La última vez

Le despidió agitando la mano y exhibiendo su mejor sonrisa mientras cerraba la puerta con extremo cuidado y sin dar portazos, como le había enseñado; temerosa de provocar un cataclismo que precipitara su inconmensurable ira. No le resultaba difícil. Lo había interiorizado y lo ejecutaba de modo natural, pues hacía ya tiempo que había concluido su laborioso proceso de domesticación.

Aunque es cierto que fue precisa una atención especial-era una absoluta retrasada, solía repetir él- y que hubo de ser puntualmente corregida, ahora recorría la casa con la premura y eficacia requeridas; como un animalillo obediente y dócil que acude presto a la llamada, sin que tenga que ser repetida. Pero aún así no podía bajar la guardia;  debía estar vigilante y prevenir su natural tendencia al caos; transformar esa estúpida manera de entender la vida que no había aportado más que molestias y una innecesaria tensión en la convivencia; toda esa serie de decisiones sin consensuar o las libertades desafortunadas que ella tomaba por propia iniciativa, sin criterio, enturbiando el remanso de paz que su marido precisaba al regresar a casa.

Ella había lo interpretado mal. Esa chica alocada, extrovertida y jovial que fue, la que tanto le atrajo desde el primer momento en la facultad cuando juntos cerraban los bares y se amaban en los baños, sin saberlo, estaba destinada a ser reprimida y enterrada bajo el peso de la responsabilidad; de cualquier naturaleza, la que él estipulase correcta y a ella, ignorante, sin duda le convenía. Su talento, aquel que antes su marido tanto decía admirar, se había convertido para él en un lastre, en una pesada losa; en un espejo que le devolvía, deformada y grotesca, la imagen de su patética mediocridad; un contraste que resaltaba aún más las diferencias entre ambos, abundando en sus carencias y complejos de macho. Un necio cuyas acciones iban dirigidas, por sistema, a intentar apagar su brillo; a rebajar su valía hasta reducirla a nada; una pugna constante por arrasar, desde los cimientos, cualquier asomo de autoestima que ella pudiese conservar.

-No necesitas trabajar-le dijo,-ni compartir espacio con otros hombres que puedan, enjugados en babas, contemplar tus curvas y tu belleza-; esa que cuestionaba y menospreciaba cada vez que se maquillaba, por el simple hecho de sentirse hermosa, restregando su cara hasta extender con una toallita todos los colores; sacando a la luz la payasa grotesca que en realidad era, como tanto le gustaba repetir.

Licenciada en Literatura-para él un arte inútil, destinado a bobas melancólicas y refugio de estúpidos afeminados incapaces de afrontar sus propias vidas-nunca más volvió a escribir: olvidados y casi prohibidos, borrados ya para siempre aquellos versos cargados de emoción que él escuchaba atento antes de casarse, deleitado y en trance, esperando con calma su conclusión y con ella la cópula que los hacía mínimamente llevaderos.

La primera torta fue por un vaso: insignificante y barato, en sí mismo despreciable si no fuese por la exasperante torpeza que lo llevó al suelo. Sentado en la cocina y mirando de soslayo vigilaba distraído la evolución de sus manos, fingiéndose ausente, convencido de que su sola presencia fuese suficiente acicate para que ella se esmerase. Fue una gota de aceite hirviendo que, ajena a todo e irresponsable, cruzó el aire hasta caer en su dedo: en un acto reflejo y abriendo la mano lo soltó, estallando contra el suelo, roto en mil pedazos. Algo sobrevenido y justificado, pero prevenible si hubiera puesto más atención; y de ahí el merecido castigo. Le habría devuelto el golpe, increpado o abandonado en ese momento el hogar, pero el trabajo ya estaba hecho; solo fue capaz de rogar su perdón, de resaltar su inutilidad, y de volar para recoger los trozos. A partir de ahí para él todo sería coser y cantar.

Del mismo modo que siempre buscamos la excelencia ella dedicaba sus horas a ser digna merecedora de su aprobación; extenuada, repasando una y otra vez cada tarea doméstica; experimentando con nuevos productos de limpieza, uno de sus pocos ámbitos de decisión. Frente al espejo, cada mañana, trataba de disimular con unos ligeros toques de maquillaje las excreciones de su alma muerta; el fruto de la descomposición de lo que un día creyó era amor y ahora afloraba en su piel como pequeñas colecciones de pus; esas  que a él tanto asqueaban-¡los típicos granos que salen por comer como una cerda!-sentenciaba el experto, mostrando su repugnancia en las pocas ocasiones que dedicaba un momento a mirarle la cara.

Nada distinto ocurría en la cama. El lugar dónde él pretendía emular las gestas de los actores porno con las que la instruía en las largas sesiones de los sábados; disimulando sus carencias con exigencias aberrantes, cargadas de humillación y violencia; tristes parodias de lúbricas escenas que, conteniendo las nauseas, ella debía reclamar: con gritos cargados de verdad y gemidos fingidos, mientras, perdida la mente muy lejos de allí, contenía las lágrimas.

Fue una mañana en el supermercado, al estirar el brazo para alcanzar una tableta de chocolate, el único aliciente que quedaba en su vida; sin advertirlo la ligera camisa que llevaba se elevó por encima de la cintura del pantalón, exponiendo su piel a unos ojos azules que, curiosos, en ese momento la miraban. Con toda la rapidez de la que fue capaz bajó la ropa para ocultar esa pequeña porción de desnudez; un trocito por encima de la cintura labrado con las marcas violáceas de los últimos golpes de correa-ya no recordaba ni se precisaba un motivo-que él consideró necesarios para corregir su enésimo desliz.

Aquella tarde, al volver del trabajo, él intentó abrir la puerta, pero algo impedía que lo hiciese del todo. Empujando logró entrar; apartando unas maletas, las suyas, que estorbaban el paso. Con una íntima satisfacción y mientras avanzaba hasta el salón fue desabrochándose el cinturón; preparado y dispuesto a corregir, no ya un estúpido descuido, sino a quien de ese modo le retaba, cuando de pronto le vio, de pié, junto a su esposa: un hombre rubio, joven y fornido, con el pelo rapado y el rostro cubierto de cicatrices. Sobre la mesa unos papeles del juzgado-el documento del divorcio-, una botella de vodka y dos vasos, para celebrarlo. Se llamaba Gregory y aún tenía pesadillas; desde la noche que, siendo un niño, vio como su padre quemaba viva a su madre.

Fue lo último que ella limpió; el pequeño charco de orina que aquel valiente dejó en el suelo, antes de firmar.

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