nerviosos, sabedores de su fortuna al formar parte de los escogidos. A pesar de la aparente posibilidad ecuménica de ser seleccionados, nada en aquella ceremonia era discrecional: hasta el último detalle quedaba sujeto a una estricta norma, sutilmente envuelta en un aura de igualitaria elección; un truco de prestidigitación con el que los Primeros Padres diluían cualquier atisbo de su pretérita responsabilidad. Por el contrario, cada uno de los renacidos debía mostrar pruebas fehacientes de haber interiorizado los conceptos básicos que conformaban las Reglas, y en concreto, un precepto fundamental: que todo bienestar y bondad emanaban de su magnánima intercesión;  de la suma de decisiones responsables y certeras  que solo sus mentes preclaras fueron capaces de identificar, primero, para posteriormente hacerlas realidad. A ellos les debían la vida, en exclusiva; a aquellos nuevos dioses que con extrema generosidad les abrieron de par en par las puertas del paraíso. A nadie más. A esos rectores de la masa ingente formada por los descendientes de los pioneros, aquellos primeros hombres que lograron el ansiado cobijo apenas unos días antes de producirse la Gran Hecatombe; el punto final de una lucha global por los exiguos recursos que, en última instancia, todos perdieron. Una guerra sin cuartel cuyos efectos habrían de eliminar, para toda la eternidad, cada especie existente o futura de la esquilmada Tierra, cubriendo de oscuridad y muerte lo que un día fue un planeta rebosante de vida. De ahí las plegarias y alabanzas que ensalzaban sin cesar a los Padres Creadores; aquellos visionarios que supieron urdir tan noble plan para salvaguardar al hombre de la debacle generada por sus propios errores.

Seres espléndidos que en su infinita bondad invirtieron sus fortunas y talento en construir aquel refugio, materializando y dando forma a un sueño, ahora real y tangible, recuperando para todos la esperanza perdida; haciendo que los renacidos horadasen las profundidades de la tierra, sin descanso, para crear cientos de kilómetros de galerías y nidos donde  poderse albergar y pasar sus vidas, criando felices a sus familias y disfrutando de otra oportunidad, quizá la última;  pagando el inmenso favor recibido tan solo con su trabajo, sin más contraprestación o exigencia alguna. Una existencia dichosa y plena extrayendo mineral, ampliando y consolidando con su esfuerzo aquella Babel y, por ende, su futuro.

“Pan, libertad y trabajo” era la máxima que aprendían en la escuela: el lugar donde se les enseñaba los rudimentos básicos del necesario orden social, un oficio, y los motivos que  llevaron  a los humanos  a vivir en sus actuales circunstancias; a asumir las consecuencias, fruto de la irresponsabilidad y ambición desmedidas, de una especie  que ávida de recursos esquilmó toda planta y mineral, depredando insaciables cada palmo de terreno u océano hasta acabar con el último ser vivo que hollaba el planeta.  Culpables todos y cada uno en su medida; cómplices silentes de poner su granito de arena en aquel imparable  proceso de destrucción, mirando indiferentes hacia otro lado, cínicamente eximidos de toda responsabilidad, convenientemente diluida entre la masa.

Fueron seleccionados entre los supervivientes de una guerra total, gestada en una extraña alianza de países, bloques e intereses; lanzados a luchar entre sí sin más criterio ni meta que el control de las pocas aguas contaminadas restantes o de los escasos territorios dónde, en ocasiones, caía algo de lluvia: un conflicto alentado y dirigido por esos mismos que, reconvertidos en héroes, se arrogarían la generosidad de salvarles. Un dogma cuyo cuestionamiento podía costarte la vida, arrojado a la muerte segura que entrañaba el ser forzado a  abandonar la incómoda pero necesaria seguridad de las galerías; algo que nunca había ocurrido y jamás sucedería.

Pero de eso nada sabían los alegres jóvenes escogidos para visitar la Cúpula, el día más feliz de su corta existencia; el deleite de contemplar un espacio diáfano y limpio, revestido con una cubierta formada por millones de pantallas de plasma que recreaba a  la perfección la antigua atmósfera terrestre, sus ciclos estacionales, las noches y los días. Un inmenso terreno surcado de riachuelos que  discurrían entre fértiles suelos, tapizados por las plantas legendarias de las que hablaban los abuelos en una explosión de colores nunca vistos, mientras bajo los árboles, grupos de animales desconocidos, como de cuento, pastaban plácidamente, ajenos a cualquier temor o amenaza. 

