MARÍA

Esa mañana María apenas podía contener los  nervios, agotada y somnolienta  tras una larga noche de inquietud, ansiedad y desvelo.  A pesar de dar por hecho que le podría doler, algo que siempre se ha dicho, tenía claro que tarde o temprano  iba a ocurrir y había decidido tomarlo con calma y  dejarse llevar, en espera del deseado beneficio. 

Coqueta, como la jovencita que siempre fue, se levantó muy temprano para acicalarse y estar preparada, aunque no fuese necesario; él así se lo había hecho saber la tarde anterior, la última vez que hablaron. Más joven e infinitamente tímido apareció en su vida hacía tan solo unas semanas y, aunque nunca quisieron mencionarlo, era más que evidente que terminaría sucediendo, por puro capricho del destino, por la necesidad y por sus ganas de practicarlo. No habría hallado, sin duda,  a nadie más dispuesto y entregado, siempre radiante y con una perenne sonrisa, de modales exquisitos y el aplomo imprescindible para satisfacer tan íntima demanda; podrían haber sido otros ojos u otras  manos las encargadas, pero ahora, sabedora de su suerte, no lo cambiaría por nadie.

Él tampoco pudo dormir prácticamente nada. Esa noche, tras la cena, los compañeros de piso le tendieron una trampa; burda, previsible y, para que engañarse, deseada. Faltaban tan solo dos horas para que amaneciese y la imagen que devolvía el espejo no podía ser más elocuente: la camisa, ayer inmaculada, lucía ahora azotada sin piedad por anchos regueros de cubata; los ojos, inyectados en sangre cual dos puñaladas en un tomate, pedían a gritos la paz que solo se obtiene cerrando por un momento los parpados; y qué decir de su sonrisa, bobalicona, cargada del bienestar y esa sombra de mala conciencia inherentes a una gran noche; la que en breve daría paso a un más que previsible y frío abrazo.  La lejana alarma del móvil le despertó de su letargo, abandonado y lacio sobre aquel inmundo inodoro que, huérfano de toda limpieza, amarilleaba en fuerte contraste con un suelo otrora blanquísimo; observando muy de cerca los restos de pizza margarita, chorizo y callos que, náufragos y ya irrecuperables, flotaban al pairo en aquel mar agrio y en calma. Mil millones de finas agujas picoteaban insidiosas su cabeza, abotagada, privada de por vida de una infinidad de neuronas que en su adiós daban medida, por el dolor, de la magnífica intensidad de la fiesta. Arrastrándose por aquel suelo, tapizado por la reseca y multicolor capa grasienta que no pudo llegar a su destino, se introdujo en la ducha; renegando de la vida, entre firmes promesas de no reincidir jamás  y las más gruesas maldiciones.

Decidida abrió el grifo, lo reguló, y en breves instantes se sintió estremecer, tocada por una cortina de agua caliente que, milagrosa, calmaba su desasosiego como el más preciado bálsamo. Si, le urgía, no debía esperar más y deseaba consumarlo. Su cuerpo, hasta ayer reticente, ahora lo reclamaba como se desea y se teme lo que, aún desconocido, se intuye necesario. Faltaba muy poco para que él llegase y se tumbó en la cama, liviana de ropa, receptiva, y ya impaciente.

Cinco o diez minutos eternos, hasta que por fin se abrió la puerta.

Su semblante, hasta ayer risueño, mostraba a las claras que para él también era importante; demasiado serio, cargados los parpados  y con una parsimonia poco habitual en su modo de comportarse.

-¿Pasaste  mala noche?, ¿te ocurre algo?-preguntó María, intentando aplacar sus nervios.

-La verdad es que no he pegado ojo. Te lo dije…es mi primera vez-.

-También la mía. Acércate…me urge, siento que me va a estallar.

Levantó con mimo la ropa que cubría sus piernas, poco a poco y sin ninguna prisa, mirándole a los ojos; con extrema delicadeza separó sus muslos dejando expuesto y accesible cada centímetro de su intimidad, ahora suya;  esa oportunidad que tanto había ansiado tener y debía consumar creando un vínculo para ambos inolvidable.

-¿Nervioso?- quiso saber al sentir el ligero temblor de sus dedos al separar los labios.

-Todo irá bien, no te preocupes-.

El insoportable zumbido en los oídos, las nauseas y el constante conato de vómito dejaban patente que aquella resaca iba a  batir todos los records en el histórico de su vida. Mientras preparaba el material sus manos, hoy torpes e imprecisas, temblaban como las hojas de los arboles en un día ventoso de otoño hasta el punto de resultar tan evidente como para llamar su atención. ¿En qué hora se le ocurrió salir de fiesta?…con lo mucho que le había costado convencer al supervisor de enfermeros para que le dejase colocar una sonda.

Observó con atención la zona de abordaje: un territorio complejo, indefinido y barroco que se alejaba de todo lo conocido y estudiado; una intrincada superposición de pliegues, misterios y reductos que amenazaban con desbordar a un no iniciado como él.

Con suavidad, pero firme, introdujo el catéter: con el ángulo correcto, generosa lubricación y del tamaño adecuado…y entonces se produjo el milagro; ¡avanzaba!, ¡progresaba! pensó eufórico, dejando escapar un suspiro de alivio.

Fue su sonrisa, pícara y nada inocente,  y aquellas ocho palabras las que desbarataron su triunfo:

-Cariño, se agradece: pero te equivocaste de orificio-.

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