Pena

Pena

Le dijeron que era una alteración en los niveles de concentración de un neurotransmisor, una reducción muy simple para explicar algo tan complejo como que murió el amor y se abrió paso la locura; un burdo engaño basado en la química, como si una simple sustancia lo justificase todo.

Se extinguió, abatido por el paso del tiempo, laminado por cada palabra omitida para no hacer daño; por cada pequeña cesión que acabó erosionando la amalgama de un proyecto común soportado sobre una base tan frágil y ficticia como lo fue su inconsistente noviazgo. Atrapados. Uno, en la belleza deslumbrante que ocultaba las oscuras nubes de la enajenación; ella, en la feliz ignorancia, ciega e incapaz de percibir en su interior el germen de la tormenta que acabaría por arrasarlo todo.

Se descompuso, silente y sin pausa, camuflada su pestilencia en el devenir cotidiano; en cada ocasión en que  se imponía la pasión, mecánica, por pura inercia o bien como el ingenuo recurso para intentar sellar la última grieta. Esa por la que se filtraba para no volver, con cada insana petición, a cual más irracional, con cada exigencia. Tragicómica sucesión de fechas felices, violencia, ramos de flores y pieles arañadas; noches eternas repletas de llantos, gritos, vajillas rotas y niños aterrados.

Se consolidó, en la misma medida que se diluía el cariño, la herrumbre en cada caricia, ya para siempre forzada y áspera. La palabra, otrora dulce argamasa que ensamblaba sus almas, convertida en afilado estilete, alojado a cada ocasión en lo más profundo de las entrañas; la mirada, antaño cómplice y ahora cargada de dolorosa indiferencia; los silencios, que rasgan las suturas de mil ofensas, en su día perdonadas, vuelven a sangrar, formando corrientes que fluyen por doquier, negras y emponzoñadas.

Se hizo gigante, abundando en su error, en el cúmulo de despropósitos que terminaron por soltar las amarras con que pretendía fijarle a tierra firme; convertida su vida en arenas movedizas que engullían cualquier posibilidad de futuro; allanando, con cada hora a su lado, la senda del abandono, sin ofrecer más alternativa, transformando así la posibilidad de una huida en una realidad ineludible, en la única vía de escape.

Se empequeñeció, hasta ser despreciable, cualquier atisbo de respeto. Paso previo y necesario para transformar a quienes un día se amaron en perfectos desconocidos, unidos tan sólo por el fino hilo de antiguos rencores, por la amarga certeza de desencuentros venideros.

Se convirtió todo en nada. Se evitaron así años perdidos, vidas gastadas y posibles amores que dejar marchar, de los que alguna vez pasaron a su lado; oportunidades de vivir y experimentar siempre pospuestas por la esperanza de encontrar un buen motivo para quedarse; decisiones condicionadas por el deseo del otro en contraposición a las suyas, sólo sustentadas en una comodidad cobarde; la búsqueda constante de justificar cada segundo perdido, en un patético ejercicio de auto engaño. Burlar al destino, esquivando acabar resignados, consumidos y viejos por dentro; mirándose ante el espejo, certificada la pena acumulada en el alma con una simple mirada, cargados los párpados de resignación, por lo que se dejó de vivir y por los años que se fueron. 

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