Primera vez

Tras una larga espera, que se antojaba eterna, por fin asomó a la puerta. Atractivo hasta resultar insultante, armado con su mejor sonrisa y desplegando todo el  encanto y complicidad posibles; amparado en la calidez que proyectaba su mirada azabache, preñada de misterio; con el porte, seguridad y aplomo de quién se siente importante, observado y, por qué no, en ese instante el centro de todos los deseos.

Con su hombro ligeramente apoyado sobre el marco de la puerta y una potente voz pronunció mi nombre. Podía haber dicho cualquier otro; jugado, sin posibilidad de ser rebatido, a decantarse por quién hubiera deseado con tan solo una leve indicación de su dedo, pero me eligió a mí.

Me había costado mucho tiempo abandonar ciertos prejuicios,  temores atávicos que satanizaban la decisión tomada; un acto cuyo simple planteamiento llevaba en sí mismo asociada una pátina indeleble de miedo y dolor, pero allí estaba; decidida, avanzando con paso seguro hacia lo desconocido, lo nuevo, y ya necesario.

Tenía las manos perfectas, firmes, blancas, de dedos largos y fuertes, pero a buen seguro tan suaves como la más fina gamuza. Su voz, envolvente y cautivadora, calaba en mi mente como la fina lluvia, inundándola con un sinfín de poderosas razones pergeñadas con el único propósito de hacerme caer en sus redes, de doblegar mi voluntad hasta plegarla a sus deseos, ahora míos. A pesar de la breve relación, reducida a dos encuentros, parecía conocer a la perfección cada resorte, cada recoveco de mi ser; había logrado adentrarse, cual prestidigitador del alma, en lo más recóndito de mis entrañas, agitando, sin pretenderlo, una tempestad sobre la mar en calma que hasta ayer era mi vida.

Lo había conseguido: una anhelada cita con mi destino, unida por siempre a él y sin posibilidad alguna de escape; entregada y sumisa, sin nada que me hiciese aventurar el elevado precio a pagar por la futura dicha.

Debía estar preparada, emprender la catarsis que alejase de mí cualquier resquicio de un pasado impuro, eliminando sin margen de duda los restos de un ayer que, aferrados a lo más intimo de mi ser, pudieran enturbiar aquello que se anunciaba únicamente nuestro; arrojando luz en la oscuridad, eliminando un terreno sembrado de sombras proyectadas sobre lo que ansiaba fuese diáfano.

La noche antes del encuentro apenas pude dormir, agitada en el lecho por un vendaval de preguntas aún por responder, fantaseando con su inminente presencia a mi lado; presuponiendo la delicadeza y ternura que precisaba mi entrega; confiando, sino rogando, en un desenlace ideal; aquel con el que tantas veces había soñado.

Desde la puerta y bajo la tenue luz de los cálidos focos podía ver su figura; a pesar de sentirme vulnerable y estar casi desnuda no sentía ningún pudor, reconfortada por aquella tranquilizadora sonrisa que iluminaba por completo la estancia. Con un gesto de su mano me pidió que llegase hasta él y obedecí presta, sumisa, sin mostrar duda alguna; atenazada la garganta, temerosa de romper el silencio con palabras manidas e innecesarias; de puntillas, flotando sobre unos pies que ahora querrían huir, traicionando así mis más íntimos deseos, las ineludibles pulsiones que me llevaron hasta allí y los designios de mi mente.

Me tumbé sobre la fría sábana y él, atento, calmó mis temblores y ansiedad con solo poner sobre mi piel su mano; en unos instantes entraría en mí, suave y profundo, con la habilidad que precisaba el momento de aquella, mi primera vez. Nada había de temer, me aviso con un susurro; era muy ducho y metódico, extremadamente cuidadoso y para muchos el mejor: un virtuoso practicando colonoscopias.

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