La cita

-¿Quien está ahí? ¿Por qué molesta?

Lo había olvidado por completo, a pesar de que hizo el  pedido por Internet esa misma mañana; pero no por eso dejaba de ser un incordio. El dolor de espalda le estaba matando y ni siquiera los parches le hacían efecto. Aquel médico del centro de salud siempre le racaneaba la dosis, cómo si no supiese que aquella cantidad no le llegaba ni al hueco de una muela.

-¡Quítate esa gorra que te pueda ver la cara!

Por eso le costaba tanto levantarse del viejo sillón hecho a su medida y perfectamente adaptado a su esquelético culo con un cojín, ocre, raído y sucio de manchas de café y tomate; con su tapizado gris acribillado por las quemaduras de chispas de los buenos tiempos, cuando aun fumaba. No era la primera vez que había dejado de atender una llamada al timbre por ese motivo, simple pereza, ahorrándose el largo rosario de pinchazos, gruñidos y quejas que le provocaba el moverse de su cómodo trono.

-¡Deja la caja en el suelo y te marchas con viento fresco que no hay propina!

Esperó unos minutos, hasta que se detuvo el zumbido del ascensor y solo así decidió abrir la puerta, dando por hecho que el mozo se habría largado. Le había costado lo suyo calcular la cantidad de productos que sería capaz de mover, pero ya nunca fallaba: “exactamente quince kilos, ni uno más”, pensó, mientras introducía el pomo metálico de su bastón por una de las asas…uno, dos y tres…tiró de él, arrastrando la caja dentro del recibidor, con toda la rapidez que le permitían sus flácidos músculos, y cerrando la puerta tras de sí, aliviado y seguro.

-¡Ha llegado la compra amor!

No era por miedo o cobardía toda aquella prevención; más bien una muestra de prudencia. Lo veía cada día en los medios de comunicación, en esos programas tan dados a mostrar los terribles asaltos, timos y robos-a veces con extrema violencia-que mostraban a diario; destinados a asustar a los ancianos incautos que abrían alegremente sus hogares, confiados en la bondad del prójimo. Esos pocos que aun vivían en un pasado más amable, con un estilo de vida ya extinto, un espejismo. Giró sobre sí mismo y dio dos pasos hasta la puerta…una, dos, tres vueltas a la llave, incrustando los anclajes y retomando el camino con la valiosa carga.

Tirando de la caja, como una vieja locomotora, cruzó el estrecho pasillo hasta la otra punta de la casa; cincuenta años atrás un pequeño apartamento que hoy se le antojaba olímpico. Los muebles de la cocina, el último grito en los noventa, relucían bajo la fuerte luz del sol de agosto, gastados y pulcros, con el intenso olor a madera impregnándolo todo, ahora más natural, enriquecido con el ligero toque de aquellas manzanas recién traídas.

-¿Tienes mucha hambre?

Se sentó sobre el taburete blanco, junto al cajón, para poderlo vaciar sin tener que doblar su castigada espalda, extendiendo el contenido sobre la mesa. Daba igual hacerlo, ni siquiera molestarse en comprobarlo: era siempre el mismo pedido. El médico había sido tajante y muy claro: se acabó la comida con exceso de grasa, el alcohol y las harinas refinadas-exactamente su dieta-; todo en aras de prevenir enfermedades potencialmente mortales y a fin de alargar la vida-sentenció el miserable-, como si aquel fuera su deseo. Resignado abrió la puerta del frigorífico e introdujo, con parsimonia, cada alimento en su correspondiente nivel; y lo hizo como lo hacía todo, según tenía el día: en ocasiones metódico y riguroso, basándose en  los estrictos criterios del último gurú gastronómico; o bien desde un punto de vista científico y calculador, perfectamente documentado en un nuevo y sesudo estudio acerca de la conservación y propiedades de tal o cual producto; o en última instancia anárquico y rebelde, como el punki que fue…a lo loco, temerario y viviendo al límite, mezclando en la misma balda carnes, embutidos y verduras, todo junto… arriesgando.

-Tendré que tirar estos peces, que ya huelen. Ya sabes lo que pienso: el pescado no es comida.

Cerró la nevera con más energía de la necesaria-cargado su cuerpo de proteínas por ósmosis visual- y un imán cayó justo encima de su pie; el más pesado de todos, aquel que compraron en su visita a Roma y que llevaba grabado un escueto SPQR. Unas iniciales cuyo significado no recordaba bien; algo relativo al Congreso de los Diputados romanos, como los nuestros, otro atajo de inútiles y vagos. Un viaje especial a una ciudad magnífica, cuna de nuestra civilización y ejemplo de belleza, pero no lo suficiente como para agacharse: de un puntapié empujó aquel objeto bajo el frigorífico, condenándolo así al olvido; su particular venganza por la invasión de lo que después sería Hispania, siempre presente en el rencor patrio.

-En unos minutos te preparo el café. ¡No seas impaciente!

Abrió la ventana y se sentó a esperar. Al fondo, entre las hojas resinosas de los árboles de la avenida se recortaba la silueta parduzca de su montaña. Aun podía ver, grabada en su piel, la huella que dejaron las ramas secas y quebradas de los piornos al atravesar la carne; recordando aquellos paseos por su cresta, agotadores y hermosos, cuando el dolor y la fatiga eran una consecuencia más de estar vivo; tiempos en los que el término marchito quedaba postergado, impensable e infinitamente lejano.

Había hecho un pequeño pastel con lo que pudo encontrar, unas galletas rancias y mermelada de higo. Repostería para inútiles como le gustaba decir; algo simbólico, trivial y absurdo, pues no soportaba su sabor, incapaz de tragarlo; un presente tan prescindible como lo era él, como su futuro, en ese feliz día de su octogésimo cumpleaños.

-¿De verdad no quieres probarlo?…No te culpo…¡el sabor es pésimo!

Acunado en su mecedora, con la suave brisa del atardecer acariciando su rostro se dejó llevar, atrapado en la recurrente melancolía que invadía sus horas. El ruido de la calle, un canto aliñado con el llanto de un bebé y la charla monótona de los jubilados, le transportó a otra época: años, lejanos ya, de esperanzas puestas en una quimera, corriendo alocado en pos de una felicidad fiada toda al futuro; amores, brío y juventud hermosamente desperdiciados; vacíos, yermos como un vientre seco regado con semilla vana. Tiempos de esperas estériles, de ocasiones perdidas; de dejar pasar, sin comer a bocados, cada encuentro con la vida.

Ahora la tenía frente a él, sonriente, con su mirada picara, de cariñoso reproche…solo por unos instantes, cada año y en ese día…susurrando en su oído la añorada frase que no le permite irse, que le retiene a su lado…estaré siempre a tu lado, hasta el último de los días…

Le despertó el frío viento de la noche, tiritando; embriagado por el fuerte aroma de su perfume impregnando el aire; aun perceptible en la piel la huella indeleble de su tacto: casi real, puntual como siempre, fiel a la cita.

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