Hope

Hope, el pequeño oso polar, no podía estar más orgulloso…ni más hambriento. Aún le quedaba un último obstáculo, superar aquella pared de hielo y nieve, pero podía olerlo.

Lo había conseguido por sí mismo, tras una larga travesía, y ahora solo pensaba en cómo estaría su madre, en apresurarse y regresar a tiempo para darle la feliz noticia.

Fue en la última semana, antes de separarse. Nunca, en su primer año de vida, había observado en ella tal inquietud como la de aquellos días. Acababan de recorrer, por enésima vez, la reducida placa de hielo que ahora era su territorio de caza. Un terreno que, inexorable, disminuía cada día laminado por los implacables rayos de sol. Distraído en roer un  pequeño hueso de foca no era capaz de adivinar el motivo de la preocupación que atormentaba a la vieja osa. Hacía ya varias semanas desde que pudo capturar aquel ejemplar del que solo quedaba eso, un minúsculo trozo duro y raído con el que su cría intentaba calmar el apetito insaciable de un animal en pleno desarrollo. Toda forma de vida parecía haber desaparecido de pronto; tan solo acertaban a divisar las aletas de peces y algunas ballenas que, inaccesibles, contribuían a aumentar su necesidad y desamparo. El resto de la manada había desaparecido junto a la tormenta que meses atrás les sumió en la más absoluta oscuridad, dividiendo a un grupo condenado a disgregarse y donde ya no estaba garantizada la seguridad de las crías. Y su madre lo sabía.

Fue la última noche, cuando dos grandes machos les sorprendieron dormitando entre las altas paredes de hielo. Habían olido a mucha distancia la presencia del joven osezno, su debilidad y la carne tierna; un manjar deseado y asequible que no pasarían por alto. Con sigilo y antes de ser detectados rodearon a aquella pareja que, ajenos a todo, descansaba acurrucada sobre el frío suelo, soñando con futuras presas con las que llenar sus estómagos, sin percatarse del inminente peligro; pasar a ser ellos mismos el alimento de aquellos dos.

Un instinto más poderoso que el mismo océano le hizo despertar. Allí estaban, observando en silencio, esperando el momento para saltar sobre ellos, sopesando la fuerza y resistencia de la famélica osa. Asustada se irguió sobre las patas traseras, dispuesta a vender cara su vida y la de su retoño, adelantándose unos pasos para atraer su atención, intentando alejarles de allí y así protegerle.

El primer zarpazo rasgó por completo su pecho, abriendo camino a un reguero de sangre cuyo olor no hizo más que excitar el hambre de sus enemigos; uno por cada lado, moviéndose en un semicírculo asfixiante, amagando con sus garras y dientes, seguros de lograr su objetivo. Arrinconado contra la pared Hope observaba aterrado la evolución de la contienda; un intercambio feroz de gruñidos y golpes y una nube de pequeñas gotas rojas impregnando las rachas de viento tras cada ataque. Agotada y gravemente herida tomó una última decisión, una medida desesperada. Aprovechando un momento en que los dos atacantes se encontraban juntos se abalanzó sobre ellos de un salto, impulsada por sus agotadas patas y reuniendo para aquella maniobra suicida el resto de sus fuerzas. Cayó a escasos centímetros de ellos, tan cerca que quedó expuesta por completo a sus armas, dispuesta a morir, cuando un enorme crujido a sus pies paralizó a todos. La placa de hielo acababa de romperse y el mayor peso de ellos hundió en un segundo el trozo de suelo sobre el que se apoyaban quienes amenazaban sus vidas. Desesperados intentaron subir al suelo helado donde se defendía la osa; herida y a punto de desfallecer, pero aun con el coraje suficiente para impedirlo. Desde esa posición, luchando por no ahogarse y esquivando los ataques, ambos machos comenzaron a nadar en dirección contraria, hacía la nueva placa que se alejaba cada vez más, separándoles de sus presas.

Al cabo de unos minutos, cuando el olor de los machos se hubo disipado, se acercó despacio hasta el cuerpo de su madre, que yacía recostada sobre un charco de sangre. Aun respiraba, y con todo el cuidado del que fue capaz comenzó a lamer las heridas que surcaban casi por completo cada palmo  de piel.

-Debes huir, mi tesoro-acertó a decir ella.

-¿Huir? ¿Hacia dónde?-

-Dirígete al norte, y pronto. Ellos volverán, y no habrá una segunda oportunidad.

-No, no te dejaré aquí sola. Vendrás conmigo.

-No te preocupes por mí, estaré bien. Solo necesito dormir. Esperaré tu regreso y entonces despertaré. Te lo prometo. Pero ahora debes irte. Ya.

Recorrió durante días la llanura de hielo, solo y hambriento, tentado a cada instante a regresar hasta el lugar donde quedó su madre. Con las últimas fuerzas que le quedaban comenzó a subir el pequeño pico helado que tenía delante, siempre dispuesto a avanzar hacia el norte, como le habían ordenado. Unos metros antes de la cumbre lo pudo oler; el inequívoco aroma a carne, piel y huesos, y como no, también a oso.

Lo había logrado. Semanas de esfuerzo y sacrificio recompensadas con un poco de comida y compañía. Su madre estaría orgullosa de su hazaña, sin duda. Espoleado por el hambre ascendió esperanzado el corto trecho que le separaba de la cumbre y su futuro, para, una vez allí, descubrir aterrorizado quienes eran sus nuevos compañeros; los mismos dos osos que les atacaron tiempo atrás y que devoraban con fruición el cuerpo de un pequeño osezno.

No tenía tiempo suficiente para huir, ni la energía para hacerlo. No quedaba otra opción que luchar y, con toda probabilidad, morir en el intento. Alertados por su presencia levantaron la cabeza de su comida, atentos a la pequeña elevación desde donde él les observaba, casi retándoles.

Desde lo alto, y antes de enfrentarse a su destino, echó una última mirada a su alrededor, a lo que fue su mundo; un universo de hielo y vida del que apenas quedaba nada, como él, condenado a desaparecer.

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