Helena

Sentada frente a la ventana Helena fantaseaba con lo que pudo ser y quizá nunca sería, soñando despierta con una pasión que jugaba traviesa a colarse en su cama, como si invocarla no fuese una treta más para ignorar la pulsión que anidaba en su mente, el ardid de tahúr que retenía sus manos, huyendo así, muy quieta, de lo que deseaba hacer. Podía deberse al sofocante calor de aquel agosto que amenazaba con ser eterno, a la calma de esta ciudad inerte, muerta a golpes de siesta, o simplemente a la presión de saberse observada por Piojo, su gato, que desde su fingida somnolencia ejercía de implacable conciencia. Todo contribuía a mantener sus dedos alejados del teclado.

Estaba en pleno proceso de recomposición, intentando atrapar los pedacitos de cielo en que quedó dividido el universo cuando estalló su estrella, ese día en que la oscuridad cubrió con su manto de pena todo brote de dicha castigando, envidiosa, el agravio de una vida repleta de la luz de su sonrisa. Y ahora solo notaba el frío que ella dejó, la escarcha infame que cubría sus horas, helando la calima de aquellos días.

Desperezándose hasta el límite de la luxación y dispuesto a dar batalla el felino se incorporó y se puso en marcha. Exactamente cinco pasos, un giro y de nuevo tumbado, vigilando la extensa sabana que era la mesa del escritorio. Un gesto simple pero efectivo, suficiente para llamar su atención, recordándole con su presencia que aun quedaba vida. Por eso estaba allí, desde hacía años, preparado y esperando el momento que habría de llegar, aunque ella no lo supiese.

Quería contar una historia, hilvanar con palabras cargadas de dolor un paño lo suficientemente grande como para cubrir el hueco que dejó el astro perdido, pero las ideas huían antes de poderse concretar, atemorizadas por no estar a la altura. Necesitaba tejer un vendaje que curase sus heridas, pero las finas cicatrices aun no soportaban el peso de su tristeza. Deseaba reparar aquella red hecha jirones por la que escapó su sirena, pero cada vez que lo intentó quedó atrapada entre los nudos de lágrimas que, indisolubles, trenzó su pena.

Y Piojo lo sabía. Nada le era ajeno y más en cuestiones del alma. Solo él era capaz de adentrarse sibilino en los rincones donde dormita la voluntad, prisionera del miedo; y una vez allí, con sus afiladas garras, liberar la voz, el grito y el dolor, transformados en palabras.

Fue entonces, estirándose una vez más, cuando con estudiada desidia empujó con su pequeña patita los dedos de Helena hasta el teclado.

El patio de mi casa

I

Desnudo, tumbado en el patio a pleno sol y sin protección; así pasaba los días, viendo el vuelo de los aviones que, a buen seguro, iban cargados con los privilegiados que podían huir. Según noticias extraoficiales eran pocos, pero aun existían: lugares donde quedaba agua en abundancia.

Cubrió sus ya inservibles atributos con un sombrero de paja, se puso las gafas de sol polarizadas y estiró el brazo hasta alcanzar la botella. Era un regalo de su sobrina, alta funcionaria de un organismo supra estatal, traído desde Canadá; una caja con seis envases de medio litro de agua natural tratada: todo un lujo.

Había podido enfriarla lo suficiente como para emular aquellos años, ya lejanos, en los que el agua salía fresca e inagotable por los grifos; un motivo suficiente para dilatar en el tiempo el momento de abrirla, recreándose en el placer que estaba por llegar.

Sabía que aquello no era del todo correcto, ratificando con su comportamiento el egoísmo inherente a su especie, pero eso ya no le importaba.

Viudo desde hacía diez años con ella no solo se fueron amor y compañía, también parte del lote de supervivencia que tenían asignado, reducido así al mínimo.

