El primero de los días

Me soltaron una mañana en aquel frío patio, completamente sólo y desamparado. El primer abandono serio y en el peor de los escenarios posibles, rodeado por una peligrosa horda y con la sensación de ser la víctima propiciatoria de aquel rebaño.

No, empezar primero de EGB no era cualquier cosa y menos en un colegio “Menor”. ¿A qué se referían con ese término?: ¿menor calidad educativa?, ¿para menores de un metro?, ¿adaptado a niños con un menor coeficiente intelectual?; o acaso anticipaban las consecuencias de estudiar en aquel colegio… ¿una menor esperanza de vida?…

En medio de aquel caos de gritos, mocos y llantos, unos señores curtidos en el acarreo de infantes intentaban organizar los grupos por edades, voceando los nombres de los galeotes con los que compartiría los siguientes ocho años.

En modo alguno me mostré nervioso: había finiquitado ya cualquier estímulo cerebral por puro agotamiento. Y es que empezaron a consumirse a finales de agosto, a escasos días de comenzar el curso, en un pequeño barrio de la periferia de una capital de tercera, en el límite entre la civilización y el campo.

Y no era un niño que se dejase amilanar fácilmente, pues ya tenía en mi haber un largo historial de enfrentamientos con los aspectos más ásperos de la vida, e incluso con la propia muerte.

Podría presumir de recordar al detalle mi primer trayecto  importante, desde el útero materno hasta las manos de sor Soledad, plantearlo como una gesta y apelar a la épica, en un contexto de fuerza desatada y sangre, pero sería mentir o como poco exagerarlo: según lo expresado por la portadora de un servidor, fue fácil; sin entrar en detalles desagradables, me quedo con que pasé rápido y sin incidentes por el canal del parto, prácticamente un paseo, nada extraordinario. Eran tiempos conejiles los setenta y yo, de mi prole, el cuarto.

Tres años después, y aprovechando el desconcierto creado por el importante aumento de efectivos en la camada, pude burlar la vigilancia de mi progenitora y escapar en busca de mi padre: tal odisea, posiblemente intensa, resultó breve, pues fui capturado por un vecino que casualmente se cruzó conmigo y, sin mayor transcendencia, convenientemente devuelto a toriles. ¡Qué tiempos aquellos en los que raptar o secuestrar un niño era una verdadera excentricidad, cosa de botarates!: una insensata actividad contemplada con desagrado, por ser un ejercicio potencialmente gravoso y, más aun sin conocer la naturaleza del sujeto, lo que era capaz de comer, su comportamiento o sus taras. De hecho no es descabellado pensar que más de una madre, atribulada y superada, probase a soltar a sus hijos por ahí, tentando a la suerte, para verles regresar a casa puntuales como siempre a la hora de la merienda, tras sortear cualquier intento de apropiación, sin que nadie los quisiera.

A los cuatro años, ya con más recorrido, tuve el primer contacto con la Parca. Nunca podré agradecer lo suficiente el buen hacer de mi Ángel de la Guarda: lo despedí por falta de Fe a los quince, y olvidé reconocerle su tarea…el caso fue que, acuciado por un incontrolable acceso de gula, descolgué medio cuerpo en una olla casi repleta de grasa de cerdo, donde languidecía  solitario en el fondo un trozo de longaniza. Algo falló en el proceso de captura: la sujeción no fue efectiva y acabé sumergido hasta las caderas. Allí, en ese momento, vi por vez primera el túnel, y al final del mismo esa luz de la que tanto se ha escrito; con una particularidad, en mi visión, se hallaba rodeada de un misterioso halo adiposo y espesos churretes de manteca. Fue mi madre quien, por fortuna, me  pudo rescatar a tiempo, eso sí, en detrimento de mi fama y de la seria posibilidad de pasar a ser leyenda: el primer caso documentado en España de niño muerto por exceso de colesterol en vía aérea.

Con cinco años y medio aun no tenía límites ni contención alguna, arriesgando a cada momento, viviendo por todo lo alto. Envié a mi hermano pequeño, aleccionado con un sopapo, a ejecutar una hábil maniobra de distracción: reclamar el tratamiento esperado ante un episodio urgente de pañal con exceso de carga, nada raro en él por ser de natural cagón; mientras tanto, sibilino, trepé desde una silla a la cómoda, y de allí al armario que presidía la habitación, desde el cual salté a la cama con un salto perfecto y un final accidentado: un golpe seco, la frente estrellada contra el somier y, a pesar de mi silencio y contención, una zapatilla del treinta y ocho surgida de la nada que avanzaba amenazante buscando mi trasero. ¿Alguien puede imaginar un acto más ruin que intentar rematar a un paracaidista herido? …

Por eso a los seis me sentía preparado para superar cualquier prueba, capaz de soportar todo lo que pudiese acontecer en ese primer día de colegio. Y conste que distaba de ser fácil, en modo alguno: los niños mayores, enormes moles de acné y músculo, paseaban por detrás de nuestras filas olfateando nuestro miedo, sopesando con qué víctima de las disponibles comenzar el  sacrificio. Nuestros temblores iban en aumento, consecuencia del intenso frío pero principalmente por el pánico, pues sabíamos que con solo una colleja podían acabar con nuestras vidas: no sería el primer caso, según nos habían contado con mucha afectación  los chicos de cursos anteriores, hablando de cientos de cadáveres de “enanos” como nosotros apilados en el salón de actos.

De repente un ruido atronador en la megafonía espantó a aquellas hienas que, huyendo despavoridas, desaparecieron como por arte de magia para terminar formando en filas al otro lado del patio. Fue así como escuchamos aquella desconocida canción:

¡Cara al sol!…

Incomprensible, aburrida y fea pero, por primera y única vez, aliviados al oírla.

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