La decisión

-¿Han decidido ya qué hacer?-preguntó muy serio.

Como si fuese fácil. Pronunciar una sola palabra, si o no, y tener que asumir las consecuencias. Una simple sílaba que habría de cambiarlo todo; desencadenando un arduo proceso, tan importante que daba vértigo, sin duda el de mayor transcendencia de sus vidas. Algo en apariencia sencillo e inocente que podría desbaratar años de coexistencia, de proyectos comunes, de sueños para los que el otro fue siempre imprescindible.

Nadie sabía tanto como él de la dificultad que entrañaba, del dolor que implicaba tomar dicha decisión, pero como profesional estaba obligado a asesorarles y, llegado el caso, ejecutarla. Y era evidente su indicación, quedando bien patente que aquello estaba muerto. A pesar de su juventud habían pasado por todas las fases posibles en su relación. Siempre juntos, haciéndole frente a la adversidad y disfrutando de los buenos momentos; compartiendo inquietudes y logros sin apenas roces ni malentendidos que enturbiasen tan plácida convivencia; por suerte disfrutando a rabiar de las cosas sencillas, si cabe más maravillosas por el simple hecho de hacerlas juntos; diferentes a todos en todo, felices por tener un firme apoyo a su lado. Años de miel y dicha infinitas, sorteando el tedio, lo vulgar y superfluo; confirmando cada día, con solo una sonrisa, la bendición de tenerse el uno al otro.

De ahí el cataclismo, la sombría tormenta que trajo consigo la aparición de un tercero. Inocente e inocuo al principio, pero sembrando, sibilino, el germen de la discordia; un mago capaz de deslumbrar con sus hechizos a quién creyó necesitar un cambio,  alguien a quien amar; atraído, sin remedio, por lo que prometía ser distinto. Así, lo que empezó disfrazado de un sano ejercicio de amistad, empatía y amabilidad fue tornando en algo más, cargado de oscuras intenciones; en el inicio, sin tacto y con absoluto descaro, de un grosero cortejo; persistente y soez por ingrato, indolente, poniendo en un brete las sólidas bases en que fundamentaban todo: un mínimo concepto del respeto mutuo.

De ahí a la debacle ya solo quedaba un paso, precipitando lo ya inevitable; ciegos ataques de furia, reproches injustificados y ajustes de viejas cuentas hasta ahora desconocidas o inexistentes; firmes promesas de provocar dolor y crueles invectivas que abundaban en un desprecio que, poco a poco, se antoja insoportable. Una inmensa suma de pérdidas; el despilfarro de aquello que les hizo inseparables, ahora asumido como intolerable e insufrible.  Por eso estaban allí, reclamando su ayuda para poner fin a lo irremediable antes de cometer alguna locura. Para él nada nuevo o difícil de abordar. Tan solo separar a dos siameses: uno de ellos perdidamente enamorado.

Una noche cualquiera

Se conocieron una fría noche de enero, invisibles para todos, entre el torrente de gente que abarrotaba las calles a lomos de la felicidad de aquella velada mágica. Se había quedado atrapado entre dos contenedores mientras luchaba por alcanzar unos restos de comida, enganchado a uno de ellos con el trozo de cuerda que durante años fue su collar. Asustado y en estado permanente de alerta quiso defenderse del enésimo humano que, asumía, le haría daño pero apenas le quedaban fuerzas. Solo podía enseñar los dientes, deteriorados e inservibles,  traicionada toda amenaza por una mirada que imploraba paz y una pizca de misericordia; unos ojos licuados por el miedo en los que brillaba un atisbo de confianza en el hombre; esa que  por instinto y tantas veces burlada, aún conservaba su especie.

Estaba muy flaco,  sucio,  y con la piel trufada de cicatrices;  con el aspecto del que ha sobrevivido por largo tiempo en la jungla del desamparo, acostumbrado a sufrir y a perder, siempre. Levantó la tapa, arrojó la basura y se dispuso a marchar, ignorando lo que no dejaba de ser un problema de nadie, pero se detuvo. Pasarían horas hasta que el servicio de recogida lo pudiese liberar; aterido de frio, sediento y expuesto a la maldad de quienes ven en la debilidad una ocasión ideal para hacer daño. Con mucho cuidado y entre chillidos de dolor, con una pequeña navaja cortó la soga que le estaba asfixiando,  arrancándola  de su piel, profundamente encarnada en ella durante años. Con la velocidad que le permitían sus exhaustos músculos trató de huir, alejándose unos metros, acostumbrado a recibir el castigo por el simple hecho de vivir; pero sus patas traseras, acalambradas, se negaron a continuar.

Se dejó llevar en brazos, temblando, con la estúpida fe de quién ansía ser amado. Superando el miedo con el cálido recuerdo, lejano ya, de cuando fue un cachorro mimado y festejado; un regalo animado, para júbilo de un niño, que interesó mientras mantuvo su aspecto de muñeco. Hasta poco tiempo después, ya transformado en un incordio, en la insidiosa tarea de responsabilizarse de un ser vivo, en un capricho prescindible.

Le abandonaron una mañana en el campo, confiando en sus capacidades innatas para sobrevivir como el descendiente del lobo que era, en un ridículo y malvado intento de lavar así sus conciencias; perdido, hambriento y aterrado, buscando desesperado durante días la estela de un olor familiar que había dejado de serlo. Ahora feo, sucio y vulgar, recibiendo de cada humano con quien topaba golpes, persecución y desprecio; a fuerza del maltrato, huraño, receloso y esquivo; condenado, en sus agitados sueños, a recordar el breve tiempo en que fue feliz, cuando era un hermoso juguete.

A él también le abandonaron, años atrás, cuando dejó de ser útil. De manera más lenta y sutil pero con las mismas consecuencias;  viviendo asustado en el vacio de las cuatro paredes de un viejo piso destartalado, invisible a los demás, sin nadie que recordase  su nombre. Aferrado a sus rutinas, a sus manías, como única tabla de salvación para no perder el juicio. Olvidado y solo entre miles de personas, fiado todo a una muerte piadosa y rápida, perdida ya toda esperanza de volver a sentirse querido. Una angustiosa cuenta atrás, restando del calendario de su vida los días y meses para el ansiado final, hundido en su desvencijado sillón junto a aquel teléfono que hace años dejó de sonar.

Se sentaron frente a frente, bajo la tenue luz del pequeño salón, cruzando sus miradas. Dos almas vapuleadas, raídas por la desdicha, aferradas ahora a un destello de esperanza. Era la noche de Reyes, hasta ayer, noche de nada. Absortos el uno en el otro. Contemplando en silencio y sin prisa, alejada ya la soledad, su más precioso regalo.

