EL SÉPTIMO DÍA

El séptimo día de la última semana del final de año era el más especial. Todos los involucrados lo esperaban con ansiedad, según el viejo adagio “como agua de Mayo”, una reliquia del pasado cuyo significado ya ni los más viejos podían recordar. Desde  primera hora del ciclo diario decenas de jóvenes deambulaban por las galerías, preparándose para el acontecimiento; nerviosos, sabedores de su fortuna al formar parte de los escogidos. A pesar de la aparente posibilidad ecuménica de ser seleccionados, nada en aquella ceremonia era discrecional: hasta el último detalle quedaba sujeto a una estricta norma, sutilmente envuelta en un aura de igualitaria elección; un truco de prestidigitación con el que los Primeros Padres diluían cualquier atisbo de su pretérita responsabilidad. Por el contrario, cada uno de los renacidos debía mostrar pruebas fehacientes de haber interiorizado los conceptos básicos que conformaban las Reglas, y en concreto, un precepto fundamental: que todo bienestar y bondad emanaban de su magnánima intercesión;  de la suma de decisiones responsables y certeras  que solo sus mentes preclaras fueron capaces de identificar, primero, para posteriormente hacerlas realidad. A ellos les debían la vida, en exclusiva; a aquellos nuevos dioses que con extrema generosidad les abrieron de par en par las puertas del paraíso. A nadie más. A esos rectores de la masa ingente formada por los descendientes de los pioneros, aquellos primeros hombres que lograron el ansiado cobijo apenas unos días antes de producirse la Gran Hecatombe; el punto final de una lucha global por los exiguos recursos que, en última instancia, todos perdieron. Una guerra sin cuartel cuyos efectos habrían de eliminar, para toda la eternidad, cada especie existente o futura de la esquilmada Tierra, cubriendo de oscuridad y muerte lo que un día fue un planeta rebosante de vida. De ahí las plegarias y alabanzas que ensalzaban sin cesar a los Padres Creadores; aquellos visionarios que supieron urdir tan noble plan para salvaguardar al hombre de la debacle generada por sus propios errores.

Seres espléndidos que en su infinita bondad invirtieron sus fortunas y talento en construir aquel refugio, materializando y dando forma a un sueño, ahora real y tangible, recuperando para todos la esperanza perdida; haciendo que los renacidos horadasen las profundidades de la tierra, sin descanso, para crear cientos de kilómetros de galerías y nidos donde  poderse albergar y pasar sus vidas, criando felices a sus familias y disfrutando de otra oportunidad, quizá la última;  pagando el inmenso favor recibido tan solo con su trabajo, sin más contraprestación o exigencia alguna. Una existencia dichosa y plena extrayendo mineral, ampliando y consolidando con su esfuerzo aquella Babel y, por ende, su futuro.

“Pan, libertad y trabajo” era la máxima que aprendían en la escuela: el lugar donde se les enseñaba los rudimentos básicos del necesario orden social, un oficio, y los motivos que  llevaron  a los humanos  a vivir en sus actuales circunstancias; a asumir las consecuencias, fruto de la irresponsabilidad y ambición desmedidas, de una especie  que ávida de recursos esquilmó toda planta y mineral, depredando insaciables cada palmo de terreno u océano hasta acabar con el último ser vivo que hollaba el planeta.  Culpables todos y cada uno en su medida; cómplices silentes de poner su granito de arena en aquel imparable  proceso de destrucción, mirando indiferentes hacia otro lado, cínicamente eximidos de toda responsabilidad, convenientemente diluida entre la masa.

Fueron seleccionados entre los supervivientes de una guerra total, gestada en una extraña alianza de países, bloques e intereses; lanzados a luchar entre sí sin más criterio ni meta que el control de las pocas aguas contaminadas restantes o de los escasos territorios dónde, en ocasiones, caía algo de lluvia: un conflicto alentado y dirigido por esos mismos que, reconvertidos en héroes, se arrogarían la generosidad de salvarles. Un dogma cuyo cuestionamiento podía costarte la vida, arrojado a la muerte segura que entrañaba el ser forzado a  abandonar la incómoda pero necesaria seguridad de las galerías; algo que nunca había ocurrido y jamás sucedería.