Mohamed, el alcalde del pueblo, había sido muy claro: siendo mayor de ochenta, enfermo y viviendo solo, estaba en el rango de ciudadanos amortizados; y por si quedaba alguna duda lo justificó enviándole la Orden Ministerial de la República que establecía la norma.

¿Norma? ¡mis cojones!-le espetó iracundo-. ¡Sesenta años pagando impuestos y ahora me vienen con restricciones!

La primera vez que les entregaron las raciones mensuales para jubilados no cotizantes se pasaron la noche entera llorando. Se adjuntaba una carta del ministerio de Salud y Caridad instándoles a comprender lo precario de los tiempos y de cómo era necesario el sacrificio, priorizando los recursos para los más jóvenes en base a estrictas razones reproductivas y de producción.

Aquella pequeña caja contenía el sueño de todo hombre de finales del siglo veintiuno:

  Cinco latas de harina de mar que, según un amigo que vivió en la costa, extraían con grandes redes de los mejores caladeros: una selecta masa compuesta por microplástico, petróleo, algunos peces y algas. La mezcla, una vez triturada,  se esterilizaba y envasaba como un fino polvo.

  Además otros cinco envases con pasta de proteína animal, y para eso no se necesitaban tutoriales: en la árida Castilla se producían las mejores cucarachas de la República. Un manjar al que añadían, cuando había abundancia, saltamontes y grillos. Hablaban, aunque sin pruebas, de lotes enriquecidos con unos roedores que nadie había visto y con los que se nutría a las élites; algo imposible de demostrar y que podía llevarte a la cárcel con solo mencionarlo.

  Por último cinco más de papilla con esencia vegetal, fabricada con hojas importadas y raíces seleccionadas de ciertos arbustos cultivados en las reservas estatales del norte.

Todo ello, por supuesto, deshidratado.

De ahí la importancia de pertenecer a una familia lo más extensa posible. Las autoridades garantizaban una instalación de captación del rocío de la mañana para cada quince personas, mientras que a las familias de menos de tres miembros se les entregaba, de manera única y excepcional, una depuradora thermopix para la reutilización de la orina; eso sí, con el mantenimiento por cuenta del usuario.

La suya empezó a fallar a los cinco años de uso, al parecer por el filtro, una pieza cuya distribución era  competencia exclusiva de cada ayuntamiento. Además, para su desesperación, era su caprichosa próstata la que marcaba los ritmos.

Armado de paciencia, y con el cartucho inservible en la mano, cruzó la puerta del consistorio y se sentó a esperar en el banco habilitado a tal efecto.

Colgado en la pared y con la mirada penetrante el retrato del presidente y líder del partido único “Unidos Oremos”, el doctor Ben Amí, lo observaba todo.

Habían pasado más de cincuenta años desde la Guerra de las Autonomías y este era el resultado: un nuevo concepto, la República de las Comunidades Ibéricas Islámicas, nacida a partir de una corriente socio política de mediados de siglo: el islamismo amable.

Y allí estaba él, un provocador e inadaptado pertrechado con su camiseta del considerado último Papa cristiano, Juan Pablo II, exigiendo un filtro de orina que, según la decencia pero en contra de las ordenanzas, le correspondía.

Todo comenzó mucho antes, en pleno proceso de infantilización social, cuando la gente empachada de lo que creía libertad comenzó a votar masivamente su tumba.

Eran tiempos de cambio, aquel primer cuarto del XXI, y por ello absolutamente necesario invertir el laborioso y sangriento proceso que había llevado a la civilización occidental a una de sus mayores cotas de igualdad, de relativa paz y a un cierto equilibrio. El momento idóneo de transformarlo todo dejando atrás el pasado: y qué mejor modo que domesticando a la población a golpe de intransigente tolerancia hasta convertirlos en imbéciles desmemoriados, una masa entregada  mecida en brazos de corrientes arcaicas y obsoletas disfrazadas de modernas panaceas. Una batalla incruenta de la que salieron victoriosos quienes supieron mezclar, con habilidad y perseverancia, la absoluta sumisión y una demografía apabullante.

