Sostenibilidad, divino tesoro.

Me disponía a escribir,como cada vez que alguna idea enciende la mecha de esa extraña necesidad de plasmar sobre un papel palabras que, aun inútiles o prescindibles, ya no pueden ser ignoradas; y en esa tesitura estaba cuando vi publicado el reto de imaginar o rememorar un viaje relativo a algo tan en boga como es el concepto de sostenibilidad.
Fácil tarea, pan comido, tan sencillo como robar a un niño: ya no quedan viajes que el planeta pueda soportar. Así de categórico.
Si, alguno podría esgrimir que es posible que exista un modo inocuo de hacerlo, el único, ir caminando, pero aun así ese método supondría dejar tras de sí un rastro indeleble de consumo de recursos, un ejercicio solo viable por la inmensa desigualdad que hemos establecido entre los millones de personas que depredamos la tierra.
Supongamos que en un arrebato de conciencia ecológica decidimos viajar minimizando al máximo el impacto negativo de tal decisión y elegimos un destino, por supuesto, del denominado tercer mundo. Es evidente que no puede ser de otro modo: si quiero conocer Nueva York con cinco euros al día necesariamente acabaré visitando comedores sociales y compartiendo cama de cartón con algún indigente.
¿Qué necesitaré para aquel viaje?: botas, pantalón multiaventura, camisetas y mochila de una conocida cadena de suministros deportivos, todo fabricado en países donde la regulación sobre la contaminación de aire y agua es igual a cero; un material transportado después en enormes barcos de combustible altamente nocivo, en flotas de camiones y furgonetas. ¿Y el desplazamiento a ese paraíso?: no es muy factible visitar Birmania desde Madrid a pie, aunque no imposible, pero es recomendable hacerlo en avión, a tan solo 285 gramos de CO2 por pasajero y kilómetro. Todo muy verde.
Otra opción, y sin salir del país, es volver al pueblo, al contacto con la naturaleza…en coche, por supuesto, previo paso por el supermercado a comprar alimentos procedentes de enormes explotaciones y criaderos industriales, envueltos en un plástico que acabará en vertederos alejados de cualquier punto de reciclaje; pero eso sí, rodeados de bosques y montañas, como le gusta al viajero concienciado.
¿O por qué no la playa?, con la piel perfectamente protegida por esa crema solar o aceites que acaban flotando en el mar sin repercusión alguna; después una ducha sin prisa con abundante gel, cañas, paella y ya de madrugada copas en enormes salas con luces de neón y aire acondicionado, pero vestido con pantalones y camisa de lino fabricados en Bangladesh por una firma solidaria que solo contamina por aquellos lares y nada más que lo justo.
Por eso no salgo de casa. Por ecologismo, por poner mi granito de arena en el mantenimiento del equilibrio del planeta, pero sobre todo, por falta de dinero para costosos viajes sostenibles.
Ya está. Acabo este texto y me siento delante del televisor, en mi sofá de piel de ternera alimentada con productos de agricultura transgénica y con un vino elaborado sin que apenas medien pesticidas; con la calefacción al máximo contemplando, resignado, como se degrada nuestra Tierra.
Sostenibilidad, un concepto tan utópico como que yo gane este concurso.

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