Pero de eso nada sabían los alegres jóvenes escogidos para visitar la Cúpula, el día más feliz de su corta existencia; el deleite de contemplar un espacio diáfano y limpio, revestido con una cubierta formada por millones de pantallas de plasma que recreaba a  la perfección la antigua atmósfera terrestre, sus ciclos estacionales, las noches y los días. Un inmenso terreno surcado de riachuelos que  discurrían entre fértiles suelos, tapizados por las plantas legendarias de las que hablaban los abuelos en una explosión de colores nunca vistos, mientras bajo los árboles, grupos de animales desconocidos, como de cuento, pastaban plácidamente, ajenos a cualquier temor o amenaza. 

Habían entrado a primera hora, casi en completa oscuridad, protegiendo sus pálidas pieles con telas finas y gafas oscuras, a fin de poder soportar la cantidad de luz que, progresivamente, iba inundando cada rincón de aquel paraíso: ese sueño hecho realidad al que tenían derecho por unas horas, alimentando la vana ilusión de creerlo suyo; disfrutando de él como solo unos pocos podían, viviendo una experiencia única: sentir en las manos la estimulante  sensación de acariciar lo que llamaban hierba, escuchar  el suave zumbido del agua al correr entre las rocas o probar alimentos frescos, llenos de sabor, que se deshacían placenteramente en la boca.

Todo ello supervisado por miles de cámaras, testigos mudos de las reacciones y actitudes de aquellos privilegiados invitados, los futuros guardianes del Orden: jóvenes aventajados cuidadosamente seleccionados para la vigilancia y control de los millones de renacidos que habitaban la oscuridad de las galerías. Los encargados de someter y hacer cumplir la Ley a los descendientes y herederos de los verdaderos culpables, según la fidedigna doctrina oficial;  aquellos que, ignorando las señales, colaboraron desde su particular e individual egoísmo a la aniquilación del planeta, de manera temeraria e irresponsable. Una verdad que los Padres, siempre lúcidos, les recordaban permanentemente, convencidos de hacer lo correcto; haciendo recaer sobre aquella turba indolente la carga de su pecado original;  exhortándoles a soportar, resignados, su justa pena.

La noche antes de la visita, David no pudo conciliar el sueño.

A pesar de destacar en las clases y ser un alumno aventajado en el Curso de Formación de Guardianes algo atormentaba su mente, impidiéndole el descanso tal como necesitaba y hubiese deseado: el martilleo constante y confuso de un pavoroso secreto; ese que, en las pocas ocasiones en que recobraba el habla, le contaba su abuelo; un anciano enjuto y consumido que pasaba los días en absoluto silencio, hecho un ovillo, arrinconado sobre el jergón del nicho familiar. Una figura presente desde siempre, que agotaba su vida absorto en la intimidad de un mundo del que solo salía obligado por las necesidades inherentes a su condición animal; plegado sobre su abdomen, protegiendo su cara deforme de las caricias y miradas de los miembros del pequeño grupo que componía su estirpe, rehuyendo de todo contacto. Había sido Guardián- y de los importantes-, le dijo su madre en una de las pocas ocasiones en que accedió a hablar del tema; una de esas noches que, tras las habituales quince horas de trabajo, recorría su rostro con las cuarteadas manos, cubriéndole de besos. Ciega desde los treinta años por la práctica ausencia de luz -el destino de  todos-, había aprendido a sondear al muchacho con el simple tacto de sus dedos: como si a través de la piel pudiese llegar hasta el fondo de su alma, percibiendo con nitidez, entre las sombras de  sus glaucos ojos, el nudo de temor y dudas que afligían a su hijo.

-¿Se puede saber qué te pasa? Pensé que esto te hacía feliz, que era tu mayor deseo-.

-Sí. Y lo sigue siendo. Pero tengo miedo-.

-Lo sé. Es por las historias del abuelo. Ya te he dicho que nadie sabe si son ciertas, pero sí que pueden resultar peligrosas-.