Y allí estaba él, un viejo cascarrabias superviviente en aquella larga posguerra; bajo la atenta mirada del amado líder, luchando por tener operativo un artilugio con el que poder beber su propia orina.

Continuará…

II

-¡Que Allah sea contigo!

-¡Y con tú espíritu!-contestó ufano el viejo carcamal.

Tenía que reconocer que le encantaba tocarle las narices a Mohamed, el alcalde. A su avanzada edad y ya con un pie en la tumba pocas cosas le podían asustar; por eso coqueteaba con la blasfemia siempre que tenía ocasión, aun a riesgo de ser lapidado al amanecer. Y conste que no era del todo inmune a aquella amenaza: odiaba madrugar.

-¿Que vamos a hacer contigo Paco?-preguntó conciliador. No te integras ni haces esfuerzo alguno por participar en la vida de la comunidad; te dedicas a pasear con esa camiseta  que ofende a todos, y en el mes sagrado pones a todo volumen esa música antigua e infernal…

-¿Infernal el Fary?-saltó de inmediato. Será mejor ese grupito moderno vuestro, Los Alegres Mártires del Zoco…

-¡No me interrumpas, por favor!-le recriminó sin perder la calma. Todos los días recibo alguna queja de ti. ¿Quién se bebe el alcohol del dispensario de Salud? ¿Cuántas veces ha tenido que ir a tu casa la patrulla de Moral y Orden de la Guardia Civil?…

-¡Menudos gilipollas!-pensó. Le tenían manía desde lo de Bartolo.

La verdad, no fue para tanto.

Desde que se extinguieron los corderos, igual que el resto de mamíferos, la ceremonia del sacrificio se retransmitía por televisión en una gran pantalla colocada al efecto en la plaza del pueblo. Se proyectaban imágenes antiguas, rescatadas de RTVE y repetidas un año tras otro y, a pesar del interés de la población, la sensación evidentemente no era la misma. De modo que el día que llegó la noticia la expectación fue enorme. Una empresa japonesa, viendo el potencial de negocio, creó el Honda Bartolo; un cordero artificial hiperrealista, tan perfecto que era indistinguible de uno real, de esos que salían en los documentales de granjas. Su balido, su sangre reutilizable, hasta sus excrementos con olor a excrementos resultaban creíbles.

El día que llegó al pueblo una comitiva con todas las autoridades le salió a recibir, dándose desde el minarete tan importante noticia; si, cierto, pero en árabe.

A pesar de estar apuntado a clases él solo sabía decir cuatro cosas: palabrotas, maldiciones y la clásica coletilla de cristiano; ¡ay por favor dame algo!¡una paguita aunque solo sea…!, con lo que, si lo oyó, nunca supo que decían.

Ocurrió una semana más tarde, cuando volvía del centro médico de su rutinario tacto rectal. Como siempre que iba allí aprovechaba cualquier descuido del doctor y empapaba en alcohol un buen trozo de algodón que rápidamente colocaba bajo su labio. Si, ya apenas tenía encías, pero la alegría era muy grande.

La misma que sintió al ver corretear entre los cactus que rodeaban el ayuntamiento a aquel hermoso borrego. Corriendo como un loco, y poseído por un ataque de hambre tan desproporcionado como desconocido, sacó del armario la escopeta de su abuelo y, sin dudarlo, abatió al pobre bicho.

-¡A ver, que yo he venido aquí a hablar de mi filtro!-intentó cambiar de tema.

-Por eso mismo. Muchos se preguntan si de verdad lo mereces-apostilló el dignatario.

Le daba completamente igual. Conocía perfectamente la ley que le amparaba: el Consejo de la Unión Europea de Repúblicas Islámicas establecía que en cada localidad con más de cien habitantes debería haber como mínimo un cristiano. Era obligación de cada estado garantizar su supervivencia y dotarle de unos derechos básicos que habrían de ser respetados: aunque fueses un inadaptado y el asesino de Bartolo.

