El otro viaje

Observando las olas a través del ojo de buey Reinaldo Nunez no pudo evitar recordar el día que comenzó su viaje, hacía ya más de dos años. Era el primogénito, el responsable de buscar una escapatoria a la miseria que impregnaba sus vidas desde que tenía memoria. La mirada penetrante de los que quedaron atrás, cargada por igual de hambre y esperanza, constituía el único motivo para continuar entero.

Moviendo la bayeta con rapidez intentó borrar de su mente la imagen de la familia que, firme en aquel muelle y perenne sobre sus hombros, dejó a mil millas de allí. Ya apenas le dolían los brazos acostumbrado como estaba a trabajar durante extenuantes jornadas, espoleado por el peor y más eficaz de los látigos, el autoimpuesto para huir de  la extrema necesidad.

El crucero rebosaba actividad: un flujo constante de personas ejecutando un simulacro del estilo de vida que nunca podrían llevar; gente corriente jugando a ser otra en su arrogante ignorancia digna merecedora de la mejor atención; una masa movida como un delicado rebaño, acarreado mansamente por la necesidad de experimentar una dulce ficción, poseídos por la perecedera sensación de vivir rodeados de lujo.

Y solo por eso, con ese único fin, miles de insignificantes hormiguitas como él recorrían el buque. Huidizas, cabizbajas y serviles, prestas a recoger el enésimo desperdicio caído de las manos de un torpe; pertinaces en la ingrata tarea, a modo de Sísifo filipino, de abundar en la exquisita higiene de cada retrete sucio, pendientes de toda inmundicia para hacerla suya, de su plena incumbencia, como si fuese un tesoro. Inmóviles y casi invisibles, cual perro de caza, en atenta espera de la orden para correr en pos del deseo ajeno, de cada capricho por estúpido que fuese. Ausentes, desplazándose como autómatas por aquel laberinto, refugiados en la siempre presente carestía que les llevó hasta allí y a la que se aferran para poder resistir; resignados a hacer real el sueño de otros, a padecer su fatua ilusión.

Solo las esporádicas llamadas a casa, cargadas de mentira y melancolía, aportaban una pequeña dosis de paz en su guerra, ya perdida de antemano, contra aquella locura: la de una enajenada ciudad flotante que desperdicia la comida suficiente para alimentar durante años a toda su aldea, que despilfarra una ingente cantidad  de agua  ante los atónitos ojos de aquellos que saben bien lo que es vivir y beber en las cloacas; habitantes de ciudades contaminadas, de aldeas y costas saturadas por la basura que genera, a cada instante y en todo el planeta, con un gesto inocente, cada anónimo viajero.

Un nuevo puerto, otra ciudad, pero siempre la misma. Un nuevo día, otra jornada, pero sujeta a su invariable rutina.

***

Tumbado sobre el catre de su angosto camarote y con la mirada fija en el blanco techo imagina una noche cuajada de estrellas, mecido sobre cubierta, con la suave brisa del mar acariciando su rostro. Ese aire cargado de pena y sal que le transporta a su pueblo en cada sueño; el mismo viento que, imparable, atraviesa los océanos para llevar sin demora una brizna de esperanza a aquellos a quienes ama y le esperan.

Infinitamente más arriba, en el pequeño paraíso que él limpia, la fiesta continua; todos ajenos por completo a su afán y a la firme  promesa que cumplirá mientras tenga fuerzas.

Resignado se deja llevar, sin lamento alguno: entregado a su suerte y a merced de las olas que moldean su destino, expuesto a los vaivenes de la caprichosa fortuna; uno más, uno de tantos que, como él, embarcaron sin pedirlo en el lado gris de la vida; en un triste sendero del camino común, el otro viaje.

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