Otro bonito cuento de Navidad

Sentado frente al enorme ventanal, absorto en el lento caer de los primeros copos, tuvo la certeza de que este año que hoy acababa, seria especial. Había dispuesto del tiempo necesario y sido meticuloso en la preparación; la carta salió puntual a su destino, en connivencia con el conserje que amable e incluso perruno, se acercó a Correos para dar curso a su demanda. ¡ Cuanta gente que le quiere, Don Manuel! exclamó con una sonrisa cínica, cuasi burlona, mientras raudo guardaba en el bolsillo la nada escasa aportación pecuniaria que le fuese prometida. Con una forzada mueca por toda respuesta, le hizo ver su gratitud, tan necesaria como fingida; no le soportaba ni lo más mínimo, pero era el único enlace rápido y certero del que disponía y total, sólo era dinero, lo único que tenía en demasía. Nervioso, las puntas de los dedos repetían en el aire el machacón redoble de un tambor imaginario, sólo reconocible en su cabeza. En el viejo reloj de pulsera, el tiempo parecía haberse parado; la boca, bañada por la enésima regurgitación de galletas con cacao, se asemejaba a lo que entendía debía ser el desierto, formada ya una pasta seca adherida a los escasos dientes, lo que le producía una enorme angustia vital, ante la sola posibilidad de tener una peste por aliento; y no, hoy aquello no era aceptable. Dependía totalmente de los trabajadores del centro; sus brazos, antaño fuertes,se habían convertido en unos remos inútiles, dos colgajos casi inertes, incapaces de dar la mínima prestación, yendo, por desgracia, a la par con el resto del cuerpo. Con la escasa voz que conservaba llamó a una joven auxiliar que desbordada, trajinaba entre tan caduco y centenario paisanaje . – Si, ¿que desea?- preguntó, contenida unos segundos, mientras su cuerpo y mente se aprestaban a continuar su camino. – Tengo la boca como los pies de Cristo después de andar por el desierto- buscó escandalizar; ¿sería posible me trajese agua o algún colutorio con el que hacer gárgaras?. Sólo tardó treinta minutos, desesperantes, eternos, en los que deseó para ella y a cada vejestorio que le entretuvo, la peor de las suertes; treinta minutos en los que sintió, visualizando incluso, como la galleta, rica en fibra, sin apenas conservantes y con trazas de limón, cuajaba, se iba fosilizando, tapiaba cual adobe cada milímetro de la boca, lengua y encías, generando sin duda un olor que podría tumbar al más curtido forense. De manera increíble, obsesiva, torpe y probablemente ineficaz, repasó con el cepillo que le entregaron cada rincón de la boca, eliminando todo resto de impureza, de vejez y repulsa. Ahora se sentía mejor, preparado. Las manecillas del reloj avanzaban veloces, como el día. Hacía un buen rato que los copos caían implacables, aumentados su frecuencia y tamaño, lo que empezaba a resultar preocupante; entre aquellas cimas, la nieve podía caer en tal cantidad que quedaran bloqueadas las carreteras; ¿ le afectaría?. Eso no tendría que pasar, no debería. A medida que la fina capa blanca cubría las laderas de la montaña frente a él, el suelo del patio y el alfeizar de las ventanas, una incipiente angustia oprimía su pecho, incrementada con cada centímetro acumulado, disparando los latidos de su maltrecho corazón, tapizando de pena los pulmones, impidiendo al aire encontrar su camino. ¿ Era justo?, ¿acaso una burla del destino?, ¿ llegaría a tiempo?. Durante años, mientras conservó las fuerzas, con la vanidad campando por sus fueros y con la autosuficiencia por bandera, no necesito a nadie; es más, le sobraban todos: no había sensación más repugnante que el exceso de cariño, la muestra repetida de afecto, el abrazo tierno, la suave caricia, siempre de más, prescindible, incomoda y superflua; la sonrisa amable, la cálida mirada, el roce de una mano que desencadena el más deseado sentimiento, el amor puro, entregado e imperecedero; todo un auténtico compendio de mierda, un subproducto infecto del Averno, para mentes blandas, corazones melindrosos, para memos; en unas fechas en las que la gente se lanza a mentir, obligadas a fingir, donde las palabras felicidad o amistad apestan acechando por doquier; días de paz y amor, conceptos tan falsos como efímeros, envilecidos de tanto uso; muladares de buenos propósitos que se extinguen al exhalar la última letra, abismos oscuros donde arrojar la bondad, después de digerida y seca; hez postrera y colofón a este perenne circo de engaño e inocencia. Y allí estaba ahora, inmóvil, de manera incomprensible con los ojos acuosos, extraños, inundados por una irreconocible y exasperante pena, a la que siempre fue inmune; y así se encontraba, atrapado en una suerte de melancolía de todo aquello que siempre rechazó, de lo que nunca procuró, de lo que nunca tuvo y que cuando lo hubo, ineludiblemente renegó y deshizo.

Lenta, implacable y de forma agónica el día se agotó, resaltando por última vez el manto blanco en la incipiente noche, como desaparece todo resquicio de luz al adentrarse en un negro túnel. No podía huir, ¿a dónde?, ¿de qué hubiera servido?, es más, no lo deseaba; no quiso moverse de allí, permaneció inmóvil, en espera, bajo la intensa luz interior, proyectada su cautiva imagen en el enorme ventanal. Mientras fuera, en la fría vida oscurecía, dentro, la imagen de su cuerpo y rostro ganaba intensidad. Fue súbito, en un instante, cuando lo vio; junto a él, puntual como siempre fue, fiel a la cita. Justo al lado, apoyada la mano en su hombro, con la mirada más tierna que pueda existir, su padre le contemplaba, sosegado y sonriente, tras una infinita y paciente espera. No pudo ver más. Cayeron sus párpados, arrasados los ojos en lágrimas, todas, las últimas en esta Tierra.

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