Habían entrado a primera hora, casi en completa oscuridad, protegiendo sus pálidas pieles con telas finas y gafas oscuras, a fin de poder soportar la cantidad de luz que, progresivamente, iba inundando cada rincón de aquel paraíso: ese sueño hecho realidad al que tenían derecho por unas horas, alimentando la vana ilusión de creerlo suyo; disfrutando de él como solo unos pocos podían, viviendo una experiencia única: sentir en las manos la estimulante  sensación de acariciar lo que llamaban hierba, escuchar  el suave zumbido del agua al correr entre las rocas o probar alimentos frescos, llenos de sabor, que se deshacían placenteramente en la boca.

Todo ello supervisado por miles de cámaras, testigos mudos de las reacciones y actitudes de aquellos privilegiados invitados, los futuros guardianes del Orden: jóvenes aventajados cuidadosamente seleccionados para la vigilancia y control de los millones de renacidos que habitaban la oscuridad de las galerías. Los encargados de someter y hacer cumplir la Ley a los descendientes y herederos de los verdaderos culpables, según la fidedigna doctrina oficial;  aquellos que, ignorando las señales, colaboraron desde su particular e individual egoísmo a la aniquilación del planeta, de manera temeraria e irresponsable. Una verdad que los Padres, siempre lúcidos, les recordaban permanentemente, convencidos de hacer lo correcto; haciendo recaer sobre aquella turba indolente la carga de su pecado original;  exhortándoles a soportar, resignados, su justa pena.

La noche antes de la visita, David no pudo conciliar el sueño.

A pesar de destacar en las clases y ser un alumno aventajado en el Curso de Formación de Guardianes algo atormentaba su mente, impidiéndole el descanso tal como necesitaba y hubiese deseado: el martilleo constante y confuso de un pavoroso secreto; ese que, en las pocas ocasiones en que recobraba el habla, le contaba su abuelo; un anciano enjuto y consumido que pasaba los días en absoluto silencio, hecho un ovillo, arrinconado sobre el jergón del nicho familiar. Una figura presente desde siempre, que agotaba su vida absorto en la intimidad de un mundo del que solo salía obligado por las necesidades inherentes a su condición animal; plegado sobre su abdomen, protegiendo su cara deforme de las caricias y miradas de los miembros del pequeño grupo que componía su estirpe, rehuyendo de todo contacto. Había sido Guardián- y de los importantes-, le dijo su madre en una de las pocas ocasiones en que accedió a hablar del tema; una de esas noches que, tras las habituales quince horas de trabajo, recorría su rostro con las cuarteadas manos, cubriéndole de besos. Ciega desde los treinta años por la práctica ausencia de luz -el destino de  todos-, había aprendido a sondear al muchacho con el simple tacto de sus dedos: como si a través de la piel pudiese llegar hasta el fondo de su alma, percibiendo con nitidez, entre las sombras de  sus glaucos ojos, el nudo de temor y dudas que afligían a su hijo.

-¿Se puede saber qué te pasa? Pensé que esto te hacía feliz, que era tu mayor deseo-.

-Sí. Y lo sigue siendo. Pero tengo miedo-.

-Lo sé. Es por las historias del abuelo. Ya te he dicho que nadie sabe si son ciertas, pero sí que pueden resultar peligrosas-.

Era aún pequeña cuando ocurrió, apenas una niña. La noche en que su padre, contra toda ley y de modo imprevisto, renunció al merecido derecho y regresó a su nicho, poniendo así en peligro su vida y la del resto de la familia: asustado y gravemente herido, con la cara y el resto de la piel ulceradas para siempre, irreconocible y balbuceando palabras ininteligibles e inconexas; las pocas que le permitía pronunciar su lengua, terriblemente hinchada. Cerró la puerta tras de sí y, sin dar ningún tipo de explicaciones, amontonó todos los enseres que pudo sobre ella, como si esperase una invasión inminente. Nadie antes de él había regresado del Júbilo, jamás: de ese anhelado retiro con el que los Padres premiaban, tras una vida entera de trabajo y dedicación, a los fieles guardianes.

Pero esa noche nada pasó, nadie vino a reventar la entrada o a justificar su miedo. No habló, tardaría  años en hacerlo, estableciéndose entre aquellas paredes una conjura de silencio que aún permanecía vigente. Nunca más saldría de allí. Arrinconado en un hueco excavado para él que les permitiría, llegada la ocasión, ocultarlo rápidamente; viendo pasar  los años, inmóvil, ausente, esperando la muerte liberadora.

