Pensacola

¡En qué maldito momento decidí salir de Ávila! Buscaba aventuras, buenos dineros, un futuro brillante, arrimar el hombro para sostener esta patria mía, la gloria como fin último. Y aquí estaba, en estas nuevas tierras americanas, en una guerra secreta, oculta, rodeado de una miríada de razas, camaradas distintos a todo lo que hasta ahora conocía. Era cierto, y así fuimos alentados, que había un objetivo compartido; expulsar la canalla inglesa de estos territorios.
Como una pestilente marea, de modo progresivo y sin tregua desde hacía ya siglos, la política y objetivo inglés, maldita raza, no eran otros que menoscabar, robar y erosionar, donde quiera que fuese, cualquier interés español. Y aquí nos encontrábamos todos, cada uno cargado de
profundas razones, patrióticas, pecuniarias o simplemente intentando sobrevivir, pero por encima de todo, con un único nexo en común; el miedo terrible a una muerte inminente.
Alistado en la Habana, esa perla enfangada de miseria humana, no podía siquiera imaginar lo que sería la guerra, la de verdad. Ahora sí. El elegante uniforme, cuidado e impoluto con el que paseaba por el malecón, lucía tras varios combates cual sudario, repleto de todo tipo de inmundicias. Agazapado en lo que querría ser una trinchera, en espera de la señal de ataque, repasaba lentamente el mapa de la violencia y salvajismo que lleva implícito todo conflicto, reflejado en cada pedazo de tela de mis ropas. Los puños de la manga, otrora almidonados y limpios, se mostraban como una suerte de paño de matarife, del color pardo y negruzco de la
sangre coagulada. Cuando tocan a degüello, en el cuerpo a cuerpo, al atravesar una barriga y, en contra lo esperado, el enemigo no cae o desfallece, es entonces, teniendo que acuchillar una y otra vez, cuando te das cuenta de lo difícil que puede ser matar. Difícil a la par que sucio.
La vista se desplaza ahora a la pechera, adornada con un rosario de gotas negras de un cuello atravesado; una arteria bien seccionada garantiza la posibilidad de continuar con otro enemigo, dejando al anterior encomendado al Señor, si lo tienen, estos perros. En cada muslo, cual camino ancho y sinuoso, dos enormes manchas dan fe de lo mucho reptado en charcos de sangre, de las más diversas procedencias, de enemigos y aliados. He vertido mucha sangre, mucha, y hasta ahora, sin perder pizca de la mía.
Reparten munición y viandas. Sólo se escuchan los gritos de los suboficiales, sobrepasando el murmullo de cientos de almas que se encomiendan, a la Virgen, a sus dioses, pero todos a una buena muerte o mejor aún, a esquivarla. Corre de mano en mano el pellejo de ron; todos
tenemos valor, pero no está de más ayudarle. Repaso con los dedos, otra vez, el filo de la bayoneta. Observo los ojos enrojecidos de mis compañeros de sangría; ojos de angustia, miedo y esperanza, en otros tantos rostros, blancos, negros, indios, mestizos…reflejo de lo variopinto que puede acoger nuestra España. Se acerca el momento. Estamos a las puertas de la muerte
o de la gloria. Cierro muy fuerte los ojos, recuerdo unos instantes quién soy, de dónde vengo, y a la señal, de un salto, con un alarido y el empuje del honor de otros que me precedieron, me uno a la marea de lucha que durante siglos ha engrandecido y forjado mi patria.

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