El portal de Belén

-¡Otra vez!-dijo ella-. Se ha vuelto a cagar.

-¿El niño?-.

-No. Este bicho.

Estaba realmente harto.  Durante el largo camino no se había fijado pero ahora, cuando era él quién tenía que sacarlo, se daba cuenta de lo mucho que arrojaba aquella vieja mula.

Con las manos pringadas de estiércol, conteniendo las nauseas, repasaba mentalmente el balance de aquel año. Todo empezó a ir mal desde que anunciaron el dichoso censo. Los malditos romanos, siempre ávidos de lo ajeno, habían impuesto  nuevas tasas y, cómo no, le tocaba pagar.

-Que no me cuentes tu vida, José-le recriminó el publicano. Tienes que ir a Belén, rellenar los formularios y soltar los dracmas.

– ¿Pero cómo voy a pagar más? La semana pasada vino el recaudador del Sanedrín; ¡medio talento  me pidió!, “para mantenimiento  del Templo  y sacrificios” me dice.  ¡Pero si no vendo una mesa!

Daba igual, era funcionario del Tesoro. Capaz de escuchar sin inmutarse cualquier tipo de penas. Formados a conciencia para ello  debían asistir,  en su periodo de prácticas, a todo tipo de ejecuciones. Y sin soltar una lágrima.

Menos mal que su amigo Timoteo le había conseguido un trabajo en Jerusalén. No le gustaban las grandes ciudades pero era donde salía algo. Fue dos meses después, al volver a casa, cuando se enteró.

-¡Embarazada!

-Sí. Pero no te lo vas a creer.

-No.  Va a tener que ser algo pero que muy bueno.

Ocurrió  tres noches después.  Dando vueltas en la cama, presa de una fuerte indigestión por un contundente guiso  de paloma-de un tiempo para acá ya no comía otra cosa, a ver si acababa con todas-. Una potente luz invadió la pequeña estancia y un emisario de Yahvé- cómo no, con alas- le anunció que sí, que  tendría un hijo con María: alguien muy especial.  “¿Especial?” quiso preguntar, pero no hubo tiempo pues como vino, volando y sin dar explicaciones, se fue. A parte de pensar seriamente en poner, y con urgencia,  contraventanas en la casa,  su mente comenzó a dar vueltas a eso de que el niño- además se cargó la sorpresa- sería especial: ¿cómo y cuánto?… ¿romano?..¿recaudador de impuestos?..O  como esos que veía por el Templo, subidos a un carrito de por vida. En realidad le daba igual. Cualquier cosa menos condenar a su esposa a una más que segura lapidación. No las soportaba, y cierto es que tenían su público: para algunos, casi un arte.

Por esa razón no le vino mal el viaje a Belén; para evitar, de paso, el cachondeo de los vecinos, la cara de circunstancias de su suegra y el clamoroso silencio de su suegro. Un trayecto largo y aburrido, casi sin hablar, en el que José rumiaba sus peores pensamientos.

Llegaron a la ciudad justo cuando ella rompía  aguas. Había visto parir a la cabra muchas veces, pero esta vez no tenía ni idea de cómo ayudar. La gente desbordaba las calles  y en cada pensión que preguntaron siempre la misma respuesta: en días así, hay que reservar. Los gritos de dolor del inminente parto apiadaron a un posadero que, por toda alternativa, les ofreció un establo que tenía en las afueras, en el camino de Betania.

-Por mí, mientras no haya palomas, me sirve-dijo José cargado de rencor, mientras intentaba preparar una cuna en  un pesebre donde pastaba un enorme buey; un animal muy enfadado que, a punto de cornearle, se negaba a regalar el escaso heno.

Se acercaba la noche  y el panorama no podía ser peor: María gritaba, la mula no dejaba de soltar estiércol y el buey empeñado en comerse la paja…. Para que me casaría yo-pensó-: como solían decir en su pueblo, “en Judea y solterón, que suerte tienes  ladrón”. 

Las contracciones eran cada vez más fuertes,  en sintonía con  los chillidos; hasta el punto que los animales, asustados, decidieron callarse. Por fin, dos horas después, nació el niño: así, a simple vista,  normal-pensó-, dando un suspiro y sonriendo de felicidad.

Fue después de la segunda toma, cuando ya habían logrado que el niño se durmiese. Dos fuertes golpes en la puerta y el bebé  llorando de nuevo.

-¡Estamos tontos o qué!-dijo abriendo la puerta  para, sorprendido,  casi cerrarla en el acto.

No se lo podía creer. Los alrededores del establo,  esa misma tarde un páramo, parecían  ahora  el Templo de Jerusalén en un día de mercado. Una extraña luz arrojaba claridad sobre media docena de pastores y su rebaño de ovejas y cabras; las mismas que habían comenzado a roer las telas de tres lujosas tiendas que alguien había puesto allí durante el parto.

-¡María tienes que ver esto!- acertó a decir.

A escasos metros de la entrada, tres individuos vestidos con ropas extrañas se arrodillaban frente a ellos.

-¿A ver qué? ¡Tres inmigrantes!-dijo volviendo dentro.

Se hizo un silencio sepulcral.  Nadie parecía reaccionar,  hasta que el individuo más moreno  se atrevió a hablar.

-¿Venimos en mal momento?

-¿A ti que te parece? Se acababa de dormir…

-Hemos viajado muchas jornadas para adorar a tu hijo-dijo el de las barbas a lo persa.

Iba a contestar cuando la voz de ella cortó el viento:

-¡Aquí se adora por las mañanas! ¡José! ¡Para adentro ya!…

Cuando abrió las puertas, con el alba, todo parecía distinto. La mula y el buey, como si fueran de piedra, permanecían inmóviles en un rincón, bien aleccionados.  María parecía contenta;  había dado de comer al niño y éste dormía plácidamente en su regazo. En absoluto silencio fueron entrando uno a uno, contemplando extasiados al objeto de tanto esfuerzo; dejando a los pies de su improvisada cuna tres presentes y saliendo después, con el mismo cuidado.  Eran tres reyes, le explicaron después en una de las tiendas, desconocidos entre sí pero unidos por una gran afición por los astros; atraídos hasta aquel lugar por la misma estrella y una premonición: la de la llegada de alguien importante.

