El portal de Belén

-¡Otra vez!-dijo ella-. Se ha vuelto a cagar.

-¿El niño?-.

-No. Este bicho.

Estaba realmente harto.  Durante el largo camino no se había fijado pero ahora, cuando era él quién tenía que sacarlo, se daba cuenta de lo mucho que arrojaba aquella vieja mula.

Con las manos pringadas de estiércol, conteniendo las nauseas, repasaba mentalmente el balance de aquel año. Todo empezó a ir mal desde que anunciaron el dichoso censo. Los malditos romanos, siempre ávidos de lo ajeno, habían impuesto  nuevas tasas y, cómo no, le tocaba pagar.

-Que no me cuentes tu vida, José-le recriminó el publicano. Tienes que ir a Belén, rellenar los formularios y soltar los dracmas.

– ¿Pero cómo voy a pagar más? La semana pasada vino el recaudador del Sanedrín; ¡medio talento  me pidió!, “para mantenimiento  del Templo  y sacrificios” me dice.  ¡Pero si no vendo una mesa!

Daba igual, era funcionario del Tesoro. Capaz de escuchar sin inmutarse cualquier tipo de penas. Formados a conciencia para ello  debían asistir,  en su periodo de prácticas, a todo tipo de ejecuciones. Y sin soltar una lágrima.

Menos mal que su amigo Timoteo le había conseguido un trabajo en Jerusalén. No le gustaban las grandes ciudades pero era donde salía algo. Fue dos meses después, al volver a casa, cuando se enteró.

-¡Embarazada!

-Sí. Pero no te lo vas a creer.

-No.  Va a tener que ser algo pero que muy bueno.

Ocurrió  tres noches después.  Dando vueltas en la cama, presa de una fuerte indigestión por un contundente guiso  de paloma-de un tiempo para acá ya no comía otra cosa, a ver si acababa con todas-. Una potente luz invadió la pequeña estancia y un emisario de Yahvé- cómo no, con alas- le anunció que sí, que  tendría un hijo con María: alguien muy especial.  “¿Especial?” quiso preguntar, pero no hubo tiempo pues como vino, volando y sin dar explicaciones, se fue. A parte de pensar seriamente en poner, y con urgencia,  contraventanas en la casa,  su mente comenzó a dar vueltas a eso de que el niño- además se cargó la sorpresa- sería especial: ¿cómo y cuánto?… ¿romano?..¿recaudador de impuestos?..O  como esos que veía por el Templo, subidos a un carrito de por vida. En realidad le daba igual. Cualquier cosa menos condenar a su esposa a una más que segura lapidación. No las soportaba, y cierto es que tenían su público: para algunos, casi un arte.

Por esa razón no le vino mal el viaje a Belén; para evitar, de paso, el cachondeo de los vecinos, la cara de circunstancias de su suegra y el clamoroso silencio de su suegro. Un trayecto largo y aburrido, casi sin hablar, en el que José rumiaba sus peores pensamientos.

Llegaron a la ciudad justo cuando ella rompía  aguas. Había visto parir a la cabra muchas veces, pero esta vez no tenía ni idea de cómo ayudar. La gente desbordaba las calles  y en cada pensión que preguntaron siempre la misma respuesta: en días así, hay que reservar. Los gritos de dolor del inminente parto apiadaron a un posadero que, por toda alternativa, les ofreció un establo que tenía en las afueras, en el camino de Betania.

-Por mí, mientras no haya palomas, me sirve-dijo José cargado de rencor, mientras intentaba preparar una cuna en  un pesebre donde pastaba un enorme buey; un animal muy enfadado que, a punto de cornearle, se negaba a regalar el escaso heno.

Se acercaba la noche  y el panorama no podía ser peor: María gritaba, la mula no dejaba de soltar estiércol y el buey empeñado en comerse la paja…. Para que me casaría yo-pensó-: como solían decir en su pueblo, “en Judea y solterón, que suerte tienes  ladrón”. 

Las contracciones eran cada vez más fuertes,  en sintonía con  los chillidos; hasta el punto que los animales, asustados, decidieron callarse. Por fin, dos horas después, nació el niño: así, a simple vista,  normal-pensó-, dando un suspiro y sonriendo de felicidad.

Fue después de la segunda toma, cuando ya habían logrado que el niño se durmiese. Dos fuertes golpes en la puerta y el bebé  llorando de nuevo.

-¡Estamos tontos o qué!-dijo abriendo la puerta  para, sorprendido,  casi cerrarla en el acto.

No se lo podía creer. Los alrededores del establo,  esa misma tarde un páramo, parecían  ahora  el Templo de Jerusalén en un día de mercado. Una extraña luz arrojaba claridad sobre media docena de pastores y su rebaño de ovejas y cabras; las mismas que habían comenzado a roer las telas de tres lujosas tiendas que alguien había puesto allí durante el parto.

-¡María tienes que ver esto!- acertó a decir.

A escasos metros de la entrada, tres individuos vestidos con ropas extrañas se arrodillaban frente a ellos.

-¿A ver qué? ¡Tres inmigrantes!-dijo volviendo dentro.

Se hizo un silencio sepulcral.  Nadie parecía reaccionar,  hasta que el individuo más moreno  se atrevió a hablar.

-¿Venimos en mal momento?

-¿A ti que te parece? Se acababa de dormir…

-Hemos viajado muchas jornadas para adorar a tu hijo-dijo el de las barbas a lo persa.

Iba a contestar cuando la voz de ella cortó el viento:

-¡Aquí se adora por las mañanas! ¡José! ¡Para adentro ya!…

Cuando abrió las puertas, con el alba, todo parecía distinto. La mula y el buey, como si fueran de piedra, permanecían inmóviles en un rincón, bien aleccionados.  María parecía contenta;  había dado de comer al niño y éste dormía plácidamente en su regazo. En absoluto silencio fueron entrando uno a uno, contemplando extasiados al objeto de tanto esfuerzo; dejando a los pies de su improvisada cuna tres presentes y saliendo después, con el mismo cuidado.  Eran tres reyes, le explicaron después en una de las tiendas, desconocidos entre sí pero unidos por una gran afición por los astros; atraídos hasta aquel lugar por la misma estrella y una premonición: la de la llegada de alguien importante.

Y vaya si llegó. A la mañana del día siguiente. Ya se habían marchado todos, con sus tiendas, criados y oropeles; hasta los pastores y su pléyade de ovejas, cuando llamaron a la puerta.

-¿José de Nazaret? Soy el recaudador del pueblo. ¿Tenemos algo que declarar?

Lo había escondido debajo del pesebre. El oro y esos polvos extraños que dejaron a los pies del niño; rodeado de boñigas y de pañales usados y ni con esas…estos cabrones lo huelen-pensó-.Dan ganas de irse a Egipto.

-Pues ahora que lo dice…yo tenía algo de dinero y me ha desaparecido. No es por nada, pero hasta hace un rato había por aquí unos tipos muy raros…yo ahí lo dejo….

-¡José! ¡Se ha vuelto a cagar!-gritó  ella desde dentro….

-¡Si amor, voy volando!, contestó, encogiéndose de hombros ante el funcionario y sin preguntar quién,  cerrando tras de sí la puerta.

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