El patio de mi casa

I

Desnudo, tumbado en el patio a pleno sol y sin protección; así pasaba los días, viendo el vuelo de los aviones que, a buen seguro, iban cargados con los privilegiados que podían huir. Según noticias extraoficiales eran pocos, pero aun existían: lugares donde quedaba agua en abundancia.

Cubrió sus ya inservibles atributos con un sombrero de paja, se puso las gafas de sol polarizadas y estiró el brazo hasta alcanzar la botella. Era un regalo de su sobrina, alta funcionaria de un organismo supra estatal, traído desde Canadá; una caja con seis envases de medio litro de agua natural tratada: todo un lujo.

Había podido enfriarla lo suficiente como para emular aquellos años, ya lejanos, en los que el agua salía fresca e inagotable por los grifos; un motivo suficiente para dilatar en el tiempo el momento de abrirla, recreándose en el placer que estaba por llegar.

Sabía que aquello no era del todo correcto, ratificando con su comportamiento el egoísmo inherente a su especie, pero eso ya no le importaba.

Viudo desde hacía diez años con ella no solo se fueron amor y compañía, también parte del lote de supervivencia que tenían asignado, reducido así al mínimo.

Mohamed, el alcalde del pueblo, había sido muy claro: siendo mayor de ochenta, enfermo y viviendo solo, estaba en el rango de ciudadanos amortizados; y por si quedaba alguna duda lo justificó enviándole la Orden Ministerial de la República que establecía la norma.

¿Norma? ¡mis cojones!-le espetó iracundo-. ¡Sesenta años pagando impuestos y ahora me vienen con restricciones!

La primera vez que les entregaron las raciones mensuales para jubilados no cotizantes se pasaron la noche entera llorando. Se adjuntaba una carta del ministerio de Salud y Caridad instándoles a comprender lo precario de los tiempos y de cómo era necesario el sacrificio, priorizando los recursos para los más jóvenes en base a estrictas razones reproductivas y de producción.

Aquella pequeña caja contenía el sueño de todo hombre de finales del siglo veintiuno:

  Cinco latas de harina de mar que, según un amigo que vivió en la costa, extraían con grandes redes de los mejores caladeros: una selecta masa compuesta por microplástico, petróleo, algunos peces y algas. La mezcla, una vez triturada,  se esterilizaba y envasaba como un fino polvo.

  Además otros cinco envases con pasta de proteína animal, y para eso no se necesitaban tutoriales: en la árida Castilla se producían las mejores cucarachas de la República. Un manjar al que añadían, cuando había abundancia, saltamontes y grillos. Hablaban, aunque sin pruebas, de lotes enriquecidos con unos roedores que nadie había visto y con los que se nutría a las élites; algo imposible de demostrar y que podía llevarte a la cárcel con solo mencionarlo.

  Por último cinco más de papilla con esencia vegetal, fabricada con hojas importadas y raíces seleccionadas de ciertos arbustos cultivados en las reservas estatales del norte.

Todo ello, por supuesto, deshidratado.

De ahí la importancia de pertenecer a una familia lo más extensa posible. Las autoridades garantizaban una instalación de captación del rocío de la mañana para cada quince personas, mientras que a las familias de menos de tres miembros se les entregaba, de manera única y excepcional, una depuradora thermopix para la reutilización de la orina; eso sí, con el mantenimiento por cuenta del usuario.

La suya empezó a fallar a los cinco años de uso, al parecer por el filtro, una pieza cuya distribución era  competencia exclusiva de cada ayuntamiento. Además, para su desesperación, era su caprichosa próstata la que marcaba los ritmos.

Armado de paciencia, y con el cartucho inservible en la mano, cruzó la puerta del consistorio y se sentó a esperar en el banco habilitado a tal efecto.

Colgado en la pared y con la mirada penetrante el retrato del presidente y líder del partido único “Unidos Oremos”, el doctor Ben Amí, lo observaba todo.

Habían pasado más de cincuenta años desde la Guerra de las Autonomías y este era el resultado: un nuevo concepto, la República de las Comunidades Ibéricas Islámicas, nacida a partir de una corriente socio política de mediados de siglo: el islamismo amable.