-Pero no te preocupes: hemos pensado en una posible solución-dijo Mohamed sonriendo, para intranquilidad suya.

III

Desnudo, tumbado en el patio y a pleno sol, así pasaba ahora los días; contemplando la fina estela de los aviones que,  diminutos y a miles de metros de allí, podía tocar con la punta de los dedos. Quizá fuese cierto lo que decían, que volaban cargados de esperanza hacia otras tierras, a lugares increíbles donde los hombres podían permanecer por siempre solteros.

Cubriendo con el turbante sus atribulados atributos, dio un  trago al vaso de agua, vertiendo el resto sobre su arrugado abdomen, dejando fluir el preciado liquido entre los pliegues sinuosos de su piel, como lo hacían los ríos de su infancia.

Ahora le sobraba toda.

-¡Piénsalo bien, Paco!-le dijo aquel día el alcalde, muy serio. No vas a tener otra oportunidad como ésta.

Fue un mes antes de su drama. Después de cumplir con sus oraciones, Abdelmajad el cojo, a la sazón el herrero del pueblo, caminaba como todos los días el corto trecho que separaba su casa del vertedero, en busca de material que reciclar para su fino trabajo. Desde lejos se le podía reconocer, zigzagueando como si huyera de un de un francotirador, arrastrando la pierna, inútil como consecuencia de una desgracia acaecida en su más tierna infancia, cuando estando en la cuna su hermano de noventa kilos se sentó sobre él, rompiendo la extremidad por muchos sitios.

Ese día aciago, movido por un presagio, decidió abrir una nueva vía en la inmensa montaña de escombros, convencido de que tendría un golpe de suerte. Y vaya si lo tuvo. Fue al aproximarse, en una zona virgen de cualquier pisada cuando bajo la pierna inerte sonó un pequeño “clic”. Aunque él nunca estuvo en combate, había visto las veinticinco películas de Rumbo, el héroe yemení y supo de inmediato que aquello era una mina antipersona. Asustado y viéndose perdido, según dijeron después, solo le cupo esperar a que pasase alguien: y si, un testigo le vio desde lejos como agitaba los brazos, pero esa fue su desgracia: le perdió su conocida simpatía, pues devolviendo lo que creyó un saludo, aquél continuo su camino.

La explosión retumbó por todo el pueblo y en pocos minutos la noticia ya era de dominio público. Juntos lograron recoger en poco tiempo los restos y entregarlos a la desconsolada familia: sus ochos hijos y Fátima, su viuda, a quien, a pesar del burka, todos llamaban la fea.

Levantándose de la tumbona y con mucha parsimonia, se colocó  la chilaba y se ajustó el turbante. Desde la puerta del patio miró hacia atrás y se detuvo unos instantes a contemplar, una vez más, la nueva realidad que le había tocado en suerte: la de aquella prole anárquica y ruidosa que había invadido su vida y su casa y, cómo no, a su delicada esposa: esa que, picarona como la recién casada que era, levantó sin pudor su velo la noche de bodas, en una clara señal de amor  y como promesa de lascivia, mientras sonreía coqueta con su boquita de piñón: literal, tan solo adornada por un único diente.

No se despidió, ya todos sabían a donde iba.

Un día más, terco en la rutina adquirida desde el momento en que cambió su estado, caminó hasta aquel lugar, arrastrando los pies, una y otra vez, por cada rincón del vertedero.

Con tesón, aferrado a la esperanza de poder librarse de la sed de una vez por todas; convencido de que, según el precio, el agua estaba sobrevalorada.

Generoso

Desde el altozano que dominaba el pueblo Generoso pensaba con una mayor claridad de lo que habitualmente hacía. Era la perspectiva le dijo el maestro, pero para él era más bien cosa de los gases: aquellos que podía expulsar libremente sin verse sometido a reprimenda alguna o condicionado por moderneces como el decoro; y ya sin esa presión cavilar era algo sumamente fácil.