Y vaya si llegó. A la mañana del día siguiente. Ya se habían marchado todos, con sus tiendas, criados y oropeles; hasta los pastores y su pléyade de ovejas, cuando llamaron a la puerta.

-¿José de Nazaret? Soy el recaudador del pueblo. ¿Tenemos algo que declarar?

Lo había escondido debajo del pesebre. El oro y esos polvos extraños que dejaron a los pies del niño; rodeado de boñigas y de pañales usados y ni con esas…estos cabrones lo huelen-pensó-.Dan ganas de irse a Egipto.

-Pues ahora que lo dice…yo tenía algo de dinero y me ha desaparecido. No es por nada, pero hasta hace un rato había por aquí unos tipos muy raros…yo ahí lo dejo….

-¡José! ¡Se ha vuelto a cagar!-gritó  ella desde dentro….

-¡Si amor, voy volando!, contestó, encogiéndose de hombros ante el funcionario y sin preguntar quién,  cerrando tras de sí la puerta.

La última vez

Le despidió agitando la mano y exhibiendo su mejor sonrisa mientras cerraba la puerta con extremo cuidado y sin dar portazos, como le había enseñado; temerosa de provocar un cataclismo que precipitara su inconmensurable ira. No le resultaba difícil. Lo había interiorizado y lo ejecutaba de modo natural, pues hacía ya tiempo que había concluido su laborioso proceso de domesticación.

Aunque es cierto que fue precisa una atención especial-era una absoluta retrasada, solía repetir él- y que hubo de ser puntualmente corregida, ahora recorría la casa con la premura y eficacia requeridas; como un animalillo obediente y dócil que acude presto a la llamada, sin que tenga que ser repetida. Pero aún así no podía bajar la guardia;  debía estar vigilante y prevenir su natural tendencia al caos; transformar esa estúpida manera de entender la vida que no había aportado más que molestias y una innecesaria tensión en la convivencia; toda esa serie de decisiones sin consensuar o las libertades desafortunadas que ella tomaba por propia iniciativa, sin criterio, enturbiando el remanso de paz que su marido precisaba al regresar a casa.

Ella había lo interpretado mal. Esa chica alocada, extrovertida y jovial que fue, la que tanto le atrajo desde el primer momento en la facultad cuando juntos cerraban los bares y se amaban en los baños, sin saberlo, estaba destinada a ser reprimida y enterrada bajo el peso de la responsabilidad; de cualquier naturaleza, la que él estipulase correcta y a ella, ignorante, sin duda le convenía. Su talento, aquel que antes su marido tanto decía admirar, se había convertido para él en un lastre, en una pesada losa; en un espejo que le devolvía, deformada y grotesca, la imagen de su patética mediocridad; un contraste que resaltaba aún más las diferencias entre ambos, abundando en sus carencias y complejos de macho. Un necio cuyas acciones iban dirigidas, por sistema, a intentar apagar su brillo; a rebajar su valía hasta reducirla a nada; una pugna constante por arrasar, desde los cimientos, cualquier asomo de autoestima que ella pudiese conservar.

-No necesitas trabajar-le dijo,-ni compartir espacio con otros hombres que puedan, enjugados en babas, contemplar tus curvas y tu belleza-; esa que cuestionaba y menospreciaba cada vez que se maquillaba, por el simple hecho de sentirse hermosa, restregando su cara hasta extender con una toallita todos los colores; sacando a la luz la payasa grotesca que en realidad era, como tanto le gustaba repetir.

Licenciada en Literatura-para él un arte inútil, destinado a bobas melancólicas y refugio de estúpidos afeminados incapaces de afrontar sus propias vidas-nunca más volvió a escribir: olvidados y casi prohibidos, borrados ya para siempre aquellos versos cargados de emoción que él escuchaba atento antes de casarse, deleitado y en trance, esperando con calma su conclusión y con ella la cópula que los hacía mínimamente llevaderos.

La primera torta fue por un vaso: insignificante y barato, en sí mismo despreciable si no fuese por la exasperante torpeza que lo llevó al suelo. Sentado en la cocina y mirando de soslayo vigilaba distraído la evolución de sus manos, fingiéndose ausente, convencido de que su sola presencia fuese suficiente acicate para que ella se esmerase. Fue una gota de aceite hirviendo que, ajena a todo e irresponsable, cruzó el aire hasta caer en su dedo: en un acto reflejo y abriendo la mano lo soltó, estallando contra el suelo, roto en mil pedazos. Algo sobrevenido y justificado, pero prevenible si hubiera puesto más atención; y de ahí el merecido castigo. Le habría devuelto el golpe, increpado o abandonado en ese momento el hogar, pero el trabajo ya estaba hecho; solo fue capaz de rogar su perdón, de resaltar su inutilidad, y de volar para recoger los trozos. A partir de ahí para él todo sería coser y cantar.

Del mismo modo que siempre buscamos la excelencia ella dedicaba sus horas a ser digna merecedora de su aprobación; extenuada, repasando una y otra vez cada tarea doméstica; experimentando con nuevos productos de limpieza, uno de sus pocos ámbitos de decisión. Frente al espejo, cada mañana, trataba de disimular con unos ligeros toques de maquillaje las excreciones de su alma muerta; el fruto de la descomposición de lo que un día creyó era amor y ahora afloraba en su piel como pequeñas colecciones de pus; esas  que a él tanto asqueaban-¡los típicos granos que salen por comer como una cerda!-sentenciaba el experto, mostrando su repugnancia en las pocas ocasiones que dedicaba un momento a mirarle la cara.

Nada distinto ocurría en la cama. El lugar dónde él pretendía emular las gestas de los actores porno con las que la instruía en las largas sesiones de los sábados; disimulando sus carencias con exigencias aberrantes, cargadas de humillación y violencia; tristes parodias de lúbricas escenas que, conteniendo las nauseas, ella debía reclamar: con gritos cargados de verdad y gemidos fingidos, mientras, perdida la mente muy lejos de allí, contenía las lágrimas.

Fue una mañana en el supermercado, al estirar el brazo para alcanzar una tableta de chocolate, el único aliciente que quedaba en su vida; sin advertirlo la ligera camisa que llevaba se elevó por encima de la cintura del pantalón, exponiendo su piel a unos ojos azules que, curiosos, en ese momento la miraban. Con toda la rapidez de la que fue capaz bajó la ropa para ocultar esa pequeña porción de desnudez; un trocito por encima de la cintura labrado con las marcas violáceas de los últimos golpes de correa-ya no recordaba ni se precisaba un motivo-que él consideró necesarios para corregir su enésimo desliz.