Y allí estaba él, un provocador e inadaptado pertrechado con su camiseta del considerado último Papa cristiano, Juan Pablo II, exigiendo un filtro de orina que, según la decencia pero en contra de las ordenanzas, le correspondía.

Todo comenzó mucho antes, en pleno proceso de infantilización social, cuando la gente empachada de lo que creía libertad comenzó a votar masivamente su tumba.

Eran tiempos de cambio, aquel primer cuarto del XXI, y por ello absolutamente necesario invertir el laborioso y sangriento proceso que había llevado a la civilización occidental a una de sus mayores cotas de igualdad, de relativa paz y a un cierto equilibrio. El momento idóneo de transformarlo todo dejando atrás el pasado: y qué mejor modo que domesticando a la población a golpe de intransigente tolerancia hasta convertirlos en imbéciles desmemoriados, una masa entregada  mecida en brazos de corrientes arcaicas y obsoletas disfrazadas de modernas panaceas. Una batalla incruenta de la que salieron victoriosos quienes supieron mezclar, con habilidad y perseverancia, la absoluta sumisión y una demografía apabullante.

Y allí estaba él, un viejo cascarrabias superviviente en aquella larga posguerra; bajo la atenta mirada del amado líder, luchando por tener operativo un artilugio con el que poder beber su propia orina.

Continuará…

II

-¡Que Allah sea contigo!

-¡Y con tú espíritu!-contestó ufano el viejo carcamal.

Tenía que reconocer que le encantaba tocarle las narices a Mohamed, el alcalde. A su avanzada edad y ya con un pie en la tumba pocas cosas le podían asustar; por eso coqueteaba con la blasfemia siempre que tenía ocasión, aun a riesgo de ser lapidado al amanecer. Y conste que no era del todo inmune a aquella amenaza: odiaba madrugar.

-¿Que vamos a hacer contigo Paco?-preguntó conciliador. No te integras ni haces esfuerzo alguno por participar en la vida de la comunidad; te dedicas a pasear con esa camiseta  que ofende a todos, y en el mes sagrado pones a todo volumen esa música antigua e infernal…

-¿Infernal el Fary?-saltó de inmediato. Será mejor ese grupito moderno vuestro, Los Alegres Mártires del Zoco…

-¡No me interrumpas, por favor!-le recriminó sin perder la calma. Todos los días recibo alguna queja de ti. ¿Quién se bebe el alcohol del dispensario de Salud? ¿Cuántas veces ha tenido que ir a tu casa la patrulla de Moral y Orden de la Guardia Civil?…

-¡Menudos gilipollas!-pensó. Le tenían manía desde lo de Bartolo.

La verdad, no fue para tanto.

Desde que se extinguieron los corderos, igual que el resto de mamíferos, la ceremonia del sacrificio se retransmitía por televisión en una gran pantalla colocada al efecto en la plaza del pueblo. Se proyectaban imágenes antiguas, rescatadas de RTVE y repetidas un año tras otro y, a pesar del interés de la población, la sensación evidentemente no era la misma. De modo que el día que llegó la noticia la expectación fue enorme. Una empresa japonesa, viendo el potencial de negocio, creó el Honda Bartolo; un cordero artificial hiperrealista, tan perfecto que era indistinguible de uno real, de esos que salían en los documentales de granjas. Su balido, su sangre reutilizable, hasta sus excrementos con olor a excrementos resultaban creíbles.

El día que llegó al pueblo una comitiva con todas las autoridades le salió a recibir, dándose desde el minarete tan importante noticia; si, cierto, pero en árabe.

A pesar de estar apuntado a clases él solo sabía decir cuatro cosas: palabrotas, maldiciones y la clásica coletilla de cristiano; ¡ay por favor dame algo!¡una paguita aunque solo sea…!, con lo que, si lo oyó, nunca supo que decían.

Ocurrió una semana más tarde, cuando volvía del centro médico de su rutinario tacto rectal. Como siempre que iba allí aprovechaba cualquier descuido del doctor y empapaba en alcohol un buen trozo de algodón que rápidamente colocaba bajo su labio. Si, ya apenas tenía encías, pero la alegría era muy grande.

La misma que sintió al ver corretear entre los cactus que rodeaban el ayuntamiento a aquel hermoso borrego. Corriendo como un loco, y poseído por un ataque de hambre tan desproporcionado como desconocido, sacó del armario la escopeta de su abuelo y, sin dudarlo, abatió al pobre bicho.

