MAX Y FIX

ILUSTRADO POR ANDREA GARCÍA ROLDÁN

¡Por fin un golpe de suerte!; escondidos tras la malla del conducto de ventilación no daban crédito a su buena estrella. Lo habían percibido de inmediato, descendiendo por la cañería hasta sus dominios, la alcantarilla situada dos plantas más abajo: la estela de aquel aroma les atrajo casi al unísono, en un caso claro de predestinación, llamados a una cita ineludible con la Fortuna, una meta alcanzable solo por los elegidos.

Pata con pata y embargado por completo el olfato, observaban sin  pestañear aquel trocito de manjar caído del cielo.

Max ya no era la rata inocente que fue, ni tan crédulo como el pequeño socio circunstancial que salivaba a su lado. Sus muchos años arrastrando la panza le habían enseñado a ser  suspicaz, a sospechar por sistema de todo regalo que le ofreciesen, y en especial de aquellos cuya obtención no presentaba obstáculo alguno, asequibles con solo estirar la garra y cogerlos. Podría recordar, sin gran esfuerzo, un centenar de colegas desaparecidos por una gestión imprudente de un potencial almuerzo, o familias enteras diezmadas por los alocados impulsos de alguno de sus miembros, carentes de la menor prevención en sus huecas seseras. Las numerosas cicatrices en su piel así lo atestiguaban: su oreja derecha, rasgada por la zarpa de un minino juguetón que se entretuvo torturándole como paso previo a devorarle; su pata trasera izquierda parcialmente amputada cuando, siendo aun una ratita, un cepo ataviado con un suculento taco de jamón le hizo enloquecer hasta perder el juicio; o qué decir de su hocico, rajado en múltiples batallas por obtener unas deliciosas sobras o el favor de alguna irresistible dama. Pero por encima de todo, sus canas: mechones blancos que adornaban su pecho, en una evidente muestra de maestría de la supervivencia, un General con mando en aquella plaza.

Fix no alcanzaba a comprender aquella locura. A pesar de sus cortas entendederas y el escaso bagaje en estas lides hasta para él era evidente la facilidad de la operación. Aquel trofeo con olor y aspecto de pedacito de queso, un meteoro  venido con toda probabilidad desde la Arcadia manchega para su deleite y felicidad, excitaba su olfato hasta el punto de hacerle enloquecer. Nada difícil, por otro lado: era el prototipo de joven rata temeraria y osada. Aun siendo el más joven de su camada ya había demostrado  tener gran arrojo y valor, un héroe del que se hablaba sin parar en todos los corrillos de las más afamadas cloacas. Él fue quién se enfrentó al humano en la cocina del restaurante de la Plaza del Ajo:

No fue fácil-solía decir- pero aquel mètre sintió tal pánico al ver mis afilados dientes que falló todos sus mortales golpes de escoba- relataba mientras acompañaba su narración con habilidosas quebradas de cintura.

Y allí estaban los dos como pasmarotes, vigilando aquella joya, desamparada y a merced de cualquier desaprensivo que pudiese arrebatársela.

Junto a la rejilla y a escasa distancia se abría en la pared un pequeño hueco, lo suficientemente ancho para poder pasar ambos al otro lado. Sin poderse contener ni más preámbulos Fix se encaminó hacia la salida.

-¡Esperemos un poco, no seas insensato!-dijo el mayor pisando la cola de su socio, frenándole en el acto. Aun es de día y entra demasiada luz en el cuarto. Es mejor no moverse de aquí hasta que reine por completo la oscuridad.

-¿Esperar? ¿Cómo que esperar? ¿A qué?..¿Te parece poco el tiempo que llevamos aquí?-dijo exaltado.

-No seas ingenuo muchacho: ¿te has parado a pensar qué hace un sabroso trozo de queso en el suelo, tan lejos de la cocina?

-Claro que sí, ¡no soy bobo! Este es un lugar de paso; con toda seguridad se le cayó a alguien.

-Está bien; pero sólo te pido que esperes a que oscurezca y saldremos a comerlo.

Ya, es más que evidente-pensó el jovenzuelo: dejaremos que llegue la noche y cuando eso ocurra tú, más grande y corpulento, te harás con todo y para mí el resto: nada, cero.

-Mira chaval, una vez conocí a una auténtica rata africana, en concreto del norte del continente, y él siempre decía…

No le dio tiempo a continuar. Como un rayo, Fix cruzó la pared por el agujero, valiente y decidido a ganar esta partida…

No sabría decir qué fue antes, el sonido de la escopeta de plomos o el del cráneo al crujir, pero eso ya no era importante.

Cuando la última brizna de luz había desaparecido por el ventanuco, solo entonces, cruzó al otro lado. Con su lento caminar esquivó el cuerpo de la joven rata, rígido e inerte a escasos centímetros de su deseo.

-Pequeño compañero, no me diste tiempo a terminar de contarte el sabio consejo que una vez me dieron, y por el que probablemente aun sigo vivo:

-Amigo-me dijo el africano-nunca lo olvides: la prisa mata.

-Realmente bueno- pensó mientras masticaba volviendo sobre sus pasos, una vez más, solo.

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