-¡La cúpula! ¡La cúpula!, o simplemente ¡la cascada!- … las breves y extrañas palabras que en ocasiones pronunciaba; cuando saliendo de su profundo aislamiento  gritaba descontrolado y fuera de sí, hasta el punto de tener que ser reducido y silenciado, evitando así que le oyese una patrulla o algún vecino; o esas veces, tan esporádicas como desconcertantes, en que abrazando a su nieto David le susurraba al oído mensajes cargados de misterio; tan crípticos y terribles que hacían temblar cada músculo de su cuerpo, asustado y presa de la angustia  hasta que su madre acudía a socorrerle.

-Madre no sé si quiero ser Guardián-

-¡Claro que lo serás! Llevas tiempo preparándote y a toda la familia nos vendrá muy bien que accedas al cargo. Es algo que sabes perfectamente-.

Por supuesto que conocía a la perfección las implicaciones de alcanzar tan codiciado estatus. La nada despreciable posibilidad de conseguir una mayor cantidad en el reparto de consumibles; pero sobre todo una oportunidad única de poder escapar para siempre de la pesadilla del neutrilio: el mineral que sustituyó cualquier forma de energía conocida y que solo se localizaba y extraía a grandes profundidades de la tierra, en el límite de lo soportable para el hombre y con métodos manuales y rudimentarios. Cada día, riadas de trabajadores recorrían en ordenadas filas los corredores hasta llegar a los ascensores que distribuían, por edades y fuerza, a todo aquel capaz de manejar un pico, de acarrear los capazos metálicos con los que trasportar el material- el contacto directo con él fundía la piel en décimas de segundo- o simplemente repartir el suministro diario de la papilla nutritiva e hidratante que por ley les correspondía. Ahí, en el nivel  más bajo del sistema productivo comenzaba la carrera del guardián, siendo apenas un recién llegado pero ya la máxima autoridad: con capacidad de imponer el orden y reprimir, de tomar buena nota del trabajador con tendencia a la desidia y la relajación; o lo que era aún peor, de esos inconformistas que difamando y hablando de más levantaban constantes y nocivas corrientes de opinión, cuestionando el orden establecido; los que, toda vez anotados convenientemente sus nombres, en pocos días se les declaraba enfermos y retirados del servicio, para poco tiempo después ser sustituidos y relegados al olvido.

Y él podría esquivar, sin ningún problema, aquel primer destino. Sus notas y aptitud le habilitaban para ostentar un puesto jerárquico superior, asumiendo un mayor grado de responsabilidad y evitando, algo sin duda deseable, el contacto directo con los que dejarían de ser sus iguales.

Cuando su madre se acercó al jergón, en la penumbra del pequeño cubículo, él ya se había levantado y vestido con la túnica blanca de los que habrían de ser  ungidos: cerrada por completo al cuello y con una enorme capucha que cubría cada centímetro de su lechosa y húmeda piel, complementado el atuendo con unos guantes del mismo tono y las imprescindibles gafas de sol.

Apenas podía tragar, pero se obligó a deglutir, con suerte por última vez, aquella insípida papilla, el único alimento de los de su clase. No sabía a ciencia cierta qué le esperaba, pero no pensaba quedar en evidencia por una repentina debilidad, tan solo por no haber previsto algo tan básico. Debía cumplir con creces ante cualquier esfuerzo que le pidieran.

Se despidió de ella con un beso y se adentró en el angosto y lóbrego pasillo que compartía con otros cientos como él… hasta hoy: el simple hecho de portar aquellas ropas abría un abismo con quienes fueron sus semejantes; esos mismos que, recelosos, ahora se apartaban dejando expedito un camino donde antes se prodigaban en rudos empellones. Caminando contracorriente pronto alcanzó el túnel principal, el que le acercaba al punto de reunión establecido; más amplio, luminoso y en cuyo final podía divisar la claridad de otras muchas siluetas como la suya.

Inquietos, prodigándose en abrazos e intentando contener la emoción esperaron la llegada del guardián responsable, quien, ordenándolos formar, les condujo hasta una inmensa puerta metálica,  de doble hoja y remachada con motivos florales, ya conocida por los libros de texto. A una indicación suya cubrieron sus cabezas con las capuchas, se pusieron las gafas e introdujeron las manos en los guantes: con rapidez y perfectamente coordinados, como tantas veces habían ensayado.