Cortando la longaniza bajo la atenta mirada de Sisobra, su fiel chucho, calculaba el número de familias que poblaban la localidad en aquellos inicios de los años sesenta. Aproximadamente unas cien-pensó- que a razón de cuatro o cinco zagales por camada arrojaba un total de…muchísimos.

Teniendo en cuenta el lícito desahogo carnal conyugal, las desatadas pasiones generadas en ésta bucólica zona a causa del agua y la tendencia natural de la juventud a echarse al campo ya de anochecido, esos cálculos podrían quedar cortos y verse triplicados en apenas unas décadas.

Él conocía bien las consecuencias del desenfreno  y la dificultad que suponía mantener el orden una vez que se liberaban los instintos de la carne. Blasa, la coneja parda que tuvo hace dos años le mostró el camino: un tropel de pequeñas criaturas que alimentar, recursos agotados por la exigencia de tantas bocas hambrientas, carencias, enfermedad y después la muerte.

Un nudo de imposible disolución se hizo fuerte en su garganta; el vértigo ante tal reto, una desconocida sensación de mareo y el intenso latido de las venas del cerebro le hicieron temer lo peor: el terrible pataflús. Ese mortal y silencioso enemigo que acabó con el Nicasio un negro día obrando en la huerta; o con Liborio, en Peñaranda, la última noche que se fue de putas.

Cogió aire y se agarró a las piedras. Estaba tan lleno de emoción como henchido de orgullo: él sólo, sin ningún tipo de ayuda, había sido capaz de hacer un diagnóstico certero del problema latente que amenazaba el pueblo y que nadie antes supo ver; ni tan siquiera las fuerzas vivas, más instruidas y preparadas. Era su obligación dar aviso, con urgencia, y ponerle freno a aquel fornicio sin control o serían pasto, en pocos años, de una catástrofe demográfica.

Él, a buen seguro, no lo vería, pero en esa mañana de dicha quedó grabada en su haber la revelación que necesariamente debía ser extendida: en el siglo veintiuno la España rural sería presa de una nueva plaga bíblica, un mal nacido de la concupiscencia y la lascivia y el origen de cientos sino miles de conflictos. No lo habían visto las mentes preclaras, pero para sus capacidades resultó ser un juego de niños: hablaba ni más ni menos que de la temida superpoblación, una debacle similar a la que generó, presa del vicio, la receptiva Blasa.

Temblando bajo la presión del pleno conocimiento adquirido y agotado por el cúmulo de emociones aflojó la tronera y expelió satisfecho; preparada su mente, una vez más, para nuevos retos.

El otro viaje

Observando las olas a través del ojo de buey Reinaldo Nunez no pudo evitar recordar el día que comenzó su viaje, hacía ya más de dos años. Era el primogénito, el responsable de buscar una escapatoria a la miseria que impregnaba sus vidas desde que tenía memoria. La mirada penetrante de los que quedaron atrás, cargada por igual de hambre y esperanza, constituía el único motivo para continuar entero.

Moviendo la bayeta con rapidez intentó borrar de su mente la imagen de la familia que, firme en aquel muelle y perenne sobre sus hombros, dejó a mil millas de allí. Ya apenas le dolían los brazos acostumbrado como estaba a trabajar durante extenuantes jornadas, espoleado por el peor y más eficaz de los látigos, el autoimpuesto para huir de  la extrema necesidad.

El crucero rebosaba actividad: un flujo constante de personas ejecutando un simulacro del estilo de vida que nunca podrían llevar; gente corriente jugando a ser otra en su arrogante ignorancia digna merecedora de la mejor atención; una masa movida como un delicado rebaño, acarreado mansamente por la necesidad de experimentar una dulce ficción, poseídos por la perecedera sensación de vivir rodeados de lujo.