-¡A ver, que yo he venido aquí a hablar de mi filtro!-intentó cambiar de tema.

-Por eso mismo. Muchos se preguntan si de verdad lo mereces-apostilló el dignatario.

Le daba completamente igual. Conocía perfectamente la ley que le amparaba: el Consejo de la Unión Europea de Repúblicas Islámicas establecía que en cada localidad con más de cien habitantes debería haber como mínimo un cristiano. Era obligación de cada estado garantizar su supervivencia y dotarle de unos derechos básicos que habrían de ser respetados: aunque fueses un inadaptado y el asesino de Bartolo.

-Pero no te preocupes: hemos pensado en una posible solución-dijo Mohamed sonriendo, para intranquilidad suya.

III

Desnudo, tumbado en el patio y a pleno sol, así pasaba ahora los días; contemplando la fina estela de los aviones que,  diminutos y a miles de metros de allí, podía tocar con la punta de los dedos. Quizá fuese cierto lo que decían, que volaban cargados de esperanza hacia otras tierras, a lugares increíbles donde los hombres podían permanecer por siempre solteros.

Cubriendo con el turbante sus atribulados atributos, dio un  trago al vaso de agua, vertiendo el resto sobre su arrugado abdomen, dejando fluir el preciado liquido entre los pliegues sinuosos de su piel, como lo hacían los ríos de su infancia.

Ahora le sobraba toda.

-¡Piénsalo bien, Paco!-le dijo aquel día el alcalde, muy serio. No vas a tener otra oportunidad como ésta.

Fue un mes antes de su drama. Después de cumplir con sus oraciones, Abdelmajad el cojo, a la sazón el herrero del pueblo, caminaba como todos los días el corto trecho que separaba su casa del vertedero, en busca de material que reciclar para su fino trabajo. Desde lejos se le podía reconocer, zigzagueando como si huyera de un de un francotirador, arrastrando la pierna, inútil como consecuencia de una desgracia acaecida en su más tierna infancia, cuando estando en la cuna su hermano de noventa kilos se sentó sobre él, rompiendo la extremidad por muchos sitios.

Ese día aciago, movido por un presagio, decidió abrir una nueva vía en la inmensa montaña de escombros, convencido de que tendría un golpe de suerte. Y vaya si lo tuvo. Fue al aproximarse, en una zona virgen de cualquier pisada cuando bajo la pierna inerte sonó un pequeño “clic”. Aunque él nunca estuvo en combate, había visto las veinticinco películas de Rumbo, el héroe yemení y supo de inmediato que aquello era una mina antipersona. Asustado y viéndose perdido, según dijeron después, solo le cupo esperar a que pasase alguien: y si, un testigo le vio desde lejos como agitaba los brazos, pero esa fue su desgracia: le perdió su conocida simpatía, pues devolviendo lo que creyó un saludo, aquél continuo su camino.

La explosión retumbó por todo el pueblo y en pocos minutos la noticia ya era de dominio público. Juntos lograron recoger en poco tiempo los restos y entregarlos a la desconsolada familia: sus ochos hijos y Fátima, su viuda, a quien, a pesar del burka, todos llamaban la fea.

Levantándose de la tumbona y con mucha parsimonia, se colocó  la chilaba y se ajustó el turbante. Desde la puerta del patio miró hacia atrás y se detuvo unos instantes a contemplar, una vez más, la nueva realidad que le había tocado en suerte: la de aquella prole anárquica y ruidosa que había invadido su vida y su casa y, cómo no, a su delicada esposa: esa que, picarona como la recién casada que era, levantó sin pudor su velo la noche de bodas, en una clara señal de amor  y como promesa de lascivia, mientras sonreía coqueta con su boquita de piñón: literal, tan solo adornada por un único diente.

No se despidió, ya todos sabían a donde iba.

Un día más, terco en la rutina adquirida desde el momento en que cambió su estado, caminó hasta aquel lugar, arrastrando los pies, una y otra vez, por cada rincón del vertedero.

Con tesón, aferrado a la esperanza de poder librarse de la sed de una vez por todas; convencido de que, según el precio, el agua estaba sobrevalorada.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s