Aquella tarde, al volver del trabajo, él intentó abrir la puerta, pero algo impedía que lo hiciese del todo. Empujando logró entrar; apartando unas maletas, las suyas, que estorbaban el paso. Con una íntima satisfacción y mientras avanzaba hasta el salón fue desabrochándose el cinturón; preparado y dispuesto a corregir, no ya un estúpido descuido, sino a quien de ese modo le retaba, cuando de pronto le vio, de pié, junto a su esposa: un hombre rubio, joven y fornido, con el pelo rapado y el rostro cubierto de cicatrices. Sobre la mesa unos papeles del juzgado-el documento del divorcio-, una botella de vodka y dos vasos, para celebrarlo. Se llamaba Gregory y aún tenía pesadillas; desde la noche que, siendo un niño, vio como su padre quemaba viva a su madre.

Fue lo último que ella limpió; el pequeño charco de orina que aquel valiente dejó en el suelo, antes de firmar.

BERIA

Nadie en el aeropuerto conocía su verdadero nombre, pero a todo aquel interesado le respondía siempre del mismo modo, con una cordial sonrisa y su clásico ¡Hey hermano, soy Brown!

Bien pertrechado, con su chaleco amarillo y grandes dosis de amabilidad, recorría desde muy temprano aquel vasto territorio que conformaba su hábitat desde hacía varios años: las cuatro terminales del aeropuerto Adolfo Suarez. Un espacio que abarcaba toda su vida, su lugar de trabajo, de encuentro con amigos e incluso su hogar, un inmenso apartamento de miles de metros donde transcurrían sus días. Un mundo al que llegó de paso, como una escala más, tras dejar su Jamaica natal y recorrer medio planeta; un viajero incansable que, siendo apenas un niño, soñaba ya con volar y escapar de su isla.

Delante de la cabaña de madera y palma donde vivía con su madre, sentados frente al mar, pasaban las tardes contemplando aquellos puntos brillantes que subían y bajaban sobre sus cabezas, -aviones, así se llaman-le dijo ella. A veces trataba de dibujar en la arena la tela de araña que formaban las innumerables estelas blancas que dejaban a su paso aquellas naves, imaginando la vida de sus pasajeros y cómo serían los países de destino, soñando con lugares llenos de niños como él y cientos de juguetes.

Los había de muchos colores y tamaños, como fue descubriendo con el tiempo, pero sus favoritos eran los de la compañía del primer aparato que tuvo: uno pequeño, del color de la leche y con rayas en amarillo y rojo formando su nombre, ya casi gastado por el uso; un regalo que encontró su madre entre los cachivaches abandonados en una de las oficinas donde limpiaba: beria se llamaba, según las únicas letras legibles. Aquel juguete, el único que tuvo, recorría incansable todo el planeta guiado por su mano experta; horas interminables proyectando las rutas, aterrizajes y despegues sobre la fotocopia de un mapa terrestre que le dieron en clase de Geografía, su preferida, con la mente a bordo de cada aparato mientras coloreaba con sus lapiceros el nombre de lugares exóticos, inflamando su sed de aventuras.

Con el paso del tiempo la falta de oportunidades y la acuciante necesidad le llevaron a elevar los ojos y ver en aquellas máquinas que sobrevolaban sus atardeceres la solución a todos sus problemas, una posibilidad real de escapar de su paupérrimo paraíso. Por eso un buen día, con los ahorros de toda una vida de trabajo de su madre y su bendición, partió en uno de aquellos aparatos en busca de fortuna.

Era la primera vez que podía ver tan de cerca uno de aquellos puntitos celestes que le acompañaban desde la infancia. Una especie de enorme autobús-esos los conocía bien-en el que se acomodó para lanzarse a la aventura de su vida. Minutos después y a través de  la ventanilla podía observar toda la isla, su playa y un diminuto punto junto a la orilla que supuso sería su cabaña; así, emocionado y cogiendo altura, pudo tomar conciencia de lo insignificante de su reducido mundo.

De este modo, sin más armas que sus manos desnudas, fue conociendo continentes, países y aeropuertos, corriendo incansable detrás de cada oportunidad que se le presentaba; esas que nunca terminaba de alcanzar, como si la suerte hubiera decidido jugar con él, inaccesible y esquiva.

Llegó un uno de enero a Madrid, bajo un cielo que se deshacía en grandes copos de nieve cubriéndolo todo, atrapado en la terminal y con los bolsillos repletos de nada. Buscó un pequeño rincón donde poder tumbarse y así, viendo las blancas pistas a través del cristal, se quedó profundamente dormido. Soñó, como otras muchas noches, que aquella carta en su bolsillo anunciando la enfermedad de su madre solo fuera eso, incomprensibles desgracias que circulan libres por el territorio de los sueños que, con alivio, desaparecen al alba; palabras cargadas de negros presagios que únicamente son el reflejo del miedo. Pero la realidad era otra, terca y en extremo dura; con la llegada del nuevo  día la pesadilla y sus peores temores tomaban cuerpo en las letras indelebles de ese papel, un sobre con el remite de un hospital, el heraldo cruel de su tragedia.

Necesitaba dinero con el que poder regresar, pagar el costoso tratamiento y comer cada día; siempre el mismo problema, el origen y final de todo. Vació una vez más su pequeña mochila confiando en encontrar en algún rincón olvidado una moneda, un cigarrillo o los restos de algún bocadillo. Un esfuerzo estéril pues ya conocía de antemano el resultado; no había nada importante en aquel hatillo más allá de una vieja foto junto a su madre, su pequeño avión-del que nunca se separaba-y una enorme sensación de desesperación, su constante compañera.

Se levantó del suelo y recogiendo sus pocos enseres caminó hacia la puerta, sin saber qué hacer ni a donde ir, nadando contracorriente, perdido entre un flujo incesante de viajeros presurosos en busca de sus lugares de embarque. Justo cuando iba a salir una imagen llamó su atención: en un rincón e ignorada por todos una anciana enjuta y desesperada luchaba por transportar dos enormes maletas y una bolsa de mano, incapaz de colocar todo aquel equipaje sobre el carro de transporte, agotada tras el enésimo intento. No lo pensó y, con una sonrisa, elevó hasta las nubes el ahora liviano equipaje ante la mirada atónita y aliviada de la pobre señora. Diez minutos después y sentado en un banco sonreía atribulado por la decisión a tomar: en qué invertir los dos euros que ahora pesaban en su mano; una pequeña fortuna para quien despertó sin nada. Aquello no era novedoso ni él era el único, pero había encontrado un modo de sobrevivir sin tener que recurrir a la mendicidad u otras formulas que él repudiaba. Desde ese momento comenzó a buscar su pequeño hueco en aquel universo tejido con mil historias, entre los millones de vidas y sueños que confluyen en cada aeropuerto, aportando su granito de arena en mantener vivo ese flujo constante de almas.

