Generoso

Desde el altozano que dominaba el pueblo Generoso pensaba con una mayor claridad de lo que habitualmente hacía. Era la perspectiva le dijo el maestro, pero para él era más bien cosa de los gases: aquellos que podía expulsar libremente sin verse sometido a reprimenda alguna o condicionado por moderneces como el decoro; y ya sin esa presión cavilar era algo sumamente fácil.

Cortando la longaniza bajo la atenta mirada de Sisobra, su fiel chucho, calculaba el número de familias que poblaban la localidad en aquellos inicios de los años sesenta. Aproximadamente unas cien-pensó- que a razón de cuatro o cinco zagales por camada arrojaba un total de…muchísimos.

Teniendo en cuenta el lícito desahogo carnal conyugal, las desatadas pasiones generadas en ésta bucólica zona a causa del agua y la tendencia natural de la juventud a echarse al campo ya de anochecido, esos cálculos podrían quedar cortos y verse triplicados en apenas unas décadas.

Él conocía bien las consecuencias del desenfreno  y la dificultad que suponía mantener el orden una vez que se liberaban los instintos de la carne. Blasa, la coneja parda que tuvo hace dos años le mostró el camino: un tropel de pequeñas criaturas que alimentar, recursos agotados por la exigencia de tantas bocas hambrientas, carencias, enfermedad y después la muerte.

Un nudo de imposible disolución se hizo fuerte en su garganta; el vértigo ante tal reto, una desconocida sensación de mareo y el intenso latido de las venas del cerebro le hicieron temer lo peor: el terrible pataflús. Ese mortal y silencioso enemigo que acabó con el Nicasio un negro día obrando en la huerta; o con Liborio, en Peñaranda, la última noche que se fue de putas.

Cogió aire y se agarró a las piedras. Estaba tan lleno de emoción como henchido de orgullo: él sólo, sin ningún tipo de ayuda, había sido capaz de hacer un diagnóstico certero del problema latente que amenazaba el pueblo y que nadie antes supo ver; ni tan siquiera las fuerzas vivas, más instruidas y preparadas. Era su obligación dar aviso, con urgencia, y ponerle freno a aquel fornicio sin control o serían pasto, en pocos años, de una catástrofe demográfica.

Él, a buen seguro, no lo vería, pero en esa mañana de dicha quedó grabada en su haber la revelación que necesariamente debía ser extendida: en el siglo veintiuno la España rural sería presa de una nueva plaga bíblica, un mal nacido de la concupiscencia y la lascivia y el origen de cientos sino miles de conflictos. No lo habían visto las mentes preclaras, pero para sus capacidades resultó ser un juego de niños: hablaba ni más ni menos que de la temida superpoblación, una debacle similar a la que generó, presa del vicio, la receptiva Blasa.

Temblando bajo la presión del pleno conocimiento adquirido y agotado por el cúmulo de emociones aflojó la tronera y expelió satisfecho; preparada su mente, una vez más, para nuevos retos.

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