Era aún pequeña cuando ocurrió, apenas una niña. La noche en que su padre, contra toda ley y de modo imprevisto, renunció al merecido derecho y regresó a su nicho, poniendo así en peligro su vida y la del resto de la familia: asustado y gravemente herido, con la cara y el resto de la piel ulceradas para siempre, irreconocible y balbuceando palabras ininteligibles e inconexas; las pocas que le permitía pronunciar su lengua, terriblemente hinchada. Cerró la puerta tras de sí y, sin dar ningún tipo de explicaciones, amontonó todos los enseres que pudo sobre ella, como si esperase una invasión inminente. Nadie antes de él había regresado del Júbilo, jamás: de ese anhelado retiro con el que los Padres premiaban, tras una vida entera de trabajo y dedicación, a los fieles guardianes.

Pero esa noche nada pasó, nadie vino a reventar la entrada o a justificar su miedo. No habló, tardaría  años en hacerlo, estableciéndose entre aquellas paredes una conjura de silencio que aún permanecía vigente. Nunca más saldría de allí. Arrinconado en un hueco excavado para él que les permitiría, llegada la ocasión, ocultarlo rápidamente; viendo pasar  los años, inmóvil, ausente, esperando la muerte liberadora.

-¡La cúpula! ¡La cúpula!, o simplemente ¡la cascada!- … las breves y extrañas palabras que en ocasiones pronunciaba; cuando saliendo de su profundo aislamiento  gritaba descontrolado y fuera de sí, hasta el punto de tener que ser reducido y silenciado, evitando así que le oyese una patrulla o algún vecino; o esas veces, tan esporádicas como desconcertantes, en que abrazando a su nieto David le susurraba al oído mensajes cargados de misterio; tan crípticos y terribles que hacían temblar cada músculo de su cuerpo, asustado y presa de la angustia  hasta que su madre acudía a socorrerle.

-Madre no sé si quiero ser Guardián-

-¡Claro que lo serás! Llevas tiempo preparándote y a toda la familia nos vendrá muy bien que accedas al cargo. Es algo que sabes perfectamente-.

Por supuesto que conocía a la perfección las implicaciones de alcanzar tan codiciado estatus. La nada despreciable posibilidad de conseguir una mayor cantidad en el reparto de consumibles; pero sobre todo una oportunidad única de poder escapar para siempre de la pesadilla del neutrilio: el mineral que sustituyó cualquier forma de energía conocida y que solo se localizaba y extraía a grandes profundidades de la tierra, en el límite de lo soportable para el hombre y con métodos manuales y rudimentarios. Cada día, riadas de trabajadores recorrían en ordenadas filas los corredores hasta llegar a los ascensores que distribuían, por edades y fuerza, a todo aquel capaz de manejar un pico, de acarrear los capazos metálicos con los que trasportar el material- el contacto directo con él fundía la piel en décimas de segundo- o simplemente repartir el suministro diario de la papilla nutritiva e hidratante que por ley les correspondía. Ahí, en el nivel  más bajo del sistema productivo comenzaba la carrera del guardián, siendo apenas un recién llegado pero ya la máxima autoridad: con capacidad de imponer el orden y reprimir, de tomar buena nota del trabajador con tendencia a la desidia y la relajación; o lo que era aún peor, de esos inconformistas que difamando y hablando de más levantaban constantes y nocivas corrientes de opinión, cuestionando el orden establecido; los que, toda vez anotados convenientemente sus nombres, en pocos días se les declaraba enfermos y retirados del servicio, para poco tiempo después ser sustituidos y relegados al olvido.

Y él podría esquivar, sin ningún problema, aquel primer destino. Sus notas y aptitud le habilitaban para ostentar un puesto jerárquico superior, asumiendo un mayor grado de responsabilidad y evitando, algo sin duda deseable, el contacto directo con los que dejarían de ser sus iguales.

Cuando su madre se acercó al jergón, en la penumbra del pequeño cubículo, él ya se había levantado y vestido con la túnica blanca de los que habrían de ser  ungidos: cerrada por completo al cuello y con una enorme capucha que cubría cada centímetro de su lechosa y húmeda piel, complementado el atuendo con unos guantes del mismo tono y las imprescindibles gafas de sol.

Apenas podía tragar, pero se obligó a deglutir, con suerte por última vez, aquella insípida papilla, el único alimento de los de su clase. No sabía a ciencia cierta qué le esperaba, pero no pensaba quedar en evidencia por una repentina debilidad, tan solo por no haber previsto algo tan básico. Debía cumplir con creces ante cualquier esfuerzo que le pidieran.