Y solo por eso, con ese único fin, miles de insignificantes hormiguitas como él recorrían el buque. Huidizas, cabizbajas y serviles, prestas a recoger el enésimo desperdicio caído de las manos de un torpe; pertinaces en la ingrata tarea, a modo de Sísifo filipino, de abundar en la exquisita higiene de cada retrete sucio, pendientes de toda inmundicia para hacerla suya, de su plena incumbencia, como si fuese un tesoro. Inmóviles y casi invisibles, cual perro de caza, en atenta espera de la orden para correr en pos del deseo ajeno, de cada capricho por estúpido que fuese. Ausentes, desplazándose como autómatas por aquel laberinto, refugiados en la siempre presente carestía que les llevó hasta allí y a la que se aferran para poder resistir; resignados a hacer real el sueño de otros, a padecer su fatua ilusión.

Solo las esporádicas llamadas a casa, cargadas de mentira y melancolía, aportaban una pequeña dosis de paz en su guerra, ya perdida de antemano, contra aquella locura: la de una enajenada ciudad flotante que desperdicia la comida suficiente para alimentar durante años a toda su aldea, que despilfarra una ingente cantidad  de agua  ante los atónitos ojos de aquellos que saben bien lo que es vivir y beber en las cloacas; habitantes de ciudades contaminadas, de aldeas y costas saturadas por la basura que genera, a cada instante y en todo el planeta, con un gesto inocente, cada anónimo viajero.

Un nuevo puerto, otra ciudad, pero siempre la misma. Un nuevo día, otra jornada, pero sujeta a su invariable rutina.

***

Tumbado sobre el catre de su angosto camarote y con la mirada fija en el blanco techo imagina una noche cuajada de estrellas, mecido sobre cubierta, con la suave brisa del mar acariciando su rostro. Ese aire cargado de pena y sal que le transporta a su pueblo en cada sueño; el mismo viento que, imparable, atraviesa los océanos para llevar sin demora una brizna de esperanza a aquellos a quienes ama y le esperan.

Infinitamente más arriba, en el pequeño paraíso que él limpia, la fiesta continua; todos ajenos por completo a su afán y a la firme  promesa que cumplirá mientras tenga fuerzas.

Resignado se deja llevar, sin lamento alguno: entregado a su suerte y a merced de las olas que moldean su destino, expuesto a los vaivenes de la caprichosa fortuna; uno más, uno de tantos que, como él, embarcaron sin pedirlo en el lado gris de la vida; en un triste sendero del camino común, el otro viaje.

Sin pasión alguna

Esperó prudente a que pasaran unos días para acercarse al nicho. La noticia voló malintencionada, dirigida a carcomer la poca conciencia que decían le quedó tras abandonarla. Vano intento. Estaban allí, cada uno a un nivel distinto del suelo, como lógica consecuencia del extremo hastío que anidó muchos años atrás en su lecho; cierto, la coyunda con aquella insaciable mujer supuso la experiencia más increíble que se pueda conocer y más aun si se sobrevive. No era una cuestión de pasión desbordada, que también; ni si quiera dejar la posibilidad de que surgiese el deseo, abordado, atajado y consumado incluso antes de ser concebido: era la sensación y el temor a ser devorado, en cualquier momento, literalmente.

Encima de su cuerpo, enésimamente cabalgado, ella esperaba cual mantis el más leve gesto dotado de sentimiento, del tipo que fuere, para encontrar la razón que diese inicio a la posesión, incapaz de calmar sus ansias. Quería robarle el alma, apropiarse de ella, tomando su ser hasta el último aliento, tan obcecada en sus fines que se olvidó por completo de vivir.

Ya no paseaban por el Rastro, como siempre habían hecho, rehuyendo de cualquier acto social donde hubiese presencia de otras mujeres;  cualquier tipo de mirada hacia él era considerada una afrenta, dirimida con una grosera invectiva hacía la descocada de turno, la consabida trifulca hogareña posterior y su correspondiente reconciliación entre sábanas. De este modo, lo que en razón debiera haber sido el sustento fundamental de su vida en común acabó siendo un penoso ejercicio de supervivencia, manteniendo los latidos de aquel corazón muerto de manera artificiosa.

