ISABEL

Les habían visto salir juntos del Hotel Manila, en innumerables ocasiones, como dos buenos amigos cuando en realidad no pasaban de ser un insaciable y tenaz hombre de negocios y su potencial víctima.

Se despidieron a sus puertas una mañana, sin saber que sería la última. Cierto, aunque sólo en parte: magullado y deformado por los golpes, pero era su rostro; el del hombre de la fotografía que, meses después, le mostraba un inmutable teniente japonés con la insistencia  del traductor filipino  en que declarase el paradero de “su amigo americano”. A cada negativa los soldados derribaban libros, volcaban estanterías y machacaban a culatazos los adornos de su despacho. Nada que pudiera asustar a un español acostumbrado a una buena bronca familiar, o a la peor de las cornadas.

Igual que llegaron se marcharon, sin más explicaciones, todopoderosos tras haber invadido el archipiélago. Pero sin duda regresarían y, en ese caso, él sería el objetivo.

Una y otra vez trató de adivinar quién pudo ser el soplón que les hizo saber a los japoneses su relación con Smith; estéril labor en una cafetería de hotel saturada de ojos curiosos y finos oídos. A buen seguro habría sido más fácil reunirse en su despacho, aunque con un resultado tan críptico como publicar sus intenciones desde el púlpito de la catedral en domingo.

Las noticias corrían más que los vehículos, y cuando los japoneses irrumpieron de nuevo en su fábrica él ya había encumbrado la colina más alta del tupido valle. Desde aquella atalaya pudo ver el humo de un fuego que devoraba años de trabajo y esfuerzo, desvaneciéndose en el aire del mismo modo que él desaparecía en la jungla.

Resultaba irónico: llevaba años en Filipinas, su segunda patria, viviendo de y para la madera, y ahora su mundo se reducía a esto; a permanecer escondido como un animal asustado en el tronco de un centenario balete, un angustioso confinamiento en el corazón de un árbol.

En más de una ocasión había decidido correr el riesgo y acercarse a una aldea, desesperado al observar como sus costillas iban asomando bajo la piel, agotado por el dolor de cientos de picaduras de insectos y tras continuas diarreas por beber agua sucia. Lo intentó sólo una vez, para toparse con una patrulla nipona que, sin percatarse de su presencia, golpeaba sin piedad a un tagalo atado de pies y manos a un grueso bambú. Retrocedió y permaneció oculto, aterrado, hecho un ovillo durante dos días. Al tercero le pudo el hambre. Hurgando en los troncos podridos de los árboles encontró lo que resultó ser un manjar y, sobre todo, no le mató; unos gusanos que los nativos llamaban tamilok y que en muchas ocasiones había rechazado. Podría sobrevivir así, sin duda, pero la temporada de lluvias era inminente y se reducirían drásticamente sus posibilidades.

En las pocas ocasiones que no padecía ningún dolor, y había logrado llenar el estómago con larvas, pensaba en el probable motivo de su orden de captura: robarle.

 Mr Smith era un conocido traficante de gemas, al parecer el mejor, y él dueño de Isabel, una esmeralda de incalculable valor que éste soñaba poseer y presumía poder pagar. En esa tesitura estaban, negociando, cuando se produjo la invasión japonesa. Con toda seguridad arrestaron al yanqui, averiguando pronto su oficio e interés por aquella joya propiedad del hombre de negocios español con quien asiduamente se reunía.

Fue tras el quinto día seguido de lluvia, la noche que despertó con una tromba de agua cubriéndole casi por completo,  atrapado entre las resbaladizas paredes del viejo árbol, cuando decidió que no aguantaba más: si tenía que morir lo haría mirándoles a la cara.

Adentrándose en el sendero recorrido meses atrás, impulsado por el instinto de supervivencia, volvió sobre sus pasos hasta su antigua fábrica. Al amanecer, agotado, la pisó de nuevo, contemplando los restos inundados de lo que fue su proyecto de vida. Con el agua a media pierna se adentró en su despacho y la vio: rota, ennegrecida por el fuego y flotando; lo poco que quedaba de su mesa.

La había comprado años atrás a un anticuario que, arruinado, tuvo que desprenderse de ella. Fabricada en caoba, su tablero estaba delicadamente tallado con escenas mitológicas, y sus patas, simulando ser las de un león, se remataban con la cabeza de dicha fiera. Aquel anciano aseguraba que vino a bordo del Galeón de Manila, perteneciendo al último Virrey de Nueva Granada quien, una vez destituido tras la independencia, se trasladó a estas tierras. Permaneció en su familia, generación tras generación, hasta que  Filipinas también eligió cambiar el lazo español por el yugo norteamericano, por lo que se exiliaron dejando  atrás todos sus bienes.

Aliviado recogió la pata que reconocería entre miles: aquella en la que, por casualidad, mientras pasaba curioso sus dedos sobre los colmillos, se disparó un resorte oculto abriéndose una tapa. Dentro, en un pequeño cofre de acero, le esperaba una esmeralda del tamaño de una caja de cerillas, un auténtico tesoro. Emocionado y tras horas absorto en ella buscó en una biblioteca todo lo referente a aquel virrey, no tardando en encontrarla: la gema que nombró como Isabel en honor a su dueña, quien la lucía orgullosa engarzada en oro sobre su pecho; una hermosa mujer de ojos verdes que miraba desafiante desde el cuadro que les retrataba a ambos.

Cayó de rodillas y sujetó con firmeza la madera. El fiero león había perdido casi por completo sus colmillos y la melena, lamidos por el fuego: con sumo cuidado presionó el resalte y…

Desde la popa del barco contempló por última vez Manila, libre y arrasada por completo. Destruidos, para él, cualquier presente y futuro: nuevos tiempos que borrarían todo vestigio de su paso por aquel paraíso; recuerdos de un pasado del que ya sólo quedaban  restos de naufragios y la nostalgia de efímeros destellos de felicidad, como aquellos que desprendía al ser expuesto a la luz aquel pequeño corazón verde que latía junto al suyo.

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