Aquel lugar superaba todo lo imaginable: a penas había puesto un pie dentro y una corriente de aire fresco golpeaba ya su rostro; puro, limpio, cargado de olores agradables y nuevos, como los descritos en los manuales para los elegidos. Allá donde miraba toda forma de vida, antes idealizada, se hacía presente: multitud de plantas, árboles frondosos, gran variedad de animales y, lo más sorprendente, corrientes de  agua discurriendo libres y en abundancia; un paraíso a disposición del centenar de Guardianes veteranos que, relajados, disfrutaban de sus merecidas prebendas.

El lugar bullía de actividad, con un trasiego constante de adultos que, poseídos por una indisimulada alegría, jugaban a ser niños: aquellos que nunca pudieron ser. Mezclados con ellos, los novatos se lanzaban en pos de los desconocidos alimentos que, ahítos, habían dejado de  lado los veteranos, preparados ya para saborear la vida que estaba por llegar. A la par que la comida, los consejos y recomendaciones circulaban por doquier; experiencias y clases magistrales solo interrumpidas por el crujido de las desacostumbradas mandíbulas de los jóvenes, aplicadas al ingente trabajo de consolar un hambre eterna; cubiertos los rostros de lágrimas por lo venidero, en unos, y de dicha por el futuro inmediato, en los otros.

Las horas pasaban y aquella reunión parecía no tener fin.

Fue en una de sus múltiples idas y venidas, en busca de algún manjar que ya era incapaz de deglutir, cuando la vio: al fondo de la explanada, rodeada de un espeso manto vegetal, se elevaba majestuosa una cascada de agua. En ese instante, revuelto el estómago por una súbita angustia, recordó las palabras del abuelo… Pero de nada sirvió; sin darse cuenta se dirigía ya hacia ella, atraído por su belleza y misterio, como si de un poderoso imán se tratase. Desde un lateral y apartando algunas ramas introdujo primero una mano y luego el brazo, para comprobar que la columna de agua no era excesivamente ancha. Nadie le prestaba atención, y menos aún cuando una suave sirena anunciaba el fin de la fiesta para los aspirantes; la señal convenida para abandonar el lugar, esta vez relajadas las formas por el abundante licor que nublaba sus mentes.

Como poseído por una extraña obligación cruzó de un salto al otro lado del torrente, resbalando sobre un suelo viscoso y blando para chocar después contra una pared metálica. Asustado aún por su decisión se aferró a los salientes de lo que parecía ser una escalera, en cuyo extremo superior se abría una claraboya. Trepó como pudo por los peldaños hasta alcanzarla, con el corazón amenazando con salirse del pecho, y una vez allí y tras limpiar el vaho condensado en el cristal, pudo ver como el último de sus compañeros atravesaba la puerta de salida, cerrándose tras él.

Se había dejado llevar por la locura de un viejo y ahora veía con nitidez el grave error cometido; de qué modo absurdo acababa de arruinar su futuro y el de su casa. En esas estaba, rumiando sus remordimientos, cuando de pronto ocurrió; en la soleada cúpula, a un centenar de metros del suelo, una fina línea de oscuridad se fue abriendo camino, cada vez más ancha. Sorprendidos e incapaces de toda reacción los antiguos guardianes vieron como caía sobre ellos una lengua de humo, espesa y gris; lo que los tutores denominaban la muerte negra; los restos de lo que un día fue la atmósfera, concepto mítico que ahora mostraba su fatídico rostro. Por unos minutos reinó la noche y a punto estuvo de caer al vacío, impulsado por el instinto de supervivencia al intentar alejarse de aquel manto tenebroso: pero no fue necesario. Quien diseñó aquella atalaya contaba ya con que fuese segura; y así resultó. Tras cinco o seis minutos de oscuridad, no más, unos extractores comenzaron a desalojar la niebla, dejando ver sus terribles consecuencias: animales y guardianes, en posturas casi cómicas, se repartían inertes y azulados por cada palmo de tierra… ¡Él no mentía! ¡Nunca lo hizo!…pensó, ahora verdaderamente asustado. Ya se disponía a bajar, incapaz de soportar ni un segundo más tan macabro espectáculo, cuando les vio; por una pequeña puerta en un lateral de la cúpula, antes inexistente, comenzaron a entrar unos humanos totalmente diferentes a ellos: de piel morena, musculados y muy altos, empujando sin esfuerzo unas enormes vagonetas…los Padres.

