Aire

Cuando los primeros rayos de sol alcanzaron su piel ella ya estaba despierta; los dos pequeños cachorros de león, temerarios e implacables, lamían al unísono su pie, repasando cada recoveco, cada trocito de él, una y otra vez, compitiendo entre sí, apartándose y luchando por tan apetitoso premio. Les dejo hacer, divertida; esperó y paciente contó hasta mil, hasta que no pudo soportar más las cosquillas, para cruzar después con un ágil salto la estancia, hasta alcanzar la ventana, abriendo la celosía. Desde lo alto de la torre pudo ver como el sol, fiel a su cita, desplegaba su dorado manto de luz, iluminando presto cada rincón de su reino, cada vida: ésta, explotaba una vez más ante sus ojos, abriéndose paso, siendo no por previsible menos deseada ; desde la atalaya del palacio observaba, como si fuesen diminutas hormigas, a todos aquellos que, como llamados por una única consigna, salían presurosos y al unísono de sus hogares, dando comienzo a la febril actividad de la diaria búsqueda del sustento, iniciando cada cual sus rutinas. Algunos, quizás los menos, serían capaces de cuestionarse e incluso comprender cuál era el objeto de todo, el motivo de aquel vital trasiego, mientras ella buscaba a ciegas, constantemente y sin respuesta, el fin último de la existencia. De un manotazo al aire apartó sin dilación tan inoportunos pensamientos; también debía ponerse en marcha, pisar el suelo firme bajo sus pies, ocuparse de lo real, de lo inmediato, de lo que deseaba; y qué mejor que aquello que realmente sabía y quería hacer; aliviar, sanar, cuidar de los demás, dar consuelo. Nació dotada de una extraordinaria capacidad para detectar el dolor a su alrededor, cualquier aflicción del cuerpo y el alma, hasta el punto de que intentar acabar con todo tipo de dolencias se convirtió en su verdadero reto: extirparlas, erradicarlas, acabar con el sufrimiento que produjesen, o en la medida de lo posible, atenuar sus devastadores efectos, minimizarlas, evitando al máximo todo padecimiento. Era el modo de sentirse viva, de devolver una parte de la fortuna por la que se sabía tocada y así, de igual manera, olvidar y camuflar entre la desgracia ajena la oscura pena que atormentaba su alma. Invariablemente, cada mañana atravesaba las puertas de su imponente morada sobre su blanca yegua, sin más carga ni compañía que sus conocimientos, una férrea voluntad y algo mucho más tangible y práctico; un pequeño hatillo con ungüentos, hierbas y pomadas. A medida que avanzaba, a cada paso de su montura, toda actividad cesaba; por doquier, rostros agradecidos, sonrisas y miradas, confirmaban el acierto de su elección, de su generosa ofrenda; cada amable gesto le recordaba que ese era sin duda el mejor camino, la más placentera senda; darse a los demás y recibir todo, entregarse a cambio de nada. Aquello que tanto le reconfortaba, era sin duda lo realmente importante; intangible e indispensable, tan caro, necesario y vital como el aire respirado. Aquel ejercicio diario suponía sin duda alguna lo más aproximado a la dicha, a la felicidad plena que en largos años había experimentado. Inalterado y previsible, como cada día, cabalgaba siempre por el mismo recorrido, asida a la comodidad de la rutina, a la seguridad y certeza que daban pisar terreno conocido; pero aún más importante, evitaba así transitar por el único sendero vetado y prohibido, aquel por el que no quiso recorrer un sólo paso; un sendero sinuoso, escarpado y árido, de nefasto recuerdo, que fatigaba cuerpo y alma, que abría las heridas desangrando, desgarrándole por dentro. Nunca antes dirigió hacia allí su caballo, a pesar de sentirse presa de una dolorosa y perenne atracción por adentrarse en lo desconocido, por abandonarse a su destino, comenzando en ese trecho el final de una angustiosa búsqueda. Y ocurrió aquella misma mañana, sin que nadie recordase en siglos que algo similar hubiera acontecido; un fuerte viento del norte, extraño y desatado, empujaba en esa dirección, con una fuerza e intensidad tales, que no dejaba más opción que ser obedecido. No sabría explicar después el motivo de aflojar las bridas, de ceder ante aquel impulso, ni entendería jamás el por qué, ni el fin de lo que hizo; pero escapando a su control, como por encanto, sin poder ser evitado o detenido, en un acto por completo ajeno a ella, asombrada contempló cómo su blanco animal avanzaba, decidido y presto, a hollar el tan rehusado
camino. No había recorrido ni mil pasos cuando pudo ver, cobijado bajo la sombra de un roble centenario, a un extraño, quizá un mendigo. Aún a esa distancia, pudo percibir algo diferente en él; desprendía una energía que podría no ser natural, adornado de un halo misterioso que rodeaba su figura, dándole una apariencia distinta a todo lo antes conocido. No sin cierta prevención y acercándose despacio, intrigada, pero sabiéndose dotada de autoridad, le requirió por su origen, fines y destino:

-¿Quién es ?, ¿qué necesita?, ¿se encuentra perdido? – preguntó cortes y sobria, interesada por el desconocido.