La última mañana de sus días tristes amaneció sin aire, asfixiándose, con una opresión que atenazaba su pecho amenazando con fulminarle. Quiso gritar y no pudo, golpear pero no tuvo fuerzas. Se miró en el espejo y no fue capaz de reconocerse, reducido como estaba al mínimo.

Abrió la puerta y salió. Nunca la volvió a ver. Hasta hoy, indiferente frente a su nicho.

La Pasión

Giró una vez más sobre su cuerpo, agitada y bañada en sudor, envuelta en el cálido recuerdo que, recurrente, daba paso cada noche al encuentro con su amado: entregada a la solitaria pasión que desencadenaba los restos de olor a romero y almizcle que aún impregnaban aquella camisa con la que cubría su piel; gastada por el tiempo y el uso, pero de él, convertida en una autentica reliquia; la única digna de ser venerada, como lo hizo con quien lo fue todo, sin límites ni mesura; gozosamente esclavizada, a cada instante, por su idolatrada carne.

Todos murmuraban a su paso sin disimulo alguno: ella, orgullosa y altiva, les retaba devolviendo las miradas, caminando cada  tarde por el Rastro, puntual y sin falta, como si nada pasara.

Lo conocía perfectamente, cada desdén y palabra hiriente: abandonada, repudiada, engañada, inequívocamente relegada al olvido, todo dolorosamente cierto, pero fue suya. Amó y fue amada como nadie en aquella ciudad lo fue nunca; se entregó a la pasión sin mesura,  con la certeza de que todo placer es perecedero y ninguna sensación venidera podría superarlo. Idealizó aquellos momentos hasta hacer de ellos el justificante de su existencia, capaz de olvidar cómo respirar  pero recordando cada pedacito de su piel.

 Fue el último amanecer del postrero día de su vida. Se había acostado la noche antes presa de escalofríos y una  fiebre muy alta; una calentura distinta a la habitual, desconocida hasta ahora. Giró sobre sí misma, buscando entre las sábanas la impregnación del único motivo para continuar levantándose cada mañana; hundió su nariz en el hueco dejado por  su cuerpo, en la almohada, en la camisa, para comprobar, aterrada, que ya no quedaba ningún rastro de él. Se había marchado, diluido por el copioso sudor, como si nunca hubiera existido. Quiso gritar, bajar las escaleras y recorrer  las calles, salir a buscarle, pero se contuvo.

A nadie habían amado como a ella y nunca lo harían. Abrió la ventana y voló. No les daría ese gusto. 

MAX Y FIX

ILUSTRADO POR ANDREA GARCÍA ROLDÁN

¡Por fin un golpe de suerte!; escondidos tras la malla del conducto de ventilación no daban crédito a su buena estrella. Lo habían percibido de inmediato, descendiendo por la cañería hasta sus dominios, la alcantarilla situada dos plantas más abajo: la estela de aquel aroma les atrajo casi al unísono, en un caso claro de predestinación, llamados a una cita ineludible con la Fortuna, una meta alcanzable solo por los elegidos.

Pata con pata y embargado por completo el olfato, observaban sin  pestañear aquel trocito de manjar caído del cielo.

