Amelia

Amelia no podía respirar, se ahogaba.

No estaba acostumbrada a la libertad, a moverse a su antojo, y los recuerdos fugaces de cuando lo pudo hacer se habían convertido en una dulce ensoñación, en un conato de felicidad convenientemente cercenado siendo apenas un cachorro.

Aquella mañana los primeros rayos de sol ya atravesaban con fuerza las tupidas copas de los arboles, arrojando una lluvia de luz que arrancaba miles de destellos de las gotas de agua que perlaban sus hojas. Acurrucada en el vientre de su madre, caliente y a salvo, buscaba con avidez el rico néctar de su leche; nunca dejaba de hacerlo, ni siquiera cuando ahíta reclamaba de nuevo su toma, por el simple placer de abrazarla, dejando caer traviesa, entre sus labios, tan preciado líquido. Solo en contadas ocasiones era capaz de olvidarlo; como ese amanecer, cuando atraída por el aleteo de una mariposa se alejó de ella. Una fuga temeraria y valiente, pero calculada; una aventura que nunca iba más allá de unos pocos metros. Estaba a punto de capturarla, corriendo tras su estela entre una miríada de helechos, tentada a cambiar de objetivo y rumbo, saturados los sentidos por decenas de atractivos olores de los animalillos que se cruzaban en su camino, cuando por fin se quedó quieta; inmóvil, abriendo lentamente sus alas de color cielo y sangre a escasos centímetros de su pequeño hocico; tan concentrada en ella que apenas les vio pasar, casi a su lado. Fue un ruido atronador, el más fuerte que había escuchado, el que le sacó de su ensimismamiento; un sonido extraño y un quejido dolorosamente familiar que acompañaba al fuego de aquellos palos. Asustada y por puro instinto comenzó a correr en dirección a su madre, convertida en aquel bulto de ojos vidriosos que ahora miraba sin verla, tendida en el suelo, sin hacer caso a sus gritos; después no hubo nada más, solo un fuerte golpe en la nuca y oscuridad.

Con el único ojo que le quedaba podía contemplar la inmensidad de su nueva casa, limpia, amable y sin barrotes; un refugio para supervivientes del divertimento de los Hombres. Ya vieja, sentada sobre su cama de paja, arañaba la piel de sus pantorrillas hasta hacer brotar hilillos de sangre, un extraño consuelo y pauta recurrente en los momentos de su vida en que sentía pánico: prácticamente siempre. Muy cerca y apenas visible le observaba uno de Ellos, esta vez desprovisto de aquellas colas que muerden la carne, con las que tantas veces le habían golpeado. Algo totalmente innecesario. Hacía ya mucho tiempo que su simple chasquido le paralizaba, atenazada por el miedo; un terror solo comparable al insoportable ruido del cerrojo y las miles de horas que venían después, de absoluta soledad, hundida bajo el peso del silencio.

La sacaron del saco pasados dos días, cuando ya pensaba que moriría de sed, como aquel compañero que a su lado había dejado de moverse. Una mano grande le sujetó el cuello y le puso un collar-así se llamaba-que nunca más volverían a quitarle. Habría intentado huir si el recipiente con agua-aún fuera de su alcance-no fuese lo más importante, y no estuviese atada a un poste. A su alrededor todo era desolación y muerte; un lugar oscuro y desconocido repleto de otros seres que, encerrados entre palos de arboles, luchaban por salir; golpeando, mordiendo desesperados los barrotes hasta perder sus dientes. Para algunos-los más afortunados- ya todo había acabado definitivamente: habían logrado escapar a su destino y ahora colgaban del techo, libres e inertes. Pasado un tiempo, cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, la pudo ver; chilló, gritó para llamar su atención, pero en su cara no hubo un solo gesto; solo la mirada ausente de su madre fija en la pared, con la cabeza muy quieta, separada a unos pasos de su cuerpo.

Borrando de un manotazo aquella imagen avanzó hasta la puerta, abierta y sin cerrojos, y comenzó a caminar sobre la hierba, por primera vez tras muchos años. Aquel lugar estaba lleno de otros muchos que, como ella, buscaban rincones alejados donde cobijarse, acurrucados bajo los troncos, en espacios confinados donde esconder su miedo. Al fondo, bajo los árboles, el rumor de un pequeño arroyo refrescaba sus recuerdos.

