Lucía Fernanda

                 Lucía Fernanda

A duras penas lograba contener las nauseas; el antiemético que le suministraron había dejado de hacer efecto hacía ya varias horas. La pesadez en el estomago y vientre, aun siendo desagradable, no era lo que más le inquietaba. Era el miedo. El pánico a morir en el avión, sin médico, del modo horrible que contaban las comadres para asustar a los jóvenes que soñaban con transportar a Europa. Terror a las posibles represalias si desbarataba el “bussines” por cagona, por no echarle huevos. Pavor por verse presa en un país lejano y extraño, ajeno a sus costumbres y sin saber por cuánto tiempo.

La azafata le ofreció, por segunda vez, un zumo, y en esta ocasión accedió a tomarlo; mejor dicho, a llevarse la pajita a la boca  y simularlo. Le habían advertido en ese sentido. No podía hacer un viaje de diez horas sin probar líquido o algún bocado, pues levantaría sospechas entre el personal de vuelo. Con un esfuerzo sobrehumano, masticó un poco de aquel insípido arroz del menú, exagerando los gestos, haciendo evidente que comía con normalidad, como cualquier otro pasajero. Evitando ser vista y atenta a su disponibilidad, guardó el envase del zumo y la comida en su pequeño bolso, y se dirigió al baño. Nunca antes había tirado un alimento, pero ahora todo era distinto y además necesario; lo hizo, avergonzada y con mucha pena, viendo como  desaparecía por el retrete lo que tantas veces había soñado comer.

Intentó evadirse, despejar su mente y olvidar el malestar que sentía, pero le fue imposible; decidió entonces aprovechar la vigilia para repasar el discurso que había aprendido:

-voy a Madrid, a ver el museo del Prado y el estadio Bernabéu; me quedo en casa de una prima en Móstoles y comeré churros, que dicen son magníficos; maldita sea… ¿Madrid tiene o no tiene playa?…

Con un ligero balanceo la azafata le sacó de su sueño; ¡se había dormido! Ya no recordaba las horas que llevaba despierta cuando cayó rendida.

Dos días antes del vuelo y con los ojos vendados le llevaron a una quinta a las afueras, con otras cinco personas; allí, en la zona de las cuadras y rodeados de caballos les pusieron las purgas, dándoles a continuación las instrucciones oportunas. Podían elegir: transportar maletas, latas, tragar el material o combinar métodos. Pero llegados a este punto no había marcha atrás, nadie saldría de aquel lugar sin mercancía.

Desde que tomó la decisión había practicado el tragar sin masticar, principalmente frutas, amén de los abusos de los que, desde bien niña, fue objeto. No recordaba la primera vez, pero sí las cien últimas, cuando los diferentes novios de mamá le atacaban, a ella y a sus hermanas: hombres borrachos, violentos y malvados que pretendían hacer creer a su madre que la amaban; malditos que hacían de la miseria y el hambre el menor de los problemas; seres podridos que sólo parecían disfrutar causando dolor a su alrededor, privando a un niño de algo tan vital como el sentirse seguro al dormir, sin despertar siendo abusado.

Y la única vía de escape pasaba por correr el riesgo; llevar este veneno a países sin problemas que pagaban fortunas por tenerlos. Hacer un viaje, coger unos cientos de dólares y huir de las casas de barro y chapas; del hambre continua y la enfermedad que acecha, constante. Esquivar los machetes y las balas de los malandros que impunemente arrasan las barriadas pobres; el abandono crónico y la sustracción de recursos por parte de las autoridades. Una oportunidad de buscar otra vida y sobrevivir, alejada de la violencia; de dejar atrás los fantasmas del pasado y superar un presente que no puede más que empeorar; la cruda realidad, lo habitual para los desahuciados de todo, que son legión por aquellas tierras.

Las luces del aeropuerto, los carteles luminosos y el gentío, acostumbrada a su pequeño mundo, le dejaron perpleja. Intentando aparentar serenidad se concentró en ignorar las ganas terribles de evacuar la carga. Colocada en la fila trataba de pasar desapercibida, oculta tras el hombre corpulento que le precedía. Nerviosa, hojeaba una vez más el pasaporte, nuevo e inmaculado, donde se mostraba su rostro en una foto que distaba mucho de su actual semblante. Dos agentes colocados tres filas a su izquierda hablaban entre sí, aparentemente distraídos, ajenos a todo; faltaban unos metros para el control de pasaportes donde ya atendían al viajero grandote, cuando de la nada, a su espalda, una voz masculina llamó su atención:

-Disculpe señorita, si es tan amable; ¿podría usted acompañarme?

Asintiendo con una sonrisa y a punto del desmayo, soportando una inmensa pesadumbre sobre unas piernas que, de pronto, amenazaban con no sostenerla, se puso en marcha tras el agente. Intentó agarrarse a una vaga esperanza, a algo que les dijeron antes de partir; aun pasando por un escáner, era difícil que lo detectaran.

En unas frías instalaciones comenzaron a hacerle preguntas: de dónde, a qué lugar, a hacer qué, por cuanto tiempo, para qué, con quién….

Quizá lo acentuó el estrés o simplemente el ciclo normal tras un largo viaje; al quitarse el abrigo para el examen radiológico quedó a la vista su camisa, completamente mojada por la subida de la leche…

Antes de colocarle las esposas, de sobra innecesarias, marcó el número de contacto con su vecina de chabola:

-Cuídese de mis bebés, por Dios se lo pido…

-Sabe que lo haré- dijo una voz- mientras pueda.

La pena inundó la estancia, golpeando a todos. Tan sólo era audible el clamor de un estrepitoso silencio; el drama reflejado en aquella blusa, una mezcla cruel del sustento que ya nunca llegaría y el inmenso océano de lágrimas que brotaban sin freno.

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