Setenta

Setenta

Sesenta y nueve y setenta. El número de pasos desde el dintel de su casa hasta la cruz de piedra, levantada en el mismo lugar donde ocurrió todo. En un día como hoy, hace exactamente setenta años: toda una vida atrapado por un recuerdo, una decisión inocente y trivial  que cambió por completo su mundo, en un instante  y para siempre.

El ruido de los camiones al pasar, a pesar de la lejanía, era  mucho más fuerte que el tono de Don Marcial y  todo el caudal del Ebro juntos. Aun teniendo las ventanas abiertas, o quizá por eso, el sofocante calor no daba tregua a nadie, y ni un último repaso a los grandes ríos españoles atenuaba la sensación de asfixia que amenazaba con derretirles. Quedaban apenas dos horas para terminar la clase, una eternidad para aquellos niños que, nerviosos y agitados, parecían estar sentados sobre una parrilla; tan sólo sujetos por la rápida y eficaz vara del preceptor que, a modo de letal espadachín, contenía a  aquella horda. Y de pronto, abandonada toda esperanza y cuando ya nada se esperaba, se produjo el milagro: por debajo de su bigote y de entre sus dientes, amarillos y en retirada, brotaron refrescantes como una de aquellas olas polares de las que él mismo hablaba, las palabras mágicas:

 -¡Niños, me van saliendo ustedes, sin alborotos, a la calle!-.

Como responde un regimiento a la orden de un coronel, el ruido al cerrar los libros y levantarse del pupitre fue sólo uno; del mismo modo, atravesada la puerta y como poseídos por un loco impulso, igual que haría la tropa sedienta hacia la primera taberna, corrieron  los muchachos a la fuente principal, en el centro del pueblo. A excepción, claro, de los mayores y los más fuertes, que ni tuvieron que hacerlo; los muchos tortazos endilgados en similares ocasiones habían dejado establecido el estatus de cada uno, sin necesidad de ser reivindicado. Sólo era cuestión de llegar y beber, con la parsimonia deseada.

Pasada la euforia inicial, se percataron de todo el tiempo que tenían por delante hasta la hora de comer y de las pocas distracciones que se les ofrecían, y más con semejante bochorno. Y así acabaron, bajo la sombra del viejo negrillo próximo a la iglesia, contemplando el único espectáculo disponible: cómo levantaba una tapia a pleno sol  Perico, el albañil. Contaban los chismosos, todo el pueblo, que estuvo varios años luchando en la guerra de África, dónde era costumbre dormir con todas las mujeres que uno encontraba. Don Satur, el cura, sobrepasado por la situación tuvo que dejar claro en una homilía  que sólo pensar en ello constituía un pecado grave, en concreto mortal: gran pueblo de pecadores era este, pues en lo tocante al sexto, la gesta del veterano ocupaba con el debido sigilo las conversaciones y, a buen seguro, las mentes. Y si éstas, además de  ociosas, estaban sujetas a la inherente curiosidad del pre púber, no cabía esperar otra cosa:

-Señor Perico ¿es cierto lo de las africanas?-, preguntó el mayor y  más osado, secundado por su pandilla.

El hombre, interrumpiendo el trabajo, se giró para averiguar quién lo preguntaba, aprovechando de paso para dar un buen trago del botijo. Le habría soltado un tortazo si no anduviese justo de fuerzas, pero él, hombre astuto a pesar de no ser leído, optó por intentar sacar algún beneficio  de la pregunta.

– ¿De verdad queréis saber cómo son las moras?, ¿o las negras?-, dijo, acompañando sus palabras con unos gestos que, aunque con seguridad no entendían, dieron por completamente obscenos.

No hubo que insistir. A pesar del calor, cogieron unas palas y los capazos con los que se transportaba la arena  necesaria para hacer la argamasa y, raudos, se dirigieron hacia la carretera, en la entrada del pueblo.

Situado éste a pocos kilómetros de la capital, su única vía de comunicación con el resto del mundo, se había convertido en un auténtico hervidero, con un trasiego constante de camiones, coches, bestias y personas que iban y volvían del frente de guerra, establecido no muy lejos. Muchas tardes, terminada la faena diaria, la gente acudía a aquel lugar: los mayores sentados encima de unas piedras y, sobre un enorme montículo de tierra, los más pequeños; todos tomando el fresco mientras veían  pasar  las tropas, principal entretenimiento en los días que el tiempo era bueno.

No habían transcurrido ni quince minutos y ya los tenía allí, otra  vez a su lado, sudorosos, jadeantes y exigiendo con la mirada las respuestas prometidas. Iban a tener suerte, pues era un hombre cumplidor, pero no en ese momento. La idea de hacer enfadar a tanto mocoso no era especialmente buena, sobre todo pudiendo despacharles con un par de frases picantes que, a su vez,  no fuesen tan inapropiadas como para tener problemas con sus mayores. Con esa idea, les emplazó unas horas más tarde, después de la siesta.

Se conjuraron treinta minutos antes de lo previsto, con el fin de abordar una estrategia en su importante interrogatorio y, sobre todo, porque resultaba imposible dormir con ese calor. Una por una recorrieron las casas para reclutar a todos los compinches  y, a la hora convenida,  ya se hallaba reunido el sanedrín bajo el árbol centenario de la plaza. En esas estaban cuando vio el brillo de una porción de metal que asomaba entre la arena en uno de los capachos. Aburrido, pues siendo el más pequeño ni opinaba ni tampoco se lo pedían, se acercó hasta allí y extrajo el objeto, levantándolo sobre su cabeza y reclamando para sí el triunfo por tal descubrimiento. Craso error, pues de inmediato vinieron sobre él, quitándoselo y con empujón añadido. En torno a su tesoro se formó un círculo cerrado de expertos, concentrados en averiguar su naturaleza. Un grupo del que le excluyeron injustamente y que rodeó varias veces, sin éxito;  ni encontraba un hueco ni le dejaban verlo, empujándole constantemente hacia afuera. Alguien había cogido un martillo del albañil y se disponía a golpear aquel cilindro para abrirlo.

Aquello ya era excesivo; aunque  no se sabía en qué palada de arena vino, lo encontró él  y tenía derecho a ser el primero en ver qué había dentro. “Les daría una enorme paliza a todos” se dijo muy enfadado mientras se iba. De hecho, ya se había alejado unos metros, llorando y lleno de rabia, e incluso doblado la esquina del muro de la iglesia cuando le pudo el jaleo de aquellos ingratos:

 -¡Venga, vamos, dale fuerte!-gritaban.

 -¡Qué demonios, si es mío!- pensó, volviendo sobre sus pasos.

Nunca se supo cómo pudo acabar aquella bomba entre el montón de arena y  hubo todo tipo de teorías al respecto: ¿premeditado?, ¿un accidente?; vano consuelo para las familias de los trece niños que, despedazados, cubrieron de dolor y sangre todo un pueblo; abuelas y madres que sólo les pudieron reconocer por los calcetines que llevaban puestos.

Recordarlo aun le estremecía. Habría escapado pero regresó, justo en el momento de la explosión: al asomar la cabeza, en ese preciso instante vio el destello; amarillo, naranja, rojo, fuego.

Fue lo último que vio y  pudo oír: hace exactamente setenta años de aquello y, a pesar del tiempo transcurrido, aun los ve y oye sus gritos, siempre  presentes.

Se acerca a la cruz, apoya su mano y saluda.

Él sin poder olvidar y algunos empeñados en no hacerlo.

Setenta, sesenta y nueve……..

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