Se despidió de ella con un beso y se adentró en el angosto y lóbrego pasillo que compartía con otros cientos como él… hasta hoy: el simple hecho de portar aquellas ropas abría un abismo con quienes fueron sus semejantes; esos mismos que, recelosos, ahora se apartaban dejando expedito un camino donde antes se prodigaban en rudos empellones. Caminando contracorriente pronto alcanzó el túnel principal, el que le acercaba al punto de reunión establecido; más amplio, luminoso y en cuyo final podía divisar la claridad de otras muchas siluetas como la suya.

Inquietos, prodigándose en abrazos e intentando contener la emoción esperaron la llegada del guardián responsable, quien, ordenándolos formar, les condujo hasta una inmensa puerta metálica,  de doble hoja y remachada con motivos florales, ya conocida por los libros de texto. A una indicación suya cubrieron sus cabezas con las capuchas, se pusieron las gafas e introdujeron las manos en los guantes: con rapidez y perfectamente coordinados, como tantas veces habían ensayado.

Aquel lugar superaba todo lo imaginable: a penas había puesto un pie dentro y una corriente de aire fresco golpeaba ya su rostro; puro, limpio, cargado de olores agradables y nuevos, como los descritos en los manuales para los elegidos. Allá donde miraba toda forma de vida, antes idealizada, se hacía presente: multitud de plantas, árboles frondosos, gran variedad de animales y, lo más sorprendente, corrientes de  agua discurriendo libres y en abundancia; un paraíso a disposición del centenar de Guardianes veteranos que, relajados, disfrutaban de sus merecidas prebendas.

El lugar bullía de actividad, con un trasiego constante de adultos que, poseídos por una indisimulada alegría, jugaban a ser niños: aquellos que nunca pudieron ser. Mezclados con ellos, los novatos se lanzaban en pos de los desconocidos alimentos que, ahítos, habían dejado de  lado los veteranos, preparados ya para saborear la vida que estaba por llegar. A la par que la comida, los consejos y recomendaciones circulaban por doquier; experiencias y clases magistrales solo interrumpidas por el crujido de las desacostumbradas mandíbulas de los jóvenes, aplicadas al ingente trabajo de consolar un hambre eterna; cubiertos los rostros de lágrimas por lo venidero, en unos, y de dicha por el futuro inmediato, en los otros.

Las horas pasaban y aquella reunión parecía no tener fin.

Fue en una de sus múltiples idas y venidas, en busca de algún manjar que ya era incapaz de deglutir, cuando la vio: al fondo de la explanada, rodeada de un espeso manto vegetal, se elevaba majestuosa una cascada de agua. En ese instante, revuelto el estómago por una súbita angustia, recordó las palabras del abuelo… Pero de nada sirvió; sin darse cuenta se dirigía ya hacia ella, atraído por su belleza y misterio, como si de un poderoso imán se tratase. Desde un lateral y apartando algunas ramas introdujo primero una mano y luego el brazo, para comprobar que la columna de agua no era excesivamente ancha. Nadie le prestaba atención, y menos aún cuando una suave sirena anunciaba el fin de la fiesta para los aspirantes; la señal convenida para abandonar el lugar, esta vez relajadas las formas por el abundante licor que nublaba sus mentes.

Como poseído por una extraña obligación cruzó de un salto al otro lado del torrente, resbalando sobre un suelo viscoso y blando para chocar después contra una pared metálica. Asustado aún por su decisión se aferró a los salientes de lo que parecía ser una escalera, en cuyo extremo superior se abría una claraboya. Trepó como pudo por los peldaños hasta alcanzarla, con el corazón amenazando con salirse del pecho, y una vez allí y tras limpiar el vaho condensado en el cristal, pudo ver como el último de sus compañeros atravesaba la puerta de salida, cerrándose tras él.