– Soy un simple mensajero, aunque, en otro tiempo y lugar, fui caballero ungido. Llevo años de viaje y he decido parar un instante a descansar, para después continuar hasta mi destino.

Más ella, reiterando sus pesquisas, curiosa preguntó:

– ¿es acaso posible saber hacia dónde os dirigís y qué buscáis?

Tras una pequeña pausa y con un amago de sonrisa en el rostro, aquel extraño individuo así le contestó:

-con gusto le daré razón señora de cuál es mi camino; me dirijo al Sur, en busca del Palacio de Aire y de la hermosa Arual, su Princesa.

Súbitamente una mezcla por igual de miedo y emoción invadió todo su ser. Estremecida, supo que aquello no podía ser casual, fruto del azar o del caprichoso destino. Más bien, parecía corresponder a la tan esperada respuesta, la solución a sus preguntas, el eco de la llamada silenciosa que su alma gritaba en todo momento, a cada instante de su vida. Le aterraba preguntar quién era y el porqué de su búsqueda, aunque no necesito más, lo sabía ya con certeza: era bien conocido en el reino e incluso puede que más allá de sus límites, que la Princesa no siempre estuvo sola. Hubo una vez un Príncipe, aquel con quién compartió largos años de felicidad y dicha, alguien que lo representaba todo; el puerto seguro en el que refugiarse, el sustento de su vida, el compañero que alegraba sus días, calentaba sus noches y vigilaba su sueño; aquel que de manera constante y sin denuedo le protegía de todo mal, le procuraba el bien sin medida, regaba de alegría sus horas y alimentaba su alma sin límites, con todo el amor que en el corazón de su dueña tuviese cabida . Y obligado partió a otras tierras, pues no hubo más remedio, hace mucho tiempo ya, dejando a su amor, una vida, a su Princesa, desconsolada y abatida. Y así ella, cada mañana de cada día, durante años, al despuntar el alba, iniciaba la búsqueda constante e infatigable de la persona amada. Y así, cada nuevo amanecer de todas y cada una de sus jornadas, cabalgaba hasta encontrarse como ahora, allí, en el camino que le vio partir y del que nunca retornara.
No hizo falta exponer aquello que por conocido excedía; el extraño tenía noticias sobradas de aquel sufrir, de aquella pena que le angustiaba y consumía. Temblorosa y a sabiendas, se atrevió a preguntar:

-¿Se puede saber por qué la buscáis, cual es el motivo?.

-Es cosa simple, mi señora; tan sólo entregar un mensaje.

Los primeros rayos de sol entraban ya raudos por la ventana, con una leve inclinación, iluminando la punta de los dedos de su pie, donde absortos por el milagro de luz, los dos pequeños leones, moviendo únicamente sus ojos curiosos, pacientemente esperaban. Girando sobre su cuerpo, despacio, recorrió todo el ancho de la cama, abrazada a su almohada, oliendo
el intenso aroma de las aún calientes sabanas. De un salto y sin ninguna prisa, enamorada y feliz, con una sonrisa por única ropa, recorrió el corto espacio hasta la ventana. Este fue el primero de todos los que vinieron, el amanecer en el que, de nuevo, por vez primera y para siempre, pudo verlo. A lo lejos, por el camino que nunca antes quiso transitar, avanzaba firme su silueta. Regresaba al lugar que el destino le había reservado, aquel donde librar todas y cada una de las batallas, futuras y pretéritas; dudoso honor el suyo, por caprichoso y cruel, que tan caro precio se había cobrado. Más cada atardecer, cuando el último rayo de sol ya escapaba veloz a otras tierras, a iluminar otras vidas, dando paso a la deseada noche, en ese preciso instante, sentía que él regresaba. Nunca antes dejó de hacerlo y ahora ella lo sabía con absoluta certeza; tornó todo a mejor, diferente; había aprendido a verle, unos instantes antes de caer en un profundo sueño, cogidas sus manos, mirando sus ojos, unidos sus cuerpos. Nunca desapareció, permanecía allí desde siempre, protegiendo, velando, atento; constantemente unido a ella, abrazado a su Princesa, en espera del reencuentro.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s