Varios meses después caminaba resuelto por aquel, su nuevo mundo, saludando a discreción y ofreciendo con amabilidad sus servicios mientras entonaba con su potente voz las hermosas canciones que le enseñó su madre. Este era su reclamo y ya su seña de identidad, el anuncio inconfundible de su presencia: un canto que lograba paralizar a todos por unos instantes; una chispa de alegría entre los nerviosos pasajeros y un momentáneo bálsamo para los resignados que temen los vuelos.

Aquella terminal, otrora hostil, se había convertido en el único lugar en el que poder cobijarse; en una suerte de paraíso para la gente honrada que, como él, solo buscaba salir adelante.

Había logrado esquivar los problemas, pero el suyo, el verdadero, sufría y lloraba, perenne, a siete mil kilómetros de allí: un dolor camuflado y convenientemente atenuado en cada carta recibida; un goteo amargo de noticias piadosas que ocultaban una realidad en exceso dura.

Recibió aquel sobre la mañana en que, como siempre hacía, se acercó a saludar a la empleada de Correos; había llegado el día anterior enviado por su madre, anunciando un repunte de su enfermedad, ahora ya incurable. En ella le explicaba que se encontraba bien y que de ningún modo debía preocuparse: no estaba sola y todos sus vecinos se ocupaban de que nada le faltase; una solidaridad que surge espontánea donde reina la miseria y que aportó un poco de tranquilidad y alivio a su sufrimiento.

Por eso trabajaba sin descanso ni reparo alguno, recorriendo con una sonrisa cada rincón del aeropuerto: ahorrando hasta la última moneda y comiendo de los excedentes que le procuraba la gente de bien; durmiendo seguro y a cubierto bajo la atenta mirada de los agentes de seguridad, protegido en todo momento por su propia decencia.

Fue un miembro de una tripulación quien le dio la idea, y así se lo anunció a su madre en la siguiente carta: había conseguido un puesto de asistente de vuelo-mintió-, uno de los más importantes de la nave, pero en una compañía que volaba muy lejos del Caribe. Adjuntaba una foto con un grupo de compañeros, vestido con su flamante uniforme-prestado para la ocasión- y la firme promesa de visitarla lo antes posible. Mientras tanto continuaría enviando con regularidad todo el dinero del que pudiera disponer, que no era mucho, por lo caro que resultaba vivir en Europa. Y decir poco ya resultaba excesivo para quien nadaba en la más absoluta precariedad. Pero aún así, reacio a recibir cualquier tipo de caridad que no fuese estrictamente necesaria, lograba sobrevivir y acallar su conciencia con cada ocasión en que era capaz de hacerle llegar su pequeña aportación.

De este modo, con el paso del tiempo, un mal día llegó una carta distinta a la habitual; un modelo oficial y frío que, aun sin leerla, ya anunciaba desgracias.

La noticia, como todo lo malo, se extendió como la pólvora entre los cientos de trabajadores, sabedores de la precaria situación de Brown. Sentado en su banco favorito dejaba pasar las horas sumido en un letargo que se negaba a abandonar. Ya no trabajaba, atrincherado en su desgracia, inmóvil en su reducto del que no salía ni para buscar comida; esa que puntualmente encontraba a su lado cada amanecer, la que una mano anónima depositaba antes de que él pudiese darse cuenta.

Había decidido rendirse. Día tras día su cuerpo y su mente abundaban en dejarse ir, en encerrarse cada vez más en su dolor y su pena. Dejó de comer, de hablar y lo que es peor, de sonreír. Había perdido la cabeza. Ahora paseaba con su carro vacío y la mochila en la espalda, hablando con su madre, buscándola entre las filas de embarque y, por primera vez, incomodando a los pasajeros con la única pregunta que era capaz de articular,-¿dónde está mamá?-,desesperado por averiguar su paradero.

Poco después comenzaron los problemas.

Fue una tarde de enero, con los copos de nieve amenazando con paralizar toda actividad, cubriendo las pistas y carreteras de acceso. La terminal era un hervidero de gente, lo habitual en pleno periodo de vacaciones de Navidad. Cientos de viajeros hacían cola para atravesar los controles de seguridad o esperaban en las zonas de embarque una mejoría del tiempo que les permitiese volar. Miles de personas trabajaban para mantener operativo el aeropuerto, funcionando como uno solo, un engranaje perfecto a pesar de los inconvenientes climatológicos…pero dentro de ese orden alguien encontró un fallo de seguridad.

La alerta la dio un pasajero que, aburrido, observaba la  incesante caída de nieve. Divisó un pequeño punto negro que contrastaba poderosamente con la blanca sábana que cubría las pistas de aproximación al despegue. Una figura que, corriendo sin control, las atravesaba en dirección a un aparato que esperaba la pertinente autorización para volar. De inmediato, varios coches de las fuerzas de seguridad salieron a detenerlo, lo que lograron antes de que aquel individuo llegase a su objetivo.

Lo atendieron los servicios médicos con un principio de hipotermia y en pleno brote psicótico, aferrado a la idea de coger aquel avión, el suyo, uno idéntico al que le regaló su madre.

Había burlado los controles como solo él podía hacer, conocedor de cada recoveco del aeropuerto; en un descuido y amparado en el convencimiento de su inocencia y las simpatías que durante años se había fraguado. Nunca, a pesar de su evidente deterioro, dio ocasión a queja alguna ni  puso en aprietos a los muchos que, por cariño y costumbre, minimizaban los pocos momentos en que reclamaba en voz alta y fuera de sí la presencia de su madre.

En silencio y con muestras de una enorme preocupación un gran número de trabajadores y curiosos se amontonaban junto a la ambulancia que le trasladaba al hospital. Una despedida contaminada por el absurdo rumor que le tachaba de terrorista o de criminal, cuando solo estaba loco. Alguien había tenido a bien recoger los pocos enseres que acumulaba en su carro, el resumen sucio y destartalado de toda una vida.