La última vez que vio el agua correr fue desde una estrecha ventana del barco que la llevaba a su nuevo destino, atrapada en una jaula de hierro. Una cárcel que, tras una larga travesía, la llevaría a un lugar diferente y frío, donde olía mal y todo era extraño. Desesperada y buscando un poco de cariño se acercó con sigilo a un macho que dormitaba en el suelo.

-Hola. Me llamo Amelia-le dijo al viejo chimpancé, agachando la cabeza en señal de respeto.

Tenía la piel cuarteada, muy seca, pelada y con profundas marcas en las muñecas y tobillos; una señal inequívoca de largos años de  prisión y una muestra de lo que le esperaba. Él la miró muy despacio, con la curiosidad de quien ve por primera vez la luna, y al cabo de unos instantes le dio la espalda.

-Soy Amelia-insistió, mientras tocaba su espalda con el dedo.

-No vuelvas a hacerlo o perderás la mano-.

-No pretendía molestar, pero me gustaría saber dónde estoy-.

-¿Dónde? En un circo. Tu hogar y por el resto de tu vida la peor pesadilla.

No podía ser cierto. Aquel lugar estaba lleno de otros muchos animales, y aunque era reconfortante ver recluidos a los leones el resto no suponían ninguna amenaza; podrían convivir todos perfectamente.

-¿Toda la vida? No entiendo. ¿Para qué estamos aquí?-insistió.

-Ya lo irás descubriendo-.

Y no tardó mucho. A pesar del miedo inicial, y con una enorme sensación de alivio, comprendió que aquello solo era un juego. Las reglas eran simples y divertidas, y con cada cosa nueva que aprendía le correspondía un premio: una voltereta, un plátano; una acrobacia, una mandarina; caminar como los Hombres vestida de Niña, un montón de aplausos, caricias y, a veces, un beso. Nadie podía ser infeliz allí. Apenas recordaba ya la selva-hacerlo le resultaba doloroso en exceso-y cada día traía novedades, lugares distintos y retos.

Todo cambió una tarde plomiza y gris, de mucha lluvia y viento. Estaba aburrida y mirando las nubes, recluida en su jaula pues ese día no había espectáculo, cuando, de pronto, un ruido llamó su atención: eran dos crías de Hombre que,  agazapados entre los carromatos, la miraban divertidos. Le gustaban los Niños-así se llamaban-, siempre ruidosos, con una sonrisa en la cara y, lo más importante, provistos de  cacahuetes, fruta y otras golosinas. Por suerte se habían fijado en ella y ya se dirigían hasta donde se encontraba; incluso uno de ellos llevaba algo oculto en su mano: aun no lo podía oler, pero era, sin duda, un dulce regalo. Excitada por la visita se acercó a los barrotes y comenzó a hacer lo que más les gustaba; dos piruetas y un salto, en pago del inminente premio; después, enseñando los dientes y una enorme sonrisa, estiró la mano.

Al principio solo sintió el golpe, muda por la sorpresa, pero poco a poco un intenso dolor se fue adueñando de ella; una angustia transformada en pánico cuando al retirar la mano de su cara la vio cubierta de sangre, de un líquido caliente y viscoso y de restos de su ojo izquierdo. Los aullidos rasgaron el silencio, mientras aquellos dos Humanos corrían hasta desaparecer, acompañada por el coro de gruñidos del resto de animales, por un momento, hechos uno.

Un mes después las heridas visibles habían cicatrizado. Una caricia le sacó de su sueño-ya solo quería dormir-y por primera vez se atrevió a hablar.

-¿Por qué me han hecho esto?-

-Es muy sencillo, pequeña. Para ellos no eres nada-respondió el viejo macho. -Útil mientras les sirvas, pero no muy distinta a esos pollos que arrojan a los leones-.

Ocurrió en la primera ocasión, tras el ataque, que la reclamaron para volver a actuar. Lo que antes le divertía e incluso realizaba con gusto, ahora le asustaba. Podía escuchar perfectamente el bullicio dentro de la carpa, las voces y las risas de los Hombres y, un poco más tenue, las de los Niños. Su cuidador abrió la jaula y llamándola por su nombre le ordenó salir; y lo hubiera hecho si sus patas no estuvieran blandas como la fruta demasiado madura, incapaces de sostenerla. Enganchó una cadena a su collar y tiró de ella durante unos metros, obligándola a seguirle, pero las voces aumentaban su miedo y solo conseguía arrastrarla por el suelo, como un bulto inútil y pesado. Por dos veces la golpeó con una vara, pero no sentía dolor; podría hacerlo cuanto quisiera, romper incluso sus huesos y de nada serviría: sus aterrados músculos se negaban a responder.