Max ya no era la rata inocente que fue, ni tan crédulo como el pequeño socio circunstancial que salivaba a su lado. Sus muchos años arrastrando la panza le habían enseñado a ser  suspicaz, a sospechar por sistema de todo regalo que le ofreciesen, y en especial de aquellos cuya obtención no presentaba obstáculo alguno, asequibles con solo estirar la garra y cogerlos. Podría recordar, sin gran esfuerzo, un centenar de colegas desaparecidos por una gestión imprudente de un potencial almuerzo, o familias enteras diezmadas por los alocados impulsos de alguno de sus miembros, carentes de la menor prevención en sus huecas seseras. Las numerosas cicatrices en su piel así lo atestiguaban: su oreja derecha, rasgada por la zarpa de un minino juguetón que se entretuvo torturándole como paso previo a devorarle; su pata trasera izquierda parcialmente amputada cuando, siendo aun una ratita, un cepo ataviado con un suculento taco de jamón le hizo enloquecer hasta perder el juicio; o qué decir de su hocico, rajado en múltiples batallas por obtener unas deliciosas sobras o el favor de alguna irresistible dama. Pero por encima de todo, sus canas: mechones blancos que adornaban su pecho, en una evidente muestra de maestría de la supervivencia, un General con mando en aquella plaza.

Fix no alcanzaba a comprender aquella locura. A pesar de sus cortas entendederas y el escaso bagaje en estas lides hasta para él era evidente la facilidad de la operación. Aquel trofeo con olor y aspecto de pedacito de queso, un meteoro  venido con toda probabilidad desde la Arcadia manchega para su deleite y felicidad, excitaba su olfato hasta el punto de hacerle enloquecer. Nada difícil, por otro lado: era el prototipo de joven rata temeraria y osada. Aun siendo el más joven de su camada ya había demostrado  tener gran arrojo y valor, un héroe del que se hablaba sin parar en todos los corrillos de las más afamadas cloacas. Él fue quién se enfrentó al humano en la cocina del restaurante de la Plaza del Ajo:

No fue fácil-solía decir- pero aquel mètre sintió tal pánico al ver mis afilados dientes que falló todos sus mortales golpes de escoba- relataba mientras acompañaba su narración con habilidosas quebradas de cintura.

Y allí estaban los dos como pasmarotes, vigilando aquella joya, desamparada y a merced de cualquier desaprensivo que pudiese arrebatársela.

Junto a la rejilla y a escasa distancia se abría en la pared un pequeño hueco, lo suficientemente ancho para poder pasar ambos al otro lado. Sin poderse contener ni más preámbulos Fix se encaminó hacia la salida.

-¡Esperemos un poco, no seas insensato!-dijo el mayor pisando la cola de su socio, frenándole en el acto. Aun es de día y entra demasiada luz en el cuarto. Es mejor no moverse de aquí hasta que reine por completo la oscuridad.

-¿Esperar? ¿Cómo que esperar? ¿A qué?..¿Te parece poco el tiempo que llevamos aquí?-dijo exaltado.

-No seas ingenuo muchacho: ¿te has parado a pensar qué hace un sabroso trozo de queso en el suelo, tan lejos de la cocina?

-Claro que sí, ¡no soy bobo! Este es un lugar de paso; con toda seguridad se le cayó a alguien.

-Está bien; pero sólo te pido que esperes a que oscurezca y saldremos a comerlo.

Ya, es más que evidente-pensó el jovenzuelo: dejaremos que llegue la noche y cuando eso ocurra tú, más grande y corpulento, te harás con todo y para mí el resto: nada, cero.

-Mira chaval, una vez conocí a una auténtica rata africana, en concreto del norte del continente, y él siempre decía…

No le dio tiempo a continuar. Como un rayo, Fix cruzó la pared por el agujero, valiente y decidido a ganar esta partida…

No sabría decir qué fue antes, el sonido de la escopeta de plomos o el del cráneo al crujir, pero eso ya no era importante.

Cuando la última brizna de luz había desaparecido por el ventanuco, solo entonces, cruzó al otro lado. Con su lento caminar esquivó el cuerpo de la joven rata, rígido e inerte a escasos centímetros de su deseo.

-Pequeño compañero, no me diste tiempo a terminar de contarte el sabio consejo que una vez me dieron, y por el que probablemente aun sigo vivo:

-Amigo-me dijo el africano-nunca lo olvides: la prisa mata.

-Realmente bueno- pensó mientras masticaba volviendo sobre sus pasos, una vez más, solo.