En la pared de su habitación del sanatorio ya no cabía ni un solo mapa más. Había reproducido en papel la geografía de todo el planeta, identificando cada país y cada ciudad, y dentro de cada una su principal aeropuerto. Todas las mañanas, después de tomar su medicación, ponía en marcha el avión de su infancia y sobrevolaba con aquel aparato en la mano los destinos que le quedaban por visitar y aquellos otros en los que alguna vez fue feliz. En ocasiones, cuando el sentido de la realidad le abandonaba por completo, recorría con un carro los largos pasillos de aquella institución, emulando su vida anterior, cuando aún estaba cuerdo, con su flamante y ajado chaleco de maletero. Solo una vez recobró plenamente la cordura, unos meses antes de caer enfermo. Inexplicablemente serio y cabal, solicitó a la dirección del centro una última visita al lugar donde pasó una buena parte de su desdichada existencia. Totalmente inofensivo y de conducta irreprochable su petición fue escuchada y aceptada, algo excepcional, pero asumible.

La furgoneta aparcó una mañana temprano en el parking, junto a la puerta de llegadas. De algún modo se había corrido la voz de su regreso y varias docenas de trabajadores se arremolinaban allí, ansiosos por saludarle. Notablemente envejecido se adentró en la sala arrastrando los pies, presa de una emoción que apenas lograba contener. Rápidamente una serena oleada de abrazos y cariñosas palmadas en su encorvada espalda le hicieron recordar aquellos años en que era él quien se prodigaba en saludos, bromas y divertidos chascarrillos.

Lo tenían todo preparado: un reluciente carro, idéntico al que siempre usaba, dispuesto para comenzar un último recorrido por aquella, su casa. Nada había cambiado, acertó a decir, mientras con suavidad se ponía en marcha, arropado desde cierta distancia por los que fueron sus compañeros y testigos de su paso por el aquel lugar. Caminó pausado entre los sorprendidos viajeros, sonriendo y recuperando el tono de su canto; un público enternecido con aquella figura enjuta y de potente voz que ofrecía sus servicios como siempre lo hizo, a golpes de sonrisa. Tras una hora, ya agotado, se sentó junto a la estatua de bronce que representaba a un anciano que, como él, perdió una vez el vuelo que debería llevarle a casa; allí, apoyado en su hombro, por fin pudo alcanzar el ansiado y definitivo descanso.

 Ahora, muchos años después, cuando la terminal bulle de actividad y miles de personas buscan acomodo para realizar su sueño, es posible que entre los cientos de voces e idiomas de esta pequeña Babel escuches tronar poderosa una vieja canción de esclavos, una nana con sabor a caña y a sal; una oración con la que, si estás atento, podrás sentir e incluso ver cómo fluye el sosegado y dulce espíritu de su mejor carretillero.

Primera vez

Tras una larga espera, que se antojaba eterna, por fin asomó a la puerta. Atractivo hasta resultar insultante, armado con su mejor sonrisa y desplegando todo el  encanto y complicidad posibles; amparado en la calidez que proyectaba su mirada azabache, preñada de misterio; con el porte, seguridad y aplomo de quién se siente importante, observado y, por qué no, en ese instante el centro de todos los deseos.

Con su hombro ligeramente apoyado sobre el marco de la puerta y una potente voz pronunció mi nombre. Podía haber dicho cualquier otro; jugado, sin posibilidad de ser rebatido, a decantarse por quién hubiera deseado con tan solo una leve indicación de su dedo, pero me eligió a mí.

Me había costado mucho tiempo abandonar ciertos prejuicios,  temores atávicos que satanizaban la decisión tomada; un acto cuyo simple planteamiento llevaba en sí mismo asociada una pátina indeleble de miedo y dolor, pero allí estaba; decidida, avanzando con paso seguro hacia lo desconocido, lo nuevo, y ya necesario.

Tenía las manos perfectas, firmes, blancas, de dedos largos y fuertes, pero a buen seguro tan suaves como la más fina gamuza. Su voz, envolvente y cautivadora, calaba en mi mente como la fina lluvia, inundándola con un sinfín de poderosas razones pergeñadas con el único propósito de hacerme caer en sus redes, de doblegar mi voluntad hasta plegarla a sus deseos, ahora míos. A pesar de la breve relación, reducida a dos encuentros, parecía conocer a la perfección cada resorte, cada recoveco de mi ser; había logrado adentrarse, cual prestidigitador del alma, en lo más recóndito de mis entrañas, agitando, sin pretenderlo, una tempestad sobre la mar en calma que hasta ayer era mi vida.

Lo había conseguido: una anhelada cita con mi destino, unida por siempre a él y sin posibilidad alguna de escape; entregada y sumisa, sin nada que me hiciese aventurar el elevado precio a pagar por la futura dicha.

Debía estar preparada, emprender la catarsis que alejase de mí cualquier resquicio de un pasado impuro, eliminando sin margen de duda los restos de un ayer que, aferrados a lo más intimo de mi ser, pudieran enturbiar aquello que se anunciaba únicamente nuestro; arrojando luz en la oscuridad, eliminando un terreno sembrado de sombras proyectadas sobre lo que ansiaba fuese diáfano.

La noche antes del encuentro apenas pude dormir, agitada en el lecho por un vendaval de preguntas aún por responder, fantaseando con su inminente presencia a mi lado; presuponiendo la delicadeza y ternura que precisaba mi entrega; confiando, sino rogando, en un desenlace ideal; aquel con el que tantas veces había soñado.

Desde la puerta y bajo la tenue luz de los cálidos focos podía ver su figura; a pesar de sentirme vulnerable y estar casi desnuda no sentía ningún pudor, reconfortada por aquella tranquilizadora sonrisa que iluminaba por completo la estancia. Con un gesto de su mano me pidió que llegase hasta él y obedecí presta, sumisa, sin mostrar duda alguna; atenazada la garganta, temerosa de romper el silencio con palabras manidas e innecesarias; de puntillas, flotando sobre unos pies que ahora querrían huir, traicionando así mis más íntimos deseos, las ineludibles pulsiones que me llevaron hasta allí y los designios de mi mente.

Me tumbé sobre la fría sábana y él, atento, calmó mis temblores y ansiedad con solo poner sobre mi piel su mano; en unos instantes entraría en mí, suave y profundo, con la habilidad que precisaba el momento de aquella, mi primera vez. Nada había de temer, me aviso con un susurro; era muy ducho y metódico, extremadamente cuidadoso y para muchos el mejor: un virtuoso practicando colonoscopias.

Amelia

Amelia no podía respirar, se ahogaba.

No estaba acostumbrada a la libertad, a moverse a su antojo, y los recuerdos fugaces de cuando lo pudo hacer se habían convertido en una dulce ensoñación, en un conato de felicidad convenientemente cercenado siendo apenas un cachorro.

