Helena

Sentada frente a la ventana Helena fantaseaba con lo que pudo ser y quizá nunca sería, soñando despierta con una pasión que jugaba traviesa a colarse en su cama, como si invocarla no fuese una treta más para ignorar la pulsión que anidaba en su mente, el ardid de tahúr que retenía sus manos, huyendo así, muy quieta, de lo que deseaba hacer. Podía deberse al sofocante calor de aquel agosto que amenazaba con ser eterno, a la calma de esta ciudad inerte, muerta a golpes de siesta, o simplemente a la presión de saberse observada por Piojo, su gato, que desde su fingida somnolencia ejercía de implacable conciencia. Todo contribuía a mantener sus dedos alejados del teclado.

Estaba en pleno proceso de recomposición, intentando atrapar los pedacitos de cielo en que quedó dividido el universo cuando estalló su estrella, ese día en que la oscuridad cubrió con su manto de pena todo brote de dicha castigando, envidiosa, el agravio de una vida repleta de la luz de su sonrisa. Y ahora solo notaba el frío que ella dejó, la escarcha infame que cubría sus horas, helando la calima de aquellos días.

Desperezándose hasta el límite de la luxación y dispuesto a dar batalla el felino se incorporó y se puso en marcha. Exactamente cinco pasos, un giro y de nuevo tumbado, vigilando la extensa sabana que era la mesa del escritorio. Un gesto simple pero efectivo, suficiente para llamar su atención, recordándole con su presencia que aun quedaba vida. Por eso estaba allí, desde hacía años, preparado y esperando el momento que habría de llegar, aunque ella no lo supiese.

Quería contar una historia, hilvanar con palabras cargadas de dolor un paño lo suficientemente grande como para cubrir el hueco que dejó el astro perdido, pero las ideas huían antes de poderse concretar, atemorizadas por no estar a la altura. Necesitaba tejer un vendaje que curase sus heridas, pero las finas cicatrices aun no soportaban el peso de su tristeza. Deseaba reparar aquella red hecha jirones por la que escapó su sirena, pero cada vez que lo intentó quedó atrapada entre los nudos de lágrimas que, indisolubles, trenzó su pena.

Y Piojo lo sabía. Nada le era ajeno y más en cuestiones del alma. Solo él era capaz de adentrarse sibilino en los rincones donde dormita la voluntad, prisionera del miedo; y una vez allí, con sus afiladas garras, liberar la voz, el grito y el dolor, transformados en palabras.

Fue entonces, estirándose una vez más, cuando con estudiada desidia empujó con su pequeña patita los dedos de Helena hasta el teclado.

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