Por eso mi vida, por eso

Por eso, porque hace muchos años ya que el amor entró en nuestras vidas para quedarse, haciéndonos de él presos. Y fue al contemplar, entre cientos de caras, entre miles de cuerpos, la sonrisa más pura, la más sincera mirada, el más perfecto y elevado alma, fue eso y no otra cosa, lo que me llevó a entregarle mi vida por completo; si, a esa que es tu madre, el soporte de mis días, el báculo sobre el que gestar una familia, la columna vertebral de mi viaje por el páramo yermo que sería la existencia sin ella. La esposa fiel, amante entregada y generosa, mi futuro, mi casa, el único tesoro que alguna vez he poseído. Y cuando la adversidad, la desdicha, sibilinamente entró en esta nuestra vida, no dudamos en ponerle remedio. 

Por eso mi tesoro, por eso; puesto que no quedó alternativa, una fría mañana de enero, tras varios días de calma, control y soledad absoluta, crucé valiente las puertas que nos llevarían al cielo. Sentado, junto a otros tres hombres, esperé paciente mi turno. Las miradas, fijas en el suelo, los nervios a flor de piel y la inequívoca sensación de estar haciendo lo correcto. Una señora de edad, que renunció a la belleza en su día, de figura anti erótica, aniquiladora de libidos, enemiga de la simpatía y eficaz revulsivo para los bajos instintos, acarreaba ufana los botes de muestras; distaban mucho de ser barreños y superaban con creces el tamaño de un dedal, en proporción adecuada para dichos menesteres. Con una orden y un adusto gesto, me indicó la puerta de acceso, contigua a aquella salita donde cabizbajos sufríamos e, inmediatamente y sin mediar palabra, entré raudo en el paraíso de Onano. Según me indicó, disponía de varias opciones, a cuál más práctica y apetitosa; la consabida revista de cópulas desatadas, bien ilustradas y a todo color, o bien una de las mejores películas del género, la archiconocida como el summum del porno, la cuatro Ces, “Conejitos calientes calentando Crevillente”.

 Por eso, luz de mis ojos, por eso, comido por las dudas, me dispuse a ejecutar mi cometido, aunque rápido surgió el primer problema; la triada placentera, revista, mandoble y receptáculo, excedían en numero a las manos. Pensé en pedir ayuda, avisar a Nosferatu, pero sólo la simple idea produjo en mí una retracción tal, que retrasó considerablemente el acto, pues escondida, retrotraída y aterrorizada pasó la homenajeada un buen rato. No quedó más alternativa que recurrir al Levante; al poner en marcha el video y para gran consternación, comprobé que no estaba rebobinado y una señora ya muy relajada, retornando del éxtasis, era sobrepasada por los créditos de tan digna producción; más cual fue mi sensación de engaño, cuando horrorizado pude ver que la película no era valenciana sino grabada en Galicia, lo cual era una indignidad; debería haberse llamado ” Conejitos calientes calentando Orense”. Distraído en semejantes cuitas, perdía concentración, mientras la tensión se acumulaba. El tiempo, mientras tanto, implacable pasaba.

Por eso espejo de mi alma, por eso, y a pesar de la presión, pude retroceder la película lo suficiente para comenzar tan ardua tarea y, puesto manos a la obra, comenzó tan placentero proceso. Tras la puerta, escuchaba perfectamente como dos hombres conversaban sobre situación tan inconveniente; dos enfermeras, a lo lejos, buscaban afanadas unos informes mientras en la calle, ajeno a todo ladraba un perro; en el video, una pareja de los años sesenta hacían algo parecido al Zumba, una suerte de equilibrismo coital, sobreactuado, pero con buena cadencia, transmitiendo verdad,sobrio, elegante y certero. Perseverando, concentrado, pese a la estimulación negativa de aquel contexto, tras una eternidad pero crecido, resulté campeón indiscutible en estas lides, pudiendo acabar tamaña gesta; después, humillado, con la sensación infame de verme observado, entregué el poco producto de tan desproporcionado esfuerzo. La mujer, ávida por terminar, fría, arpía carente de todo sentimiento, cogió la muestra como si del mas terrible Ébola se tratara; llevando, sin ningún mimo, el objeto de mis desvelos, mis genes más queridos, las células más deseadas, el más costoso y dicharachero de los fluidos, lo que vendría a representar un potencial primer y segundo cursos de Primaria.

Por eso flor de mis días, por eso y porque pasaron varias semanas; duras, sin recibir noticias, con la angustia de no saber que ha sido de tu muestra, de esa parte de ti; ¡que sola estaría, en una fría probeta!, sólo un número o una letra, carente de todo lo básico, agotada por la espera; y me atormentaban las dudas, si habría sido suficiente, si habría cumplido su cometido, si tendría que repetirse o qué pudo haber sucedido. Por fin el teléfono sonó. Ya juntos los dos, las manos entrelazadas, frente a la ginecóloga, nerviosos y esperando el cielo prometido, nos encontramos con una encuesta, tendenciosa, pero a la que no procedía negarse;

  • ¿Fuma?
  • Por supuesto
  • ¿Bebe?
  • Faltaría más, la duda ofende
  • ¿Algún tipo de drogas?
  • Todas sin excepción, incluidas las venideras
  • ¿Exposición a alguna fuente de energía o sustancia radiactiva?
  • No pasa un día sin que un Rayo X me atraviese
  • ¿Enfermedades de transmisión sexual?
  • Sólo las más conocidas
  • ¿Toma alguna medicación?
  • Me pasa usted el Vademécum y ya se lo subrayo

Ni corta ni perezosa, la doctora comienza a emitir su informe, mientras nos tememos lo peor. Tras unos interminables minutos, como un bofetón en el rostro, dispara su cruel discurso: -en los anales de la medicina jamás se ha contemplado caso similar; nueve de cada diez espermatozoides están seriamente dañados, contrahechos, cara circunspectos, en la absoluta ruina física y moral, prácticamente un desecho. Y que decir de la movilidad; nueve de cada diez no se mueven, y el otro restante, vertiginoso, a una velocidad trepidante, cruza el líquido seminal, eso sí, en dirección contraria.

Por eso amor de mi vida, por eso, y viendo su cara, supuse que las noticias no serían buenas; pero como hombre optimista que soy, que siempre confía en la suerte pregunté, para concluir, por las probabilidades de éxito;

– hay un uno por ciento de posibilidades de producirse una gestación natural- dijo.

– ¡Un uno por ciento!, ¡estoy que lo regalo, menudas cifras! – exclamé, corriendo por el despacho, a voz en grito, orgulloso, henchido de júbilo.

Por eso mi vida por eso, yo soy blanco y tu eres negro; por eso mi vida por eso, hasta ahora te lo hemos ocultado; si, lo confieso, me temo que eres adoptado.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s