Con unos enormes ganchos y uno a uno iban recogiendo los cuerpos de aquellos que, apenas unos minutos antes, reían alborozados; amontonando los cadáveres, sin discriminar entre guardianes y animales, con la parsimonia de quien recoge los restos de escoria en los fuegos de las fundiciones. Debía huir de allí, y rápido, antes de que  hiciesen el recuento; no esa misma noche, pues asumían su embriaguez, pero sí a la mañana siguiente. Bajó las escaleras casi sin tocarlas, golpeando con los pies y la cabeza en el manto resbaladizo que cubría el suelo. Arrastrándose en completa oscuridad palpó cada centímetro de la pared, hasta dar con ella; el asa de una trampilla que, con más miedo que fuerza, consiguió abrir.

Los puntos de luz que dibujaban  el trayecto del pasillo eran cada vez más débiles, el calor asfixiante, pero debía continuar; no había recorrido ni cincuenta metros cuando unas voces y ruidos metálicos llamaron su atención, paralizándole, pero ya no había marcha atrás. A pesar del miedo continuó avanzando, hasta encontrar una bifurcación y una duda fácil de resolver; tomó el túnel de la izquierda, del que procedían las voces.

Con mucho cuidado se asomó a mirar a través de la rejilla y, sin poder evitarlo, vomitó todo el contenido de su estómago. Aquellos hombres estaban despedazando los cuerpos de los animales y guardianes, arrojándolos después a una enorme marmita donde hervía tan repugnante sopa: el ansiado maná. La prebenda con la que los dadivosos Padres recompensaban a los renacidos en la celebración  del Séptimo Día; un aporte de proteínas extraordinario y muy apreciado, para alabanza de aquellos magnánimos rectores.

Temblando de ira y miedo retrocedió sobre sus pasos, buscando una salida…su abuelo también debió verlo, la noche que perdió el juicio: eran sus compañeros, sus amigos y por desgracia para su conciencia, él pudo escapar vivo.

Al final del otro camino encontró la puerta: de metal y con una pequeña ventana por la que se podía ver un pasillo, de unos cinco metros; y justo en frente, otra igual. Una visión solo alterada por el brillo de millones de cristales en suspensión, saturando el aire; el polvo corrosivo del nutrilio que, fijado al oxígeno tras su combustión, se arrojaba al exterior por ese cauce. Serían solo unos segundos de exposición, confiando en que la otra entrada estuviese abierta, pero conocía los resultados. No lo pensó; cubrió su cuerpo con los restos de la capa y empujó la puerta.

Cuando su madre le vio, la piel ya comenzaba a caerse a jirones. La hinchazón de la lengua le impedía gritar, y ni el agua estancada de la ración familiar fue suficiente para calmar su sed o darle consuelo. Por la mañana fueron a por él; amenazaron, golpearon a todos, pero pudieron irse satisfechos. Habían encontrado lo que buscaban: su cadáver.

 Desde el escondrijo escavado en la pared David no pudo más que arrojar unas lágrimas: sinceras, cargadas de remordimiento y culpabilidad, escuchando atento cómo se llevaban al abuelo.

Otra vida

Tenía el alma rota, hecha añicos, desperdigados sus jirones por doquier, a merced del viento; con la boca anegada del sabor amargo de saber sucumbido, una vez más, al anunciado desastre que auguraba una abyecta soledad.

Y es que el amor no fue suficiente, nunca lo es, siempre rehén de las pulsiones mundanas que enfangan de convencionalismos lo que en esencia ha de ser puro; esa pasión concebida tras una explosión de miradas encendidas, cómplices, cargadas de besos e inquebrantables promesas de futuro, que nunca lo son, apagado ahora su brillo por las pertinaces sombras de la duda.  Así pasa sus noches, buscando refugio en el amable territorio de los sueños, dormitando su pena arrullada por las sábanas, arrebujada en su dolor, mientras espera el liberador claro del día; esa luz que sana y blanquea las zonas oscuras del alma donde se herrumbran los restos de pasiones pasadas, los hirientes cúmulos de dicha insatisfecha; donde alberga las esperanzas quebradas por la inconsistencia de las fútiles palabras con las que todo lo trastoca y confunde el encantador de serpientes, único y cruel protagonista de tan trágica comedia. Él, víctima y verdugo, sentenciado a perpetuidad a soportar el peso de la culpa y  la desolación dejada tras de sí, en un indeleble reguero de traición y llanto, atrapado en su eterna maldición; condenado a caer y hacer caer, una y otra vez, en su propia trampa.