Se había dejado llevar por la locura de un viejo y ahora veía con nitidez el grave error cometido; de qué modo absurdo acababa de arruinar su futuro y el de su casa. En esas estaba, rumiando sus remordimientos, cuando de pronto ocurrió; en la soleada cúpula, a un centenar de metros del suelo, una fina línea de oscuridad se fue abriendo camino, cada vez más ancha. Sorprendidos e incapaces de toda reacción los antiguos guardianes vieron como caía sobre ellos una lengua de humo, espesa y gris; lo que los tutores denominaban la muerte negra; los restos de lo que un día fue la atmósfera, concepto mítico que ahora mostraba su fatídico rostro. Por unos minutos reinó la noche y a punto estuvo de caer al vacío, impulsado por el instinto de supervivencia al intentar alejarse de aquel manto tenebroso: pero no fue necesario. Quien diseñó aquella atalaya contaba ya con que fuese segura; y así resultó. Tras cinco o seis minutos de oscuridad, no más, unos extractores comenzaron a desalojar la niebla, dejando ver sus terribles consecuencias: animales y guardianes, en posturas casi cómicas, se repartían inertes y azulados por cada palmo de tierra… ¡Él no mentía! ¡Nunca lo hizo!…pensó, ahora verdaderamente asustado. Ya se disponía a bajar, incapaz de soportar ni un segundo más tan macabro espectáculo, cuando les vio; por una pequeña puerta en un lateral de la cúpula, antes inexistente, comenzaron a entrar unos humanos totalmente diferentes a ellos: de piel morena, musculados y muy altos, empujando sin esfuerzo unas enormes vagonetas…los Padres.

Con unos enormes ganchos y uno a uno iban recogiendo los cuerpos de aquellos que, apenas unos minutos antes, reían alborozados; amontonando los cadáveres, sin discriminar entre guardianes y animales, con la parsimonia de quien recoge los restos de escoria en los fuegos de las fundiciones. Debía huir de allí, y rápido, antes de que  hiciesen el recuento; no esa misma noche, pues asumían su embriaguez, pero sí a la mañana siguiente. Bajó las escaleras casi sin tocarlas, golpeando con los pies y la cabeza en el manto resbaladizo que cubría el suelo. Arrastrándose en completa oscuridad palpó cada centímetro de la pared, hasta dar con ella; el asa de una trampilla que, con más miedo que fuerza, consiguió abrir.

Los puntos de luz que dibujaban  el trayecto del pasillo eran cada vez más débiles, el calor asfixiante, pero debía continuar; no había recorrido ni cincuenta metros cuando unas voces y ruidos metálicos llamaron su atención, paralizándole, pero ya no había marcha atrás. A pesar del miedo continuó avanzando, hasta encontrar una bifurcación y una duda fácil de resolver; tomó el túnel de la izquierda, del que procedían las voces.

Con mucho cuidado se asomó a mirar a través de la rejilla y, sin poder evitarlo, vomitó todo el contenido de su estómago. Aquellos hombres estaban despedazando los cuerpos de los animales y guardianes, arrojándolos después a una enorme marmita donde hervía tan repugnante sopa: el ansiado maná. La prebenda con la que los dadivosos Padres recompensaban a los renacidos en la celebración  del Séptimo Día; un aporte de proteínas extraordinario y muy apreciado, para alabanza de aquellos magnánimos rectores.

Temblando de ira y miedo retrocedió sobre sus pasos, buscando una salida…su abuelo también debió verlo, la noche que perdió el juicio: eran sus compañeros, sus amigos y por desgracia para su conciencia, él pudo escapar vivo.

Al final del otro camino encontró la puerta: de metal y con una pequeña ventana por la que se podía ver un pasillo, de unos cinco metros; y justo en frente, otra igual. Una visión solo alterada por el brillo de millones de cristales en suspensión, saturando el aire; el polvo corrosivo del nutrilio que, fijado al oxígeno tras su combustión, se arrojaba al exterior por ese cauce. Serían solo unos segundos de exposición, confiando en que la otra entrada estuviese abierta, pero conocía los resultados. No lo pensó; cubrió su cuerpo con los restos de la capa y empujó la puerta.

Cuando su madre le vio, la piel ya comenzaba a caerse a jirones. La hinchazón de la lengua le impedía gritar, y ni el agua estancada de la ración familiar fue suficiente para calmar su sed o darle consuelo. Por la mañana fueron a por él; amenazaron, golpearon a todos, pero pudieron irse satisfechos. Habían encontrado lo que buscaban: su cadáver.

 Desde el escondrijo escavado en la pared David no pudo más que arrojar unas lágrimas: sinceras, cargadas de remordimiento y culpabilidad, escuchando atento cómo se llevaban al abuelo.

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