Paraiso

 Paraiso

La primera impresión fue de extrañeza. Justo después de habernos amado por vez primera y mientras encendía un cigarrillo, lo vi, ocupando casi la totalidad de la pared que había frente a nosotros, de enormes dimensiones. Primero pensé en un poster de agencia de viajes, con la ordinariez implícita en semejante elección para un dormitorio; pero estaba en un error como pude comprobar cuando le pregunté. Era una fotografía ampliada que había enmarcado. Ni si quiera era de ella, la encontró, como una de tantas, por casualidad en internet e hizo el encargo. Era la típica foto de playa del Caribe u otro lugar exótico, que tomada desde un extremo y bajo un sol de justicia, congelaba un instante de una pequeña cala de arena blanca, bañada por unas tranquilas aguas de color verde esmeralda. Al fondo, arropada y protegida por unas palmeras, una cabaña de madera y techo de palma se mimetizaba con la frondosa vegetación. En el porche de la casa una mujer de cabellos dorados y vestido claro, sentada en el suelo, abrazaba sus piernas mirando al infinito, a un mar en calma que pareciera llamarle, muy cercano, a pocos metros de sus pies. En un primer momento aquello no pareció representar más de lo que en principio era, una bonita fotografía. El paso del tiempo le daría otro valor; haría patente el trasfondo de ese paisaje, para ella vital, convertido en una parte de su ser, en su refugio, en un motivo de calma; el lugar donde esconderse de los demonios y los miedos que siempre acechaban agazapados en su mente y su corazón, esperando una brizna de debilidad para arrancarle a zarpazos el alma. Hediondos y amargos recuerdos de un pasado de hiel y sangre que volvían a su boca a corromper el presente, a derramar las lágrimas que creía agotadas, a levantar la piel de heridas que presumía sanas y que amanecían, tras las pesadillas, pútridas y agusanadas. Todo el dolor y el horror en esas aguas puras se disipaba, con sólo contemplarlas, sin necesidad de bañarse en ellas, sin pisar las arenas blancas. No pude comprender el significado de aquella imagen hasta no conocer lo que le atormentaba; eran las puertas de su Cielo, de su Paraíso, una belleza transformada en tabla de salvación a la que asirse cuando todo era negro; una realidad muerta y plana pero inofensiva y previsible. Y empecé a ver en vez de mirar. Sentí como nunca antes había sentido lo que era amar, decidiendo hacer mío o mejor aún, nuestro, ese lugar. Y muchas noches después y tras mil amaneceres, me prometí, y le hice saber, que aquella tierra, aquel paisaje, sería suyo. No había besos suficientes para compensar su pasado, ni habría jamás el bálsamo definitivo que calmase tanto daño, pero, aunque no estaba a mi alcance regalarle un paraíso, me conjuré para ser esa orilla donde descansar tranquila, ese mar donde purificarse; hacer de su vida el fin de la mía, darle todo el cariño y amor que necesitase.

Así, cada mañana al despertar, fundidos en un abrazo, apurando el tiempo restante para marchar a enfrentarnos con lo cotidiano, con el tedio de la rutina y lo vulgar, era entonces cuando volábamos, yéndonos muy lejos; y juntos caminábamos por esa playa, con los pies en el agua y cogidas las manos; riendo, besándonos, con la brisa fresca como únicas ropas, ajenos a todo y a todos, dueños absolutos de nuestro destino. Y la felicidad lo inundaba todo, arrastrando la inmundicia pretérita, apurando cada instante como si fuera el último, dando sentido por fin a la vida. Y de ese modo, cubriendo de besos el único presente que yo quería, fue como descubrí quién sería en adelante mi hogar, mi refugio, mi sustento; por siempre y para toda mi existencia, mientras me quedase aliento. El dulce e idolatrado rostro que por fin a mi lado sonreía.

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