Otra noche más

   Otra noche más esquivando babosos, idiotas peligrosos disfrazados de corderos y lobos sin dientes incapaces de roer unos huesos tan delicados, lo único que quedaba, el resultado del cruel latrocinio a que fue sometida. Bailaba su dolor atenuado por el alcohol, mirando sin ver, a mil kilómetros de aquel lugar, intentando recordar el más insignificante motivo para seguir respirando; una danza con la que evocar un doloroso pasado, tan fresco aun que condicionaba el presente, sin comprender qué pudo hacer mal para tener que sufrir tanto daño.

Y si hubo un culpable fue únicamente la garrapata: ese ser que se posó en su piel aquel verano, el mejor de su vida, sin otras armas que la miel de su sonrisa y unos ojos negros; con el despliegue de todos sus encantos y aquella divertida exposición sobre las innumerables ventajas de no usar contra él ningún repelente; explayándose en el atrevido discurso sobre las infinitas razones para no buscar la felicidad más allá del perímetro de sus brazos; certificando la atracción de dos pieles que, en un contacto casual, acabarían fundiendo sus labios. Esa fue la vía, el momento exacto en que se  introdujo aquel parásito en su vida.

Movía las caderas con la precisión adquirida tras  meses de academia de baile, tan mecánica como sensual, dedicando su danza a quien, ausente, abrazaba otro cuerpo en otra cama; a aquél artrópodo que dulcemente se instaló a su lado, superando con creces las expectativas de lo que ella esperaba, mientras tejían juntos el soporte de un proyecto común irrompible y eterno.

Se dejaba llevar por la música, como hizo con todo para adaptar su espacio y  dar así cabida a quien engordaba, a cada minuto, a costa suya; aquel que subsistía succionando cada gramo de su energía añadiendo además, en injusto pago, pequeñas dosis de una inmensa inseguridad y las más pueriles reivindicaciones. Como en esas enfermedades que incapacitan para ver la realidad, así fueron desapareciendo su fuerza y autoestima, hasta quedar afiladas, tan finas como la imperceptible fibra que les unía y que ella contemplaba, distorsionado por las raspas de amor que aun quedaban, como el más firme acero.

El último trago lo precipitó todo, arrojando por el sumidero la ponzoña acumulada, ahora por primera vez, evidente: el repugnante sabor a hiel en su boca, un poso amargo como aquel de la mañana en que descubrió, con absoluta claridad, en el rostro idolatrado de su amado los inequívocos rasgos de un ácaro: un ser hinchado y gordo ahíto del amor robado, arrastrando su abdomen repleto con las esperanzas frustradas de un proyecto de vida en común, de un futuro hurtado. En una última pirueta de vileza y embarrando por completo el pasado juntos, se lo dijo:

-Mi vida, estoy muy mal y tengo que contarte algo.

Solo era ruido y no quiso ni pudo entenderlo. Mientras el miserable empaquetaba su basura se contempló en el espejo,  pudiéndose ver tal cual era por primera vez en años.

 Apenas era perceptible en esa piel que ya solo cubría huesos; casi a punto de desaparecer pero allí estaba: conectada directamente al corazón, la marca de la herida por donde casi se desangra; el punto de fuga de su maltrecha alma.

Alguien subió el volumen de aquella canción y volvió a la pista: expulsada toda la inmundicia de su vida bailó como nunca antes, sintiéndose de nuevo poderosa y fuerte, del modo que solo una mujer puede hacerlo.

A su alrededor, muy pequeñitos y asustados, los potenciales parásitos corrían a esconderse.

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