Esa fue la última vez que lo intentaron. Dejó de comer, de saltar y había olvidado lo que era reír. Una mañana se presentó el camión que la sacaría del circo. No pudo despedirse de nadie y tampoco lo deseaba; se acomodó en el cajón y cayó en un profundo sueño.

Le despertaron los golpes del portón metálico y las voces de aquel Humano grande y sucio. La luz era tenue y no pudo distinguir más que un espacio estrecho y frío entre altos muros, y al fondo, unas jaulas apiladas en un rincón. Abrieron una de ellas, la más baja, y allí la encerraron. El suelo estaba cubierto de paja húmeda y maloliente, y las paredes arañadas como si alguien hubiera tratado de atravesarlas. Unos minutos después, cuando el Hombre ya se había ido, una voz por encima de ella llamó su atención.

-Me gustaría darte la bienvenida, pero no sería más que una broma de mal gusto-.

-Hola, soy Amelia. ¿Dónde estamos?-.

-Eso es lo de menos, pequeña. Para nosotras ya no habrá más sitio que éste. Olvida que existe algo fuera-.

-¿Nos van a matar?-dijo asustada.

-No…no sin aprovechar todo lo que tengas. ¿Has parido alguna cría?

-No, nunca-.

Durante unos minutos se hizo el silencio. Podía sentir la presencia de otros muy cerca, y a la vez tener la sensación de estar terriblemente sola.

-¿De dónde vienes? ¿Mordiste a tu cuidador?-.

-No, no hice nada de eso. Antes estaba en un circo.

-¿Un circo?…lo echarás de menos, no lo dudes.

Así lo hizo. Durante los siguientes quince años y tras parir dieciocho crías vivas y tres muertas.

Fue la primera vez que le ocurrió, en uno de los pocos momentos del día que la sacaban de su jaula y le permitían caminar unos metros. El tiempo justo para limpiar la inmundicia y evitar que sus articulaciones se atrofiaran y perdieran la movilidad. Esa mañana sintió que una parte de su cuerpo estaba especialmente sensible, caliente e hinchada. Algo que no pasó desapercibido para el Hombre. Por desgracia.

Apareció al día siguiente con él; un macho sucio, desdentado y violento. Una, dos, hasta tres veces. Durante días. Año tras año. Un parto tras otro. Hasta ese último que lo cambió todo.

Algo no iba bien. Los gritos del resto de compañeras alertaron al Hombre…llevaba horas empujando y aquello no salía-nunca lo llames tu bebé-, le dijeron. El dolor era insoportable, como si fuese a reventar por dentro. Primero introdujo la mano, pero las pequeñas patas se le escurrían entre los dedos; después lo intentó con unas tenazas de metal, pero no se enteró; había perdido ya el conocimiento.

Despertó sobresaltada, con la sensación de tener fuego en las entrañas, cubierta de sangre reseca y una sed inmensa. A unos metros de ella dos Hombres discutían, lanzando miradas hasta su jaula.

-¿Qué ha dicho el veterinario?-.

-Que ya no sirve-. Ha quedado dañada y otro embarazo la podría matar…y a la cría, por supuesto.

-¿Qué hacemos?… ¿lo intentamos una vez más?-.

-No. No me pienso arriesgar. No voy a perder ni un euro más en comida.

Esta vez las manos eran más suaves, desprovistas de la presión que sentía habitualmente. Llevaba dos días así, sin beber, incapaz de hacer nada que no fuese respirar, y aun eso le suponía un esfuerzo. La tumbaron sobre una cama mullida y le clavaron una aguja en el brazo, pero hacía ya siglos que sentía el dolor como parte de su vida. Eran dos Humanas y le hablaban muy despacio, con un tono dulce desconocido en Ellos. Con mucho cuidado la introdujeron en un pequeño camión y se pusieron en marcha.

Ahora todo era distinto. Podía caminar a donde quisiera, libre de barrotes y cadenas. Se inclinó sobre el arroyo y el agua le devolvió la imagen de una desconocida, de una superviviente. Con su único ojo miró alrededor y la vio a lo lejos; una Humana repartía comida y caricias entre decenas de monos. Por primera vez en su vida dejó escapar un enorme grito de alegría; aun había esperanza, no todo estaba perdido para Ellos-pensó-, apiadada sinceramente de los pobres Humanos.

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