Aquella mañana los primeros rayos de sol ya atravesaban con fuerza las tupidas copas de los arboles, arrojando una lluvia de luz que arrancaba miles de destellos de las gotas de agua que perlaban sus hojas. Acurrucada en el vientre de su madre, caliente y a salvo, buscaba con avidez el rico néctar de su leche; nunca dejaba de hacerlo, ni siquiera cuando ahíta reclamaba de nuevo su toma, por el simple placer de abrazarla, dejando caer traviesa, entre sus labios, tan preciado líquido. Solo en contadas ocasiones era capaz de olvidarlo; como ese amanecer, cuando atraída por el aleteo de una mariposa se alejó de ella. Una fuga temeraria y valiente, pero calculada; una aventura que nunca iba más allá de unos pocos metros. Estaba a punto de capturarla, corriendo tras su estela entre una miríada de helechos, tentada a cambiar de objetivo y rumbo, saturados los sentidos por decenas de atractivos olores de los animalillos que se cruzaban en su camino, cuando por fin se quedó quieta; inmóvil, abriendo lentamente sus alas de color cielo y sangre a escasos centímetros de su pequeño hocico; tan concentrada en ella que apenas les vio pasar, casi a su lado. Fue un ruido atronador, el más fuerte que había escuchado, el que le sacó de su ensimismamiento; un sonido extraño y un quejido dolorosamente familiar que acompañaba al fuego de aquellos palos. Asustada y por puro instinto comenzó a correr en dirección a su madre, convertida en aquel bulto de ojos vidriosos que ahora miraba sin verla, tendida en el suelo, sin hacer caso a sus gritos; después no hubo nada más, solo un fuerte golpe en la nuca y oscuridad.

Con el único ojo que le quedaba podía contemplar la inmensidad de su nueva casa, limpia, amable y sin barrotes; un refugio para supervivientes del divertimento de los Hombres. Ya vieja, sentada sobre su cama de paja, arañaba la piel de sus pantorrillas hasta hacer brotar hilillos de sangre, un extraño consuelo y pauta recurrente en los momentos de su vida en que sentía pánico: prácticamente siempre. Muy cerca y apenas visible le observaba uno de Ellos, esta vez desprovisto de aquellas colas que muerden la carne, con las que tantas veces le habían golpeado. Algo totalmente innecesario. Hacía ya mucho tiempo que su simple chasquido le paralizaba, atenazada por el miedo; un terror solo comparable al insoportable ruido del cerrojo y las miles de horas que venían después, de absoluta soledad, hundida bajo el peso del silencio.

La sacaron del saco pasados dos días, cuando ya pensaba que moriría de sed, como aquel compañero que a su lado había dejado de moverse. Una mano grande le sujetó el cuello y le puso un collar-así se llamaba-que nunca más volverían a quitarle. Habría intentado huir si el recipiente con agua-aún fuera de su alcance-no fuese lo más importante, y no estuviese atada a un poste. A su alrededor todo era desolación y muerte; un lugar oscuro y desconocido repleto de otros seres que, encerrados entre palos de arboles, luchaban por salir; golpeando, mordiendo desesperados los barrotes hasta perder sus dientes. Para algunos-los más afortunados- ya todo había acabado definitivamente: habían logrado escapar a su destino y ahora colgaban del techo, libres e inertes. Pasado un tiempo, cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, la pudo ver; chilló, gritó para llamar su atención, pero en su cara no hubo un solo gesto; solo la mirada ausente de su madre fija en la pared, con la cabeza muy quieta, separada a unos pasos de su cuerpo.

Borrando de un manotazo aquella imagen avanzó hasta la puerta, abierta y sin cerrojos, y comenzó a caminar sobre la hierba, por primera vez tras muchos años. Aquel lugar estaba lleno de otros muchos que, como ella, buscaban rincones alejados donde cobijarse, acurrucados bajo los troncos, en espacios confinados donde esconder su miedo. Al fondo, bajo los árboles, el rumor de un pequeño arroyo refrescaba sus recuerdos.

La última vez que vio el agua correr fue desde una estrecha ventana del barco que la llevaba a su nuevo destino, atrapada en una jaula de hierro. Una cárcel que, tras una larga travesía, la llevaría a un lugar diferente y frío, donde olía mal y todo era extraño. Desesperada y buscando un poco de cariño se acercó con sigilo a un macho que dormitaba en el suelo.

-Hola. Me llamo Amelia-le dijo al viejo chimpancé, agachando la cabeza en señal de respeto.

Tenía la piel cuarteada, muy seca, pelada y con profundas marcas en las muñecas y tobillos; una señal inequívoca de largos años de  prisión y una muestra de lo que le esperaba. Él la miró muy despacio, con la curiosidad de quien ve por primera vez la luna, y al cabo de unos instantes le dio la espalda.

-Soy Amelia-insistió, mientras tocaba su espalda con el dedo.

-No vuelvas a hacerlo o perderás la mano-.

-No pretendía molestar, pero me gustaría saber dónde estoy-.

-¿Dónde? En un circo. Tu hogar y por el resto de tu vida la peor pesadilla.

No podía ser cierto. Aquel lugar estaba lleno de otros muchos animales, y aunque era reconfortante ver recluidos a los leones el resto no suponían ninguna amenaza; podrían convivir todos perfectamente.

-¿Toda la vida? No entiendo. ¿Para qué estamos aquí?-insistió.

-Ya lo irás descubriendo-.

Y no tardó mucho. A pesar del miedo inicial, y con una enorme sensación de alivio, comprendió que aquello solo era un juego. Las reglas eran simples y divertidas, y con cada cosa nueva que aprendía le correspondía un premio: una voltereta, un plátano; una acrobacia, una mandarina; caminar como los Hombres vestida de Niña, un montón de aplausos, caricias y, a veces, un beso. Nadie podía ser infeliz allí. Apenas recordaba ya la selva-hacerlo le resultaba doloroso en exceso-y cada día traía novedades, lugares distintos y retos.

