Una noche cualquiera

Se conocieron una fría noche de enero, invisibles para todos, entre el torrente de gente que abarrotaba las calles a lomos de la felicidad de aquella velada mágica. Se había quedado atrapado entre dos contenedores mientras luchaba por alcanzar unos restos de comida, enganchado a uno de ellos con el trozo de cuerda que durante años fue su collar. Asustado y en estado permanente de alerta quiso defenderse del enésimo humano que, asumía, le haría daño pero apenas le quedaban fuerzas. Solo podía enseñar los dientes, deteriorados e inservibles,  traicionada toda amenaza por una mirada que imploraba paz y una pizca de misericordia; unos ojos licuados por el miedo en los que brillaba un atisbo de confianza en el hombre; esa que  por instinto y tantas veces burlada, aún conservaba su especie.

Estaba muy flaco,  sucio,  y con la piel trufada de cicatrices;  con el aspecto del que ha sobrevivido por largo tiempo en la jungla del desamparo, acostumbrado a sufrir y a perder, siempre. Levantó la tapa, arrojó la basura y se dispuso a marchar, ignorando lo que no dejaba de ser un problema de nadie, pero se detuvo. Pasarían horas hasta que el servicio de recogida lo pudiese liberar; aterido de frio, sediento y expuesto a la maldad de quienes ven en la debilidad una ocasión ideal para hacer daño. Con mucho cuidado y entre chillidos de dolor, con una pequeña navaja cortó la soga que le estaba asfixiando,  arrancándola  de su piel, profundamente encarnada en ella durante años. Con la velocidad que le permitían sus exhaustos músculos trató de huir, alejándose unos metros, acostumbrado a recibir el castigo por el simple hecho de vivir; pero sus patas traseras, acalambradas, se negaron a continuar.

Se dejó llevar en brazos, temblando, con la estúpida fe de quién ansía ser amado. Superando el miedo con el cálido recuerdo, lejano ya, de cuando fue un cachorro mimado y festejado; un regalo animado, para júbilo de un niño, que interesó mientras mantuvo su aspecto de muñeco. Hasta poco tiempo después, ya transformado en un incordio, en la insidiosa tarea de responsabilizarse de un ser vivo, en un capricho prescindible.

Le abandonaron una mañana en el campo, confiando en sus capacidades innatas para sobrevivir como el descendiente del lobo que era, en un ridículo y malvado intento de lavar así sus conciencias; perdido, hambriento y aterrado, buscando desesperado durante días la estela de un olor familiar que había dejado de serlo. Ahora feo, sucio y vulgar, recibiendo de cada humano con quien topaba golpes, persecución y desprecio; a fuerza del maltrato, huraño, receloso y esquivo; condenado, en sus agitados sueños, a recordar el breve tiempo en que fue feliz, cuando era un hermoso juguete.

A él también le abandonaron, años atrás, cuando dejó de ser útil. De manera más lenta y sutil pero con las mismas consecuencias;  viviendo asustado en el vacio de las cuatro paredes de un viejo piso destartalado, invisible a los demás, sin nadie que recordase  su nombre. Aferrado a sus rutinas, a sus manías, como única tabla de salvación para no perder el juicio. Olvidado y solo entre miles de personas, fiado todo a una muerte piadosa y rápida, perdida ya toda esperanza de volver a sentirse querido. Una angustiosa cuenta atrás, restando del calendario de su vida los días y meses para el ansiado final, hundido en su desvencijado sillón junto a aquel teléfono que hace años dejó de sonar.

Se sentaron frente a frente, bajo la tenue luz del pequeño salón, cruzando sus miradas. Dos almas vapuleadas, raídas por la desdicha, aferradas ahora a un destello de esperanza. Era la noche de Reyes, hasta ayer, noche de nada. Absortos el uno en el otro. Contemplando en silencio y sin prisa, alejada ya la soledad, su más precioso regalo.

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