El Gran Inquisidor

Gastón de la Croix no era un sargento de Dragones al uso, ni su deseo de recalar en Ávila un simple antojo: era la consecución de un anhelo transmitido durante generaciones; un plan urdido por el Destino para que fuese él el ejecutor de la venganza que su sangre reclamaba desde hacía siglos.

De la Croix no siempre fue De la Croix: hubo un tiempo que se escribía De la Cruz y habitó estas tierras.

Desde niño había oído  el relato de aquel  antepasado que vino huyendo de España, el único que pudo escapar, y el nombre de un terrible Inquisidor: Torquemada.

Narraba la historia de unos judíos conversos toledanos  desplazados a Ávila, cuyo terrible error fue entonar, en una fiesta,  una inocente canción de cuna hebrea: motivo suficiente para acabar en el potro, acusados de ser marranos y torturados hasta  confesar  sus crímenes contra  Dios y su Iglesia, siendo  finalmente condenados,  sin piedad, a la hoguera. Tormento  que pudo esquivar el más joven,  y no por clemencia del Tribunal, sino por  intercesión de un noble local  que, conmovido ante tanto dolor, le envió lejos, con una antigua parentela francesa.

Y he ahí que, tras centenares de años, la Compañía de Dragones del sargento De la Croix  arribó a la ciudad, y con él, su plan oculto de revancha.

Las noticias de los crímenes y saqueos de aquellas tropas “ilustradas” corrían como la pólvora, asustando a las poblaciones e infundiendo miedo: entraron  a caballo,  sin respeto alguno,  por la puerta principal del Real Monasterio de Santo Tomás, previa amenaza de volarla a cañonazos; entretanto, otra unidad lo asaltaba por la entrada  de los carros, en la tapia de piedra que rodeaba  el convento.

 A pesar de la orden dada a la tropa de no asesinar y la súplica del Prior a los suyos de no oponerse, varios soldados, exaltados, abrieron con sus bayonetas el vientre de dos monjes. Dentro de la iglesia, en sagrado, las bestias saltaban sobre los bancos de madera mientras sus jinetes arrancaban todo objeto brillante.

Ajeno a aquella orgía de destrucción Gastón escudriñaba el suelo, caminando sobre las lápidas en pos de  su enemigo. Tras varias horas  y sin logro alguno  llegó la noche,  entorpeciendo la búsqueda; pero él, curtido en todas las campañas del Emperador, sabía qué hacer. A pesar del caos  no tardó en encontrar al Prior que, apaleado, rezaba en su celda. En un perfecto sefardí le preguntó por la tumba del inquisidor; “el Perro de Dios”, añadió.

La negativa del religioso obtuvo una rápida respuesta: instalaron la parrilla justo al lado de la tumba del Infante Don Juan, primogénito de los Reyes Católicos. Los gritos arrancados por  las brasas reverberaban por todo el templo, provocando las quejas airadas de una tropa que, somnolienta,  reclamaba silencio. En otra situación habría sido posible algún conato de piedad, pero no en esta; era de sobra conocido el apoyo casi incondicional  del clero a la guerra total a Francia, aglutinando entorno a la Fe un sentimiento nacional que, a ojos del gabacho, rozaba lo fanático.

Toda una noche de tormento no arrojó ningún resultado. Agotados y  hastiados de oír chillidos, los soldados pidieron descansar, amén de mantener vivo a aquel desgraciado: y  a ello se disponían cuando, con el alba, llegaron noticias de nuevas iglesias y palacios que asaltar, lo que produjo una fuga general e inmediata. Sólo mediante coacciones y promesas  pudo el sargento mantener acantonados  en el convento a  una docena de hombres; suficientes, por otro lado, para controlar a un puñado de aterrorizados monjes  y  unos pocos criados.

Exhausto, dio órdenes de no ser molestado y se dispuso a dormir en una celda. No habrían pasado más de tres o cuatro horas cuando le despertó una mano que presionaba su hombro; sobresaltado y  por instinto, colocó la punta de su cuchillo en la garganta de un dominico orondo y asustado que, entre susurros, pidió disculpas y permiso para hablarle; le rogó que, por Caridad, dejasen en paz al Prior pues todos los objetos de valor habían sido ya “requisados”. El francés, a fin de ahorrar tiempo, decidió explicarle el objeto  de su búsqueda.

Tras reflexionar unos  minutos, el monje le hizo saber que de aquél  no obtendría la respuesta; había llegado desde Valladolid hacía tres días, nombrado máximo responsable  del Monasterio por decisión del General de la Orden. Bajando  la voz, le indicó que la información que  buscaba sólo la conocía una persona y que llegar hasta ella debía hacerse en  absoluto secreto; el suboficial se marcharía de allí, pero quien le indicase el lugar de la tumba sería considerado un traidor, un afrancesado, siendo  ejecutado de inmediato.

Con el ocaso, apostó convenientemente a sus hombres, anunciándoles que iba a la ciudad en busca de distracciones, concretamente femeninas. No tardó en regresar, embozado, colándose por una pequeña puerta oculta en la tapia,  tras la cual  esperaba el sacerdote. Éste le hizo saber que a quién buscaban  aguardaba ya  entre los pinos, en lo alto del cerro.

Reinaba la oscuridad y una calma absoluta: apenas habían recorrido quinientos metros cuando,  de entre las sombras, tres hombres se les echaron encima; el sargento intentó esgrimir su sable, pero una enorme navaja en el cuello le disuadió de hacerlo. Le redujeron  y ataron,  llevándole a golpes hasta la cima donde, desaparecida toda arrogancia,  pidió clemencia al contemplar la pequeña capilla rodeada de cruces que coronaba el Campo Santo del convento.

Otros dos hombres habían destapado una tumba: la del antiguo Prior, muerto cinco días antes; el único conocedor del lugar exacto donde descansaba Torquemada.

Le colocaron junto a él, pegadas las caras, indicándole quién era: 

-No hay prisa, monsieur- se burlaron- dispondrá de todo el tiempo del mundo para  hacer sus preguntas.

Solo el sonido de las palas y los gritos  rompieron el silencio aquella noche: a buen seguro que, no muy lejos de allí, el espíritu del Gran Inquisidor  sonreía victorioso y  ufano, oculto por siempre en su nicho.

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