Todo cambió una tarde plomiza y gris, de mucha lluvia y viento. Estaba aburrida y mirando las nubes, recluida en su jaula pues ese día no había espectáculo, cuando, de pronto, un ruido llamó su atención: eran dos crías de Hombre que,  agazapados entre los carromatos, la miraban divertidos. Le gustaban los Niños-así se llamaban-, siempre ruidosos, con una sonrisa en la cara y, lo más importante, provistos de  cacahuetes, fruta y otras golosinas. Por suerte se habían fijado en ella y ya se dirigían hasta donde se encontraba; incluso uno de ellos llevaba algo oculto en su mano: aun no lo podía oler, pero era, sin duda, un dulce regalo. Excitada por la visita se acercó a los barrotes y comenzó a hacer lo que más les gustaba; dos piruetas y un salto, en pago del inminente premio; después, enseñando los dientes y una enorme sonrisa, estiró la mano.

Al principio solo sintió el golpe, muda por la sorpresa, pero poco a poco un intenso dolor se fue adueñando de ella; una angustia transformada en pánico cuando al retirar la mano de su cara la vio cubierta de sangre, de un líquido caliente y viscoso y de restos de su ojo izquierdo. Los aullidos rasgaron el silencio, mientras aquellos dos Humanos corrían hasta desaparecer, acompañada por el coro de gruñidos del resto de animales, por un momento, hechos uno.

Un mes después las heridas visibles habían cicatrizado. Una caricia le sacó de su sueño-ya solo quería dormir-y por primera vez se atrevió a hablar.

-¿Por qué me han hecho esto?-

-Es muy sencillo, pequeña. Para ellos no eres nada-respondió el viejo macho. -Útil mientras les sirvas, pero no muy distinta a esos pollos que arrojan a los leones-.

Ocurrió en la primera ocasión, tras el ataque, que la reclamaron para volver a actuar. Lo que antes le divertía e incluso realizaba con gusto, ahora le asustaba. Podía escuchar perfectamente el bullicio dentro de la carpa, las voces y las risas de los Hombres y, un poco más tenue, las de los Niños. Su cuidador abrió la jaula y llamándola por su nombre le ordenó salir; y lo hubiera hecho si sus patas no estuvieran blandas como la fruta demasiado madura, incapaces de sostenerla. Enganchó una cadena a su collar y tiró de ella durante unos metros, obligándola a seguirle, pero las voces aumentaban su miedo y solo conseguía arrastrarla por el suelo, como un bulto inútil y pesado. Por dos veces la golpeó con una vara, pero no sentía dolor; podría hacerlo cuanto quisiera, romper incluso sus huesos y de nada serviría: sus aterrados músculos se negaban a responder.

Esa fue la última vez que lo intentaron. Dejó de comer, de saltar y había olvidado lo que era reír. Una mañana se presentó el camión que la sacaría del circo. No pudo despedirse de nadie y tampoco lo deseaba; se acomodó en el cajón y cayó en un profundo sueño.

Le despertaron los golpes del portón metálico y las voces de aquel Humano grande y sucio. La luz era tenue y no pudo distinguir más que un espacio estrecho y frío entre altos muros, y al fondo, unas jaulas apiladas en un rincón. Abrieron una de ellas, la más baja, y allí la encerraron. El suelo estaba cubierto de paja húmeda y maloliente, y las paredes arañadas como si alguien hubiera tratado de atravesarlas. Unos minutos después, cuando el Hombre ya se había ido, una voz por encima de ella llamó su atención.

-Me gustaría darte la bienvenida, pero no sería más que una broma de mal gusto-.

-Hola, soy Amelia. ¿Dónde estamos?-.

-Eso es lo de menos, pequeña. Para nosotras ya no habrá más sitio que éste. Olvida que existe algo fuera-.

-¿Nos van a matar?-dijo asustada.

-No…no sin aprovechar todo lo que tengas. ¿Has parido alguna cría?

-No, nunca-.

Durante unos minutos se hizo el silencio. Podía sentir la presencia de otros muy cerca, y a la vez tener la sensación de estar terriblemente sola.

-¿De dónde vienes? ¿Mordiste a tu cuidador?-.

-No, no hice nada de eso. Antes estaba en un circo.

-¿Un circo?…lo echarás de menos, no lo dudes.

Así lo hizo. Durante los siguientes quince años y tras parir dieciocho crías vivas y tres muertas.

Fue la primera vez que le ocurrió, en uno de los pocos momentos del día que la sacaban de su jaula y le permitían caminar unos metros. El tiempo justo para limpiar la inmundicia y evitar que sus articulaciones se atrofiaran y perdieran la movilidad. Esa mañana sintió que una parte de su cuerpo estaba especialmente sensible, caliente e hinchada. Algo que no pasó desapercibido para el Hombre. Por desgracia.

Apareció al día siguiente con él; un macho sucio, desdentado y violento. Una, dos, hasta tres veces. Durante días. Año tras año. Un parto tras otro. Hasta ese último que lo cambió todo.

Algo no iba bien. Los gritos del resto de compañeras alertaron al Hombre…llevaba horas empujando y aquello no salía-nunca lo llames tu bebé-, le dijeron. El dolor era insoportable, como si fuese a reventar por dentro. Primero introdujo la mano, pero las pequeñas patas se le escurrían entre los dedos; después lo intentó con unas tenazas de metal, pero no se enteró; había perdido ya el conocimiento.

Despertó sobresaltada, con la sensación de tener fuego en las entrañas, cubierta de sangre reseca y una sed inmensa. A unos metros de ella dos Hombres discutían, lanzando miradas hasta su jaula.

-¿Qué ha dicho el veterinario?-.

-Que ya no sirve-. Ha quedado dañada y otro embarazo la podría matar…y a la cría, por supuesto.

-¿Qué hacemos?… ¿lo intentamos una vez más?-.

-No. No me pienso arriesgar. No voy a perder ni un euro más en comida.

Esta vez las manos eran más suaves, desprovistas de la presión que sentía habitualmente. Llevaba dos días así, sin beber, incapaz de hacer nada que no fuese respirar, y aun eso le suponía un esfuerzo. La tumbaron sobre una cama mullida y le clavaron una aguja en el brazo, pero hacía ya siglos que sentía el dolor como parte de su vida. Eran dos Humanas y le hablaban muy despacio, con un tono dulce desconocido en Ellos. Con mucho cuidado la introdujeron en un pequeño camión y se pusieron en marcha.

Ahora todo era distinto. Podía caminar a donde quisiera, libre de barrotes y cadenas. Se inclinó sobre el arroyo y el agua le devolvió la imagen de una desconocida, de una superviviente. Con su único ojo miró alrededor y la vio a lo lejos; una Humana repartía comida y caricias entre decenas de monos. Por primera vez en su vida dejó escapar un enorme grito de alegría; aun había esperanza, no todo estaba perdido para Ellos-pensó-, apiadada sinceramente de los pobres Humanos.