Bajo el agua purificadora, después, arrastrando entre la espuma la última brizna de su olor, del recuerdo de su rostro: desdibujados ya, diluidos con la sal de unas lágrimas que jamás han de volver, perdido todo resquicio de él por el desagüe de la absoluta indiferencia. Serena, arropada por su fuerza, lanzada al galope de un corazón que todo lo puede y muta y que, una vez inicia la marcha, resulta ya imparable; mudando la rutina en quietud deseada, el caos en ordenado desconcierto,  apurando cada instante a golpes de afecto, de entrega y abrazos; incendiando de amor la razón, domando la pasión y desbordando de dicha cada trocito de piel acariciado con sus pequeños dedos. Condenada sin remedio a ser feliz, rabiosamente, consciente de que la vida se escapa a cada instante y ha de ser capturada. Fácil tarea para quién viaja pertrechada con la más dulce sonrisa, el corazón puro y una clara mirada: la de sus ojos, el único lugar donde perderse es hallar lo que siempre has buscado.

Recompuso su alma, suturado con puntadas de besos y finos hilos de cariño. Con paso firme hacia un nuevo rumbo, sin mirar atrás; expuesta a la tormenta, pero infinitamente sabía y fuerte: convencida de que errar también es hacer camino.

SU

No era la primera vez que ocurría, es cierto: solo en contadas ocasiones, pero llegado el momento, no hay modo alguno de evitar su pertinaz quejido, ese que sin tregua castiga mi cerebro con su exasperante letanía. Una obstinada insistencia por la que accedes a escuchar, abrumado por el continuo repiqueteo, soportando toda una suerte de lamentos y reproches lastimeros por la supuesta falta de atención y otras graves imputaciones: acusado de disipar el tiempo en tan viles fines como dejar transcurrir plácidamente la vida, contemplar el cielo o respirar; siempre en detrimento de sus demandas, sin prestar el debido celo para con ellas. Obligado, una vez más, a sobrellevar estoico tan ingrata cantinela, su intento de poner en cuestión el orden natural: devenido así de todopoderoso señor a vasallo, convertido en la marioneta que baila a su son y que necesariamente ha de  expresar, adornadas y certeras, las ideas que le son prestadas. Impías e implacables en sus acusaciones de desidia e incluso traición, retorciendo torticeras la realidad hasta denegar cualquier asomo de talento en mí, relegado a la condición de trivial escriba.

Y es que estoy hastiado de las Musas: de sus pueriles pucheros y su impostado dolor; de esa apariencia dócil con que maquillan la hidra que anida en su interior. Siempre y por completo a su merced, sujeto a sus caprichos y exigencias: eterno rehén de su pretendida superioridad; supeditada a ellas, por sistema, toda iniciativa:

……………El día que se le rompió el alma, sin saberlo y no muy lejos de allí, nacía quién habría de recomponerlo………….

……………Siempre supo que pasaría. No importaba quién lo hiciese, ni tampoco cuándo…………..

……………Habrían de pasar mil años y cien amores para que pudiese olvidar aquella caricia que lo cambió todo…….

Siempre así, solo una  frase. Su única contribución.

Un retazo de nada, la promesa de una historia que puede concluir plasmada en un pasmoso relato, en una aventura apasionada hilvanada con la fina seda de una emoción o simplemente quedar convertida en una trampa que te arroja al precipicio, al oscuro pozo que supone verbalizar el tedio, narrar lo intranscendente: atrapado en el callejón sin salida de las ideas en fuga, chocando contra su muro una y otra vez; incapaz de abrir la grieta que te permita continuar, golpeando sus paredes hasta caer rendido, exangüe.

De ahí el sopor que provoca en mí la Musa que me acompaña: hasta ayer la favorita, y hoy, insoportable. La quejosa y cruel instigadora de todos los riesgos que ella no asume, escudada bajo el amparo de su pretendida acertada intención. Puede que a veces genial, insuperable, o incluso burda y nefasta, pero siempre rehuyendo, ladina, de toda contribución al postrero esfuerzo que ha de llevar Su idea a buen puerto.

Su, Su…siempre ella y su prepotente ego: ese que te embarca en un reto con una frase para dejarte después desnudo y solo, abandonado al pairo, incapaz de hilar más allá de unas pocas palabras.